La voluntad de Dios es que seamos santos (VIII)

No me digan: no podemos, porque puede darse que no puedan rezar por largo tiempo, arrodillándose con las manos juntas. No sabrían hacer meditaciones bien ordenadas, recitar oraciones estudiadas, bien compuestas y afectuosas según la manera de pensar de ustedes; mas piensen en las máximas eternas, piensen seriamente y digan de corazón al Señor aquello que saben, y no vayan a buscar otras cosas: el Señor mira el corazón, no las palabras.

¿No podrán dar limosnas? recen, compadézcanse, aconséjense, corríjanse. Su estado no les permitirá hacer largas oraciones y rigurosas penitencias, pues hagan sólo aquello que pueden; al menos ofrezcan al Señor sus dificultades, sus fatigas, sus sudores, al menos lleven con paciencia aquellas tribulaciones, aquellas desgracias, aquellas enfermedades, aquellas cruces que Dios les envía, y a Él le serán mucho más agradables que aquellas penitencias que ustedes quisieran hacer.

No pueden predicar y convertir el mundo a la fe; pero pueden dar buen ejemplo; vean que del ejemplo que dan en el vestir, en el hablar, en el conversar y en el actuar no se pueda aprender sino el bien, y entonces harán más bien que el que hacen los mismos predicadores. Si desean hacer algo más y no pueden, lloren en lo secreto de sus corazones, lloren no sólo sus propios pecados sino los pecados de todos los hombres, la desgracia de los herejes, de los incrédulos, de los infieles, de los obstinados.

¡Ah! ¡Mis queridos! ¡Si supieran que la santidad más grande está en el corazón y no en la apariencia de lo que se ve! Díganme con sencillez: ¿la sustancia de nuestra ley, no consiste en amar al prójimo y en amar a Dios? Y el prójimo y Dios ¿no se aman con el corazón? Y hablando especialmente de Dios ¿no es verdad que debemos amarlo con un amor entrañable, con un amor ardiente, con un amor tan grande que supere grandemente la esfera de nuestras acciones? Y he aquí, mis oyentes, el más grande motivo por el cual, no sólo, todos podemos y debemos hacernos santos, sino también por el cual Dios no ha querido poner algún límite a nuestra santidad, diciendo que debemos ser perfectos como Él.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Oración por las vocaciones sacerdotales

Jesús, Pastor eterno de las almas, escucha la oración que te dirigimos por los Sacerdotes. Hacia ellos sientes el amor más afectuoso y más delicado de tu Corazón, ese amor profundo en que parecen reunirse todos los lazos íntimos que te unen a las almas.

Mira misericordiosamente a toda esa multitud de almas ignorantes, para las cuales el Sacerdote ha de ser luz; a todos los esclavos del pecado, que buscan a alguien que los libre de los engaños y que los salve en tu Nombre.

Piensa en todos esos niños, en todos esos jóvenes, que buscan un guía capaz de llevarles hasta Ti.

Piensa, Señor, en tantas criaturas que sufren y tienen necesidad de un corazón que las consuele y que las lleve a tu Corazón.

Piensa en todas las almas que podrían llegar a la perfección, si encontrasen en su camino la ayuda de un Sacerdote santo.

Haz que tus Sacerdotes conduzcan hacia Ti a toda esta Humanidad que sucumbe de debilidad, para que toda la tierra se renueve, sea exaltada la Iglesia, y el Reino de tu Divino Corazón quede establecido en la paz.

Oh Virgen Inmaculada Madre del Sacerdote Eterno, que tuviste a Juan, el sacerdote amado de Jesús, como primer hijo adoptivo, y que, en el cenáculo presidiste como Reina la reunión de los Apóstoles, alcanza a la Iglesia de tu Hijo un continuo Pentecostés, incesantemente renovado. Así sea.

Fuente: Oración compuesta por el Cardenal Mercier

La Santa Misa

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste. Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón. Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas. Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor. La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones. Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas. Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti. Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio. Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales. Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte. Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa. Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio. Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del Sacerdote, que Dios ratifica en el cielo. Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Ángel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.

Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia. Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue. Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.

“La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del Purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria” (San Bernardino de Siena)

“El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho” (San Agustín)

“Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el Sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa” (San Gregorio Magno)

Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención. Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios Nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

Fuente: cf.ewtn.com

Santa Protectora de los niños por nacer

Gianna Beretta Molla alimentó una profunda devoción hacia la Virgen. La referencia a la Virgen es recurrente en las cartas a su novio Pietro y en los años sucesivos de su vida, especialmente cuando fue internada para la extirpación del fibroma, sin poner en peligro a la criatura que llevaba en su seno. Fue precisamente María quien la sostuvo en el extremo sacrificio de la muerte, como confirmación de cuanto ella misma solía repetir siempre: “Sin la ayuda de la Virgen, no se va al Paraíso”.

Queridos hermanos, que estos nuevos santos os ayuden a aprovechar su lección de vida evangélica. Seguid sus pasos e imitad, de modo especial, su devoción filial a la Virgen María, para avanzar siempre, en su escuela, por el camino de la santidad. Con este deseo, que acompaño con la oración, os renuevo a todos vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica. (San Juan Pablo II, Discurso del 17 de mayo de 2004 con motivo de la canonización).

Oración

Oh Dios, creador y amante del ser viviente, Tú estuviste al lado de Santa Gianna cuando se encontraba frente al dilema de salvar la propia vida o aquella de la criatura que, como don esperado, llevaba en su seno. Confiando sólo en Ti y recordando tu mandamiento de defender la vida, encontró el coraje de cumplir su deber de madre y decir sí a la nueva vida, sacrificando generosamente la propia, coronando una vida cristiana ejemplar. Por intercesión de María Madre de Jesús y bajo el ejemplo de Santa Gianna, dispón a todas las madres para acoger con amor cada vida que nace. Danos la gracia que esperamos y la alegría de inspirarnos en Santa Gianna como modelo de joven, de esposa, de madre y de médico que, bajo el ejemplo de Jesús, se sacrificó a sí misma por la vida del prójimo. Amén.

Sobre la veneración de las reliquias de los santos


Reliquias de la Sierva de Dios Zita y de su esposo, el Beato Carlos de Austria, de quien hoy recordamos el día de su santa muerte, acaecida el 1 de abril de 1922.


Dios nos invita a esta práctica de devoción por los innumerables milagros que obró por medio de las santas reliquias de sus siervos. Lo vemos en los sepulcros de los mártires y de los santos confesores, que son, como dicen los Concilios, fuentes saludables que Jesucristo nos ha dejado, de las que brotan todo tipo de alivio para los enfermos, y donde encontramos el manantial de dulzura que cura las dolencias, disipa las tristezas malignas y las tentaciones, por la virtud de Jesucristo que en ellas radica.

Lo vemos en la traslación de las reliquias de san Esteban, protomártir, y las de otros varios santos, de manera que no podemos dudar que Dios, según su palabra, honra las cenizas y los huesos de sus siervos, que fueron miembros vivos y templos animados por el Espíritu Santo.

Por este mismo principio, encarga a sus mismos ángeles que entierren el cuerpo de santa Catalina, o pone de manifiesto los sagrados cuerpos por medio de luces milagrosas, para que no permanezcan en la oscuridad de un sepulcro común o poco digno, y para que aprendamos a venerarlos para bien de nuestros cuerpos y de nuestras almas.

