Que la Pasión de Cristo no sea estéril en nosotros


¡Oh Jesús! Quiero acompañarte hoy en tu triunfo, para seguirte después hasta el Calvario.

La Semana Santa se abre con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acaecida el domingo que precede a su Pasión. Jesús permite que le lleven en triunfo, pero ¡qué humilde y manso aparece en medio de la gloria! Sabe muy bien que entre el pueblo, que grita hosannas, se esconden los enemigos, los que con insidias y mentiras, conseguirán convertir aquellos hosannas en “¡crucifícalo!”; lo sabe, y podría dominarlos con la fuerza de su divinidad, podría desenmascararlos públicamente y destruir todos sus planes, pero Jesús no quiere vencer ni reinar por la fuerza, sino por el amor, por la dulzura. Con mucha oportunidad dice el evangelista: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un asno”. Con esta misma mansedumbre aceptará Él, que es el Inocente, el único verdadero Rey y Vencedor, presentarse al pueblo como un reo, condenado y vencido, como un rey de escarnio. Pero es precisamente así como atraerá todas las cosas hacia sí cuando sea levantado sobre la Cruz.

Mientras el cortejo prosigue triunfalmente, Jesús ve dibujarse a sus pies el panorama de Jerusalén. Y así que estuvo cerca, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!... Tus enemigos... no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo de tu visitación”. Jesús llora la obstinación de Jerusalén, la ciudad santa, que por no haberle reconocido como Mesías, y por no haber aceptado su Evangelio, será destruida hasta en sus cimientos. Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como hombre se conmueve y sufre por la triste suerte que Jerusalén se ha echado sobre sí, resistiendo obstinadamente a la gracia. Él ya se dirige a su Pasión, y morirá también por la salvación de Jerusalén, pero Jerusalén no se salvará, porque no ha querido, “porque no ha conocido el tiempo de su visitación”. He aquí la historia de tantas almas que resisten a la gracia; he aquí la causa del sufrimiento más profundo y más íntimo del Corazón dulcísimo de Jesús. Al menos tú, alma devota, alegra al Señor aprovechándote plenamente de los méritos de su dolorosísima Pasión, de toda la Sangre que Jesús derramó. Cuando resistes a las invitaciones de la gracia resistes a la Pasión de Jesús e impides que te sea aplicada en toda su plenitud.

¡Oh Jesús! ¡Qué amargamente lloras sobre la ciudad que no quiere reconocerte! ¡Cuántas almas, como Jerusalén, se pierden por resistir obstinadamente a la gracia! Por todas ellas te pido misericordia con todas mis fuerzas. “Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad. Vos decís, ¡Señor mío!, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia” (S. Teresa de Jesús).

¡Oh Jesús! Aunque nos obstinemos en resistir a la gracia, siempre será verdad que Tú eres el Vencedor, que tu victoria sobre el príncipe de la muerte ha sido completa y que Tú has salvado y redimido a la Humanidad. Tú eres también el buen Pastor que conoce una por una todas las ovejas y a todas quiere salvarlas. Tu Corazón amantísimo no se siente satisfecho con haber merecido la salvación de todo el rebaño, desea ardientemente que cada oveja en particular se aproveche de esta salvación... ¡Oh Señor! Dispón nuestra voluntad para que acepte devotamente tu don, tu gracia, haz que tu Pasión no sea estéril para nosotros.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La humildad de corazón (II)


La humildad de corazón es una virtud al mismo tiempo difícil y fácil: difícil porque es directamente contraria al orgullo que nos mueve siempre a encumbrarnos; fácil, porque no necesitamos ir muy lejos para buscar motivos. Los tenemos, y abundantemente, en nosotros mismos, en nuestra miseria. Sin embargo, no basta ser miserables para ser humildes, sólo es humilde quien reconoce sinceramente su propia miseria y obra en conformidad con tal convicción.

El hombre, soberbio por instinto, no puede llegar a este reconocimiento sincero sin la gracia de Dios, pero como Dios no niega a nadie las gracias necesarias, dirígete a Él y pídele con confianza y perseverancia la humildad de corazón. Pídesela en el nombre de Jesús, que tanto se humilló por la gloria del Padre y por tu salvación, pide en su nombre y recibirás (Jn. 16, 24). Si, no obstante tu deseo de llegar a ser humilde, sientes aún muchas veces que se levantan en ti movimientos de orgullo, de vanagloria, de vana complacencia, no te abatas, reconoce que todo esto es efecto de tu naturaleza viciada y tómalo como un motivo más para humillarte.

