Trono de la Sabiduría


El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría. Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.

Él se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.

Por encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura. En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre de Cristo


Siendo Jesucristo Dios, Creador y Salvador, podría parecer que es lo mismo llamar a María, Santa Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre del Creador, Madre del Salvador. Pero estos diversos títulos no expresan lo mismo, indican diversos aspectos bajo los cuales es considerada la misma Persona adorable del Redentor, diversos oficios de esta divina Persona, o distintos beneficios que se derivan de Cristo y de María. Madre de Cristo significa que María participa, en cuanto es posible a la criatura, de la dignidad y excelencia de Cristo y de los beneficios por El otorgados.

La palabra griega Cristo significa ungido o consagrado. Antiguamente eran consagrados con la unción los sacerdotes, los reyes y los profetas; y Jesús es por excelencia el Sacerdote, el Rey y el Profeta; también se consagraban los vasos sagrados destinados al culto divino.

Cuando saludamos e invocamos a María como Madre de Cristo, significamos que Ella es vaso consagrado a Dios; que por las íntimas y singulares relaciones que la acercan a su Divino Hijo, participa en cierto modo de la dignidad de sacerdote, de rey y de profeta. María fue vaso consagrado y tiene participación en el sumo Sacerdocio de Cristo.

Desde el primer momento de su existencia Ella estuvo llena de la Divina Gracia, óleo precioso y fue destinada a contener durante nueve meses a la Santidad por esencia.

María participa del Eterno Sacerdocio de Jesucristo, de Cristo Sacerdote que se ofreció a Dios una vez sobre el altar de la Cruz, derramando entre grandes dolores su Sangre de precio infinito por nuestros pecados y se ofrece cada día de modo incruento sobre los altares por manos de los Sacerdotes. Ella participa del sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía.

En primer lugar suministró la materia: aquel Cuerpo Divino que fue inmolado en la Cruz, en el Calvario y que continuamente se inmola en las Iglesias, es Cuerpo formado de la sola substancia de María Santísima, puesto que Ella es Madre Virgen; la Sangre que un día fue derramada en la Pasión y en la Muerte del Hombre-Dios y que todos los días se derrama místicamente en el Perenne Sacrificio, es Sangre de María, suministrada por Ella al Hijo de Dios. En segundo lugar, participa del Sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía, porque ofreció con Jesucristo Primero y Sumo Sacerdote, el Sacrificio del Calvario y sigue ofreciendo sobre los altares la Víctima Divina porque el Sacrificio de la Misa es prolongación del de la Cruz.

Por esto María Santísima es llamada Corredentora e invocada como Madre de Cristo.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Santa Madre de Dios


Después de haber invocado a María con su Nombre, pasamos ahora a invocarla con una serie de títulos muy apropiados. Y ante todo con la más excelsa de sus dignidades, principio y fundamente de todas las demás, la sublime y singular dignidad de Madre de Dios.

La Divina Maternidad de María es Dogma y Artículo fundamental de nuestra fe.

En la base de nuestra religión tenemos dos inefables misterios: el Misterio de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación del Verbo.

La Encarnación supone la Trinidad. El Hijo que se ha encarnado supone El Padre del cual ha sido engendrado, y si se ha encarnado por obra del Espíritu Santo, confirma la existencia de esta tercera Persona de la Santísima Trinidad y no se puede imaginar la Encarnación sin una Madre que proporcione la naturaleza humana al Verbo. He aquí cómo la divina Maternidad de María entra en el fundamento y en el nexo esencial de las supremas verdades de nuestra religión. Y así como los principales artículos de la fe revelada (la Redención, la Gracia, la Iglesia, los Sacramentos, la vida eterna, etc.) son consecuencias del Misterio de la Encarnación, así estas importantes verdades tienen una íntima e indiscutible relación con el Dogma de la Divina Maternidad de María.

