Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María Alacoque junto a otros santos

Durante mi peregrinación en 1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el Corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: “hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones” (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

“Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús” (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio de los hombres, “manso y humilde de corazón”, revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar.

Aliento a los pastores, las comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por Santa Margarita María.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 22 de junio de 1990

El Padre Pío en los altares (IV)


“Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Las palabras de Jesús a los discípulos podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del Padre Pío de Pietrelcina. La imagen evangélica del yugo evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el yugo de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

“En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. ¿No es precisamente el gloriarse de la cruz, lo que más resplandece en el Padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza.

En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo. Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió: “Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por Él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz”.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

«Sagrado Corazón», título que trae lo Infinito a lo humano


El Cristo Histórico fue tan romántico como el amor. Mientras más profundamente pensamos sobre el asunto, mejor vemos que si Dios es bueno, nosotros debemos buscar Su Camino, Su Verdad y Su Vida; no solamente para que sea camino arriba de los cielos, sino también aquí abajo en el polvo de nuestras pobres vidas. Después de todo, lo que todos los pueblos han estado esperando en todo tiempo es un Ideal en la carne. No podrían continuar soñando ensueños y pintando símbolos. Los Judíos miraron hacia un Ideal en la carne; los Gentiles, que no conocían la revelación, en medio de su misma idolatría decían: “Bien, si Dios no baja hasta nosotros para ser Nuestro Camino, Nuestra Verdad, Nuestra Vida, entonces le haremos bajar. Construiremos Su imagen en piedra, oro y plata”. Pero la imagen, no podría satisfacer más que los sistemas de nuestros días. Había un abismo que sólo podía cubrir una Encarnación.

Y así fue como bajó Dios. Descendió como la personificación de nuestros sueños -la carne y sangre de nuestras esperanzas- el Romance de amor que es tan cierto y real como la historia. Por eso es por lo que Él es amado; por eso es por lo que Él es adorado; por eso es por lo que Él es Dios.

Hay un título querido a todos los que hallan en el Camino, la Verdad y la Vida, un título que reconoció su Divinidad, que da a la creatura un fácil acceso al Creador, al pecador un fácil acceso a la Santidad, y a nuestros corazones rotos una puerta abierta al Amor reparador de lo Divino; y este título que trae lo Infinito a lo humano en la más amable, hermosa y dulce familiaridad, es el “Sagrado Corazón”.

Fuente: Venerable Fulton Sheen, El eterno Galileo

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Junio está consagrado especialmente al Corazón Divino

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

En la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios. Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Cristo dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante la mansedumbre y la humildad. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbrey la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor. Pero también esa mansedumbre y humildad lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del Miércoles 20 de junio de 1979

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

María Madre del Buen Pastor

¡Cristianos! Ovejas sois de Jesucristo, y él es vuestro Pastor. ¡Oh dichosas ovejas, que tienen tal Pastor! Mis ovejas -dice el Señor- oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen a mí, y yo les daré la vida eterna, y no perecerán para siempre jamás, y no habrá nadie tan poderoso que me las arrebate de la mano. ¡Oh bendito tan buen Pastor! ¡Bendito tal Señor, Rey y Pastor!

Hacía Dios, a todos los principales: pastores; a todos los ocupaba en guardar ovejas, y de allí sacaba unos para profetas, otros para patriarcas, otros para reyes. Querría significar que Jesucristo había de ser profeta de los profetas, patriarcas, rey y pastor. También las mujeres de aquel tiempo, como era Rebeca y Lía y Raquel y otras muchas, denotaban a la Virgen sin mancilla, que, después de Jesucristo, no ha habido otra pastora, ni hay quien así guarde las ovejas de Jesucristo, y pues la Virgen sin mancilla es nuestra pastora después de Dios, supliquémosle que nos apaciente, alcanzándonos gracia.

San Pablo dice que daba leche y regalaba a sus hijos pequeños y que, para ganar a todos, se hacía todas las cosas a todos; ¡cuánto más verdaderamente haría el oficio de Madre esta Virgen sagrada, pues sin ninguna comparación les tenía mayor caridad que san Pablo! Sus entrañas santísimas se henchían de consolación viendo que el fruto de la Pasión de su benditísimo Hijo no salía en balde, pues por el mérito de ella tanta gente se convertía a él. Y parecíale que acoger y regalar, enseñar y esforzar a los que a ella venían, era recoger la Sangre de su Hijo bendito, que delante los ojos de ella se había derramado por ellos. Alababa a la divina bondad, y ningún trabajo le parecía pesado, y ninguna hora era fuera de hora para recoger aquel ganado que entendía que el Señor le enviaba para que lo aceptase en la gracia del Señor.