Recuerda que la humildad de corazón puedes practicarla siempre, aun cuando no puedas hacer actos externos, aun cuando nadie te humilla, aun cuando eres objeto de la confianza, de la estima y de la alabanza de alguno. Santa Teresa del Niño Jesús decía en tales circunstancias: “Nada de esto sería capaz, ciertamente, de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy”; y piensa que “si la reprensión no te hace más despreciable, así tampoco las alabanzas ajenas te hacen más santo” (Imit. II, 6,3). Cuanto más te exalten, más debes humillarte en tu corazón. Practicada así, la humildad de corazón te hará formar un concepto tan bajo de ti mismo, que nunca querrás ser preferido a ninguno, porque a todos los juzgarás mejores que tú y más dignos de estima, de respeto, de consideración; tú poseerás la paz, no serás turbado, ni por el deseo de superar a los demás, ni por las humillaciones que recibirás. La paz interior es fruto de la humildad; Jesús ha dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11, 29).

“¡Oh Verbo! Te humillaste hasta la muerte de Cruz, hasta querer ser tratado como el último de los hombres por los pecadores, por los demonios, por el Espíritu Santo, por tu Eterno Padre. Y todo esto para glorificar al Padre, para reparar la ofensa que nuestro orgullo cometió contra el Padre, para confundir y destruir nuestra altivez, para enseñarnos a detestar la vanidad y a amar la humildad. ¡Con cuánta verdad se puede decir que realmente la soberbia deshonra y desagrada gravísimamente a Dios, cuando para reparar tal deshonra, fue necesario que Tú, Hijo de Dios, te humillases hasta tal extremo! ¡Qué monstruosa es la vanidad, pues para aniquilarla, quisiste rebajarte hasta el grado más ínfimo de abyección! Ciertamente la humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su Hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos amar tal virtud, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla” (San Juan de Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La humildad de corazón (I)


¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Haz mi corazón, semejante al tuyo.

Sólo una vez Jesús dijo expresamente: Aprended de mí y fue precisamente hablando de la humildad: “aprended que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Porque sabía muy bien lo difícil que sería a nuestra orgullosa naturaleza el ejercicio de la humildad verdadera, parece como si Él hubiese querido darnos un impulso especial. Su ejemplo, sus inauditas humillaciones, que le han hecho “el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo” (Sal. 21, 7), que “le hicieron pecado por nosotros” (II Cor. 5, 21) y portador de todas nuestras iniquidades, hasta ser “contado entre malhechores” (Mc. 15, 28), son el ejemplo más estimulante y la más encendida invitación a la práctica de la humildad.

Jesús nos habla directamente de la humildad de corazón, porque para que una virtud, o la reforma de la vida sean sinceras, tienen que proceder siempre del corazón, de donde “provienen los pensamientos y las acciones” (Mt. 15, 19). Una actitud externa y el hablar humildes, son vanos sin la humildad de corazón, más aún, a veces son la máscara que oculta un orgullo refinado y por ende más peligroso. “Limpia primero por dentro... -decía Jesús condenando la hipocresía de los fariseos- y límpialo también luego por de fuera” (Mt. 23, 26). Y Santo Tomás dice que “de la humilde disposición interna brotan ciertas manifestaciones externas en las palabras, en las acciones y en los gestos que expresan lo que se oculta en el interior”.

Por eso, si quieres ser verdaderamente humilde, ejercita en primer lugar la humildad de corazón profundizando siempre más y más en el conocimiento sincero de tu nada, de tu poquedad. Aprende a reconocer abiertamente tus defectos, tus faltas, y no las atribuyas a otra causa que no sea tu miseria. Al mismo tiempo aprende a confesar que todo el bien que hay en ti es puro don de Dios, y jamás lo creas propiedad tuya.

¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Líbrame del orgullo, haz humilde mi corazón, infúndeme un poquito de tu profundísima humildad. Tú lo sabes mejor que yo, ¿cómo podré yo, con mi voluntad soberbia, hacer humilde mi corazón? Un pobre no puede darse riquezas, tampoco un soberbio puede dar humildad a su corazón. Solamente tu bondad infinita puede remediar la soberbia.

“Y el remedio es éste: fijar la mirada en ti; oh Verbo Encarnado, clavado en la Cruz; y cuando Tú ves a un alma que, humillada te mira fijamente, te sientes obligado a devolverle tu mirada y tu mirada es como el rayo del sol, que, cayendo sobre la tierra, la seca y la dispone para que fructifique. Así Tú, Verbo, con el rayo de tu mirada secas el alma, atrayendo hacia ti toda la soberbia que hay en ella para consumirla con tu calor. Nadie, pues, puede alcanzar la humildad si no fija la mirada en ti, oh Verbo en Cruz” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

Humildad y oración


¿Quieres adorar a Dios en verdad? Reconoce primero tu pequeñez, magnífica adoración que rendimos a Dios por el conocimiento propio; mi pequeñez, mi ruindad, mi pobreza. Aquí cabe muy bien esta palabra: la humildad es la verdad. La verdad está en conocer nuestra nada. ¿Por qué? ¿Qué somos? Segundo: conocimiento también junto con el de nuestra pequeñez, conocimiento de Su grandeza.