Santa Madre de Dios porque Ella es madre de la naturaleza humana de Cristo; pero esta naturaleza humana está en Cristo indisolublemente, personalmente, hipostáticamente unida a la naturaleza divina en unidad de Persona, y ésta es divina. María es por lo tanto, Madre de esta Persona divina, Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

La Santísima Trinidad vive y reina en el Corazón de Jesús

Todo el mundo sabe que la fe cristiana nos enseña que en el misterio adorable de la Santísima Trinidad hay tres Personas: tres Personas que no son sino una misma divinidad, un mismo poder, una misma sabiduría, una misma bondad, una misma inteligencia, una misma voluntad y un mismo corazón. Por eso, nuestro Salvador, en cuanto Dios, no tiene sino un mismo Corazón con el Padre y el Espíritu Santo; y en cuanto hombre, su Corazón humanamente divino y divinamente humano no es más que una misma cosa con el Corazón del Padre y del Espíritu Santo, en unidad de espíritu, de amor y de voluntad. De aquí que adorar al Corazón de Jesús, sea adorar al Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre Eterno vive en el Corazón de su divino Hijo. El Verbo Divino y el Espíritu Santo viven y reinan en el Corazón de Jesús. Considerad que estas tres Divinas Personas viven y reinan en el Corazón del Salvador, como en el más sublime trono de su amor. ¡Oh, Santísima Trinidad, alabanzas infinitas os sean dadas eternamente por todos los milagros de amor que operáis en el Corazón de mi Jesús! Os ofrezco el mío, con el de todos mis hermanos, suplicándoos, muy rendidamente que toméis de ellos entera posesión y que aniquiléis en los mismos cuanto os desagrade, para establecer en todos el reino de vuestro amor soberano.

Fuente: S. Juan Eudes, El Corazón de Jesús

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Corazón Amante del Hijo de María

Virgen Maria 10 22b

“La Eucaristía sabe a vida eterna y sabe a María, porque la carne que se nos da en la Eucaristía es carne tomada de María” (Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega).

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Corazón de Jesús no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se confunden juntas que una no podría ir sin la otra, y que su unión es absoluta. No sólo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino -porque se complementan y perfeccionan- se aumentan recíprocamente.
Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y nuestras alabanzas, ¿y dónde habríamos de buscarlo si no es en la Eucaristía donde se halla eternamente vivo?

Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco, pero para alcanzar este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, recibiremos en la Misa la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, percibiremos al Corazón Eucarístico latir verdaderamente dentro de nuestro corazón.
La devoción al Sagrado Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el Corazón de Jesús.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial; para fijar nuestros espíritus buscamos el Corazón de Dios. El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor: ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia; en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante. ¿Y de qué especial ternura no habrá hecho objeto Dios Hijo, de antemano, a la que El mismo debía crear para nacer de Ella un día?
Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor de Jesús, Dios y Hombre. Mas, el Amor de Jesús es su Corazón, en resumen; la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. (Nota: es de destacar que en muchos milagros eucarísticos, al ser analizados, se comprobó que se trataba de tejido cardíaco de una persona viva)
La Eucaristía aumenta nuestro amor por el Corazón de Jesús. Y, porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía, vamos a ella, nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento -ante el Corazón Sacramentado-, adoramos la Hostia radiante en la custodia.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

Un solo Corazón

Sagrada Familia 11 23

En el episodio de Jesús a los doce años se registran sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Aquí, cuando Jesús todavía está completamente integrado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre».
Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño -y luego adolescente y joven- no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011

Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios

Sagrado Corazon 43 76

Todos los hombres están llamados a la comunicación con Dios. Por la creación, Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le ha creado y le busca.

Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Dios es el que toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle, de hablarle, de compartir con Él nuestra vida. La persona que reza, que se dispone a escuchar a Dios y a hablarle, responde a esa iniciativa divina.

Cuando rezamos, es decir, cuando hablamos con Dios, el que ora es todo el hombre. Para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces): Es el corazón el que ora.
El corazón es nuestro centro escondido, sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro con Dios, de la relación entre Dios y cada uno de nosotros personalmente.
La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar y aprender a orar. Aprendemos a hablar con Dios a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los Evangelios y, sobre todo, imitando el ejemplo de Jesús.

Fuente: opusdei.org

Buscar a Dios en la actividad (I)

Dios en la actividad 01 01

Compartimos este artículo que, si bien se aplica en primer lugar a aquellos que viven bajo votos religiosos, contiene valiosas enseñanzas que cada uno aprovechará según su propio estado.


Abandonando toda actividad externa me postro a los pies de Jesús y le pido que me enseñe a permanecer en esta disposición interna aun en medio de mis ocupaciones.
He aquí cómo habla San Juan de la Cruz al alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento: «Jamás, fuera de lo que por orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad... sin orden de la obediencia».