Si la bondad de Dios nos concede tantos bienes en consideración a los sencillos honores que tributamos a estas reliquias inanimadas, ¿qué gracias no preparará para quienes se hacen imitadores de aquellas nobles almas?

Los santos que están en la gloria desean justamente este honor porque son en el cielo los protectores de los vivos. Es excelente medio para ser socorrido por su intercesión pues, al encontrarse en el estado de la caridad consumada, recompensan generosamente la veneración que les tributamos. Cuando honramos sus reliquias, excitan nuestra devoción con sus oraciones: presentan nuestras oraciones a Dios, y nos invitan a desear ser, como ellos, holocaustos vivos ante la faz del Señor.

De esta veneración debemos obtener especial estima, y tener particulares sentimientos de piedad y de respeto por todas las sagradas reliquias; de manera que todo esto nos cause profunda confianza en la intercesión de los santos, de quienes tenemos la suerte de conservar sus reliquias cerca de nosotros.

Dirijamos nuestros pensamientos hacia el cielo, y que la vista de las sagradas reliquias nos sirva de motivo para incrementar y encender en nosotros el espíritu de martirio, el desprecio del mundo y amor ardiente a Nuestro Señor Jesucristo. Adorad a Dios, que tan admirable es en sus santos.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Corazón de Jesús, despedazado por nuestros pecados


Corazón de Jesús en Getsemaní, que «se entristece hasta la muerte», que siente el «peso» terrible. Cuando dice: “Todo te es posible; aleja de mí este cáliz” (Mc 14 36), Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.

Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, Dios ha amado tanto al mundo hasta dar su Hijo unigénito...

Tantos siglos antes lo había dicho Isaías: “Pero fue Él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido” (Is 53, 4). Él se ha inmolado por nuestros delitos; y, sin embargo, ¿no decían en el Gólgota: “Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz” (Mt27, 40)? Así decían. Y, sin embargo, el Profeta Isaías decía tantos siglos antes: “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados... Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino: Y Yahvé cargó sobre El la iniquidad de todos nosotros... Fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo” (Is53,5-8).

¡Despedazado por nuestros delitos!

Corazón de Jesús, despedazado por los pecados...

Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón.

Jesús dice: “Todo está cumplido”

“Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc23, 46).

¿Cómo iban a cumplirse de otro modo las escrituras?

Cómo iban a cumplirse de otro modo las palabras del Profeta que dice: “El Justo, mi Siervo, justificará a muchos... Se cumplirá por su medio la voluntad del Señor” (cf. Is 53, 11). ¡La voluntad del Padre! ¡No la mía, sino tu voluntad!

¡Madre del Redentor! ¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 31 de agosto de 1986

Habrá niños santos - Venerable María del Carmen González

María del Carmen González nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Ya desde los cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos; también le gustaba pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja.

La persecución religiosa que había comenzado algunos años antes en España, se hizo entonces más fuerte. La familia de María del Carmen no se libró de estos sucesos porque a finales del mes de agosto el padre fue arrestado y conducido a prisión, donde le haría una emocionante confesión a su mujer: “Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”. Días más tarde sería asesinado.

Tras la muerte de su marido, la madre de Mari Carmen se traslada a vivir a la embajada de Bélgica por correr peligro. Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: “Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. El 6 de abril de 1938 María del Carmen ofrece a Dios su vida por la conversión de los asesinos de su padre.

El 8 de abril, al regresar del colegio, debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal.

El 17 de julio de 1939, María del Carmen exclamó: “Hoy me voy a morir, ¡me voy al cielo!”. Doña Carmen, su madre, congregó entonces a toda la familia alrededor de la pequeña. De pronto, la niña se volvió hacia ella y le dijo: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?... Ámense unos a otros”. “Jesús, José y María asistidme en mi última agonía, haced que muera en vuestra compañía”, fueron sus últimas palabras. Cuando hubo muerto, le pusieron el vestido de su primera comunión. El 12 de enero de 1996 fue declarada Venerable.

Fuente: cf. maricarmengv.info

Mes de marzo en honor del santo Patriarca

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Es una práctica saludable y verdaderamente laudable consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad (especialmente durante su novena, del 10 al 18 de este mes).

Oración a San José

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia deDios de las hostiles insidias y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

Fuente: cf. S.S. León XIII,Carta Encíclica Quamquam pluries

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

El Corazón de Jesús, nuestro Tesoro

Cada uno de nosotros puede decir con San Bernardo: “El Corazón de Jesús es mi corazón y lo diré con atrevimiento, porque si Jesús es mi cabeza ¿lo que es de mi cabeza, no es mío? Como los ojos de mi cabeza corporal son verdaderamente míos, así el Corazón de mi cabeza espiritual es verdaderamente mi Corazón. ¡Oh, qué dicha, pues que es cierto que no tengo con Jesús sino un solo Corazón!”

Nuestro amabilísimo Salvador nos ha dado su amabilísimo Corazón para que sea nuestro tesoro. Es un tesoro inmenso e inagotable que enriquece el cielo y la tierra con infinidad de bienes.

Saquemos de ese tesoro con qué pagar a la justicia divina lo que le debemos por todas nuestras faltas, ofreciéndole ese Sacratísimo Corazón en satisfacción por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias. Si tenemos necesidad de alguna virtud, saquémosla de nuestro tesoro que contiene en grado eminente todas las virtudes, y supliquemos a nuestro Señor, que por la profundísima humildad de su Corazón, nos dé humildad verdadera; que por la ardentísima caridad de su Corazón, nos dé caridad perfecta; y así en cuanto a las demás virtudes.

Cuando en las diversas circunstancias haya necesidad de alguna gracia particular saquémosla de nuestro tesoro pidiéndole a nuestro Señor que por su benignísimo Corazón nos la conceda. Si deseamos ayudar a las almas del Purgatorio para que paguen sus deudas a la Justicia divina ofrezcamos a éstas nuestro precioso tesoro para que saquen de él con qué pagarse. Cuando alguien se encomiende a nuestras oraciones o nos pida alguna cosa, levantemos nuestro corazón hacia nuestro tesoro y digamos con humildad y confianza: “Oh Corazón amable de mi Salvador, haced sentir los efectos de vuestra caridad a todos los que recurran a mí.”

Finalmente, ya que nuestro corazón está unido a su tesoro, procuremos que los afectos y la ternura de nuestro corazón estén unidos al amabilísimo Corazón de Jesús.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Habrá niños santos - Venerable Antonieta Meo

Antonieta Meo 01 01

Antonieta Meo, nació en Roma el 15 de diciembre de 1930. A los tres años frecuentó un jardín de infancia de religiosas y a los 5 años se inscribió en la Acción Católica, en el grupo de las más pequeñas.

A los 6 años de edad un osteosarcoma le obliga a la amputación de la pierna izquierda. Ya a aquella edad tenía un concepto del valor del sufrimiento incomprensible sin la gracia de Dios. Una religiosa enfermera de la clínica testimonió: «Una mañana, mientras ayudaba a la enfermera que ordenaba el cuarto de la niña, entró su papá, el cual, después de haberla acariciado, le preguntó: ¿Sientes mucho dolor? Y Antonieta respondió: Papá, el dolor es como la tela, cuanto más fuerte más valor tiene.»
La religiosa añadió: "Si no lo hubiese escuchado con mis propios oídos, no lo hubiera creído."