En esta Hostia está toda la omnipotencia, toda la sabiduría, toda la bondad de Jesucristo, porque está su Corazón vivo, como está en el cielo. Cuando así adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad. Después de la adoración hemos de abrir nuestro corazón a todos los demás afectos. Ya sabéis que en el Evangelio se nos presentan diferentes maneras de adorar; unas veces es postrarse profundamente guardando silencio. A veces a la adoración se unen lágrimas, gemidos y suspiros; a veces también acompañan palabras, expresiones, súplicas. Todas estas maneras diversas de adorar caben perfectamente ante Jesús Sacramentado. A veces basta que el alma se incline ante Jesús.

¿Qué hago yo si no se me ocurre nada decirle? ¿Que qué haces? Adora... Y espera. Si no sé decir nada... No importa, ese silencio basta; aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones, no temas, sigue adorando, que esto solo ya es un acto magnífico ante Dios; y si luego consientes afectos de gratitud, de más inmolación, toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos también a Jesús. Esta es una práctica principal que hemos de tomar.

Fuente: De los escritos de San José María Rubio, presbítero

Guiados por la liturgia esperemos el Nacimiento de Cristo


La Navidad ya está cerca. Mientras se dan los últimos toques al belén y al árbol navideño, es preciso preparar el corazón para vivir intensamente este gran misterio de la fe.

En los últimos días del Adviento, la liturgia pone de relieve en particular a la figura de María. En su Corazón, con su “He aquí” lleno de fe, como respuesta a la llamada divina, comenzó la encarnación del Redentor. Por eso, si queremos comprender el significado auténtico de la Navidad, debemos mirarla e invocarla a Ella.

María, la Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras clave del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio, asombro y alegría.

Nos exhorta, ante todo, a la humildad, para que Dios encuentre espacio en nuestro corazón, no oscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los ángeles y el llanto del Niño, sin ahogarlos con el alboroto y la confusión. Junto a Ella nos presentaremos ante el belén con íntimo asombro, saboreando la alegría sencilla y pura que este Niño trae a la humanidad.

En la Noche santa, el astro naciente, “esplendor de la luz eterna, sol de justicia”, vendrá a iluminar a quienes yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte. Guiados por la liturgia, hagamos nuestros los sentimientos de la Virgen y esperemos conmovidos el nacimiento de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de diciembre de 2003

Meditando en la Navidad (VII)


La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas, va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del Altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios.

¡Oh, adorable Niño! Nosotros también queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: Venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoción a vuestra santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad, sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (V)


Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo aún no nacido, al Creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia, como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiera apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venía al mundo.

El anhelo de José, la expectativa de María son cosas que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su hijo único al mundo y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles. El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa humanidad, que Él mismo ha formado con divino esmero. En cuanto al divino Niño, objeto de tantos anhelos, recordemos que hacia nosotros avanza lo mismo que hacia Belén.

Apresuremos con nuestro deseo el momento de su llegada; purifiquemos nuestras almas para que sean su mística morada, y nuestros corazones para que sean su mansión terrenal; que nuestros actos de mortificación y desprendimiento “preparen los caminos del Señor y hagan rectos sus senderos”.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Reina de los Ángeles


A la diestra del Rey, el Salmista vio a una Reina, vestida con manto de oro, gozosa del poder que Dios le ha otorgado, de poder conceder a quien la invoca toda clase de gracias y bendiciones. Esta Reina es María que fue investida de esta dignidad cuando Dios Padre, desde toda la eternidad la eligió por su Hija, por Esposa del Divino Espíritu y por Madre de su Unigénito y fue constituida Reina, no solo de los hombres, sino también de los Ángeles.

Los ángeles son ministros del Omnipotente. ¡Qué honor tener dominio sobre estos espíritus tan nobles; ser Reina de súbditos tan numerosos y potentes! Y esta autoridad y poder corresponde a María Reina de los Ángeles, porque les aventaja en dignidad, es más excelsa que ellos.

La raíz de su excelsa dignidad, de su autoridad y de sus privilegios se debe a que es Madre del Verbo Divino. Ella pudo decir con el Padre Eterno: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.

La causa de tanta exaltación de María fue su singular humildad. Veamos en la Anunciación el ejemplo tan grande de humildad de María. Ante la sublime revelación del Ángel que la proclama Madre de Dios, Ella protesta ser solamente la humilde esclava del Señor. La verdadera humildad se manifiesta en la obediencia.

¡Oh Madre amada, Reina de los Ángeles, alcánzanos la gracia de saber combatir nuestro amor propio para ser verdaderamente humildes!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Puerta del Cielo


María Santísima es invocada como Puerta del Cielo porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad pronunció las sublimes palabras “hágase en mí, según tu palabra”. Fue por este consentimiento que se convirtió en la Puerta del Cielo, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

El amor y la devoción a María son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

María Santísima es Madre del verdadero Dios y verdadero Hombre.

Podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Casa de Oro


María es llamada Casa de Oro, porque sus virtudes y su pureza que tienen un brillo y una perfección deslumbradora, son como una admirable obra hecha de oro purísimo.

Ante todo se llama Casa. El Verbo de Dios, se lee en los Proverbios, erigió para sí mismo como morada, una noble casa; obra admirable de la eterna Sabiduría en el que habitó con su misma Divina Persona. Nuestro Señor en esta santa casa tomó su Carne y su Sangre. Era necesario que esta Casa fuese hecha de Oro, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios.

Esta Casa tiene por sólido fundamento, la humildad más profunda, por paredes las más singulares virtudes; por adorno la riqueza de todos los dones de la naturaleza y de la gracia; por techo la Caridad más perfecta hacia Dios y hacia los hombres. Está cimentada sobre siete columnas que indican las Virtudes Teologales y Cardinales y los dones del Espíritu Santo.

María Santísima pasó por el sufrimiento como el oro por el crisol y cuando subió al cielo fue colocada junto al Rey.

Pidamos la intercesión de nuestra Madre Santísima, Casa de Oro, para que nos obtenga el perdón de los pecados y la perseverancia final para nuestra salvación y la de los nuestros. Dios nada le negará.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Espiritual


En sentido extenso y metafórico, la Sagrada Escritura llama vaso a toda cosa, aún a la persona humana, porque toda criatura en las manos de Dios es como un vaso en la mano del alfarero. Vaso espiritual significa pues, Persona espiritual.

Enseña Santo Tomás de Aquino que en la Sagrada Escritura los hombres son comparados a los vasos, o se llaman vasos bajo cuatro aspectos: por la constitución, por el contenido, por el uso para el cual sirven y por el fruto que traen.

Por la constitución, esto es por la materia y por la forma que el artífice le imprime; tanto más noble y precioso cuanto más preciosa es su materia. María Vaso de oro purísimo, bella y hermosa de alma, la más preciada perla. Dios trabajó esta materia con exquisito cuidado, arte y habilidad y le dio la más hermosa y preciada forma. Dios manifestó en esta singular criatura toda su Sabiduría y Poder Infinito.

El vaso es tanto más estimable en cuanto que está más lleno. Ninguna criatura, ni angelical ni humana es más apreciable que María. Dotada por la generosidad divina de gracias, dones y privilegios, desde el primer instante de su vida; llena la mente y el corazón de Dios, no menos que su purísimo Seno Virginal. Y tanto más estuvo llena de Dios, cuanto más perfectamente estuvo vacía de sí misma.

La nobleza del vaso se revela además por el uso al cual se destina. El uso más digno y más glorioso es al que fue predestinada la Virgen María. La Divina Maternidad es la cumbre de la nobleza y de la gloria.

Por el fruto, esto es por las ventajas y los bienes que nos aportó este Vaso de Elección. Fruto suyo fue Jesucristo, la Redención del género humano y la santificación de las almas, en resumen, todo cuanto tenemos de bueno en este mundo y tendremos en el otro.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen digna de alabanza


Debemos imitar las virtudes de la Virgen María y procurar que los demás también lo hagan y que se conozca y admire su singular santidad. Es una exigencia del amor, que es difusivo por naturaleza, propagar, glorificar, hacer conocer a la persona amada. Este es el sentido de esta invocación: Virgen digna de alabanza.

María vivió en la piadosa sombra de una oscuridad que conmueve, en profunda y perfecta humildad. Aparece en la primera parte del Evangelio y después solamente reaparece en el Calvario cuando participó en las penas de la Cruz.

Después de Jesucristo, el alma más santa y más excelsa fue sin duda la de María Santísima, por eso debe ser, la más exaltada y colmada de alabanzas.

Estas alabanzas y esta gloria tuvieron principio antes que Ella estuviera sobre la tierra participando del privilegio del Hijo. Fue exaltada mucho antes de nacer.

La Iglesia en su Liturgia, ha coronado a María con las fiestas en su honor introducidas en el año eclesiástico, los oficios, los himnos, las Letanías, las procesiones, la solemne coronación de sus imágenes, etc., que manifiestan el amor de la Iglesia hacia su Madre Celestial. Para Ella, el genio de los grandes Doctores de la Iglesia, la pluma de los Teólogos, la palabra enamorada de los oradores sagrados y la oración confiada de todos los que la aman.

Bienaventurada la boca que habla de María Santísima frecuentemente y con reverencia. Bienaventurada la persona que a través de la pluma celebra y escribe con santo entusiasmo las grandezas y la gloria de tan excelsa Madre.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Jesús manso y humilde de Corazón


En su forma eucarística, Jesús nos enseña a anonadarnos para asemejarnos a Él: la amistad exige la igualdad de vida y de condición; para vivir de la Eucaristía nos es indispensable anonadarnos con Jesús, que en ella se anonada.