Con esta norma el alma está segura de moverse siempre dentro de la voluntad de Dios; y la voluntad de Dios no puede permitir que las ocupaciones impuestas por ella -por absorbentes y apremiantes que sean- dificulten o tan sólo disminuyan el recogimiento del alma. «Obrando sólo por obediencia y con obediencia -en la cual es Dios quien manda-, no me parece que pueda Él destruir su obra», o sea, la unión íntima entre sí y el alma -afirma Santa Teresa Margarita-. Cuando la actividad externa está regulada en todo por la obediencia, no solamente disminuye el peligro de hacer las cosas por amor propio o de exponerse temerariamente a distracciones, sino que en cualquier trabajo se tiene la seguridad de abrazarse con la santa voluntad de Dios. Y quien abraza la voluntad de Dios, no corre peligro de separarse de Él, ni de arrancar su espíritu de la continua orientación hacia Él.
La unión del alma con Dios, más que en la dulzura de la oración, se realiza cuando se abraza con perfección su santa voluntad.

Postrado ante ti, Señor, y a la luz de tu divina presencia quiero examinar con toda sinceridad mis ocupaciones, para ver si mi actividad está verdaderamente regulada por la santa obediencia.
Tú me has hecho comprender que cuando obro sólo por propia iniciativa, sin un verdadero motivo de obediencia o caridad, entonces muy fácilmente mis acciones me distraen de ti; y esto, o porque empleo en ellas el tiempo que debiera dedicar a la oración, o porque, moviéndome por propio impulso, no hago muchas veces más que seguir mi amor propio, mi natural tendencia a la actividad, mis caprichos, mi voluntad. Cuando así obro, estoy unido no a tu voluntad, sino a la mía: no a ti, sino a mi amor propio. Líbrame, te ruego, Señor, de tan gran peligro. Fatigarme y sufrir por cumplir tu voluntad, por unirme a ti, esto sí, Señor, quiero que sea la única ilusión de mi vida; pero fatigarme y sufrir por hacer mi voluntad, por seguir mi amor propio, sería una verdadera necedad que mi alma pagaría muy caro.

Guárdame, Dios mío, de semejante locura y no permitas que sea tan ciego, que consuma mis fuerzas en un intento tan vano y con detrimento de mi vida interior.
Dame, Señor, “pasión” por tu voluntad, de modo que no sepa querer ni hacer sino lo que Tú quieres, lo que Tú me pides en los preceptos y deseos de mis superiores o en el consejo de quien guía mi alma. Todo lo demás no debe existir ya para mí, porque únicamente ansío vivir para ti y cumplir tu voluntad.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Natividad de la Santísima Virgen

Natividad de Maria 01 02

Después del nacimiento de Jesús, ningún nacimiento ha sido tan importante a los ojos de Dios, ni tan importante para el bien de la humanidad, como el de María. Y sin embargo, ese nacimiento permanece en completa oscuridad. En el Evangelio la figura de María está casi completamente oscurecida por la de su divino Hijo. Los evangelistas nos dicen de Ella lo imprescindible para presentar a la Madre del Redentor; y, en efecto, entra en escena sólo cuando se inicia la narración de la encarnación del Verbo.

La vida de María se confunde, se pierde en la de Jesús; María vivió verdaderamente escondida con Cristo en Dios. Y notemos que vivió en la oscuridad no sólo durante los años de su infancia, sino también en los días de su maternidad divina, hasta en los momentos de triunfo de su Hijo, hasta cuando una mujer entusiasmada por las maravillas que Jesús realizaba, alzó su voz en medio de la turba, gritando: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que mamaste!» (Lc 11, 27).

