El culto de María Auxiliadora

San Pío V ante la visión del triunfo de Lepanto

Para que conozcáis el origen y propagación de esta fiesta, sabed que, en el año 1571, los turcos amenazaron invadir y asolar Europa entera. El gran Pontífice San Pío V, para contrarrestar su terrible poder y ferocidad, recurrió a los príncipes cristianos, reuniendo éstos un ejército de valerosos católicos.

Juan de Austria, y muchos ilustres y valientes guerreros italianos, unidos en santa alianza bajo una bandera enviada por el Pontífice, que llevaba bordada en oro la imagen de Jesús Crucificado, acudieron presurosos a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización.

Después de un triduo de ayunos y públicas oraciones, estos jóvenes y animosos soldados se acercaron todos a recibir los Santos Sacramentos, e invocando el nombre de María Auxilio de los Cristianos, el día 7 de octubre, en el Golfo de Lepanto, acometieron al enemigo.

Después de un encarnizado combate, en que apareció visible el auxilio de Dios y de María Santísima, fue muerto el caudillo de los turcos. Entonces la confusión y el espanto se apoderaron de toda la flota musulmana, que cayó en poder de los cristianos, quienes al grito de ¡Viva María! enarbolaron la bandera de Jesucristo.

Estando San Pío V en oración, Dios le reveló la milagrosa victoria, y para perpetuo recuerdo, añadió a las Letanías Lauretanas el título de María Auxílium Christianórum.

Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradía de María Auxiliadora, en reconocimiento de tan gran favor, y con pasmosa rapidez difundióse esta devoción en Alemania e Italia y por todo el orbe.

En fin, al recobrar Pio VII la libertad, después de haber estado injustamente oprimido, a principios del siglo XIX, estableció la fiesta de María Auxiliadora el día 24 de mayo.

San Juan Bosco fue un gran difusor de su devoción.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

El Nombre de Jesús jamás será destruido

San Bernardino de Siena, difusor del culto al Nombre de Jesús

El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él. (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2666)

El Nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.

Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido.

Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso elegido por mí, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para dar a conocer mi Nombre.

Pablo hablaba del Nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús. El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.

Fuente: De los sermones de san Bernardino de Siena, Liturgia de las Horas

Consagración de Argentina a la Virgen de Luján

Foto del Papa San Juan Pablo II en Argentina, el 12 de abril de 1987

¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del Redentor!

Ante tu imagen de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, patrona de Argentina, me postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la Palabra, con tu cooperación maternal.

¡Dichosa tú porque has creído!

En el día del triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan de El la salvación.

Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.

¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!

Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz.

Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.

Te encomiendo y te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.

Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la Vida.

Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.

¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!

Te encomiendo a todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad y entre la juventud.

Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.

Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia saladora en nuestro mundo.

Aquel que, por tu amor de Madre, es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos. Amén. (Juan Pablo II, 12 de abril de 1987)

Fuente: vatican.va

Hay que proteger a la familia


En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia.

Todos aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable.

Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible mediante formas de asociación familiar, debe con todas las fuerzas y con sabiduría ayudar a los jóvenes a no alejarse de la fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar que los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a la comunidad eclesial.

Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común crecimiento humano y cristiano, etc.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

Situación de la familia en el mundo de hoy


La situación en que se halla la familia presenta aspectos positivos y negativos: signo, los unos, de la salvación de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.

No faltan, signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional.

En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta.

Merece también nuestra atención el hecho de que en los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumista, paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse.

La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “Sí”, de aquel “Amén” que es Cristo mismo. Al “no” que invade y aflige al mundo, contrapone este “Sí” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.