¡Dichosas ovejas, que tal pastora tenían y tal pasto recibían por medio de ella! Pastora, no jornalera que buscase su propio interés, pues que amaba tanto a las ovejas que, después de haber dado por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran. ¡Oh, qué ejemplo para los que tienen cargo de almas! Del cual pueden aprender la saludable ciencia del regimiento de almas, la paciencia para sufrir los trabajos que en apacentarlas se ofrecen. Y no sólo será su maestra que los enseña, mas, si fuere con devoción de ellos llamada, les alcanzará fuerzas y lumbre para hacer bien el oficio.

Fuente: San Juan de Ávila, Sermones 15 y 70

Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte

“Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros”

Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Toda su existencia está dominada por este “yo debo” que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; y les enseñará a orar así: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Jesús obedece hasta la muerte, aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida.

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia, el miedo y la turbación, el sudor de sangre y las lágrimas. Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura del rechazo, de la traición, de la ingratitud, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: “Todo está cumplido”.

Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: “Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”, y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 23 de julio de 1989

Misterios Dolorosos (V)


La Crucifixión del Señor (Lc 23, 33-34, 44-46; Jn 19,33-35)

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron. Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Jesús, dando un fuerte grito, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y, dicho esto, expiro. Como le vieron muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

Comentario de San Agustín

“Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Sermón 218, 2)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (IV)

La Cruz a cuestas (Mt 27,31)

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarlo. Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario.

Comentario de San Agustín

“En el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (III)

La Coronación de espinas (Mt 27, 29-30)

Los soldados trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ¡salve, Rey de los judíos!; y después de escupirle, tomaron la caña y le golpeaban en la cabeza.

Comentario de San Agustín

“Si ellos veían entonces con agrado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado, ayudados por la memoria, hemos de traer de nuevo a nuestras mentes lo que piadosamente creemos! Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En aquel único acontecimiento se manifestaban los crímenes actuales de aquéllos y se borraban también los nuestros futuros. Más aún, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (II)

La Flagelación del Señor (Jn 18, 33, 19; 1)

Pilato volvió a salir donde los judíos y les dijo: Yo no encuentro ningún delito en él. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos? Ellos volvieron a gritar diciendo: ¡A este, no; a Barrabás! Pilato entonces tomo a Jesús y mando azotarle.

Comentario de San Agustín

“Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (I)

La agonía en el huerto (Lc 22, 39-46)

Va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allí a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y dijo: Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra (Mt 26, 36-37; Lc 22, 4 1-44).

Comentario de San Agustín

“Nuestro Señor Jesucristo, a punto de sufrir en la plenitud de los tiempos por nuestra salvación, previno a sus discípulos, diciéndoles: Velad y orad para no entrar en tentación. Esto debe ser preocupación constante del cristiano, para que no sea el sueño quien se adueñe de todas las noches; no obstante ello, para imitar al Apóstol, que dice: frecuentemente en vigilias, se ha constituido en esta noche la más sagrada y santa de las vigilias con el fin de que el mundo entero esté en vela por Cristo” (Sermón 223)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Corazón de Jesús, traspasado por una lanza


«Corazón de Jesús atravesado por una lanza, ten piedad de nosotros»

Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn19, 23-37).

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo “al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la “apariencia”, el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrentees el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 30 de julio de 1989

La voluntad de Dios es que seamos santos (V)


El Señor mismo, como si no fuera suficiente ejemplo de santidad, propone a sus seguidores, no su ejemplo, sino el ejemplo mismo de su divino Padre: Sed misericordiosos, y sed perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos. Cuando hayáis cumplido toda la ley, agregaba, y cuando hayáis hecho todas las cosas que yo os he enseñado y mandado, decid entre vosotros mismos: Nosotros somos siervos inútiles sobre la tierra.

¿Quién, por más santo que sea, tiene el coraje de decir: He hecho tanto que basta, ya no debo hacer más? Adelante, adelante, grita san Juan, no es tiempo de reposo. Quien es justo se haga más justo, y quien es santo se haga más santo. No quien ha comenzado alcanza al Señor, sino el que persevera hasta el final, éste será salvo.

Vayamos a Dios, busquemos a Dios, deseemos a Dios; no tengamos otro fin ni otra medida que Dios mismo. Ninguno llegará a ser santo como María Santísima, pero si alguno pudiera llegar, aunque fuera santo como Ella, no podría aún decir basta; porque el modelo de nuestra santidad y de nuestra perfección es solamente Dios. No porque nosotros debemos o podemos llegar a ser perfectos como Dios, sino porque sobre nuestra santidad no debemos ponernos límites; porque debemos procurar ir siempre adelante, y porque ninguno puede decir basta.