Entremos ahora en el Alma de Jesús y en su Sagrado Corazón, y veamos qué sentimientos han animado y animan a este divino Corazón en el Santísimo Sacramento.

Nosotros pertenecemos a Jesús sacramentado. ¿No se da a nosotros para hacernos una misma cosa con Él? Necesitamos que su espíritu informe nuestra vida, que sus lecciones sean escuchadas por nosotros, porque Jesús en la Eucaristía es nuestro Maestro. Él mismo desea enseñarnos a servirle para que lo hagamos a su gusto y según su voluntad, lo cual es muy justo, puesto que Él es nuestro Señor y nosotros sus servidores.

Ahora bien, el Espíritu de Jesús se revela en aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El espíritu de Jesús es de humildad y de mansedumbre, humildad y mansedumbre de corazón, es decir, humildad y mansedumbre aceptadas y amadas por imitar a Jesús. Nuestro señor Jesucristo quiere formarnos en estas virtudes y para esto se halla en el Santísimo Sacramento y viene a nosotros. Quiere ser nuestro Maestro y nuestro guía en estas virtudes: sólo Él puede enseñárnoslas y darnos la gracia necesaria para practicarlas.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Madre Bondadosísima


San Francisco de Sales escribió: “La Santísima Virgen ha sido siempre la Estrella, el Puerto de refugio de todos los hombres, que han navegado por los mares de este miserable mundo. Los que dirigen su navío mirando a esta divina Estrella, se librarán de estrellarse contra los escollos del pecado”; quienes, por desgracia se apartan de su dirección tutelar, no tienen más puerto seguro, en donde reparar sus averías y sacar provecho de ellas, que el Inmaculado Corazón de la más buena de las Madres.

Madre bondadosísima de Aquel que ha dicho “No son los que están sanos los que tienen necesidad de médico”, y en otra ocasión “Perdonad setenta veces siete”, ¿cuándo podrán nuestras caídas agotar vuestro poder y la ternura de vuestras solicitudes y cuidados? Según dice San Buenaventura, vais a buscar al pecador que todos han rechazado, lo abrazáis, lo reanimáis y le dais calor, y no descansáis hasta que lo habéis curado.

Yo también soy vuestro enfermo, salvadme. Este será mi grito de esperanza todos os días que dure mi destierro. Mientras más me acuerde de mis caídas pasadas, más me acordaré de Vos, que habéis tenido el poder y la bondad de levantarme de ellas; y mayor será mi seguridad de que no me abandonaréis mientras dure mi convalecencia.

Mi agradecimiento por vuestros cuidados, y el deseo de poner de manifiesto vuestro poder, me ayudarán a seguir vuestros consejos. Os amaré, os glorificaré, porque me habéis sacado de lo más profundo. Y al fin en el Cielo, ocupando tímidamente mi sitio, entre el número de quienes os deben su salvación porque en medio de sus miserias pusieron en Vos todas sus esperanzas, seré vuestra gloria, como un enfermo es la gloria del médico que ha salvado de las puertas de la muerte, no una vez, sino muchísimas. Entonces, y éste será el mejor fruto que haya producido la Gracia, mis faltas mismas serán el pedestal de vuestra glorificación y, al mismo tiempo, el trono de las divinas misericordias que quiero cantar eternamente.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

El Padre Pío en los altares (VI)


“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños”.

¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado Padre Pío!

Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.

Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.

Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los que sufren el rostro mismo de Jesús.

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.

Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la Patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

Meditando en el Vía Crucis (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de la Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado. Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que le velan los ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.

Amable Redentor: lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa, nos pides penitencias y reparación, pues “más gozo te causa un pecador penitente que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas. Para ellos no existe pecado ni caída, y por eso no necesitan un Salvador. Su Dios es su propio yo, tu Pasión y muerte les parece escándalo digno de desprecio. Nosotros viviremos en la humildad y la modestia, aun en el éxito, dando ejemplo de heroísmo cristiano con la abnegación de nuestra vida.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Santidad en Argentina - Venerable Leonor de Santa María Ocampo


Isora Ocampo, nació el 15 de agosto de 1841, en la provincia de La Rioja. Desde pequeña prefirió la soledad y el silencio. Junto a su familia participó en las devociones populares y practicó la caridad. A los 7 años, aprendió a leer y, en adelante, su personal afición a la lectura le brindará una buena formación religiosa. Con sólo 8 años perdió a su madre y quedó al cuidado de su padre, hermanos y familiares; desde entonces confió su vida a la Virgen.

Compartió el hogar con unas primas que la hicieron sufrir combatiendo su piedad y recogimiento, hasta con agresiones que soportó con gran paciencia. En ese tiempo comenzó a sentir el deseo de ser toda de Dios.

Al demorarse su deseado ingreso al convento dominico de Santa Catalina de Siena (Córdoba), hizo voto privado de castidad, con el padre Paulino Albarracín OP, su confesor y guía por varios años. Finalmente en junio de 1868, tomó el hábito con el nombre de sor Leonor de Santa María. Fue observante, humilde y servicial, paciente en el sufrimiento, asidua en la penitencia, abandonada en la providencia.