Sea, pues, para nosotros la solemnidad mariana que hoy celebramos una invitación a la vida escondida, a escondernos con María en Cristo y con Cristo en Dios. Muchas veces es Dios mismo el que, a través de las circunstancias, se encarga de hacernos vivir en la oscuridad; debemos entonces estarle muy agradecidos y valernos de estas ocasiones para progresar cada vez más en la práctica de la humildad y de la vida oculta. Otras veces, por el contrario, el Señor nos puede confiar misiones, oficios, obras de apostolado que nos pongan en el candelero; pues bien, en tales circunstancias, igualmente debemos procurar desaparecer lo más posible. No debemos negarnos a obrar pero tenemos que obrar de forma que sepamos eclipsarnos apenas nuestra palabra deje de ser estrictamente necesaria para el feliz éxito de las obras a nosotros encomendadas.
Todo lo demás: las alabanzas, los aplausos, la relación de los triunfos o la apología de los fracasos, no nos debe interesar; frente a todo esto nuestra táctica debe ser la de retirarnos con santa naturalidad.
Un alma de vida interior debe abrigar el ansia de esconderse lo más que pueda bajo la sombra de Dios, porque, si algo bueno ha podido hacer, está convencida de que todo ha sido obra de Dios y por eso procura con premurosa delicadeza que todo redunde únicamente en gloria suya.
Que la vida humilde y escondida de María sea el modelo de la nuestra, y, si para emularla tenemos que luchar contra las tendencias siempre renacientes del orgullo, recurramos confiados a su ayuda materna y María nos hará triunfar de toda suerte de vanagloria.

“Cuando en el mar de este mundo me siento juguete de las borrascas y tempestades, tengo los ojos fijos en ti, oh María, fúlgida estrella, para no ser sumergido por las olas.
Cuando se levantan los vientos de las tentaciones, cuando encallo en la escollera de las tribulaciones, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando me agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la maledicencia y de la envidia, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando la cólera o la avaricia o las seducciones de la carne azotan la frágil barquilla de mi alma, siempre miro a ti, oh María.
Y si, turbado por la enormidad de las culpas, confundido por la fealdad de mi conciencia, aterrado por la severidad del juicio, me sintiese arrastrado al vórtice de la tristeza, al abismo de la desesperación, elevaría aún a ti los ojos, invocándote siempre, oh María” (San Bernardo).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (II)

Meditar 10 10

Por medio de la sequedad el alma adelanta también en la humildad. En efecto, la incapacidad de meditar, de fijar su atención, de excitar buenos sentimientos en su corazón, la convence todavía más de su nada, se la hace tocar con la mano, de modo que no necesita esfuerzo ni razonamiento para ver que sin la ayuda de Dios no puede en verdad hacer nada. Y así, poco a poco, se va despojando de aquella estima de sí, de aquel sentimiento de confianza en las propias fuerzas que más o menos en secreto se habían adentrado en ella cuando todo le resultaba fácil y gustoso en su vida de oración.

Al mismo tiempo, viéndose tan pobre y necesitada delante del Señor, nace en ella un sentimiento de mayor respeto, de mayor reverencia a la Majestad infinita de Dios. Cuando lograba en la oración tratar con Él de corazón a corazón, quizás olvidaba un poco la infinita distancia que siempre media entre Dios y la criatura.

Sí, Dios quiere que tratemos con Él con gran confianza y nos invita de mil modos a su intimidad; con todo, Él permanece siempre el Inaccesible y nosotros la nada, la miseria. Por eso, es muy apreciable ese sentimiento de mayor reverencia que madura en el alma a través de la experiencia de su nada, y que le permitirá acercarse a Dios con verdadera humildad de corazón, aun en los momentos de intimidad más estrecha.
Por eso, si el alma no puede hacer en la oración otra cosa que humillarse delante del Señor, reconocer su propia nada, mostrarle las debilidades e incapacidades propias, y adorar su grandeza infinita, habrá empleado muy bien el tiempo.
En este estado de sequedad, sobre todo cuando el alma es atormentad por las distracciones, se tiene la impresión de que es poco el fruto de la oración; pero no se desanime, porque, como dice San Pedro de Alcántara, delante de Dios mucho hace quien hace todo lo poco que puede.
No es gran cosa perseverar en la oración cuando se halla consuelo, pero lo es cuando la devoción sensible es poca. Antes bien, acaece que la oración entonces es mucha y mucha la humildad, la paciencia, la perseverancia.