Comienza a ir a la escuela primaria a los 6 años con una prótesis que le provoca muchos fastidios. Pero todo lo ofrece a Jesús: "Cada paso que doy que sea una palabrita de amor". El día del aniversario de la amputación lo quiere celebrar con un gran almuerzo y con una novena a la Virgen de Pompeya, porque gracias a este evento había podido ofrecer su sufrimiento a Jesús. Cuando encontraba un pobre, ella quería darle el centavo que tenía.
La noche de navidad de 1936 recibe con fervor la Prima Comunión y pocos meses después la Confirmación. La amputación de la pierna no había bloqueado el tumor, que se extendió a la cabeza, a la mano, al pie, a la garganta y a la boca. Tanto los dolores de la enfermedad como los tratamientos que trataban de curarla eran muy fuertes.

Son célebres sus cartas a Jesús y María: desde muy pequeña se las dictaba a su mamá y, cuando supo escribir, lo hizo ella misma. Cada noche las colocaba debajo de una estatuilla del Niño Jesús para que él viniera de noche a leerlas.
Le gustaba frecuentar la escuela y el catecismo. Escribía a Jesús en una de sus cartas: "Voy con entusiasmo, porque se aprenden tantas cosas bellas sobre Ti y sobre tus Santos".
La última carta está fechada el 2 de junio de 1937 y terminará en las manos de Pío XI, quien hará llegar inmediatamente a la niña la bendición apostólica. La madre recuerda: «Me senté a la cabecera de su cama y escribí lo que Antonieta me dictaba trabajosamente: "Querido Jesús Crucificado, yo te quiero tanto y te amo tanto. Yo quiero estar contigo en el Calvario". En ese momento a Antonieta le entró un violento ataque de tos y vomitó, pero en cuanto se le pasó quiso continuar: "Querido Jesús te quiero repetir que te quiero mucho mucho"...»
Murió el 3 de julio de 1937 en medio de terribles dolores. No había cumplido ni siquiera 7 años. Su vida ha sido un testimonio de santidad para todos los niños.

Fuente: cf. vatican.va y aciprensa.com

Habrá niños santos - Siervo de Dios Nelson Santana

Nelson Santana 01 01

Nelson nació en Ibitinga, Brasil, el 31 de julio del 1955. Era el tercer hijo de João y Ocrécia Santana. Fue bautizado el 1º de octubre del 1955. La familia estaba compuesta por ocho hermanos. Recibió la primera instrucción religiosa en familia.

En 1964 fue internado en el hospital pediátrico de la Santa Casa de Araqua (San Pablo) a causa de fuertes dolores en un brazo. Durante su estancia allí, conquistó la simpatía y el amor de los médicos, enfermeros y otros niños también internados.
Fue particularmente importante para él Sor Genarina Gecchele, de la Congregación de los Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, la cual notó la pureza del niño y durante todo el período de estadía se ocupó de transmitirle la catequesis. Nelson respondió con entusiasmo y gran interés a las enseñanzas cristianas. Hizo su Primera Comunión el 15 de julio de 1964 en la capilla del hospital donde se encontraba.

El Siervo de Dios tuvo la extraordinaria capacidad de entender el significado del sufrimiento de Nuestro Señor Jesucristo; nunca se lamentaba, es más, consolaba a los demás.
Un día dijo a su madre: “Promete a Jesús que no te lamentarás ante al sufrimiento y el dolor”. De hecho los dolores del pequeño Nelson aumentaban, le diagnosticaron un osteosarcoma, y la solución que se presentaba era la amputación. Sor Genarina comunicó esto al niño, pero él comprendió muy bien y con seguridad respondió: “He dicho que el dolor es muy importante para aumentar el verdadero amor y mantener valerosamente el amor ya conquistado”. Otros niños que estaban internados junto con el Siervo de Dios comprendían su sufrimiento y continuamente le hacían compañía.
Nelson cada día manifestaba el deseo de recibir la Comunión Eucarística. Respondió con extraordinaria devoción a las oraciones del ritual de la Unción de los enfermos y murió santamente la Vigilia de Navidad de 1964 a causa del tumor. Fue sepultado en el cementerio de San Benedetto, en la ciudad de Araracuara, y son muchísimos los devotos que cada día piden gracias y favores por intercesión de Nelson orando en su tumba que está siempre cubierta de flores.

Fuente: cf. postulazionecausesanti.it

El milagro que convirtió al Dr. Carrel

Dr. Alexis Carrel 01 01

El 11 de febrero es el día de Nuestra Señora de Lourdes, de cuya primera aparición hoy se cumplen 161 años. Narraremos el magnífico milagro ocurrido en julio de 1903, ante los ojos del Dr. Alexis Carrel (1873-1944, Premio Nobel de medicina en 1912).

El doctor Carrel, incrédulo, reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes. No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él mismo nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde escribe sus impresiones, bajo el pseudónimo de Dr. Lerrac (Carrel al revés).

Dice así: Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa... María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa... El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo, después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto; puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada.

A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen -porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina- la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.
La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez... Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: “La respiración es más lenta”. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre... “Creo que me volveré loco”, pensó Lerrac.

Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo... Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada.
Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia... Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama.
“Doctor, estoy completamente curada -dijo a Lerrac- aunque me siento débil”... La curación era completa. ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente!

Fuentes:
Alexis Carrel, Viaje a Lourdes
P. Ángel Peña O.A.R., Santa Bernardita, la vidente de Lourdes

El Corazón de Jesús lleno de amor a nosotros en su santa Pasión

Corazon Eucaristico de Jesus 07 11

Toda la vida pasible y mortal de nuestro adorabilísimo Salvador sobre la tierra fue un continuo ejercicio de caridad y de bondad para con nosotros. Pero fue en su Pasión donde nos dio los mayores testimonios de su amor. Porque, en este tiempo, en un exceso de su bondad, sufre tormentos espantosos para librarnos de los suplicios terribles del infierno y para adquirirnos la felicidad inmortal del cielo. Entonces se ve su cuerpo adorable cubierto de llagas y bañado en su sangre. Entonces se ve su cabeza sagrada taladrada por agudas espinas y sus pies y manos traspasados por gruesos clavos, sus oídos llenos de blasfemias y maldiciones, su boca abrevada con hiel y vinagre, y la crueldad de los judíos le arranca el alma a fuerza de tormentos. Entonces principalmente su divino Corazón se ve afligido con una infinidad de llagas sangrientas y dolorosas cuyo número es casi infinito.

Se pueden contar, sí, las llagas de su cuerpo, pero las de su Corazón son innumerables.

¡Oh Salvador mío, os doy mi corazón! ¡Oh Madre de misericordia, os doy este mismo corazón: dádselo a vuestro Hijo, y suplicadle que lo ponga en el lugar de los corazones santos que amarán a Hijo y Madre por toda la eternidad!

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El que sufre generosamente contribuye a la salvación de todos

Beato Carlos 05 08 El Beato Carlos de Austria visitando un enfermo

La grandeza y dignidad del hombre están en ser hijo de Dios y estar llamado a vivir en íntima unión con Cristo. Esa participación en su vida lleva consigo el compartir su dolor. El más inocente de los hombres -el Dios hecho hombre- fue el gran sufriente que cargó sobre sí con el peso de nuestras faltas y de nuestros pecados. Cuando Él anuncia a sus discípulos que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día, advierte a la vez que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día, y seguirle (cf. Lc 9, 22ss).