Sed santos, dice Dios, porque yo soy santo: Sancti estote, quia ego sanctus sum. Juzgad ahora vosotros, y decidid si tenemos todos o no la obligación de hacernos santos.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Letanías de la Humildad

San Pío X junto a su secretario el Cardenal Rafael Merry del Val, Siervo de Dios.

Letanías de la humildad compuestas por el Siervo de Dios Rafael Merry del Val

-Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme.

-Del deseo de ser lisonjeado, Líbrame Jesús.

-Del deseo de ser alabado,

-Del deseo de ser honrado,

-Del deseo de ser aplaudido,

-Del deseo de ser preferido a otros,

-Del deseo de ser consultado,

-Del deseo de ser aceptado,

-Del temor de ser humillado,

-Del temor de ser despreciado,

-Del temor de ser reprendido,

-Del temor de ser calumniado,

-Del temor de ser olvidado,

-Del temor de ser puesto en ridículo,

-Del temor de ser injuriado,

-Del temor de ser juzgado con malicia.

-Que otros sean más estimados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo.

-Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,

-Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,

-Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,

-Que otros sean preferidos a mí en todo,

-Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.

Oración

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

Corazón de Jesús, víctima por los pecadores

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«Cor Iesu, victima peccatorum».

«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, fue entregado por nuestros pecados(Rm4, 25); pues, aunque Él no había cometido pecado, Dios le hizo pecado por nosotros(2 Co5, 21). Sobre el Corazón de Cristo gravó,enorme, el peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del cordero pascual,víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (cf. Ex12, 21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero cordero de Dios(Jn1, 29): cordero inocente,que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (cf. Mt3, 13-16 y paralelos); cordero manso, al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda(Is53, 7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria,porque se ofreció libremente a su pasión,como víctima de expiación por los pecados de los hombres que consumió en el fuego de su amor.

Jesús es víctima eterna.Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Él conserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagasde las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (cf. Jn20, 27; Lc24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (cf. Hb7, 25; Rm8, 34).

Hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: «Por los pecados del puebloElla vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio» (Secuencia Stabat Mater).

Fuente: cf. S.S. Juan Pablo II, Ángelus del 10 de septiembre de 1989

Amemos la Cruz de Jesús que nos santifica


No conviene que el honor que hemos de tributar a la cruz de Nuestro Señor se limite a respetarla y adorarla; es preciso, además, que la amemos con todo el afecto de nuestro corazón y que deseemos morir clavados en ella, como lo deseó Jesucristo, nuestro divino maestro. Pues como dice el autor de la Imitación, quienes se abrazan de buen grado a la cruz de Jesucristo no temerán la terrible sentencia de la condenación; pues habiendo sido, por su medio, arrancados al pecado, no es posible dudar.

Y hemos de tener la confianza de que si la amamos, en unión con Jesucristo, que la amó tiernamente y la llevó con sumo gozo, todas las miserias de esta vida se nos convertirán en dulces y agradables; y seremos realmente felices al haber encontrado nuestro paraíso en este mundo, puesto que estaremos participando del espíritu paciente de Jesucristo que nos reconcilió mediante su muerte sobre esta santa cruz,dice san Pablo, para hacernos santos, puros e irreprensibles ante Dios.

Consideremos, pues, atentamente, cuán deudores somos a este sagrado madero por haber contribuido de tal modo a nuestra santificación. Elevémoslo, con el celo del ferviente amor, hasta Jesucristo, para unirlo a él, que sigue amándolo todavía, porque ama nuestra salvación y se siente satisfecho de haber cargado con él para nuestra santificación. Así, pues, cuando tengáis alguna aflicción, uníos a Jesús doliente; amad su cruz, ya que sois uno de sus miembros.Esa unión y ese amor suavizarán vuestras penas y os las tornarán mucho más tolerables.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Habrá niños santos - Venerable Antonieta Meo

Antonieta Meo 01 01

Antonieta Meo, nació en Roma el 15 de diciembre de 1930. A los tres años frecuentó un jardín de infancia de religiosas y a los 5 años se inscribió en la Acción Católica, en el grupo de las más pequeñas.