“¡Oh Jesús! A vuestro lado, nada. ¡Sequedad!... ¡Sueño!... Con todo soy demasiado dichosa de que no os toméis molestia por mí; tratándome así demostráis que no soy para Vos una extraña.
Que mis tinieblas sirvan, Señor, para esclarecer a las almas. Yo estaré contenta y consentiré, si es vuestra voluntad, en caminar toda mi vida por la ruta oscura que sigo con tal que un día llegue al término de la montaña del amor.
Sí, soy muy dichosa de no tener consuelo alguno, pues veo que así mi amor no es como el de las prometidas de la tierra, que miran siempre las manos de sus prometidos para ver si les llevan algún regalo, o bien su rostro, para sorprender en él una sonrisa de amor que las cautive... No deseo el amor sensible, sino sólo el conocido por Vos” (S. Teresa del Niño Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (I)

Roca de salvacion 01 01 Roca de salvación

Ayúdame Señor, a buscarte y unirme a ti, aun en la sequedad y debilidades de espíritu.

Aun sin la intervención de las causas físicas o morales que ya mencionamos anteriormente (en el tema de “La aridez”), se puede caer repentinamente de un estado fervoroso en la sequedad más absoluta. Esto acaece por obra directa de Dios que pone al alma en la imposibilidad de hacer oración ayudándose de la imaginación, y de ejercitarse, como antes, en actos sensibles de amor. Mientras antes el alma meditaba o se entretenía con Dios afectuosamente, con gusto y facilidad, ahora ya no saca jugo de nada: le es imposible reunir dos conceptos. Pensamientos y lecturas, que otras veces la conmovían tanto, la dejan ahora totalmente indiferente y el corazón permanece duro y frío como una piedra.
Aunque vigila cuidadosamente el mantenimiento fiel de la mortificación y generosidad, a pesar de intensificar la preparación a la meditación y de pedir fervorosamente al Señor que la ayude, no logra obtener de su corazón una gotita de amor. Entonces la pobrecilla se aflige e intimida, pensando que por alguna culpa pasada el Señor la ha abandonado y no sabe que esta especie de aridez esconde una grande gracia de Dios, gracia de purificación y de adelanto en los caminos del espíritu.

De hecho, mediante la sequedad, el Señor pretende librarla de las niñerías de la sensibilidad para trasladarla al grado más puro y sólido del amor de voluntad. Cuando el alma encontraba tanto consuelo en la oración, sin darse cuenta se apegaba un poco a las consolaciones sensibles, y así buscaba y amaba la oración no únicamente por Dios, sino también un poco por sí misma. Privada ahora de todo gusto, aprenderá a ocuparse en ella sólo por agradar al Señor.
Además, no encontrando apoyo alguno en los pensamientos sutiles y en las dulces emociones, aprenderá a vivir sólo con la energía de la voluntad, ejercitándose en actos de fe y amor completamente áridos pero tanto más meritorios cuanto más voluntarios. Así su amor a Dios será más puro, siendo más desinteresado y más sólido, por ser más voluntario.

“Bendito sea, Señor, tu nombre por todos los siglos, porque dispusiste que sufra esta tribulación. Yo no puedo evitarla, por eso recurro a ti para que me ayudes y me la conviertas en bien. Señor, estoy profundamente afligido, mi corazón no tiene reposo y está muy apenado por esta dura prueba ¿qué diré, oh Padre amadísimo? Estoy angustiado: sálvame, Señor. Esto me acaece para mayor gloria tuya, pues seré muy humillado y Tú me librarás después. Dígnate, Señor, librarme, porque solo, miserable como soy, ¿qué puedo hacer y a dónde iré sin ti?
Dame también ahora la gracia de la paciencia: ayúdame, Señor, y no temeré cualquier prueba. Y entre tanto ¿qué diré yo en medio de estas congojas? Señor, que sea hecha tu voluntad. He merecido, por desgracia, ser atribulado y agobiado por el dolor. Y me es útil el sufrir: al menos concédeme soportarlo con paciencia hasta que la tormenta pase y torne la calma” (Imitación de Cristo, III, 29, 1-2).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La aridez (II)

Santa Teresita 18 45 Santa Teresita rezando

Otras veces, por el contrario, la aridez espiritual proviene de causas físicas o morales completamente independientes de nuestra voluntad. Pueden ser indisposiciones, malestar, cansancio, nerviosismo o abatimiento por el excesivo trabajo o por preocupaciones dolorosas, etc., que pueden hacer desaparecer toda sensación de alivio espiritual, siendo a veces imposible por el momento poner remedio a tan doloroso estado. Es ésta una prueba que podrá prolongarse más o menos, pero en la cual hemos de ver con plena certeza la mano de Dios que todo lo dispone para nuestro bien, y que no dejará de concedernos la gracia necesaria para convertir en provecho este sufrimiento.