La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

Frutos pascuales


¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Oficio litúrgico de hoy, domingo in albis, se refiere en sus oraciones y textos sagrados a los recién bautizados que, ocho días después de Pascua, dejaban la blanca vestidura que habían recibido en la fuente bautismal. A ellos va dirigida la afectuosa recomendación de San Pedro que leemos en el Introito de la Misa: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual”. En estas palabras se siente el eco de la solicitud materna de la Iglesia para con los hijos que ella ha regenerado en Cristo y su preocupación tiernísima por los recién nacidos. Pero este cuidado y esta solicitud se repiten también con nosotros; porque, aunque fuimos bautizados apenas vinimos a este mundo, todos los años en la fiesta de Pascua resucitamos con Cristo y de esa manera renacemos en Él a una nueva vida. Debemos, por lo tanto, asemejarnos también nosotros a los “niños recién nacidos”, que no conocen la malicia, el engaño, el orgullo, ni la presunción, sino que todo son candor y sencillez, confianza y amor. Hermosa invitación a la infancia espiritual que Jesús nos propuso como condición indispensable para llegar a la salvación: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Cada infusión de gracia, al purificar y sanar nuestra alma del pecado y de sus malas raíces, nos hace renacer a una nueva vida en Cristo, vida de inocencia y de pureza, que aspira “únicamente a beber la leche espiritual” de la doctrina de Cristo, de su amor y de sus gracias. Pero en la liturgia de hoy la Iglesia quiere centrar todos nuestros deseos, nuestra atención, en la fe: esa fe que nos une a Jesús, para que Él nos instruya, nos nutra y nos guíe a la vida eterna. Recordemos las palabras del divino maestro que nos harán penetrar en la sublimidad de la fe: “El que cree en Mí..., correrán de su seno ríos de agua viva... que salte hasta la vida eterna” (Jn. 7, 38; 4, 14). Acerquémonos a Jesús con la fe sencilla y sincera de los niños y Él nos dará la abundancia de su gracia, que es prenda de vida eterna.

¡Oh Dios mío! Dame un corazón puro y sencillo, sin malicia y sin engaño: “¡Oh Señor! Concédeme verdadera pureza y sencillez: en los ojos, en las palabras, en el corazón, en la intención, en las obras y en todo mi porte interior y exterior. ¿Quieres saber, alma mía, las cosas que se oponen a estas virtudes? Toda mirada que no sea según Dios, toda palabra que no sea proferida para alabanza de Dios o para alivio del prójimo. ¿Quieres saber también cuándo arrojas de tu corazón estas virtudes? Pues óyelo: las arrojas cuando en tus obras no llevas la intención pura de dar gloria a Dios y de ayudar a tu prójimo, cuando quieres disimular y excusar tus culpas sin pensar que Dios lo ve todo y penetra hasta en el fondo de tu corazón. ¡Oh Señor! Dame una pureza y sencillez verdadera, pues no puedes encontrar tu descanso en el alma que no es sencilla ni pura” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Confirmación del celibato sacerdotal

San José Gabriel del Rosario Brochero, modelo de sacerdote fiel

“Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina...” (2 Tim. 4, 3)

El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo.

Pero se ha manifestado la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo. Una serie interminable de dificultades se presentará a los que “no... entienden esta palabra” (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el “don de Dios” (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad. Este grandioso fenómeno prueba una singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de “luz del mundo y de sal de la tierra”.

La vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

Fuente: San Pablo VI, Encíclica Sacerdotalis caelibatus

La Nave y las tempestades


En medio de cada etapa de la historia, Dios nunca dejó de suscitar personalidades vigorosas que, no rindiéndose a las circunstancias, supieron enfrentar con lucidez y coraje la adversidad de la situación. Refiriéndose a esos hombres y mujeres providenciales escribía a fines del siglo XIX, época azarosa de la historia, monseñor Charles E. Freppel:

No conozco páginas más bellas en la historia que aquellas donde veo una gran causa en apariencia vencida, y que encuentra a su servicio hombres tan arrojados que no se entregan a la desesperanza. He ahí los grandes ejemplos que conviene proponer a la generación de nuestro tiempo, para inclinarla a que pongan al servicio de la religión y de la patria un coraje que no se deje quebrar por las derrotas pasajeras del derecho y de la verdad. Hablo a jóvenes que tendrán que luchar más tarde por la causa de Dios y de la sociedad cristiana, en las filas del sacerdocio, de la magistratura, de la administración, del ejército, o en cualquier otro puesto que haya complacido a la Providencia asignarles. La virtud de la fortaleza les será necesaria en toda circunstancia. Por qué no decirlo, queridos hijos, el período de la historia en que se desarrollará la vida de ustedes, no se anuncia como una era de tranquilidad, en que el acuerdo de las inteligencias y de las voluntades aleja el combate. Pero cualesquiera sean las alternativas de reveses o de éxitos que el futuro les reserve, la recomendación que yo querría darles es que jamás se entreguen al desaliento. Porque Dios, de quien somos y para quien vivimos, no nos manda vencer sino combatir. El honor de una vida, así como su verdadero mérito, consiste en poder repetir hasta el fin aquellas palabras del divino Maestro: “Lo que debimos hacer, lo hicimos” (Lc 17.10). El resto hay que dejado en manos de Dios, que da la victoria o que permite la derrota, y que hace contribuir a una y otra al cumplimiento de sus eternos e impenetrables designios.