A los 6 años de edad un osteosarcoma le obliga a la amputación de la pierna izquierda. Ya a aquella edad tenía un concepto del valor del sufrimiento incomprensible sin la gracia de Dios. Una religiosa enfermera de la clínica testimonió: «Una mañana, mientras ayudaba a la enfermera que ordenaba el cuarto de la niña, entró su papá, el cual, después de haberla acariciado, le preguntó: ¿Sientes mucho dolor? Y Antonieta respondió: Papá, el dolor es como la tela, cuanto más fuerte más valor tiene.»
La religiosa añadió: "Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos, no lo hubiera creído."

Comienza a ir a la escuela primaria a los 6 años con una prótesis que le provoca muchos fastidios. Pero todo lo ofrece a Jesús: "Cada paso que doy que sea una palabrita de amor". El día del aniversario de la amputación lo quiere celebrar con un gran almuerzo y con una novena a la Virgen de Pompeya, porque gracias a este evento había podido ofrecer su sufrimiento a Jesús. Cuando encontraba un pobre, ella quería darle el centavo que tenía.
La noche de navidad de 1936 recibe con fervor la Prima Comunión y pocos meses después la Confirmación. La amputación de la pierna no había bloqueado el tumor, que se extendió a la cabeza, a la mano, al pie, a la garganta y a la boca. Tanto los dolores de la enfermedad como los tratamientos que trataban de curarla eran muy fuertes.

Son célebres sus cartas a Jesús y María: desde muy pequeña se las dictaba a su mamá y, cuando supo escribir, lo hizo ella misma. Cada noche las colocaba debajo de una estatuilla del Niño Jesús para que él viniera de noche a leerlas.
Le gustaba frecuentar la escuela y el catecismo. Escribía a Jesús en una de sus cartas: "Voy con entusiasmo, porque se aprenden tantas cosas bellas sobre Ti y sobre tus Santos".
La última carta está fechada el 2 de junio de 1937 y terminará en las manos de Pío XI, quien hará llegar inmediatamente a la niña la bendición apostólica. La madre recuerda: «Me senté a la cabecera de su cama y escribí lo que Antonieta me dictaba trabajosamente: "Querido Jesús Crucificado, yo te quiero tanto y te amo tanto. Yo quiero estar contigo en el Calvario". En ese momento a Antonieta le entró un violento ataque de tos y vomitó, pero en cuanto se le pasó quiso continuar: "Querido Jesús te quiero repetir que te quiero mucho mucho"...»
Murió el 3 de julio de 1937 en medio de terribles dolores. No había cumplido ni siquiera 7 años. Su vida ha sido un testimonio de santidad para todos los niños.

Fuente: cf. vatican.va y aciprensa.com

Apóstoles del Corazón de Jesús

Ultima Cena 09 12

“Y aconteció en aquellos días (agudizado el odio de los fariseos) que salió (Jesús) al monte a hacer oración, y pasó la noche orando a Dios, y cuando fue de día llamó junto a sí a sus discípulos, a los que Él quiso, y vinieron a El. Y escogió doce de entre ellos, a los que también llamó apóstoles: para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Lc 6,12-16; Mt 10,1-4; Mc 3,13-19).

Una de las más espléndidas manifestaciones de la bondad de nuestro Padre Dios es que, pudiendo hacer todo por sí mismo, se digna buscar y admitir la colaboración de sus criaturas y por medio de ellas repartir sus bienes.
Él es la Luz y el calor indeficientes y se digna alumbrarnos y calentarnos por medio del sol. Él es la Vida y se digna repartírnosla por medio de las semillas... Y en el orden sobrenatural, Jesús, el restaurador del universo, prosigue manifestando la bondad de su Corazón al modo de su Padre: alumbra, calienta, cura, redime, vivifica, diviniza a unas almas por medio de otras.

¡El APÓSTOL!
He aquí la gran institución del amor del Corazón de Jesús. Su más rico y abundante desbordamiento, después de la Eucaristía.
Él, por sí mismo o por medio de su Espíritu santo, ha podido tocar los ojos, los oídos y el corazón de cada uno de los hombres de ayer, de hoy y de mañana, e iluminarlos y transformarlos. Ha podido y puede continuar aplicando los méritos y la virtud de su gran Obra, la que Él solo comenzó y Él solo consumó, de la redención del género humano. Pero ha querido, se ha dignado querer asociarse colaboradores, no de entre los espíritus angélicos, sino de entre los hombres de carne y hueso, de barro de Adán.
¡Ésos son los Apóstoles!