Aunque entonces no sienta consuelo ni atractivo alguno por la oración, el alma debe ejercitarse en ella por puro deber, porque es su obligación, valiéndose de los remedios que están en su mano para suplir su incapacidad. A este propósito enseña Santa Teresa de Jesús: «Así que, hermanas, oración mental; y quien ésta no pudiere, vocal, y lección y coloquios con Dios... No se deje las horas de oración.»

Y si a pesar de todo, el alma no consigue mover y encender su corazón, ejercítese en el amor al Señor y ámele con sola la voluntad. No será tiempo perdido; pues, por el gran esfuerzo que requiere semejante ejercicio, la voluntad se robustecerá y se hará capaz de un amor más eficaz, más generoso, quizás sin que el alma se dé cuenta de este crecimiento en el amor.
Se trata, en verdad, de un amor privado de sentimiento, pero no nos olvidemos que la substancia del amor no consiste en sentir, sino en querer a toda costa agradar a la persona amada. Por eso, quien, no hallando gusto alguno, sino más bien repugnancia en la oración, persevera en ella únicamente por agradar al Señor, le da una prueba hermosísima de que le ama sincera y verdaderamente.
El progreso en la vida espiritual no se mide por el consuelo y alivio que experimenta el alma; estas cosas ni siquiera se requieren para la vida espiritual, ya que la verdadera devoción se valora únicamente por la prontitud de nuestra voluntad para servir a Dios, prontitud y decisión que pueden darse aun en medio de la aridez y de la lucha que la voluntad debe sostener contra las repugnancias sensibles.

“Confío ilimitadamente, ¡oh Señor! en tu bondad, pues Tú mismo me enseñas a pedir, a buscar y a llamar. Por eso, cumpliendo tus palabras, pido y busco, y llamo. Ahora, pues, ya que me mandas pedir, haz que yo reciba; ya que me incitas a buscar, haz que yo encuentre; ya que me dices que llame, ábreme la puerta. Estoy enfermo, dame fuerzas; me encuentro perdido, vuélveme al buen camino; resucítame de esta muerte y dígnate dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones según tu beneplácito, para que yo viva de ti y me entregue a ti por completo” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La multiplicación de los panes (II)

Multiplicacion de los panes 03 08

Antes de obrar el milagro, Jesús pregunta a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos?», y observa el evangelista «Esto lo decía para probarle, porque Él bien sabía lo que había de hacer» (Jn 6, 5-6).

No hay circunstancia difícil en nuestra vida cuya solución Dios no conozca: desde la eternidad previó todas las situaciones posibles, aun las más complicadas, y dispuso el remedio oportuno. Sin embargo, quizás a veces nos parezca, cuando nos encontramos ante alternativas difíciles, que Dios nos deja solos, que la solución tenemos que buscárnosla nosotros; pero esto Dios lo permite solamente para probarnos. Él quiere, que al medir completamente solos nuestras fuerzas con las dificultades, nos hagamos más plenamente conscientes de nuestra impotencia e incapacidad y por otra parte nos ejercitemos en la fe y en la confianza en él. En realidad, el Señor nunca nos abandona si nosotros no le abandonamos antes, solamente se esconde, y oculta en la oscuridad su acción sobre nosotros: entonces es el momento de creer, creer fuertemente y esperar con humilde paciencia, con plena seguridad.

Los apóstoles avisan a Jesús que un muchacho tiene cinco panes y dos peces; muy poca cosa, nada para saciar el hambre de cinco mil hombres; pero el Señor pide aquella nada y se sirve de ella para obrar el gran milagro.
Siempre la misma realidad: Dios omnipotente, que todo lo puede hacer y crear de la nada, cuando se encuentra ante su criatura dotada de libertad, nunca quiere obrar sin su concurso. Es muy poco lo que el hombre puede hacer, y sin embargo, Dios quiere este poco, se lo pide, y se lo exige como condición antes de que Él intervenga.
Solamente el Señor puede santificarte, como sólo Él podía multiplicar las reducidas provisiones del muchacho del evangelio, y no obstante te pide tu cooperación. Como el muchacho del evangelio, también tú entrégale todo lo que posees, preséntale todos los días tus propósitos siempre renovados con constancia y amor y Él obrará en ti un gran milagro, el milagro de tu santificación.