Nadie puede ignorar que estamos pasando por circunstancias dramáticas no sólo en la historia del mundo sino también en la vida de la Iglesia. Recordemos la terrible frase del papa Pablo VI acerca del humo de Satanás que ha penetrado hasta el interior de la Iglesia, sumiéndola en “un momento de autodemolición”.

Aunque todo parezca naufragar, la Iglesia posee la promesa de la indefectibilidad, un hecho realmente milagroso: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). Cristo está siempre en la Iglesia. A veces parecerá que duerme, en medio de las borrascas, pero está.

Fuente: Cf. Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades I

La Comunión frecuente (II)


San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días, y a comulgar aún más a menudo. Además, la Santa Iglesia manifiesta el vivo deseo de la Comunión frecuente por medio del Concilio de Trento, expresándolo en estos términos: “Sería muy conveniente que todo cristiano fiel mantuviese su conciencia en tal estado de pureza, que pudiese comulgar cada vez que asiste a la Santa Misa. Y esto no con la comunión espiritual, sino con la Comunión Sacramental, para que sea más abundante el fruto que se recoja de este divino alimento”.

Dirá quizás alguno: ¡Soy un gran pecador! Si eres pecador, procura ponerte en gracia de Dios mediante el Sacramento de la Confesión, y luego acércate a la Santa Comunión, donde encontrarás fuerza para perseverar en el bien.

Dirá otro: Yo comulgo raras veces para hacerlo con más fervor. Esto es un engaño. Generalmente se hace mal lo que se hace raras veces; por otra parte, si son muchas tus necesidades, frecuente debe ser el socorro que proporciones a tu alma.

Otros añaden: Yo estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar con frecuencia. Jesucristo les responde: “Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”. Por eso los más débiles y enfermos tienen mayor necesidad de ser visitados por el verdadero médico de nuestras almas, Jesucristo.

Viniendo frecuentemente a nosotros, nos da las gracias que necesitamos para no caer en faltas graves, y nos borra las culpas veniales. En efecto, se ve que son menos perfectas las personas que comulgan raras veces, que las que lo hacen con frecuencia. ¡Ánimo, pues! Si queréis hacer el acto más agradable a Dios, el más eficaz para vencer las tentaciones y perseverar en el bien, acercaos a menudo y con buenas disposiciones a la Santa Comunión.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Los símbolos católicos escondidos en El Señor de los Anillos


Tolkien es considerado uno de los mejores escritores en lengua inglesa. Su novela “El Señor de los anillos” tiene millones de admiradores. Nació en 1892, pero casi no conoció a su padre y su madre falleció cuando tenía 12 años. Quedó al cuidado de los sacerdotes oratorianos y su tutor legal fue el Padre Francis Xavier Morgan. A través de él conoció las ideas del cardenal Newman. Por eso, el experto en Tolkien Joseph Pearce, autor del libro “Tolkien: hombre y mito”; dice que “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos” reflejan su fe católica.

Joseph Pearce:

“Dijo que El Señor de los Anillos es una obra fundamentalmente religiosa y católica, inconscientemente al principio, conscientemente en la revisión. Hizo que cualquier cosa en la historia que no fuera fiel a la comprensión católica de la realidad, a la teología católica, se corrigiese para asegurarse de que el 'El Señor de los Anillos' se ajustara a la fe católica”.

Según Joseph Pearce, hay muchos eventos y fechas importantes que ocurren en “El Señor de los Anillos” que están relacionados con el catolicismo.

Joseph Pearce:

“El uso del anillo es cometer pecado, el acto del pecado. Sin embargo, llevarlo, llevarlo es como cargar la cruz. Entonces Frodo se convierte en un portador de la cruz y, por lo tanto, una figura de Cristo. Otra cosa interesante es la comunidad del Anillo que sale de Rivendel el 25 de diciembre. El viaje de Frodo de Rivendel a la Montaña de Fuego, que recuerda al Gólgota, es la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte”.

Recuerda que en la novela, el anillo se destruye el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen María. Algunos creen que ese día coincide con la fecha en la que Cristo fue crucificado. Por eso, la destrucción del anillo es el mismo día en que Jesús se hace hombre y también el día en que derrotó al pecado. Según Joseph Pearce, aunque al principio muchas personas pasan por alto el catolicismo de “El Señor de los Anillos”, Tolkien tenía la intención de comunicar la fe a través de la narración, un enfoque que Jesús usó también en sus parábolas.

Joseph Pearce:

“Entonces, si Cristo mismo santifica las historias, al enseñarnos algunas de las lecciones importantes a través de la narración de historias, podemos ver cómo las historias, cómo la ficción puede ser una forma muy poderosa de transmitir la verdad”.