¿Qué es un apóstol?
Etimológicamente es un enviado. Históricamente, según el Evangelio, las Epístolas y demás libros inspirados del Nuevo Testamento y la Historia de la Iglesia, apóstol es, sí, un enviado de Jesús con una sola ocupación: ir, y un solo fin: salir de Jesús, haciendo de Jesús, y volver después de haber hecho a Jesús en muchas almas, para volver a salir, y así cumplir el “id” del mandato apostólico. Es decir, a un apóstol le es todo permitido menos el estarse quieto. ¡Siempre yendo! ¡O saliendo de Jesús solo, o volviendo acompañado de almas a Jesús! El apóstol es un perpetuo viajante con este solo divino encargo: ir desde Jesús solo hasta Jesús acompañado. Él lo dejó dicho: Yo os elegí y os puse para que vayáis...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

Los buenos buscadores del Corazón de Jesús

Crucifixion 12 25

Los que buscan sólo su Corazón

¡Qué poquitos son!
Los que buscan a Jesús -más que por lo que da o promete- por lo bueno que es, por lo que se merece ser buscado. Es decir, por lo que es Él. ¡Por su Corazón! ¡En qué escaso número se encuentran en el Evangelio! ¡Somos los hombres tan indigentes en nuestro ser y tan interesados en nuestro querer!
Pero, aunque en corto número, en el Evangelio se encuentran, para gloria de Dios y honor del género humano, buscadores constantes, invariables, enloquecidos, si vale decirlo así, de su Corazón.

Los tres buscadores del Corazón de Jesús
Y, con más propiedad, diría tres tipos de buscadores con sus características muy marcadas que son: el grupo de las Marías, Juan Evangelista y la Madre de Jesús.
A este grupo no se le conoce en el Evangelio más que una ocupación para su vida y una sola dirección para sus pasos, sus miradas y sus anhelos. A saber: buscar el Corazón de Jesús, pero cada uno a su modo.
Dejo para más adelante presentaros el modo que cada uno tiene de buscar al Corazón de Jesús. Conténtome ahora con presentaros un solo cuadro en el que todos y solamente ellos, aparecen absorbidos por esa preciosa ocupación.

Las horas del Sacrificio
“Muchos son, dice el autor de la Imitación de Cristo, los que siguen a Jesús hasta partir el pan, hasta la mesa; pocos los que llegan con Él hasta beber el cáliz de la Pasión” (Libro II, c. 11).
Es decir, muchos son los seguidores y enamorados de las dádivas y regalos de Jesús. Pero pocos los de verdad enamorados de su Corazón, y menos aún en la hora de su Sacrificio.
Poned un momento vuestros ojos en la cima del Calvario en la hora de la crucifixión de Jesús. ¿Qué da allí Jesús?
Allí no hay multiplicación de panes ni peces. No hay curaciones milagrosas de ciegos y tullidos. No hay caricias para niños ni consuelos para los que lloran... Allí no hay más que una vida que se extingue, unos ojos vidriosos que se cierran, unas heridas que manan sangre, una boca cárdena que se reseca, unos miembros que se contraen, un amor infinito que se deshace en un infinito dolor. Y, cuando la vida se extingue del todo, queda de cuerpo presente un pecho abierto y un Corazón traspasado por la lanza de un soldado.

¿Quién está con Jesús en esa hora?
Responde el Evangelio: Estaban junto a la Cruz, María Madre de Jesús, Juan el Discípulo a quien Jesús amaba y las Marías (Cf. Jn 19,25).
¡Éstas son las almas que buscan a Jesús crucificado! “Sé, dirá poco después un ángel a una de ellas, que buscáis a Jesús crucificado" (Mc 16, 6)
Ésas son las buenas, las óptimas buscadoras de Jesús. Las que sólo buscan su Corazón, para, con Él y como Él, amar padeciendo o gozando, trabajando o descansando, muriendo o resucitando...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

La devoción al Niño Jesús

Santos con Nino 01 01

Ama Jesucristo la inocencia de los niños desde que Él mismo se hizo Niño en el cuerpo y en los afectos. Ama Cristo la infancia, como maestra de humildad, regla de inocencia y modelo de mansedumbre. Ama Cristo la infancia y la propone por ejemplo de costumbres a los hombres ya provectos; quiere que todas las edades se conformen con la sencillez de los niños y que se arreglen a ella los que ha de elevar al eterno reino (San León Magno).