En los últimos años de su vida tuvo la serena conducción del Venerable padre José León Torres, mercedario. Sor Leonor escribió sus memorias que quedó en manos del Padre Torres y fue devuelto al Monasterio en 1937, cuando recién se reveló la profundidad y grandeza de su vida espiritual. Falleció de pulmonía a los 59 años de edad, el 28 de diciembre de 1900, y fue declarada Venerable el 19 de mayo de 2018.

Fuente: Cf. sorleonordesantamaria.com

Santidad en Argentina - Venerable José León Torres


El Venerable José León Torres nació en Luyaba, provincia de Córdoba, el 19 de marzo de 1849. A los catorce años, José sintió nacer el deseo de trabajar por el Reino de Dios y llama a las puertas del convento mercedario de Córdoba. El 27 de abril de 1873, Fray José fue ordenado sacerdote. A lo largo de toda la vida fue un generoso servidor de la Orden de la Merced. Fue Maestro de novicios; catedrático de teología; vicario provincial y superior provincial; visitador de los demás conventos; restaurador de iglesias; fundador de nuevos conventos; vicario general; y fundador del Instituto de las Hermanas Mercedarias.

Celebrando la Misa en la conmemoración de los 14 años de su primera Misa, el Padre José, siente la inspiración de la fundación y el 1 de octubre de 1887, nace el Instituto de las Hermanas Mercedarias del Niño Jesús. En Córdoba el Padre, además de sus cargos de Superior, fue el confesor ordinario de varias comunidades, en particular del Monasterio de Santa Catalina, en el que vivía la Venerable Leonor de Santa María Ocampo a la cual, el Padre, le ordenó que escribiera sus memorias para conocer más a fondo sus ansias de santidad.

En el año 1930, la salud del Padre se agrava notablemente. El 7 de diciembre recibe los Santos Sacramentos. Al conocer la gravedad de su estado, sus sentimientos se vuelven oraciones de confianza y humildad. Antes de morir se vio rodeado por todos los Superiores de la Provincia Mercedaria Argentina, quienes tuvieron la gracia de recibir su última paternal bendición y sabios consejos. El 15 de diciembre, entrega su espíritu en las manos del Señor. Fue declarado Venerable el 26 de marzo de 1994.

Fuente: Cf. santosargentinos.blogspot.com

Santidad en Argentina - Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado


Tránsito Cabanillas nació un 15 de agosto de 1821, en la Estancia Santa Leocadia, en lo que es hoy Villa Carlos Paz, junto al Lago San Roque (Córdoba). Sus padres eran de admirable vivencia cristiana.

La Beata, fue devota colaboradora en la obra de los Ejercicios Espirituales, infatigable catequista de los niños y fervorosa discípula de San Francisco de Asís como Terciaria franciscana. Abnegada enfermera durante las terribles epidemias del cólera en el año 1867 y de la fiebre amarilla en el año 1871.

En el año 1870, el Señor le inspiró fundar una casa de Penitencia de San Francisco pero, como no tenía ningún recurso, intentó responder a la llamada vocacional entrando primero entre las Carmelitas de Buenos Aires y después entre las Hermanas de la Visitación de Montevideo. Sin embargo la enfermedad la obligó a salir del claustro porque Dios la tenía destinada a otra misión.

En el año 1878, se llevó a cabo la fundación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanos. El señor Agustín Garzón, donó una manzana de terreno en el barrio de San Vicente de Córdoba. La Madre Tránsito, comenzó la construcción de un minúsculo convento al servicio de la niñez desvalida. Poco a poco el instituto progresó, se expandió y fundó el Colegio del Carmen de Río Cuarto y el Colegio San Francisco de Villa Nueva, en la Provincia de Córdoba.

El Padre Quirico Porreca, se interesa por el proyecto de la Madre y ella le solicita la dirección de la nueva Congregación por un tiempo. El Padre Quirico aceptó gustoso el cargo, pero con el tiempo y movido por sus ambiciosas aspiraciones, desplazó a la fundadora y comenzó a mandar el. La Madre del Tránsito, aceptó la humillación para evitar problemas y dificultades al Instituto y se retiró a una pobre celda, llevando una vida de silencio, oración y labores. Ella quería ser una humilde servidora del Señor y una lámpara viviente del Sagrario.

Este heroico gesto de humildad y de mansedumbre, purificó y hermoseó el corazón de la Madre Tránsito. Antes de morir hizo esta hermosa promesa: “Hermanas, yo ya no les hago falta, porque no puedo hacer nada, pero cuando muera, desde el cielo les haré mucho bien”.

La Madre Tránsito Cabanillas, murió santamente el 25 de Agosto de 1885 y fue beatificada el 14 de abril del 2002.