Para Joseph Pearce, esta forma sutil de Tolkien de utilizar estas novelas de fantasía para comunicar la fe permite a los no cristianos entrar en la historia y también acercarse a Jesús.

Fuente: romereports.com

El que haya madurado por la Gracia, se alegrará en el Reino de los Cielos


Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza.

Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él.

Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado.

De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su Sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido.

Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su Pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones.

Fuente: De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir

Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia


Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil, haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre, a causa de la unidad de naturaleza de ambos, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.

El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.

La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

Fuente: De los Sermones del beato Isaac de Stella, Liturgia de las Horas

La comunión con los santos


Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros. Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común.

La expresión “comunión de los santos” indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas: la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los carismas y otros dones espirituales. En la raíz de la comunión está la caridad que no busca su propio interés, sino que impulsa a los fieles a poner todo en común, incluso los propios bienes materiales, para el servicio de los más pobres.

La expresión comunión de los santos designa también la comunión entre las personas santas, es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.

En virtud de la comunión de los santos, la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica

Reina de las vírgenes


La Iglesia, no satisfecha con haber invocado a María con el título de Santa Virgen de las Vírgenes, la invoca como Reina de todos aquellos que profesan la virginidad, para hacernos conocer y apreciar las grandes ventajas que aporta a la Iglesia ese estado, que inició Aquella que es llamada por antonomasia la Santísima Virgen.

Ella fue la primera en profesar solemnemente la virginidad, que antes era considerada como ignominiosa entre las mujeres hebreas.

Elevó esta virtud a la más alta cumbre de perfección posible a la criatura.

Fue la suya una virginidad singular y única, asociada por prodigio Divino a la maternidad.

María es honrada con el título de Reina de las Vírgenes, porque el ejemplo y protección de Ella inspiran y proporcionan amor a la virginidad, guardan y conservan esta noble virtud. El ejemplo y la protección de esta Reina son admirablemente fecundos en la Iglesia.

La sabiduría inspirada de la Iglesia muestra al mundo cuán fecunda es la santa virginidad.

¡Oh Virgen Santísima, Reina de los Vírgenes! Te pedimos para todos los fieles nos alcances la gracia de la castidad, conveniente a cada estado de vida y la pureza del alma. Ayúdanos a cuidar nuestros sentidos, nuestro corazón y nuestra mente de todo cuanto pueda mancharnos.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Auxilio de los cristianos


El Corazón de la Virgen María es tan grande que abarca y contiene a toda la humanidad. Dios la creó para que fuera su Madre y Madre de todos, la dotó de esta universalidad de afectos para que los afligidos, los enfermos, los pecadores, que recurren a Ella, experimenten esta singular bondad suya.

En la Iglesia se centra la Obra santificadora de Cristo y aunque ella es la amada esposa de Jesús, no la sustrajo a las vicisitudes humanas y quiso que tuviera la apariencia de debilidad. En realidad, posee la misma fuerza de Dios, que le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo y así se apoya segura y confiada en las palabras infalibles de su Fundador: “He aquí que estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”.

San Juan en el Apocalipsis la describe como la ciudad santa, la nueva Jerusalén y así, la nueva Jerusalén (la Iglesia), tiene en María Santísima a su poderosa defensora contra los enemigos de todos los tiempos. Estos enemigos son de dos clases: internos y externos. Los internos son aquellos que atentan a la verdad que la Iglesia nos enseña, los que pretenden introducir en ella, el error, o sea, los mismos cristianos que se oponen con obstinación, con terquedad a lo que propone la Iglesia Católica. Los enemigos externos son los que no perteneciendo a la Iglesia Católica, la atacan y pretenden destruir la fe de sus miembros que son el Cuerpo Místico de Cristo.

¡Oh Madre Santísima, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen digna de alabanza


Debemos imitar las virtudes de la Virgen María y procurar que los demás también lo hagan y que se conozca y admire su singular santidad. Es una exigencia del amor, que es difusivo por naturaleza, propagar, glorificar, hacer conocer a la persona amada. Este es el sentido de esta invocación: Virgen digna de alabanza.

María vivió en la piadosa sombra de una oscuridad que conmueve, en profunda y perfecta humildad. Aparece en la primera parte del Evangelio y después solamente reaparece en el Calvario cuando participó en las penas de la Cruz.

Después de Jesucristo, el alma más santa y más excelsa fue sin duda la de María Santísima, por eso debe ser, la más exaltada y colmada de alabanzas.