Desde tiempos muy antiguos los católicos han tenido mucha devoción al Divino Niño Jesús, y han honrado su santa infancia, considerando esta edad de Jesucristo como una maravilla de inocencia y amabilidad.
San José fue quien junto a la Santísima Virgen ha custodiado a Nuestro Señor Jesucristo en su más tierna infancia. Santa Teresa de Ávila tenía un amor tan grande al Divino Niño que un día al subir una escalera tuvo una visión en la que contemplaba al Niño Jesús tal cual había sido en la tierra. En recuerdo de esta visión la santa llevó siempre en sus viajes una estatua del Divino Niño, y en cada casa de su comunidad mandó tener y honrar una bella imagen del Niño Jesús que casi siempre ella misma dejaba de regalo al despedirse.
En la historia de la Iglesia muchos santos han sido agraciados con la visión del Niño Jesús, entre ellos: San Cayetano, Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua, San Cristóbal, San Bernardino Realino, Santa Inés de Asís, San Estanislao de Kostka, San Félix de Cantalicio, San Juan de Dios.
En el año 1636 Nuestro Señor le hizo a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento esta promesa: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada".

Fuente: cf. devocionario.com

San Esteban, lleno de gracia y de fortaleza

San Esteban 04 05

Esteban, lleno de gracia y de fortaleza (Hech 6, 8) ¿Hubo jamás en menos palabras elogio tan magnífico? A solo el Espíritu Santo toca conocer bien y alabar dignamente a los santos que él mismo ha formado. Esteban, lleno de gracia y de fortaleza. Al saludar el ángel a María se sirve de la misma expresión. La plenitud es diferente, así por la excelencia de las gracias, como por lo que mira a la diferente capacidad de los sujetos; pero siempre es verdad que después de María no hay otro que San Esteban a quien se haya caracterizado con el magnífico título de lleno de gracia y fortaleza.

San Lucas no nos señala qué milagros y prodigios eran los que obraba San Esteban; pero ¿No era un milagro bastante grande su fortaleza y su intrepidez heroica? Son estos unos milagros que nosotros debemos intentar hacer, y que debemos esperar hacer con la ayuda de la gracia. No hay ninguno de nosotros que no tenga bastante gracia para hacerse santo; ninguno que no pueda tener bastante fortaleza y que no deba tener bastante ánimo para despreciar las engañosas máximas del mundo, tan contrarias a las máximas del Evangelio, para domar sus pasiones, para resistir a la tentación, y para practicar las obras de misericordia.

El odio reúne todas las sinagogas contra la Iglesia que acaba de nacer. Ésta fue su suerte en todos los tiempos, ver todas las sectas reunirse contra ella; pero su gloria fue no sufrir ni tolerar ninguna, combatir con todas, y verlas a todas arruinarse y extinguirse. Estando la religión fundada sobre la fe, que es como su alma, y siendo los fieles hombres, es decir, de un espíritu muy limitado, esclavos de sus sentidos y de su amor propio, parece no podía suceder que no hubiese herejes casi al mismo instante que hubo cristianos; pero en fin, la Iglesia ha tenido la gloria y el consuelo de ver nacer y morir todas las sectas: levante el infierno cuantas quiera hasta el fin de los siglos, todas tendrán la misma suerte.

Ninguna cosa es más violenta que el error confundido y humillado; para vengarse y sostenerse no se avergüenza de recurrir a los más indignos artificios y a las más negras imposturas; la calumnia, la venganza más maligna, la mala fe, los enredos, de todo echa mano. Esto se ve claramente en la rabia de los judíos contra San Esteban. Pero ¡qué consuelo, Dios mío, para vuestros siervos pensar que no son tratados sino como Vos lo fuisteis!

Fuente J. Croisset, SJ, Año cristiano

Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios

Sagrado Corazon 43 76

Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios. Por la creación, Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le ha creado y le busca.

Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Dios es el que toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle, de hablarle, de compartir con Él nuestra vida. La persona que reza, que se dispone a escuchar a Dios y a hablarle, responde a esa iniciativa divina.

Cuando rezamos, es decir, cuando hablamos con Dios, el que ora es todo el hombre. Para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces): Es el corazón el que ora.
El corazón es nuestro centro escondido, sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro con Dios, de la relación entre Dios y cada uno de nosotros personalmente.
La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar y aprender a orar. Aprendemos a hablar con Dios a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los Evangelios y, sobre todo, imitando el ejemplo de Jesús.

Fuente: opusdei.org

No tengamos miedo de tender hacia lo alto

Beato Carlos 02 05 Tapiz de la beatificación del Beato Carlos de Austria

Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cristo aferrara tan plenamente su vida que podían afirmar como san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, «nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del pueblo de Dios» (Lumen gentium).

¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa todavía que la santidad es una meta reservada a unos pocos elegidos. San Pablo, en cambio, habla del gran designio de Dios y afirma: «Él (Dios) nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1, 4). Y habla de todos nosotros.
La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.

