El combate de la Bondad contra la ingratitud


La Bondad de Jesús llega hasta mostrarse Él agradecido; se contenta con lo que se le da y además se muestra regocijado. Pudiera decirse que tiene necesidad de nuestras cosas...; hasta nos pide, nos suplica: ¡Hijo mío, Yo te pido...! Dame tu corazón.

Jesús aparenta tal debilidad en el santísimo Sacramento que se deja insultar, deshonrar, despreciar, profanar..., y a su vista, en su propia presencia, al pie de los altares... ¿Y el ángel no hiere a estos traidores? Nada de eso. ¿Y el Padre celestial permite tales ultrajes a su Hijo amado? Porque aquí es peor que en el calvario. Allí, al menos, se oscureció el sol en señal de horror; los elementos lloraban a su manera la muerte de su Criador; aquí... nada.

El calvario de la Eucaristía se levanta en todas partes. Principió en el cenáculo; está erigido en todos los lugares de la tierra y aquí ha de permanecer hasta el último momento de la vida del mundo. ¡Oh, Señor! ¿Por qué llegáis a tal exceso? Se ve que es el combate de la bondad contra la ingratitud. Jesús quiere tener más amor que el hombre odio; quiere amar al hombre aun a pesar suyo: hacerle bien, mal que le pese. Por todo pasará antes que vengarse; quiere rendir al hombre por su Bondad.

Esta es la Bondad de Jesús, sin gloria, sin esplendor, toda debilidad..., pero rebosante de Amor para los que tengan ojos y quieran ver.

¡Señor mío Jesucristo, Dios de la Eucaristía, qué Bueno sois!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Id a Nuestro Señor con toda naturalidad


Id a Nuestro Señor como sois, haciendo la meditación con toda naturalidad. Antes de echar mano de los libros, agotad el caudal de vuestra piedad y de vuestro amor. Aficionaos al libro de la humildad y del amor, cuya lectura es inagotable. Bien está que os valgáis de algún libro piadoso, para volver al buen camino del que os habíais desviado cuando el espíritu comenzó a divagar, o se adormecían vuestros sentidos; pero tened en cuenta que el buen Maestro prefiere la pobreza de vuestro corazón a los más sublimes pensamientos y santos afectos que os puedan prestar otros. Busca vuestro corazón y no el de los demás; busca los pensamientos y la oración que de él os broten como expresión natural del amor que le profesáis.

Frecuentemente, el no querer presentarnos al Señor con nuestra propia miseria y pobreza, que nos humilla, es efecto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía; y, sin embargo, eso es lo que prefiere a todo lo demás y lo que en nosotros ama y bendice.

Si os halláis con el espíritu sumido en tinieblas, os encontráis tristes y afligidos, de manera que todo se revela en vosotros y os impulsa a dejar la adoración, so pretexto de que ofendéis a Dios, de que, en vez de servirle, le deshonráis... ¡Oh, no!, no le prestéis oídos, ni os seduzca tan especiosa tentación, pues esa adoración es la adoración del combate, con lo que probáis vuestra fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no; no le desagradáis, antes al contrario, regocijáis a vuestro Señor que os está mirando. Si Satanás ha turbado vuestra quietud y sosiego es porque Él se lo ha permitido, y ahora, viendo cómo peleáis, espera que le prestéis el homenaje de vuestra perseverancia hasta el último instante del tiempo que le habéis prometido. Que la confianza, la sencillez y un grande amor a Jesús os acompañen siempre que vayáis a adorarle.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

No debemos turbarnos de ningún modo


Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.

Veamos con cuánta gracia nuestro bienaventurado Doctor reprende e instruye a esas almas: “Tenéis todavía, me decís, muy vivo y delicado el sentimiento para sufrir las injurias. Pero, hija mía, ese todavía ¿a qué se refiere? ¿Habéis ya derrotado a muchos enemigos de esa clase? No es posible que tan pronto seáis dueña y señora de vuestra alma, como si la tuvierais totalmente en vuestra mano. Contentaos con ir ganando, poco a poco, alguna pequeña ventaja sobre vuestro defecto dominante. Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas. Las flechas que vuelan a lo alto son las esperanzas vanas y las presunciones que, al principio de su conversión, ciertas almas deseosas de la perfección tienen de llegar pronto a la santidad. Se figuran que van a llegar a ser muy pronto nada menos que una Teresa de Jesús o una Santa Catalina de Siena. Esto está muy bien, pero decidme: ¿Cuánto tiempo pensáis emplear en llegar a ello? Tres meses; menos, si es posible. Hacéis bien en decir si es posible, porque de otro modo podríais equivocaros. El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso. Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.