Estas alabanzas y esta gloria tuvieron principio antes que Ella estuviera sobre la tierra participando del privilegio del Hijo. Fue exaltada mucho antes de nacer.

La Iglesia en su Liturgia, ha coronado a María con las fiestas en su honor introducidas en el año eclesiástico, los oficios, los himnos, las Letanías, las procesiones, la solemne coronación de sus imágenes, etc., que manifiestan el amor de la Iglesia hacia su Madre Celestial. Para Ella, el genio de los grandes Doctores de la Iglesia, la pluma de los Teólogos, la palabra enamorada de los oradores sagrados y la oración confiada de todos los que la aman.

Bienaventurada la boca que habla de María Santísima frecuentemente y con reverencia. Bienaventurada la persona que a través de la pluma celebra y escribe con santo entusiasmo las grandezas y la gloria de tan excelsa Madre.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Hemos de consolar a Nuestro Señor


Hemos de consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Él espera vuestros consuelos. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a su siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Consoladle de que se le considere tan poco como rey en su reino. Ya no reina sobre las sociedades católicas: hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por extender su reinado por todas partes.

Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han expulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazones. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide! ...; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!

Sobre todo anda solícito tras de los católicos. Entre los católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquéllos que no le aman, por nuestros padres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria: así lo hacen todos los santos; imitad en esto a Nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Eucaristía y la familia


La Imitación de Cristo dice: “Cuando Jesús está presente, todo es bueno y nada se hace difícil; mas cuando está ausente, todo es duro”.

Contemplemos una familia agrupada, reunida en torno de su cariñoso padre: es una familia feliz. Mas si se le arrebata el jefe, las lágrimas ocupan el lugar de la alegría y de la felicidad; faltando el padre, ya no hay familia.

Ahora bien, Jesús vino al mundo para fundar una familia: “Los hijos estarán contentos -dice el Profeta- alrededor de su mesa como nuevos retoños de olivo”. Que desaparezca nuestro Jefe y la familia se habrá dispersado.

Sin Nuestro Señor Jesucristo, nosotros nos hallaríamos como los apóstoles durante la Pasión, errantes y sin saber qué iba a ser de ellos, y eso que estaban cerca de Jesucristo, y de Él lo habían recibido todo; habían visto sus milagros, acababan de ser testigos de su vida, pero les faltaba el padre y ellos no constituían ya una familia, ni eran entre sí hermanos, sino que cada uno andaba por su lado.

¿Qué sociedad puede subsistir sin jefe? La Eucaristía es, por consiguiente, el lazo de unión de la familia cristiana.

Ved la gran familia cristiana, la Iglesia: celebra muchas fiestas, y es fácil comprenderlo; fiestas en honor del Padre de familia, en honor de la Madre y de los santos, que son nuestros hermanos; y así todas estas fiestas tienen su razón de ser. ¡Bien sabía Jesucristo que mientras durase la familia cristiana, Él había de ser su padre, su centro, su alegría y su felicidad! Por eso, cuando nos encontramos unos con otros, podemos saludarnos con el título de hermanos, pues acabamos de levantarnos de la misma Mesa; así los apóstoles llamaban instintivamente hermanos suyos a los primeros cristianos.

¡Ah! El demonio sabe también perfectamente que, alejando las almas de la Eucaristía, destruye la familia cristiana.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Aniversario de la proclamación de la Virgen de Luján como Patrona de Argentina


1930. Pío XI nombra a la Virgen de Luján, Patrona de la Argentina. El 5 de octubre dio comienzo la Gran Semana del tricentenario del milagro de Luján y en este día, el más capital, se juró a María de Luján por Patrona de las tres Repúblicas hermanas: Argentina, Uruguay y Paraguay. El Papa Pío XI decretó su Patronazgo el 8 de septiembre, se hallaban presentes casi todos los Obispos del país, los de Montevideo y Asunción.

1934. El Cardenal Eugenio Pacelli, luego Pío XII, fue enviado como Legado de Su Santidad al XXXIIº Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en los días de octubre. La visita del Cardenal Pacelli al Santuario de Luján el 15 de octubre, fue una jornada de cielo y Luján fijará esta visita con letras de oro. Dirá luego, el 12 de noviembre de 1947, Pío XII: “Después del triunfo sin precedentes del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires íbamos en plan de agradecimiento a visitar a la Pura y Limpia Concepción del río de Luján. Y mientras ante nuestros ojos se desarrollaba la calma del paisaje, recordábamos todo lo que sobre vuestra Patrona refiere la piadosa tradición. Ella quiso quedarse allí y el alma nacional argentina comprendió que allí tenía su centro natural. Y al entrar en aquella Basílica, cuyas dos torres como gritos de júbilo suben hasta el cielo, nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma del gran pueblo argentino”.