Quizás podríamos preguntarnos: nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, ¿podemos llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año litúrgico, nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes de la geografía del mundo, hay santos de todas las edades y de todos los estados de vida; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí.

¡Qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista a esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. Quiero invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser también nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 13 de abril de 2011

La Eucaristía da fortaleza a los mártires

San Jose Luis Sanchez del Rio 02 03 Los mártires José Luis Sánchez del Río y Antonio Molle Lazo en el día de su Primera Comunión

Por las hazañas tan gloriosas de los santos mártires, con las que resplandece en todo lugar la Iglesia, comprobamos con nuestros propios ojos cuán verdadero es lo que cantamos en el salmo, a saber, que es cosa preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles, ya que es preciosa a nuestros ojos y a los ojos de aquel por cuyo nombre dicha muerte ha tenido lugar.

Pero el precio de estas muertes es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no compró uno solo, sin cuya muerte no se hubiese multiplicado el grano de trigo? Habéis oído las palabras que pronunció el Señor cuando se acercaba ya el tiempo de su pasión, es decir, de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto.

Y así, realizó en la cruz una importante transacción; en ella fue abierta la bolsa que contenía el dinero de nuestro rescate: cuando su costado fue abierto por la lanza, de él manó el precio de todo el orbe.
Todos los fieles fueron comprados, no sólo los mártires; pero la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado. Han devuelto lo que se había desembolsado a su favor...
Leemos en la Escritura: Si te sientas a comer en una mesa bien abastecida, repara con atención lo que te ponen delante, porque luego tendrás que preparar tú algo semejante. Es una mesa realmente bien abastecida aquella en la que el manjar es el mismo anfitrión. Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida. Los mártires se dieron cuenta de lo que comían y bebían, y por esto quisieron corresponder con un don semejante.

Fuente: San Agustín, Sermón 329. Liturgia de las Horas.

La oración del Corazón de Cristo

Oracion de Jesus 01 01

Llama la atención la frecuencia con que hablan los Evangelios de las oraciones de Cristo. Y los teólogos andan en cavilaciones preguntándose por qué oró Cristo, siendo así que por virtud de la unión hipostática estaba en posesión-en posesión plena y natural-de todo aquello por lo cual nosotros rezamos y en ejercicio continuo de aquello por lo que nosotros glorificamos a Dios.

No entra en mi propósito exponer aquí la teología de la oración de Cristo; y por lo que respecta a la psicología de su incomparable ánimo de oración, no me siento con valor para tocar a la puerta del más dulce de los misterios. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que la clave para comprender la oración de Cristo es su espíritu y su misión sacerdotal.

Lo que el sabio del Antiguo Testamento dice de Jeremías: «Este es el verdadero amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la ciudad santa» (II Mac 15, 14), brilla con misteriosos caracteres de fuego sobre las incontables horas y noches que Cristo pasó en oración.
¡Qué horas, qué noches fueron aquéllas! En su profundo silencio extendía sus alas toda alma noble afanosa de Dios, subían hacia las alturas anhelos y suspiros santos y se reunían en torno de la montaña en que oraba Cristo. En su espíritu se abría el pasado y el porvenir, y todos los gérmenes de santidad -por muy pequeños que fuesen- que pudo haber jamás en los esfuerzos y en los tormentos humanos, todos se abrían en flor en su corazón.
Toda obstinación y abyección humana, todo orgullo que se rebela contra Dios y todo sensualismo hacían acto de presencia, y también lo que de súplica y expiación siguió a los mismos, asaltando los cielos, todo se reunía y estaba tenso en el alma de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por los senderos silenciosos de aquellas noches santas, el alma de Cristo entraba en todas las chozas de la Palestina, y en todos los palacios de la magnífica Asia, y en todas las tiendas de los desiertos; encontraba las escuelas filosóficas de Corinto, y los templos de Osiris y de Mitra en Roma, los antros de los trogloditas del valle de Neander y las ciudades de palacios de los faraones; y lo que hallaba allí de miseria, impotencia y sufrimiento humanos, lo recogía todo con amor fraternal y lo presentaba en el cáliz de oro de su corazón ante el trono de su Padre.
Todo lo que ha habido de noble movimiento, de acción de gracias y de súplica en el corazón humano, se levantaba allí del alma de Cristo, subiendo con llamaradas al cielo; lo que ha habido de obstinación, de rebeldía, de condenación y de blasfemia contra Dios, todo aquello lo reunía contra sí mismo, como Arnaldo de Winkelried juntó las lanzas del enemigo, y aceptaba la deuda, y expiaba la blasfemia, e imploraba a Dios.
¡Y toda la fidelidad que haya podido consolar a aquel Corazón santo y sensible, y toda la infidelidad que haya podido entristecerlo a través de la historia...! ¡Ah! ¿Quién tiene siquiera una pálida idea de las profundidades de aquel Corazón? ¿Quién se atrevería a describir la oración de aquel Corazón? En Jesucristo oró toda la humanidad, y sigue orando hasta la consumación de los siglos... Semper interpellans pro nobis!, siempre intercediendo por nosotros. El sacerdocio de Jesucristo constituye otra de las consecuencias de la encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín O.P., Jesucristo y la vida cristiana