Existe, pues, una íntima relación entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y sublima cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor “como hostia viva, consagrada y agradable a Dios” (Rm 12, 1).
El que sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye a la salvación de todos con su sufrimiento.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso en una visita a los enfermos en México, 24 de enero de 1999

Un padre y maestro de la juventud

MisionesSalesianas 01 01

Es especialmente vivo mi sentimiento de gratitud a Dios por haber dado a la Iglesia un educador tan distinguido.

Los problemas de la juventud hoy en día confirman la permanente actualidad de los principios del método de enseñanza ideado por San Juan Bosco, que se centró en la importancia de la prevención en los jóvenes de las experiencias negativas, la educación positiva con valiosas propuestas y ejemplos, basada en la razón, la religión y la bondad.
Es mi deseo que los frutos de este año conmemorativo duren mucho tiempo tanto en la Sociedad Salesiana como en la Iglesia universal que en Don Bosco ha reconocido y reconoce un modelo ejemplar de apóstol de los jóvenes. Por lo tanto, acogiendo el voto de muchos hermanos en el episcopado, de sacerdotes salesianos e Hijas de María Auxiliadora, de sus ex alumnos y de muchos fieles, en virtud de la potestad apostólica, declaro y proclamo a San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, estableciendo que con este título sea honrado e invocado.
Confiando en que mi decisión ayudará a promover cada vez más el culto de tan amado santo y suscitará muchos imitadores de su celo como educador, imparto mi Bendición Apostólica.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 24 de enero de 1989

Eficacia apostólica del sufrimiento

Muerte de San Jose 01 01 San José junto a Jesús y María antes de su muerte

Principio fundamental de la fe cristiana es la fecundidad del sufrimiento y, por tanto, la invitación, hecha a todos los que sufren, a unirse a la ofrenda redentora de Cristo. El sufrimiento se convierte así en ofrenda, en oblación: como aconteció y acontece en tantas almas santas. Especialmente los que se hallan oprimidos por sufrimientos morales, que pudieran parecer absurdos, encuentran en los sufrimientos morales de Jesús el sentido de sus pruebas, y entran con él en Getsemaní. En él encuentran la fuerza para aceptar el dolor con santo abandono y confiada obediencia a la voluntad del Padre. El sufrimiento, destinado a santificar a los que sufren, también está destinado a santificar a los que les proporcionan ayuda y consuelo.

La enfermedad es un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo. Es una gracia enorme recibir esa luz sobre la verdad profunda de la enfermedad. En la perspectiva de la fe, la enfermedad asume una nobleza superior y manifiesta una eficacia particular como ayuda al ministerio apostólico. En este sentido la Iglesia no duda en declarar que tiene necesidad de los enfermos y de su oblación al Señor para obtener gracias más abundantes para la humanidad entera.
Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda de que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación de los demás.
Eso vale en particular para los que se dedican al servicio de los enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos, ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 27 de abril y 15 de junio de 1994 y Mensaje del 30 de septiembre de 1997

Un matrimonio de santos

San Isidro Labrador 03 04 Santos Isidro labrador y María Toribia

San Isidro y Santa María lograron una perfecta unión de corazón y alma, de fe y de vida cristiana. Su caridad ilimitada hace que sus contemporáneos ya les admiraran y veneraran como a unos Santos, siendo uno de los pocos ejemplos en la historia de la Iglesia en que ambos cónyuges han alcanzado la gloria de los altares.

La vida del santo matrimonio encendía más y más el fervor del pueblo de Madrid, tras el conocimiento de su estilo de vida y de los prodigios que realizaban con total naturalidad.
Fueron un matrimonio santo y padres de familia en sentido cristiano y evangélico que, por su amor a Cristo y a la Santísima Virgen, se santificaron mediante el ejercicio de sus grandes amores y virtudes, dejándonos como ejemplo su testimonio de vida:
- Amor al Señor, mediante la Oración y la Eucaristía (S. Isidro siempre visitaba la Iglesia antes del trabajo).
- Amor a la figura de la Virgen María (en sus advocaciones madrileñas de Almudena y Atocha, sobre todo).
- Amor a la familia (como esposos y con su hijo).
- Amor al prójimo, mediante sus continuas prácticas, en ocasiones milagrosas, de caridad.
- Amor al trabajo, entendiéndolo y viviéndolo como medio de santificación y alabanza a Dios.

San Isidro y Santa María de la Cabeza, siguen siendo hoy en día un modelo a imitar, pues su ejemplo de vida es absolutamente actual; esa vida que ya en su tiempo suscitó admiración y veneración por sus virtudes no usuales, lo que les llevó a ser considerados santos en vida.
Son, por tanto, para nosotros:
- Modelo de cristianos
- Modelo de caridad
- Modelo de trabajadores y

-Modelo de matrimonio y familia ejemplar.

Oración
Señor Dios todopoderoso, te pedimos que por la intercesión de san Isidro y santa María de la Cabeza, matrimonio de santos que vivieron una vida comprometida con el Evangelio de Jesucristo y son ejemplo de familia cristiana, recibamos la fuerza del Espíritu para confirmarnos en la fe y, con la ayuda de la Santísima Virgen, nos sigan protegiendo, al igual que a las familias y a los matrimonios. Amén.

Fuente: congregacionsanisidro.org

Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad

Santisima Trinidad 06 28

En una ocasión en que Gertrudis se esforzaba por pronunciar con la mayor atención cada una de las palabras del Oficio divino y se lo impedía con frecuencia la fragilidad humana, se dijo a sí misma con pesadumbre: “¿Qué provecho puede provenir de un esfuerzo hecho con tanta inconstancia?”. No pudiendo el Señor soportar su tristeza, se le presentó, como sosteniendo su Corazón divino con sus propias manos, a semejanza de una lámpara ardiente, y dijo: “Mira, pongo ante los ojos de tu mente mi Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad, para que le encomiendes con toda confianza que supla por ti misma todo lo que tú no puedes realizar. Y así todo aparecerá plenamente perfecto ante mis ojos. Porque así como el siervo fiel está siempre dispuesto a servir a su señor en todo lo que pueda complacerle, así mi Corazón, de ahora en adelante, siempre se unirá a ti para suplir en todo momento todas tus negligencias. Mi divino Corazón, conocedor tanto de la fragilidad como de la inestabilidad humanas, desea y espera siempre con anhelante deseo, que tú le encomiendes -si no con palabras, al menos con alguna señal- que supla y realice por ti, lo que tú te sientes incapaz de hacer; ya que él puede realizarlo muy fácilmente con su omnipotente fuerza y lo conoce perfectamente con su inescrutable sabiduría, y así también desea ardientemente realizarlo con alegría, por la dulzura naturalmente inscrita en su bondad benevolente”.