Fuente: Cf. santosargentinos.blogspot.com

El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Junio está consagrado especialmente al Corazón Divino

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

En la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios. Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Cristo dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante la mansedumbre y la humildad. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbrey la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor. Pero también esa mansedumbre y humildad lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del Miércoles 20 de junio de 1979

Ante tus ojos, Señor

Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y los castigos que por ellas hemos recibido.

Si pesamos el mal que hemos hecho, es poco lo que padecemos, y más lo que merecemos.

Es más grave lo que hemos cometido, y más leve lo que por ello sufrimos.

Sentimos la pena del pecado, y no por ello abandonamos la obstinación en pecar.

En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se muda nuestra iniquidad.

Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz.

Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en el obrar.

Si nos esperas, no nos corregimos; si nos castigas, no lo soportamos.

Mientras dura el castigo, confesamos lo que hemos pecado; cuando pasa tu visita, olvidamos lo que hemos llorado.

Si extiendes tu Mano, prometemos obrar bien; si suspende el golpe, no cumplimos lo que hemos prometido.

Si nos castigas, clamamos para que perdones; si nos perdonas, de nuevo te ofendemos.

Aquí nos tienes, Señor, confesándonos culpables; reconocemos que si nos perdonas, es justo que nos castigues.

Concede, oh Padre clemente, que de la misma nada has creado a quien te ruega, otorgarle el Perdón que te suplica, aunque no lo merezca. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Agustín

La voluntad de Dios es que seamos santos (IX)

Todos nosotros tenemos un corazón y un alma hecha sólo para amar, y capaz de amar lo indecible. A todos se propone el mismo Dios a amar, todos tenemos las mismas razones para amarlo; por lo tanto todos podemos amarlo cuanto queramos; en este amor consiste la verdadera y sublime santidad; por lo tanto podemos ser santos en el grado más sublime que queramos. Imaginen el amor más grande que haya tenido una criatura por Dios; cada hombre ayudado por la divina gracia, que Dios no niega nunca a quien se la pide con humildad, puede amarlo aún más. Y la razón principal es ésta: porque siendo Dios más amable cuanto más nos ama, puede amarse siempre más, y siempre más merece ser amado. ¡Oh Dios! ¡Oh Caridad! ¡Oh Divino Amor! ¿cuándo aprenderemos a amarte como se debe?.

Aprende de una vez, que en cualquier estado en que te encuentres eres capaz de amar a tu Dios, y de amarlo cuanto quieras; que en todos los estados hubo santos, y que se hicieron santos justamente por la gracia de este amor. Aprende, que tienes un alma, la cual te asemeja a Dios, creada por Dios, que es espiritual y que la envileces forzándola a amar a las criaturas. Aprende, que esta alma no puede encontrar reposo si no es en Dios.

Alza de una vez, alza esta alma y este corazón del mundo y lánzate en Dios, busca a Dios, ama a Dios y serás santo. Si alguno te dice que no debes hacerlo, te engaña; si alguno te dice que no puedes, te engaña todavía más. Animo entonces, animo. Todos debemos hacernos santos, todos podemos serlo; hagámonos santos de verdad. No es difícil el hacerse santos, lo difícil es querer serlo.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La respuesta de la Virgen nos trae al Salvador

Fáciles son de imaginar los primeros movimientos del corazón humildísimo de la Virgen María, la más humilde de todas las criaturas, al recibir de parte del Ángel el anuncio de que sería la madre del Redentor del mundo, al cual llamarían Hijo del Altísimo y cuyo reino perduraría eternamente.

No podía comprender que Dios hubiese puesto los ojos en ella para el cumplimiento de tan alto y tan asombroso misterio. Por otra parte, la turbaba el título de madre, apreciando tanto el de virgen.Esto la obligó a preguntar cómo podía ser lo que el Ángel le decía, no habiendo convivido hasta entonces con hombre alguno, y estando resuelta a no convivir jamás, cosa que no habría preguntado la purísima doncella -dice San Agustín- si no hubiera hecho voto de virginidad.

Para sosegarla y satisfacerla, el Ángel le declaró que solo Dios sería el padre del hijo de quien ella había de ser madre; que concebiría por el Espíritu Santo, el cual formaría milagrosamente el fruto que había de nacer de sus entrañas, haciendo más pura su virginidad; y, en fin, que el hijo que había de dar a luz se llamaría y sería verdaderamente Hijo de Dios, en quien residiría corporalmente toda la plenitud de la divinidad, todos los tesoros de la santidad y de la sabiduría divina. Sabe, añadió, la maravilla que Dios acaba de obrar en favor de tu prima Isabel, la cual en su avanzada edad no podía ya esperar tener hijos naturalmente y, con todo, está encinta de seis meses. Nada es imposible al Todopoderoso, y el que pudo dar un hijo a una anciana después de tantos años de esterilidad también podrá hacer madre a una virgen.