Madre del Amor Hermoso (I)

Virgen con el Nino 04 10

Desde toda eternidad estuvo ya la Reina, íntima e inseparablemente unida al Verbo, en el plan providencial que éste debía realizar como Salvador de los caídos. ¡Con el Redentor, la Corredentora Inmaculada! Respetemos, pues, y adoremos los designios del Altísimo y conservemos perfectamente unidos los Corazones que Él ha unido, el de Jesús y el de María: ¡a ellos sean dados honor y gloria!

Mi camino para llegar hasta el Santo de los santos, hasta el Corazón mismo de Jesús, hasta lo más íntimo de ese santuario de justicia y de amor, lo tengo perfectamente trazado: ¡ese camino obligado y directo es María! Como nadie va al Padre sino por el Hijo, como nadie conoce al Padre sino aquel a quien el hijo se lo revelare, así, en otro orden y relativamente, podríamos decir que nadie va donde el Rey, sino aquel a quien le revelare su hermosura la Reina.
Por ella nos llega, desde el seno del Padre, el Verbo. Esto es, cabalmente, lo que manifiesta la voluntad explícita de Dios: que María entre de lleno en el plan divino, que así como Dios viene a los hombres por María, así los hombres rescatados vayan también a Dios por Ella. Porque lo quiso positivamente, Jesús hizo de su Madre el puente indispensable.

En efecto, ningún cristiano digno de ese nombre pretenderá tomar un camino que no sea María, el trazado por aquel que se llamó a Si mismo «el Camino». Sería pretender corregir los planes de Dios y rectificar una afirmación suya, hecha por el prodigio estupendo de la Encarnación, el no querer pasar por los brazos de la Reina Inmaculada, al ir en busca de Dios y al encuentro de su Hijo.
Es, más que interesante, conmovedor, el pensar que en Belén los pastorcitos, los reyes, el mismo José, deben recibir el Niño adorable de manos de María...
«¡Tú eres, Reina Inmaculada, el Puente tendido por Dios mismo entre el Paraíso que perdimos y el Paraíso que esperamos...» «¡Venga a nosotros Jesús por tus manos! ¡Llévanos por ellas, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable!»

El primer Maestro en el amor de María es Jesús. La primera razón por la cual debo amarla, sin medir el caudal de mis ternuras con Ella, es que el primero de los amores del Corazón de Jesús, después de su Padre celestial, fue María. La amó como sólo Dios podía amar a la criatura más perfecta que salió de sus manos, la única santa. La amó como sólo Dios podía amar a Aquella en quien iba a tomar carne y sangre humanas para ser, por Pasión y Muerte, desde entonces, el Salvador del mundo. Consagraba por lo mismo a María desde esa hora en colaboradora directa, en Corredentora.
La amó Jesús con gratitud de Hijo suyo: vivió de la sangre purísima de María, durmió tranquilo en su regazo materno. Su Corazón gozó de ternura y desvelos, de caricias y de lágrimas amorosas que María, y sólo María era capaz de prodigar al Hijo del Dios vivo, ¡su Hijo!
La amó Jesús durante treinta años de intimidad; y en convivencia la más estrecha, se fueron fundiendo, si esto fuera posible, más y más los Corazones del Hijo y de la Madre en aquel diálogo perpetuo de sus dos almas, en aquella pasión y agonía secretas que les crucificaba a ambos, ya desde entonces, en la misma cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Dios nos quiere santos

Santa Gianna Beretta Molla 04 05 Tapiz de la canonización de Gianna Beretta Molla, 16 de mayo de 2004

Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su buena voluntad.

Esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos lo repite insistentemente San Pablo: hæc est voluntas Dei: sanctificatio vestra, ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación. No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima.

Grabemos a fuego en el alma la certeza de que la invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión.
Hemos de ser santos: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro.
Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana.

Fuente: San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios

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