¡Oh Señor! En tu bondad infinita no te olvidas de preparar también una mesa para mi cuerpo; con tu providencia lo nutres, lo vistes, lo conservas en vida, lo mismo que a los lirios del campo y a los pájaros del aire. Tú conoces mis necesidades, mis angustias, mis inquietudes por el pasado, por el presente y por el futuro, y a todo provees con amor paternal.
¡Oh Señor! ¿Por qué no confío en ti?, ¿por qué no arrojo en tus brazos todas mis preocupaciones, sabiendo que Tú puedes remediarlo todo? A ti te entrego, pues, mi vida: la vida del cuerpo, la vida terrena con todas sus necesidades, con todos sus trabajos, y la vida del espíritu con todas sus exigencias, sus ansias, con toda su hambre del infinito. Tú sólo puedes llenar la capacidad de mi corazón; Tú sólo puedes hacerme feliz; Tú sólo puedes hacer realidad mi ideal de santidad, de unión contigo.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La multiplicación de los panes (I)

Multiplicacion de los panes 02 03

¡Oh Jesús, verdadero pan de vida eterna! Sacia mi hambre.
El evangelio de este domingo (Jn 6, 1-15), nos narra la multiplicación de los panes, el gran milagro de que Jesús se sirvió para preparar a la muchedumbre a recibir el anuncio de un milagro mucho más sorprendente, la institución de la Eucaristía, donde Jesús, el Maestro, se haría nuestro pan, «pan bajado del cielo» (Jn 6, 41) para alimento de nuestras almas. He aquí el motivo de nuestra alegría; he aquí la fuente de nuestras delicias: Jesús es el pan de vida, siempre dispuesto a entregarse para saciar nuestra hambre.
Pero Jesús, aun apreciando mejor que nosotros los valores espirituales, no olvida ni desprecia las necesidades materiales del hombre. El evangelio nos lo presenta rodeado de la muchedumbre, que le había seguido para escuchar sus enseñanzas; Jesús piensa en el hambre de aquellas gentes y, para remediarla, realiza uno de los milagros más clamorosos: toma cinco panes y dos peces, los bendice, y sacia con ellos el hambre de cinco mil hombres, sobrando aún doce cestos.

Jesús sabe que el hombre, atormentado por el hambre, por las necesidades materiales, es incapaz de atender a las cosas del espíritu. La caridad nos exige esta comprensión de las necesidades materiales del prójimo, comprensión operante, que se ha de traducir en acción eficaz. «Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano y alguno de vosotros le dijere: id en paz... pero no les diere con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho les haría?» (Sant 2, 15-16). Los apóstoles propusieron al Maestro que despidiese a la multitud para que fuese a «comprar alimentos» (Mt 14, 15). Jesús no escuchó la propuesta y Él mismo quiso satisfacer la necesidad de aquella gente. Procura también tú no despachar nunca al prójimo necesitado sin haberle ayudado en lo que está de tu parte.

¡Oh Cristo Jesús, Señor mío, Hijo de Dios vivo, que sobre la Cruz con los brazos abiertos, para redimir al hombre, bebisteis el cáliz de inefables dolores! Dígnate hoy venir en mi ayuda. Heme aquí, soy pobre, me acerco a ti, que eres rico; soy miserable, me presento a ti, que eres misericordioso; que yo no me aparte de ti vacío y desilusionado. Vengo hambriento: no permitas que vuelva en ayunas; me acerco famélico: que yo no me marche sin haber sido saciado antes; satisface estas ansias ardientes que tengo de nutrirme. Sí, tengo hambre de ti, pan verdadero, pan vivo, pan de vida. Tú conoces mi hambre, hambre en el alma y en el cuerpo, por eso quisiste satisfacer a los dos. Con tu doctrina, con tu Cuerpo y con tu Sangre sacias abundantemente mi espíritu, sin límites; solamente la frialdad de mi amor, la pequeñez de mi corazón pone límites a tu bondad. Me has preparado una mesa rica y abundante sobre toda expresión: para alimentarme, solamente tengo que acercarme. Tú no solamente me admites a tu mesa sino que te haces mi alimento, mi bebida, te das todo a mí; todo en tu Divinidad y todo en tu Humanidad.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La aridez (I)