Y, como conclusión, el buen Santo no cesaba de decir: “Aunque, por nuestra debilidad, vislumbremos muchas caídas, no debemos turbarnos de ningún modo”.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

Es necesario tener paciencia


La fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.

En la práctica, nos olvidamos con frecuencia de esta doble tesis, y será bueno que veamos cómo la desarrolla San Francisco de Sales, con su sencillo lenguaje: “No pensemos que, mientras estemos en esta vida, podremos vivir sin imperfecciones, porque esto no es posible, ya seamos superiores o inferiores, puesto que todos somos hombres; y todos necesitamos estar persuadidos de esta verdad, para así no asombrarnos de vernos todos sujetos a imperfecciones. Nuestro Señor nos mandó decir todos los días en el Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no hay excepción para este mandato, porque todos tenemos necesidad de hacer esta súplica. El amor propio puede ser modificado en nosotros, pero no por eso muere jamás; así, de vez en cuando, en ocasiones diversas, vuelve a echar brotes, que demuestran que, aunque está cortado por la base, no está desarraigado. A veces no se mueve, pero no debemos extrañarnos de encontrarlo vivo. Como el zorro, aparenta estar dormido alguna vez, pero de repente salta sobre las gallinas; por eso es necesario vigilarlo con constancia y defendernos de sus asaltos con suavidad y paciencia. Y si alguna vez nos hiere, estaremos curados si nos desdecimos de lo que nos ha hecho decir o deshacemos lo que nos ha hecho hacer”.

Pero estaremos curados sólo temporalmente, hasta que se declaren nuevas enfermedades, porque “hasta que nos veamos en el Paraíso”, añade nuestro Santo, y mientras dure esta vida, por grande que sea nuestra buena voluntad “es necesario tener paciencia, pues somos de naturaleza humana y no angélica”.

Fuente: José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas

Meditando en el Via Crucis (I)


Primera Estación: Jesús condenado a muerte

El odio arrastra al Amor ante el tribunal, pero el Corazón de Jesús palpita con igual caridad en su pecho dolorido, bajo el manto de burla y empapado de sangre. Alrededor de Cristo se levantan puños amenazadores y resuenan gritos blasfemos. En lugar de argumentos sólo se oyen acusaciones falsas e insidiosas contra el Inocente. Mas Él guarda silencio.

Las manos cobardes de Pilato quiebran la vara de la justicia; un aullido de júbilo frenético se eleva de la muchedumbre; la injusticia sentencia a la Justicia. El odio triunfa y el Amor calla.

¡Jesús, Salvador Nuestro!, te sometes al juicio de los pecadores, para librarnos de la condenación debida a nuestros pecados. Estás pálido y exangüe siendo la fuente de vida de nuestras almas. Llevas la corona de espinas, para que nosotros llevemos la joya de la gracia. Todos los miembros de tu cuerpo sufren, para que seamos miembros vivos de tu Cuerpo Místico, la Iglesia.

¡Pueblo escogido de la Nueva Alianza, reparemos las faltas contra el amor de su Corazón!

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Niños santos - Sierva de Dios Anfrosina Berardi

Anfrosina nació el 6 de diciembre de 1920 en San Marco di Preturo, Italia. En abril de 1931 comenzó a experimentar un dolor abdominal intenso. La hospitalizaron y el 14 de mayo se le realizó una apendicectomía. Sin embargo, la cirugía no parece resolver sus problemas. Una radiografía posterior resaltará una obstrucción intestinal progresiva.

Anfrosina, consciente de su empeoramiento gradual, se preocupaba de morir sin recibir la Primera Comunión. Pero el 13 de octubre de 1932, tuvo la alegría de recibir a Jesús por primera vez y también el sacramento de la Confirmación.