Fuente: Carlos Buela, María de Luján

Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

Oración a San Miguel Arcángel


Gloriosísimo Príncipe de la milicia celestial, Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha que mantenemos combatiendo “contra los principados y potestades, contra los caudillos de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos esparcidos por los aires”. Ven en auxilio de los hombres que Dios creó incorruptibles a su imagen y semejanza, y a tan alto precio rescatados de la tiranía del demonio. Con las huestes de los ángeles buenos pelea hoy los combates del Señor, como antaño luchaste contra Lucifer, corifeo de la soberbia y contra sus ángeles apóstatas. Ellos no pudieron vencer, y perdieron su lugar en el Cielo. La Iglesia te venera como su guardián y patrono, se gloría que eres su defensor contra los poderes nocivos terrenales e infernales; Dios te confió las almas de los redimidos para colocarlos en el estado de la suprema felicidad. Ruega al Dios de la paz que aplaste al demonio bajo nuestros pies, para que ya no pueda retener cautivos a los hombres y dañar a tu Iglesia. Ofrece nuestras oraciones al Altísimo, para que cuanto antes desciendan sobre nosotros las misericordias del Señor, y sujeta al dragón, la antigua serpiente, que es el diablo y Satanás, y, una vez encadenado, precipítalo en el abismo, para que nunca jamás pueda seducir a las naciones.

Fuente: Oración compuesta por el Papa León XIII

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

Honremos a la Virgen en el día de su nacimiento


Honremos a la Santísima Virgen en el día de su nacimiento, y participemos del gozo extraordinario que siente toda la Iglesia, al solemnizar hoy el feliz día en que Dios hizo aparecer en el mundo a aquella que dio inicio a la salvación de todos los hombres.

Dios, que conduce todas las cosas con sabiduría, teniendo el designio de salvar a todos los hombres y de nacer como ellos, prefirió escogerse una virgen que fuese digna de ser su templo y morada. Y para preparársela tal como la deseaba, dispuso que fuera adornada, por el Espíritu Santo, con todas las cualidades naturales y sobrenaturales que podían convenir a la madre de Dios.

Para este fin, era preciso que el cuerpo de esta Virgen Santa estuviese formado tan perfectamente, y tan bien dispuesto, desde su nacimiento, que pudiera contribuir a la santidad de su alma; y que el Espíritu Santo, descendiendo sobre ella, la pusiera en disposición de hallar gracia ante Dios y ser objeto de sus complacencias; y que le diera interiormente tal fuerza, que pudiera resistir a todos los ataques del espíritu maligno, capaces de corromper, o al menos de alterar, la pureza de su corazón.

¡Ah!, cuán justo era que aquella que había de servir para formar al Hombre-Dios, fuese, en todos los sentidos, la obra de Dios mismo, y lo más perfecto que pudiera darse entre las puras criaturas.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

El Doctor de la gracia


La Iglesia ha recogido la herencia espiritual de Agustín como el mejor legado que se registra en la historia. El cristianismo ha expresado su admiración y entusiasmo por tan legítima gloria, llamándole el Águila de Hipona, el Doctor de la gracia, el Maestro de los doctores, el Martillo de los herejes, la Biblioteca de la Iglesia, columna de la fe, oráculo de los siglos, padre de la filosofía cristiana, y otros títulos tan honrosos como expresivos de la permanente influencia de su pensamiento y de su vida.

La tradición católica lo presenta con el corazón en la mano, despidiendo llamaradas de amor, para sugerirnos e indicarnos el hondo significado de la caridad que abrasaba su pecho y se extendía ejemplarizadora a sus hermanos. Trasunto de esa caridad hacia Dios y el prójimo son sus obras, donde campea como tema principal y preferente de su vigorosa inteligencia.

San Agustín es enorme, más extraordinario cuanto más se le estudia.

En San Agustín se encuentra siempre algo nuevo. Nadie que le consulta queda defraudado en sus esperanzas.

Fuente: Gabriel Riesco, Retorno a San Agustín

Instaurar todas las cosas en Cristo

S.S. Pio XII, canonizando al Sumo Pontífice Pio X el 3 de septiembre de 1954

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto. Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta “bondad”, y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesario definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina eclesiástica contra la relajación o las influencias mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la responsabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sacerdote, del Pontífice, del hombre de Dios.