Tan inaudita condescendencia del Señor la llenó de sobrecogimiento y admiración, al pensar que era totalmente desproporcionado que el Corazón de su Señor, único tesoro santísimo de la divinidad, receptáculo de todos los bienes, se dignara servirla a ella, tan insignificante, como el siervo a su señor, para suplir todas sus negligencias.
Entonces ella, con sumo asombro y gratitud, reconociendo tan gratuita benignidad de Dios para consigo y considerando la múltiple bajeza de sus defectos, se sumergió con gran desprecio de sí misma en el profundo valle de su conocida humildad, teniéndose por indigna de toda gracia.
Después de haber permanecido oculta allí durante un rato, el Señor, que aunque habita en lo más alto de los cielos, se goza en derramar su gracia en los humildes, parecía sacar de su Corazón como un tubo de oro que, a semejanza de una lámpara permanecía pendiente sobre aquella alma, que tanto se abajaba en el valle de la humildad. A través de ese tubo derramó en ella de modo admirable el desbordamiento de todas las gracias que se pueden desear. Así, por ejemplo, si ella se humillaba al recordar sus faltas, al instante el Señor, compadecido, hacía fluir hacia ella de su santísimo Corazón, una floración de sus virtudes divinas, que aniquilaban todos sus defectos y no permitía que apareciesen más ante los ojos de su divina bondad. De igual modo, si deseaba el ornato de la paz, o cuanto de agradable y deleitable puede imaginar el corazón humano, al punto se le comunicaba todo lo deseado con gran gozo y ternura.

Gozando suavemente desde algún tiempo de tales delicias, y cooperando con ella la gracia de Dios, apareció decentemente adornada y perfectamente acabada con todas las virtudes, no suyas sino de su Señor, y escuchó (como con el oído del corazón), una voz dulcísima, como la de una citarista que hace sonar una suave armonía al tocar su cítara, con las siguientes palabras: “Ven a mí, tú que eres mía; tú que eres lo mío, entra en mí; hecha una cosa en mí, permanece conmigo”.

Fuente: Santa Gertrudis de Helfta, Legatus Divinæ Pietatis

Madre del Amor Hermoso (IV)

Jesus dando la comunion 01 01 Llega el Señor a la tierra, trayéndonos en la forma encantadora de un Hermano nuestro la benignidad del Padre celestial, su perdón.

Pero llegó hasta nosotros en los brazos de una criatura incomparable, mujer como nuestras madres, mil y mil veces más tierna aún que todas ellas, y desde la cuna de su regazo, apoyado en el Corazón de esa Reina, sonrió a la tierra, la miró con piedad infinita, y desde sus brazos maternales, Jesús dio la primera bendición al mundo culpable, llorando ya en ese altar que era María, y ofreciéndose desde él al Padre como Salvador de infinita misericordia.
¡Ah! ¡Y como esta Hostia de misericordia, Jesús, así es el ara y trono de misericordia, María! ¿Quién jamás reprodujo como Ella la infinita compasión del Corazón de Jesús, ni quién jamás mejor que Ella predicó y prodigó toda la doctrina del Amor misericordioso de un Dios, encarnado, no para juzgar, sino para salvar?

¡Oh, cómo debe haber desgarrado el Corazón de María el grito de pánico y de hielo lanzado por el jansenismo; cómo debe haber protestado Ella con lágrimas de sangre, en unión con la Iglesia católica, cuando se esforzaban por cerrar la herida del Costado, o al menos ocultarla, a aquella caravana de almas débiles y pecadoras, que la buscaban con afán, como asilo y como faro, como manantial y como puerto!...
Ella, que sabía por qué lloró el Niño pequeñito entre sus brazos; Ella, que sabía por qué sufrió el destierro del Egipto; Ella, que sabía el porqué misterioso de aquellos treinta años de soledad, de humillación y silencio en Nazaret; Ella, que, como nadie sabía el último porqué del prodigio de amor del Jueves Santo, y de todas las ignominias y dolores del Viernes Santo; Ella, que recibió en testamento el Corazón del Salvador y el de la Iglesia, arcas ambas de salvación y no tribunales de condenación... ¡Cómo debe haber apartado sus ojos y cerrado sus oídos cuando algún hijo mal nacido desfiguró con ceño duro, con gesto inclemente, con palabras sin misericordia a su Jesús!

Bebed, apóstoles del Divino Corazón, bebed a torrentes en el Corazón de María la doctrina suave y fuerte del amor, la doctrina sólida, auténtica y tan consoladora de la misericordia.
Aprended, en la escuela de María, que el ser bueno con las almas, que el ser compasivo, que el ser misericordioso no es, ¡oh!, no, ninguna debilidad, ninguna condescendencia ridícula e indebida, sino lo más sustancial, lo más fuerte y lo más puro de la harina, con la que se engendra y forma a Jesús en las almas.
Decirle a Ella que se le ama y comulgar con poca frecuencia o escaso fervor es separar al Hijo de su Madre, siendo y debiendo quedar ambos inseparables. Ello sería desvirtuar cabalmente lo que tiene de más hermoso la hermosura de María: el fascinarnos y embriagarnos con la belleza misma de Jesús. María es el Sagrario por excelencia, y que si se acude con verdadera devoción al Sagrario de ese Corazón Inmaculado es para pedirle de rodillas que se nos abra con misericordia y que nos dé al que engendró y alimentó y sacrificó por nuestro bien, a Jesús. Honramos así, con honor el más sublime, a la Santísima Virgen, y honramos y adoramos con adoración de amor, en la Custodia preciosísima de su Corazón virginal, a su Hijo, Cristo Jesús. Por este camino, y con gran regocijo del Señor, de la Virgen y de la Iglesia, todas las festividades de María llevarán, todas ellas, y entre otras el Mes de María, este sello eucarístico.

Fuente: cf. P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Madre del Amor Hermoso (III)

Virgen con el Nino 05 11

Iluminados por el Espíritu Santo e informados por María partieron los Apóstoles, llevando, después de esas conversaciones con la Reina del Cenáculo, acrecentada y avivada la llama de la caridad. La lección que se desprende de todas estas reflexiones es obvia para vosotros, apóstoles del divino Corazón. Buscad a la divina Maestra, a la que formó en todo tiempo el más brillante entre los doctores. Acercaos, con intimidad filial, a la Madre, para que ésta os lleve donde Él y que Ella misma os abra, de par en par, las puertas del Corazón del Rey; que Ella os conduzca por senderos que sólo Ella conoce, por donde llevó a los santos hasta el conocimiento pleno e íntimo del Verbo humanado, Jesús.

Para dar a conocer a ese Jesús, tan poco conocido, pedidle a María en vuestras comuniones, pedidle con fervor que os revele lo que sólo Ella sabe, lo que Ella tanto anhela descubrir a las almas de buena voluntad y, en particular, a los que, como vosotros, quieren con celo y sacrificio dar un pan de luz a tantos ignorantes y a tantos débiles. Como los pastorcitos, acercaos llana y confiadamente a María, y rogadle que os dé al Niño para darlo en seguida a las almas. ¡Qué bien se da a Jesús recibido de manos de María!