Anfrosina comienza a ofrecer sus sufrimientos por la salvación de los demás y a unir sus penas con las de Jesús en la Cruz, transformándolas en un regalo para todos aquellos que acuden a su cama para recibir algún consejo. Según sus primeros biógrafos, parece que la capacidad de leer en los corazones se desarrolla en ella, invitando a la conversión, especialmente a aquellos que se acercan a ella en un estado de pecado.

En la mañana del 13 de marzo de 1933, después de haber sonreído a los padres, se duerme dulcemente en el Señor. Anfrosina es llamada “mártir de la paciencia y de la resignación”, un modelo luminoso de fe y amor a Jesús sacramentado y a la Santísima Virgen.

Fuente: Cf. santiebeati.it

Niños santos - Sierva de Dios Angela Iacobellis


Angela nació en Roma el 16 de octubre de 1948 y fue bautizada el 31 de octubre en la Basílica de San Pedro, su hermoso rostro era el espejo de su pureza. Recibió su Primera Comunión y Confirmación el 29 de junio de 1955 en Nápoles.

Del testimonio de los padres y de aquellos que la conocieron, sabemos que su amor a Jesús en la Eucaristía era inmenso y que el rezo del Rosario la acompañó a lo largo de su breve peregrinación terrenal. Angela decía: “Debemos darle el primer lugar a Dios”. Era una niña normal en sus afectos familiares, en la escuela, con sus amigos y en los juegos.

A los 11 años sufrió con paciencia y heroísmo los dolores atroces de la leucemia, consolando a los demás. Aceptó el tratamiento y cuando se dio cuenta de que su enfermedad avanzaba, no se impacientó ni se desanimó, sino que aceptó conscientemente la Voluntad de Dios, expresando toda su alegría y generosidad en la oración, en una conversación íntima y sencilla con el Señor. Predicó en silencio y con el ejemplo.

En la fase final de la enfermedad, Angela pasaba de un análisis clínico a otro, de una transfusión a otra hasta que una obstrucción intestinal definitivamente complicó el pronóstico. El suministro de oxígeno no mejoró la situación. Y el 27 de marzo de 1961, su alma voló al cielo.

“Bienaventurado eres, Padre del cielo y de la tierra, porque has revelado a los pequeños los misterios del reino de los cielos” (Mateo 11:25), esta cita del evangelio está grabada en la lápida de su tumba, y refleja fielmente la corta vida de Ángela Iacobellis.

Fuente: Cf. angelaiacobellis.it

Santidad en Argentina - Venerable Leonor de Santa María Ocampo


Isora Ocampo, nació el 15 de agosto de 1841, en la provincia de La Rioja. Desde pequeña prefirió la soledad y el silencio. Junto a su familia participó en las devociones populares y practicó la caridad. A los 7 años, aprendió a leer y, en adelante, su personal afición a la lectura le brindará una buena formación religiosa. Con sólo 8 años perdió a su madre y quedó al cuidado de su padre, hermanos y familiares; desde entonces confió su vida a la Virgen.

Compartió el hogar con unas primas que la hicieron sufrir combatiendo su piedad y recogimiento, hasta con agresiones que soportó con gran paciencia. En ese tiempo comenzó a sentir el deseo de ser toda de Dios.

Al demorarse su deseado ingreso al convento dominico de Santa Catalina de Siena (Córdoba), hizo voto privado de castidad, con el padre Paulino Albarracín OP, su confesor y guía por varios años. Finalmente en junio de 1868, tomó el hábito con el nombre de sor Leonor de Santa María. Fue observante, humilde y servicial, paciente en el sufrimiento, asidua en la penitencia, abandonada en la providencia.

En los últimos años de su vida tuvo la serena conducción del Venerable padre José León Torres, mercedario. Sor Leonor escribió sus memorias que quedó en manos del Padre Torres y fue devuelto al Monasterio en 1937, cuando recién se reveló la profundidad y grandeza de su vida espiritual. Falleció de pulmonía a los 59 años de edad, el 28 de diciembre de 1900, y fue declarada Venerable el 19 de mayo de 2018.

Fuente: Cf. sorleonordesantamaria.com

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