Tenía la clara visión de la rectitud, y esta clara visión no podían engañarla ninguna mentira, sofisma o hipocresía. Con calma, sin inmutarse, denunciaba y condenaba el error adondequiera que lo viese; ninguna consideración era capaz de doblegarle. Pío X demostró ser un verdadero dirigente. Su nombre permanecerá para siempre ligado a la reorganización de los Tribunales y Congregaciones Romanas y a la codificación del Derecho Canónico, trabajo colosal terminado con rapidez. Ningún Papa ha sido tan reformador y tan moderno como este valiente adversario de los errores modernistas. Fiel a su consigna, acometió la empresa de restaurar y renovar todas las cosas en Jesucristo.

Fuente: Cardenal Rafael Merry del Val, El Papa San Pio X: Memorias

Todas las vocaciones llevan a la santidad

Fotografía de la Basílica de San Pedro en la Beatificación de Ludovica de Angelis, José María Cassant, Pedro Vigne, Catalina Emmerick y Carlos de Austria

El memorable 3 de octubre de 2004, fue el día en que San Juan Pablo II celebró el último Rito de Beatificación de su vida. El Santo Padre propuso como modelos para toda la Iglesia a una religiosa italiana santificada en Argentina, un monje, un sacerdote misionero, una mística y un laico casado: el emperador Carlos de Austria, a quien el Papa profesaba un profundo afecto y devoción. En su homilía, nos decía:

La beata Ludovica, estuvo consagrada totalmente a la gloria de Dios y al servicio de sus semejantes. En su figura destacan un corazón de madre y la audacia propia de los santos. Con los niños enfermos tuvo un amor concreto; con sus colaboradores en el hospital de La Plata fue modelo de alegría y responsabilidad.

El monje José María puso siempre su confianza en Dios, en la contemplación del misterio de la Pasión y en la unión con Cristo presente en la Eucaristía. Así se impregnaba del amor de Dios, abandonándose a él. En medio de las pruebas ofrecía sus sufrimientos al Señor. Ojalá que nuestros contemporáneos, en especial los contemplativos y los enfermos, siguiendo su ejemplo, descubran el misterio de la oración, que eleva el mundo a Dios y da fuerza en las pruebas.

Contemplando a Cristo presente en la Eucaristía y la pasión salvífica, el padre Pedro Vigne se convirtió en un verdadero discípulo y un misionero fiel a la Iglesia. Que su ejemplo infunda en los fieles el deseo de obtener del amor a la Eucaristía y de la adoración al santísimo Sacramento la audacia para la misión. Pidámosle que toque el corazón de los jóvenes para que, si son llamados por Dios, acepten consagrarse totalmente a Él en el sacerdocio o en la vida religiosa.

La beata Ana Catalina contempló la dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo y la experimentó en su cuerpo. Para ello sacaba la fuerza de la santísima Eucaristía. Aún hoy transmite a todos el mensaje salvífico: Con las llagas de Cristo hemos sido curados.

Desde el principio, el emperador Carlos concibió su cargo de soberano como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad. Que sea un modelo para todos nosotros.

Juntamente con toda la Iglesia, alabamos y damos gracias al Señor por las maravillas que realizó en estos siervos buenos y fieles del Evangelio.

Santos Joaquín y Ana, un Matrimonio Bendito

Esposos santos en quienes Dios obró el Misterio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, su hija Purísima concebida sin pecado original

Santa Ana, casada con san Joaquín, permaneció estéril durante veinte años, porque, según atestigua san Juan Damasceno, Dios quería con ello darle a entender que el hijo que habría de dar a luz sería un don de la gracia.

Santa Ana, que se aplicó intensamente a la oración durante el tiempo de su esterilidad, para obtener de Dios la gracia de verse libre de ella, mereció, por su asiduidad a la oración, traer al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo Nuestro Señor. Admiremos cuán alto honor le hizo Dios al elegirla como madre de tan santa y excelente hija, y para ser, por consiguiente, la primera que había de contribuir al sublime misterio de la Encarnación. Santa Ana, después de haber dado al mundo a la Santísima Virgen, la ofreció a Dios como algo que le era debido. Rectamente entendió que, habiendo sido honrada con tan sublime beneficio, debía manifestar a Dios su gratitud, ofreciéndole lo que de Él había recibido.