Mientras hablaba el Ángel, se sintió María iluminada por una luz sobrenatural, con la cual comprendió toda la economía y todos los milagros de aquel inefable misterio; y aniquilándose delante de Dios exclamó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

En ese momento feliz, desapareció el Ángel, y el Espíritu Santo formó con la purísima carne de la santísima Virgen un hermosísimo cuerpo; y habiendo creado al propio tiempo la más perfecta alma humana que hubo jamás, Dios unió el cuerpo y el alma sustancialmente a la persona del Verbo, y el Verbo se hizo carne.

En el mismo instante todos los ángeles adoraron al Hombre-Dios; en el mismo instante se convirtió en templo del Verbo encarnado el vientre de la más pura entre todas las vírgenes; y en el mismo instante se cumplieron todas las profecías que anunciaban la venida del Mesías.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

Letanías de la Humildad

San Pío X junto a su secretario el Cardenal Rafael Merry del Val, Siervo de Dios.

Letanías de la humildad compuestas por el Siervo de Dios Rafael Merry del Val

-Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme.

-Del deseo de ser lisonjeado, Líbrame Jesús.

-Del deseo de ser alabado,

-Del deseo de ser honrado,

-Del deseo de ser aplaudido,

-Del deseo de ser preferido a otros,

-Del deseo de ser consultado,

-Del deseo de ser aceptado,

-Del temor de ser humillado,

-Del temor de ser despreciado,

-Del temor de ser reprendido,

-Del temor de ser calumniado,

-Del temor de ser olvidado,

-Del temor de ser puesto en ridículo,

-Del temor de ser injuriado,

-Del temor de ser juzgado con malicia.

-Que otros sean más estimados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo.

-Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,

-Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,

-Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,

-Que otros sean preferidos a mí en todo,

-Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.

Oración

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

Un Santo de nuestra Patria

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Hoy celebramos en Argentina la Memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero.

José Gabriel Brochero nace el 16 de marzo de 1840 en Villa Santa Rosa, Provincia de Córdoba, en el oeste de Argentina.

En 1856, José Gabriel ingresa en el seminario de Nuestra Señora de Loreto, en Córdoba. Se aplica al estudio con rigor y perseverancia. Ya desde esa época, José Gabriel descubre los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Cada año renueva su retiro en los jesuitas de Córdoba. José Gabriel es ordenado sacerdote el 4 de noviembre de 1866.

El fuego del amor divino que prende en su corazón lo iluminará y guiará por todos los caminos. Un día se le ofrece una ocasión providencial de ejercer la misericordia. En 1867, Córdoba padece una epidemia de cólera que se lleva en poco tiempo más de 4.000 personas. La población está presa de aflicción y de pánico. Con peligro de su vida, el joven sacerdote se entrega en cuerpo y alma, mostrando hasta el final de la epidemia una dedicación incansable y una valentía que no desfallece.

En diciembre de 1869, el padre Brochero es nombrado párroco. Para dirigirse desde Córdoba a San Pedro, capital del departamento a donde es destinado, el nuevo párroco necesita tres días de viaje a lomo de una mula, a través de la montaña. Poco tiempo después, se instalará definitivamente en Villa del Tránsito, donde permanecerá más de cuarenta años predicando el Evangelio mediante la palabra y el ejemplo.

El párroco se identifica con sus feligreses, entregándose a todos para ganarlos a Cristo. Como no todos van a la iglesia, con audacia, enarbolando su crucifijo, su bravura y su amabilidad proverbial, parte en busca de las ovejas perdidas. Y éstas, a cambio, lo aman incondicionalmente. Él se lo merece, pues, mientras les habla de Dios y del Evangelio, les construye iglesias y escuelas, puentes y caminos, cunetas y canales. Para alcanzar sus objetivos, no teme presentarse ante el gobernador de la Provincia, ante los ministros e incluso ante el mismo presidente de la República cuando la necesidad lo requiere.

El padre Brochero ve en los Ejercicios espirituales de san Ignacio un medio especialmente adaptado para forjar la reforma de las costumbres y el progreso en el bien. El párroco recluta incansablemente personas interesadas en los retiros, por centenares. En su mente toma forma un proyecto: abrir en su parroquia una casa grande para los Ejercicios espirituales. Su propósito se cumple en 1887, tras dos años de obras.

En 1898, el obispo le concede el relevo de su función curial y lo nombra canónigo de la catedral. Todo lo que gana como canónigo lo redistribuye a los pobres.

En 1902, en sus visitas a un leproso al que quería ganar para Jesucristo, el padre Brochero se contagia de la enfermedad, pierde la vista, pero no por ello deja de celebrar la Misa ni de predicar. Fiel a su lenguaje popular, se compara con una bestia de carga: “Ahora, todos mis arreos están listos para partir”. Son sus últimas palabras. Entrega apaciblemente su alma a Dios a la edad de 73 años, el 26 de enero de 1914.

Fuente: cf. Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

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