Si Jesús todo entero pertenece a María, hay algo en Jesús que es más especialmente de su Madre: su Corazón. De ahí la semejanza prodigiosa, mucho más aún que en lo físico, en lo moral, entre el Corazón de Jesús y el de María. Porque si en la fisonomía de Jesús estaban seguramente muy marcados los rasgos de rara hermosura de la Virgen, ¿qué no diremos del otro parecido, el de esas dos almas y el de sentimientos interiores? ¡A tal Hijo-Dios, esta Madre única!
De ahí aquellos dos títulos que, para nosotros, tienen un significado, una importancia y un sabor especialísimo: «Madre del Amor Hermoso» y «Madre de Misericordia». Es Madre de Aquel que es el Amor de los amores, de aquel cuya definición es Caridad y Amor. Y fue Él mismo quien creó a su imagen y semejanza a su propia Madre, la más amante y la más amorosa de todas las criaturas, por ser la que más perfectamente reproduce en su Corazón Inmaculado el atributo por excelencia del Señor: la Caridad.
Toda la grandeza, toda la hermosura, todo el poder y toda la fecundidad de esta Hija y Madre del Rey está en su amor. Y por eso colocó Dios en Ella todas sus complacencias y depositó en su Corazón todos sus tesoros, porque como ningún ser creado, como ningún serafín ni santo, «amó mucho».

Debía ser Inmaculada por ser Madre del que es la Santidad sustancial, y también porque debía amar con la potencia de amor que ningún corazón manchado pudo tener jamás al darse a Dios. Amó, pues, con plenitud de amor, porque pudo amar y amó con un Corazón Inmaculado. Amó como criatura, la única perfecta, con amor perfecto; amó como Esposa, la elegida entre millares, y como Virgen cuya integridad, realzada por el milagro de la fecundidad divina, centuplicaba en María la potencia de amor a su Creador, convertido en Esposo divino y en Hijo suyo.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Madre del Amor Hermoso (II)

Sagrado Corazon 39 72

En buena escuela hemos aprendido, celosos apóstoles, ya lo veis, el amor de María; nada menos que en el Corazón de Jesús. Por buen camino ando al pisar, paso a paso, las huellas de mi Señor. Para no errar ni en poco ni en mucho, yo quiero amar lo que Él amó y, en cuanto es posible, como Él lo amó. Estoy seguro que al proceder así, que al amar con inmenso amor filial a María, amo más a Jesús, le procuro un gozo grande y una nueva gloria.

Todas las simpatías de Jesús, todas deben reflejarse en mi pobre corazón, el cual debe reproducir fielmente las palpitaciones de su Maestro. Al darme, pues, a María, no sólo no quito ni una migaja a Jesús, sino que, con este imitarle a Él en el amor de su Madre, entro yo más aún en su Sagrado Corazón. Tanto es esto verdad que al honrar a su Madre, y al darle a Ella yo esta prueba de amor filial, estoy cierto que conquistaría, como nunca, la benevolencia y la misericordia del Corazón de Jesús.

He dicho que Jesús es el Maestro por excelencia del amor de María, ya que nadie la conoció ni la amó como Él. Y ahora añado: y nadie como María es la Doctora y Maestra que nos lleva al conocimiento íntimo de Jesús. Que nos lo revele, ya que nadie conoció a Jesús ni más ni mejor que María. Ella es, pues, la llave de oro de esta Arca; sólo Ella puede romper los siete sellos del Libro santo y misterioso que es el Verbo de Dios. ¿Quién leyó en Él como Ella? Nadie, ni los Profetas, antes de María, ni los Santos que han venido después de Ella.
Cuando el terremoto de Pentecostés sacudió, mucho más que los muros del Cenáculo, los corazones de los once, cuando se llenó la habitación con lenguas de fuego que despedían una luz divina, inusitada, entonces sí, su pensamiento se posó con respeto profundo y sus miradas con veneración y ternura en Aquella que los presidía en silencio, aunque cediendo el honor a Pedro, pero que, desde esa hora, era el Sagrario y el Oráculo vivo de todos los secretos de Dios, ¡María!

Desde ese día, ¡qué de veces, seguramente todos los apóstoles, antes de separarse, se congregaron alrededor de su Reina, y con respetuosa insistencia, acosándola a preguntas, iban aprendiendo secretos que Ella, hasta ese momento, había guardado en el secreto de su Corazón virginal! Pero comprendiendo que gran parte de ese tesoro pertenecía, de derecho, a la Iglesia naciente, a sus archivos divinos, y que Ella era el Arca que debía, a su vez, confiar a otra Arca el depósito de luz y de amor con que la enriqueciera el Señor, abría la boca, y con tanta sabiduría como ternura y modestia, contaba y explicaba a los Apóstoles, atónitos y conmovidos, lo que sólo Ella sabía. Así supieron los Apóstoles y Evangelistas muchos hechos que nadie hubiera podido conocer, ni siquiera adivinar, sin María, como, por ejemplo, todo el misterio de la Anunciación.
Ya podéis fácilmente imaginar, apóstoles queridos, la santa avidez, la legítima curiosidad despertada en todos estos amigos y apóstoles del Rey, cuando, de narración en narración, fue llevándolos esta Señora hasta las profundidades del misterio de la Redención, del cual, muy a ciegas por cierto, habían sido ellos testigo y argumento.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

La oración del Corazón de Cristo

Oracion de Jesus 01 01

Llama la atención la frecuencia con que hablan los Evangelios de las oraciones de Cristo. Y los teólogos andan en cavilaciones preguntándose por qué oró Cristo, siendo así que por virtud de la unión hipostática estaba en posesión-en posesión plena y natural-de todo aquello por lo cual nosotros rezamos y en ejercicio continuo de aquello por lo que nosotros glorificamos a Dios.

No entra en mi propósito exponer aquí la teología de la oración de Cristo; y por lo que respecta a la psicología de su incomparable ánimo de oración, no me siento con valor para tocar a la puerta del más dulce de los misterios. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que la clave para comprender la oración de Cristo es su espíritu y su misión sacerdotal.

Lo que el sabio del Antiguo Testamento dice de Jeremías: «Este es el verdadero amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la ciudad santa» (II Mac 15, 14), brilla con misteriosos caracteres de fuego sobre las incontables horas y noches que Cristo pasó en oración.
¡Qué horas, qué noches fueron aquéllas! En su profundo silencio extendía sus alas toda alma noble afanosa de Dios, subían hacia las alturas anhelos y suspiros santos y se reunían en torno de la montaña en que oraba Cristo. En su espíritu se abría el pasado y el porvenir, y todos los gérmenes de santidad -por muy pequeños que fuesen- que pudo haber jamás en los esfuerzos y en los tormentos humanos, todos se abrían en flor en su corazón.
Toda obstinación y abyección humana, todo orgullo que se rebela contra Dios y todo sensualismo hacían acto de presencia, y también lo que de súplica y expiación siguió a los mismos, asaltando los cielos, todo se reunía y estaba tenso en el alma de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por los senderos silenciosos de aquellas noches santas, el alma de Cristo entraba en todas las chozas de la Palestina, y en todos los palacios de la magnífica Asia, y en todas las tiendas de los desiertos; encontraba las escuelas filosóficas de Corinto, y los templos de Osiris y de Mitra en Roma, los antros de los trogloditas del valle de Neander y las ciudades de palacios de los faraones; y lo que hallaba allí de miseria, impotencia y sufrimiento humanos, lo recogía todo con amor fraternal y lo presentaba en el cáliz de oro de su corazón ante el trono de su Padre.
Todo lo que ha habido de noble movimiento, de acción de gracias y de súplica en el corazón humano, se levantaba allí del alma de Cristo, subiendo con llamaradas al cielo; lo que ha habido de obstinación, de rebeldía, de condenación y de blasfemia contra Dios, todo aquello lo reunía contra sí mismo, como Arnaldo de Winkelried juntó las lanzas del enemigo, y aceptaba la deuda, y expiaba la blasfemia, e imploraba a Dios.
¡Y toda la fidelidad que haya podido consolar a aquel Corazón santo y sensible, y toda la infidelidad que haya podido entristecerlo a través de la historia...! ¡Ah! ¿Quién tiene siquiera una pálida idea de las profundidades de aquel Corazón? ¿Quién se atrevería a describir la oración de aquel Corazón? En Jesucristo oró toda la humanidad, y sigue orando hasta la consumación de los siglos... Semper interpellans pro nobis!, siempre intercediendo por nosotros. El sacerdocio de Jesucristo constituye otra de las consecuencias de la encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín O.P., Jesucristo y la vida cristiana