Admiremos, con la Iglesia, el honor que Dios dispensó a san Joaquín al escogerlo para ser padre de la Santísima Virgen y para dar inicio al misterio de la Encarnación; por lo cual resulta muy adecuado que se le diera el nombre de Joaquín, que significa preparación del Señor. Confesemos también con la Iglesia que tal elección fue para este santo un favor singularísimo; y reconozcamos, con san Epifanio, que todos los hombres tienen deuda muy grande con este santo patriarca, por haberles hecho el más excelente de todos los regalos, trayendo al mundo a la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, la más pura y excelsa de todas las criaturas. Honremos a este santo por haber contribuido a formar la Iglesia, que le debe lo que es, ya que engendró a la Santísima Virgen, Madre de Aquel de quien nació la Iglesia.

San Joaquín se dio perfecta cuenta de la particular gracia que Dios le había concedido, de ser padre de la Santísima Virgen. Así, tan pronto como ella estuvo en condiciones de ir al templo, la ofreció a Dios.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Los niños y el Reino de los cielos

El Siervo de Dios Ángel Bonetta

Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos. En particular, Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en el Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.

La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios. La vida de inocencia y de gracia de los niños, como también los sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de la Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más viva y agradecida.

Además, se ha de reconocer que también en la edad de la infancia y de la niñez se abren valiosas posibilidades de acción tanto para la edificación de la Iglesia como para la humanización de la sociedad. Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres, y se ha de repetir de los niños en relación con la Iglesia. Ya lo hacía notar Juan Gersón, teólogo y educador del siglo xv, para quien “los niños y los adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se pueda descuidar”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

Casados y Santos

Los esposos Martin, (hoy celebramos su memoria litúrgica) canonizados en 2015, y los esposos Beltrame, beatificados en 2001. Los primeros Matrimonios de la Historia de la Iglesia en ser elevados juntos al honor de los altares

“Sí, queridas familias, en la Iglesia ha llegado la hora de la familia. Lo confirma la beatificación del matrimonio Luis Beltrame y María Corsini, que acabamos de celebrar. A su intercesión, unida a la de María Santísima, encomendamos de modo particular el compromiso misionero de las familias cristianas”. (San Juan Pablo II, Ángelus del 21 de octubre de 2001)

Oración a los Beatos Luis y María

Señor Jesús, Tú llamaste a los Beatos Luis y María, esposos y padres según tu Corazón, a vivir día tras día, en el mundo actual, la gracia santificante del sacramento del matrimonio, ayudándose con el amor sincero a recorrer juntos el “camino angosto” pero luminoso de la santidad cristiana. Tú, que imprimes en la familia humana tu divino sello del Amor del Padre, haz que el testimonio luminoso y la intercesión de estos esposos, unida a la de la Virgen Madre y San José, nos obtengan a todas las familias perseverancia en la oración, fortaleza en la tribulación, unión sincera, perdón recíproco, amor fecundo. Por su intercesión sostiene y protege a los jóvenes matrimonios. Hazlos fieles en el amor, y ábrelos al don divino de la vida. Haz que siguiendo su ejemplo, podamos vivir también nosotros fielmente nuestra vocación a la santidad. Amén.

Beatos Luis y María, rogad por nosotros.

“Los santos esposos Luis Martin y Celia Guérin vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús”. (S.S. Francisco, Homilía del 18 de octubre de 2015)

Oración al santo matrimonio Martin

Dios de eterno amor, nos has dado en los santos esposos Luis y Celia Martin un hermoso ejemplo de santidad vivida en el matrimonio. Ambos conservaron su fe y su esperanza en medio de los trabajos y pruebas de la vida, y educaron a sus hijos para que llegaran a ser santos. Te pedimos que su ejemplo sostenga a las familias de hoy en la vida cristiana y nos ayuden a todos a caminar hacia la santidad. Amén.

Santos Luis y Celia, rogad por los matrimonios y las familias del mundo entero.

La Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí


“Nos encontramos ante la imagen de la Inmaculada Concepción, venerada en el santuario de Itatí, fundado en el año 1615, y centro de la honda tradición mariana de esta región. Desde entonces, muchos miles de peregrinos han acudido ante esta imagen para honrar a María; para poner sus intenciones y sus vidas bajo su protección e intercesión.

Hoy queremos acudir también nosotros a la Virgen María, para atestiguar ese mismo amor y esa misma confianza en la que es Madre de Dios y Madre nuestra. Queremos ser buenos hijos que vienen a saludar a su Madre; hijos que se saben necesitados de su protección maternal; hijos que quieren demostrarle sinceramente su afecto”. (Homilía de San Juan Pablo II, en su visita a Corrientes, Argentina el 9 de abril de 1987)

Oración

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres, que bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han invocado.

Atiende nuestras necesidades que tu mejor que yo las conoces.

Concédenos un gran amor a tu divino Hijo Jesús y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones y consuelo en la muerte.

Amén.

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