Meditar 08 08

¡Oh Señor! Ayúdame a serte fiel, para que no se apague en mí, por mi culpa, el espíritu de oración.
Ordinariamente, al principio de una vida espiritual más intensa, el alma suele gozar de cierto fervor sensible que le hace fáciles y gustosos los ejercicios espirituales. Le brotan espontáneos los buenos pensamientos, los afectos, los impulsos amorosos del corazón; le es de suma alegría el recogerse a solas con Dios en la oración; pasa rápidamente el tiempo de la meditación y hasta le parece que la presencia de Dios se le hace sensible. Esta misma facilidad experimenta también en la práctica de la mortificación y de las demás virtudes. Pero, generalmente, este estado, esta disposición no dura mucho tiempo, de tal modo que a un cierto momento el alma se encuentra privada de todo consuelo sensible.

Esta supresión de la devoción sensible es lo que constituye precisamente el estado de aridez o sequedad, que puede depender de varias causas.
A veces puede ser efecto de la falta de fidelidad del alma, que se ha ido debilitando poco a poco por haber querido gustar ciertas pequeñas satisfacciones de pasatiempos, de curiosidad, de egoísmo o de amor propio, a que ya había renunciado. Si las almas comprendieran de cuántos bienes se privan por semejante conducta, abrazarían cualquier sacrificio antes de volver a caer en tales debilidades. El hábito de la mortificación, adquirido con tantos esfuerzos se pierde pronto, y el alma se ve de nuevo esclava de sus pasiones. El amor propio, que estaba adormecido, pero no muerto, se despierta con mayor vigor y se convierte en fuente no sólo de innumerables imperfecciones voluntarias, que ya habían sido vencidas, sino también de pecados veniales deliberados, e incluso puede arrastrar y sumergir en la tibieza a un alma que corría fervorosa por los caminos del Señor.

¿Cómo podrá esta alma, infiel a sus propósitos y hundida de nuevo en la mediocridad, asegurar al Señor en la oración que le ama y que quiere crecer en su amor? ¿Cómo podrá sentir la alegría de quien tiene conciencia de amar verdaderamente a su Dios? El alma, en consecuencia, cae necesariamente en la aridez espiritual. El único remedio para salir de este estado es volver al fervor primitivo. Esta nueva conversión estará sembrada de dificultades y exigirá del alma grandes esfuerzos; sin embargo es necesario que se empeñe decididamente en ella y que no se desanime nunca. El Señor se complace tanto en perdonarnos...

«Mira y ve mi aflicción, Tú que eres Santo, ¡oh Señor y Dios mío! Ten piedad de este tu hijo que engendraste con tan grandes dolores, y no mires mis pecados, de modo que te olvides de tu posesión. ¿Qué padre no desea librar a su hijo?; y ¿qué hijo no se corrige al sentir la mano piadosa de su padre? ¡Oh, Padre y Señor mío! Aunque pecador, no puedo dejar de ser tu hijo, pues me hiciste y me regeneraste. ¿Hay madre que pueda olvidar al hijo de sus entrañas? Pues aunque la hubiera, Tú, ¡oh Padre nuestro!, no te olvidarías de nosotros porque nos lo prometiste.
¡Heme aquí, Señor! Grito y no me escuchas; estoy desgarrado por el dolor, y no me consuelas. ¿Qué diré, qué haré, miserable de mí?
¡Oh Jesús! ¿Dónde están tus antiguas misericordias? ¿Permanecerás airado contra mí hasta el fin? Aplácate, Señor, y no apartes de mí tu rostro... Pequé, Señor, lo confieso; pero tu misericordia es infinita, por eso sobrepasa infinitamente mis culpas y pecados. Llora, alma mía, llora y gime, pues tu Esposo, Jesucristo, te ha abandonado. ¡Oh Señor omnipotente! No te irrites contra mí, pues no podré soportar el peso de tu cólera. Ten piedad de mí y no me dejes caer en la desesperación. Si yo hice cosas que me hacen digno de ser condenado, Tú no has perdido el poder y la misericordia para salvar a los pecadores» (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25