Una nueva forma de festejar el mes de María: con espíritu de reparación

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¿Quién podría decir que -en general- la Santísima Virgen está contenta con la actual actitud de los hombres? Sería, pues, muy oportuno aprovechar este mes, todo él dedicado a Nuestra Señora, para enfocarlo y vivirlo como un acto de reparación.

Como todos saben, el mes de María es eminentemente festivo. Naturalmente nuestro espíritu se vuelve a festejar a Nuestra Señora durante todos los días del mes. Sucede, sin embargo, que existe un principio de sentido común por el cual no se festeja a una persona que está pasando por un pesar muy grande. Por ejemplo, a una madre que tiene a su hijo muy enfermo, no se va, durante la enfermedad del hijo, a hacerle una fiesta de aniversario. Porque su ánimo no está para eso.
Entonces, ésta es una ocasión para testimoniarle a Ella veneración, cariño, etc., pero manifestarlo de otra manera, es decir, solidarizándose con su dolor. Decirle dos cosas: "Yo me acuerdo que es tu aniversario. Esta fecha despierta en mí buenas disposiciones, pero considerando tu estado, tu situación, quería decirte también cuánto me pesa verte pasar por esta prueba difícil, y hago votos para que tu hijo se mejore". Es lo que cualquier persona sensata diría.

Bien eso es lo que nosotros también debemos decir a Nuestra Señora. Debemos decir que nos acordamos de todas las razones perennes de alegría que Ella significa para todos los católicos, en todas las circunstancias. Nuestra Señora es de tal manera causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría, como se dice en las letanías Lauretanas, que significó una alegría para nosotros, incluso en la más triste de las situaciones, que fue cuando Nuestro Señor Jesucristo murió. Hasta en esa ocasión, su presencia era un elemento de alegría y de satisfacción para nosotros.
Por otro lado, hay que comprender que una actitud de mera conmemoración festiva no es oportuna, y que nosotros debemos unir al recuerdo de toda la alegría que Ella nos da, la consideración de toda la tristeza que Ella tiene en las circunstancias actuales, y tener en vista esa tristeza. Tener muy presentes y actuales las razones de su tristeza, por tantas ofensas contra Ella, contra su Divino Hijo y contra la Santa Iglesia que vemos cotidianamente en esta sociedad que cada día se vuelve más contra Dios y contra su Ley. Y si, viendo todos estos crímenes, mi indignación fuese pequeña, no se podrá sino concluir que la causa es que mi amor es pequeño. Se podría decir que la actitud que tenemos en relación a los enemigos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana es el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y a Nuestra Señora.

Quizá esas consideraciones nos hagan ver que nuestro amor es débil, escaso, pequeño... Ese será un buen motivo para pedirle a Ella, que en este mes hace llover de modo especial gracias sobre sus hijos, que nos conceda un mayor celo en la defensa de sus intereses, frente a la obra de demolición emprendida por las fuerzas de las tinieblas, y nos dé al mismo tiempo una creciente incompatibilidad con el mal, en todas las formas que él se presente ante nosotros. Esta sería una linda suplica en todos los días de este mes dedicado a Ella.

Fuente: Adaptado de una conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira del 1 de Mayo de 1967

María, Medianera de todas las gracias

Maria Medianera 01 01

Jesús hizo su primer milagro por intercesión de María (Jn 2). ¡Cuánto más no podrá hacer ella ahora desde el cielo! María, inspirada por Dios, dice: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

Amándola a Ella, no le quitamos nuestro amor a Jesús; en ese caso, Dios nos habría prohibido amar también a nuestros seres queridos. Por eso, no tengamos miedo, Ella nos va a llevar a Jesús. Ella nos dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Cuanto más amemos a María, más amaremos a Jesús y con Jesús tendremos el poder del Espíritu Santo para alabar y glorificar a Nuestro Padre celestial.
El mismo Lutero llegó a afirmar: “Quiero salir al paso de los que me calumnian, diciendo que yo he predicado que María era una cualquiera o que he manchado y calumniado su limpieza. Puedo jurar que en toda mi vida no se me ha ocurrido tal insensatez sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez. A María nunca se la alabará bastante. Es Madre de Cristo y Madre nuestra”.
¡No seamos nosotros menos celosos del honor de Nuestra Madre que los mismos herejes!

Ella, según enseñan muchos santos, es la Medianera de todas las gracias; pues que todas las gracias las recibimos de Dios por medio de María. Ella es la administradora de los bienes de Dios. Es la omnipotencia suplicante, que todo lo puede con su intercesión. Y “siendo sola lo puede todo” (Sab 7, 27).

¡Qué alegría saber que tenemos en el cielo una Madre tan poderosa, que vela por nosotros! ¡Cuántas veces ha demostrado este amor que nos tiene en tantas apariciones como en Guadalupe, Fátima, Lourdes, etc., donde nos viene a alentar y a llamarnos la atención para enmendar nuestra vida! Dios sigue haciendo milagros, muchos milagros, por su intercesión. Ella es Nuestra Madre, ofrezcámosle todos los días el rezo del Santo Rosario, que, en cierto modo, es una oración bíblica y divina. En el Rosario, rezamos el Padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó y está en el Evangelio. También rezamos el Avemaría, que en su primera parte es inspirada por Dios, (Lc l), y meditamos en la vida de Jesús y de María según los misterios, que están en los Evangelios.

Fuente: cf. P. Ángel Peña O.A.R., Católico, conoce tu fe

Madre del Amor Hermoso (I)

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Desde toda eternidad estuvo ya la Reina, íntima e inseparablemente unida al Verbo, en el plan providencial que éste debía realizar como Salvador de los caídos. ¡Con el Redentor, la Corredentora Inmaculada! Respetemos, pues, y adoremos los designios del Altísimo y conservemos perfectamente unidos los Corazones que Él ha unido, el de Jesús y el de María: ¡a ellos sean dados honor y gloria!

Mi camino para llegar hasta el Santo de los santos, hasta el Corazón mismo de Jesús, hasta lo más íntimo de ese santuario de justicia y de amor, lo tengo perfectamente trazado: ¡ese camino obligado y directo es María! Como nadie va al Padre sino por el Hijo, como nadie conoce al Padre sino aquel a quien el hijo se lo revelare, así, en otro orden y relativamente, podríamos decir que nadie va donde el Rey, sino aquel a quien le revelare su hermosura la Reina.
Por ella nos llega, desde el seno del Padre, el Verbo. Esto es, cabalmente, lo que manifiesta la voluntad explícita de Dios: que María entre de lleno en el plan divino, que así como Dios viene a los hombres por María, así los hombres rescatados vayan también a Dios por Ella. Porque lo quiso positivamente, Jesús hizo de su Madre el puente indispensable.

En efecto, ningún cristiano digno de ese nombre pretenderá tomar un camino que no sea María, el trazado por aquel que se llamó a Si mismo «el Camino». Sería pretender corregir los planes de Dios y rectificar una afirmación suya, hecha por el prodigio estupendo de la Encarnación, el no querer pasar por los brazos de la Reina Inmaculada, al ir en busca de Dios y al encuentro de su Hijo.
Es, más que interesante, conmovedor, el pensar que en Belén los pastorcitos, los reyes, el mismo José, deben recibir el Niño adorable de manos de María...
«¡Tú eres, Reina Inmaculada, el Puente tendido por Dios mismo entre el Paraíso que perdimos y el Paraíso que esperamos...» «¡Venga a nosotros Jesús por tus manos! ¡Llévanos por ellas, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable!»

El primer Maestro en el amor de María es Jesús. La primera razón por la cual debo amarla, sin medir el caudal de mis ternuras con Ella, es que el primero de los amores del Corazón de Jesús, después de su Padre celestial, fue María. La amó como sólo Dios podía amar a la criatura más perfecta que salió de sus manos, la única santa. La amó como sólo Dios podía amar a Aquella en quien iba a tomar carne y sangre humanas para ser, por Pasión y Muerte, desde entonces, el Salvador del mundo. Consagraba por lo mismo a María desde esa hora en colaboradora directa, en Corredentora.
La amó Jesús con gratitud de Hijo suyo: vivió de la sangre purísima de María, durmió tranquilo en su regazo materno. Su Corazón gozó de ternura y desvelos, de caricias y de lágrimas amorosas que María, y sólo María era capaz de prodigar al Hijo del Dios vivo, ¡su Hijo!
La amó Jesús durante treinta años de intimidad; y en convivencia la más estrecha, se fueron fundiendo, si esto fuera posible, más y más los Corazones del Hijo y de la Madre en aquel diálogo perpetuo de sus dos almas, en aquella pasión y agonía secretas que les crucificaba a ambos, ya desde entonces, en la misma cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Sostenida por la Eucaristía

Teresa Neumann 01 01 Teresa Neumann

La vida de Teresa Neumann cambió radicalmente luego de la curación milagrosa de una parálisis y una ceguera contraída a los 20 años. Algunos años después recibió los estigmas e inició un ayuno que se extendería por 36 años, hasta su muerte. Su único alimento fue la Eucaristía. Por eso mismo, las autoridades nazis, durante la guerra, le retiraron el carnet de alimentación pero le concedieron doble ración de jabón para lavar las telas que cada viernes se empapaban de sangre porque revivía en éxtasis la Pasión de Cristo. Hitler guardaba sentimientos de temor hacia Teresa y ordenó que “¡no sea tocada!”.

Teresa Neumann nació en Konnersreuth, Alemania, el 18 de abril de 1898. Su familia era muy pobre y profundamente católica.
Como escribió en sus diarios, su deseo más grande había sido el de ser misionera religiosa en África.
Pero, lamentablemente, a los veinte años sufrió un accidente que se lo impidió. En 1918 se incendió una granja vecina. Teresa corrió inmediatamente para auxiliar, pero en el intento de pasar los baldes de agua para apagar las llamas, tuvo una lesión grave en la médula espinal que le causó la parálisis en las piernas y la ceguera completa.
Teresa pasaba toda la jornada sumida en oración, pero un buen día sucedió un milagro ante la presencia del padre Naber, quien narra el hecho: «Teresa describió la visión de una gran luz mientras una voz extraordinariamente dulce le preguntaba si quería curarse. La sorprendente respuesta de Teresa fue que para ella todo sería bueno: curarse o quedarse enferma o inclusive, morir con tal que se hiciera la voluntad de Dios. La voz misteriosa le dijo que hoy habría tenido un pequeño gozo: la curación de su enfermedad; pero que en adelante, habría sufrido mucho.»
Durante algún tiempo, Teresa vivió en buenas condiciones de salud, pero en 1926 iniciaron las importantes experiencias místicas que duraron hasta su muerte: los estigmas, el ayuno completo con la Eucaristía como su único alimento. El Padre Naber, quien le dio la Comunión todos los días hasta el día en que Teresa murió, escribió: «En ella se cumple a la letra la palabra de Dios: “mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”».

Teresa ofrecía a Dios sus sufrimientos físicos: desde el jueves, día en que Jesús inició su Pasión, perdía sangre de los estigmas hasta el domingo, día de la Resurrección. Y todo era para interceder en favor de los pecadores que pedían ayuda. Cada vez que era llamada al lecho de un moribundo, ella era testigo del juicio que esa alma vivía luego de la muerte.
Las autoridades eclesiásticas realizaron numerosos controles para verificar el ayuno de Teresa. Así, el jesuita Carl Sträter, quien fue el encargado por el Obispo de Ratisbona para estudiar la vida de la estigmatizada, confirmaba: “el significado del ayuno de Teresa Neumann ha sido el de demostrar a los hombres de todo el mundo el valor de la Eucaristía, hacerles entender que Cristo está verdaderamente presente bajo las especies del pan y que a través de la Eucaristía se puede también conservar la vida física”.
Teresa fue declarada Sierva de Dios en 2004.

Fuente: cf. Venerable Carlo Acutis, Exposición «Milagros eucarísticos»

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (II)

Virgen de la Merced 01 02

Consígnase aquí un hecho sobrenatural a manera de ilustración de lo que entonces anduvo en lenguas.

Doña Felipa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trae en su Recuerdos familiares esta curiosa referencia:
«Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes».

Lo más curioso es que el tal dato, de oídas tan sólo y poco creíble en sí, viene corroborado por otro, ya de testigo de vista, en la Memoria del general don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Boletín de la Academia Nacional de la Historia.
Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Huaqui como de Tucumán y Salta, expuso con llaneza lo que vio personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:
«Formó el ejército en línea de batalla con un horizonte despejado y limpio de nubes... En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.
«Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan».

(...)

Sucedió entonces un hecho llamativo, calificado de «sobrenatural» por el historiador tucumano Manuel Lizondo Borda; «que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico». Y fue un ciclón, que llegó desatado por el sur, trayendo en su seno una tupida manga de langostas. Lo describe don Marcelino de la Rosa en sus Tradiciones históricas:
«En momentos tan azarosos para los españoles, vino a empeorar su angustiosa situación un terrible huracán. El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daba a la escena un aspecto terrífico».
Esto de las langostas parecería tema baladí y que debiera con preferencia soslayarse. No lo fue en la batalla de Tucumán. El doctor Lizondo Borda le dedica su párrafo justiciero:
«Las mismas langostas parece que ayudaron su poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra, hacían fuertes impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos».

Este conjunto de circunstancias desfavorables a las columnas españolas de la derecha, que aún se mantenían en el campo, determinaron su retirada. La que debió verificarse con precipitación, hasta una legua de distancia, donde logró Tristán constituir nuevo frente.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

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