El Varón saturado de oprobios

Busqué quien me consolara y no lo hallé (Salmo 68)

En ese dolor, suma de todos los dolores que se llama la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuatro veces se lee en el Evangelio que se quejó el Varón saturado de oprobios.

La primera, de sus tres íntimos que se duermen: “¿No pudisteis velar una hora conmigo?”.

La segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

La tercera, del esbirro del tribunal que le abofetea: “Si he hablado mal, dime en qué, y si bien, ¿por qué me hieres?”.

Y la cuarta de su Padre que le priva de su presencia sensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas cuatro quejas tan serenas y reposadas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesucristo más que por cuatro dolores distintos por uno solo manifestado bajo cuatro formas.

Ésa es la gran pena del Corazón de Cristo, ése es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni riberas de dolores en que se anega su Corazón. El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas, el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada y el abandono de los consuelos de Dios... Recoged y saboread esta enseñanza y responded a una pregunta. ¿Seguirá contando con vosotros en esa hora sin término de abandonos de Sagrario por la que aun está pasando?

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Comprobaréis que soy Padre

Os exhorto por la misericordia de Dios. Pablo, o, mejor dicho, Dios por boca de Pablo, nos exhorta porque prefiere ser amado antes que temido. Nos exhorta porque prefiere ser padre antes que Señor. Nos exhorta Dios, por su misericordia, para que no tenga que castigarnos por su rigor.

Oye lo que dice el Señor: “Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si teméis lo que es de Dios, ¿por qué no amáis lo que es también vuestro? Si rehuís al que es Señor, ¿por qué no recurrís al que es padre?

Quizás os avergüence la magnitud de mis sufrimientos, de los que vosotros habéis sido la causa. No temáis. La cruz, más que herirme a mí, hirió a la muerte. Estos clavos, más que infligirme dolor, fijan en mí un amor más grande hacia vosotros. Estas heridas, más que hacerme gemir, os introducen más profundamente en mi interior. La extensión de mi cuerpo en la cruz, más que aumentar mi sufrimiento, sirve para prepararos un regazo más amplio. La efusión de mi sangre, más que una pérdida para mí, es el precio de vuestra redención.

Venid, pues, volved a mí, y comprobaréis que soy padre, al ver cómo devuelvo bien por mal, amor por injurias, tan gran caridad por tan graves heridas.”

Fuente: Del Sermón 108 de San Pedro Crisólogo, Liturgia de las Horas

Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte

“Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros”

Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Toda su existencia está dominada por este “yo debo” que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; y les enseñará a orar así: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Jesús obedece hasta la muerte, aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida.

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia, el miedo y la turbación, el sudor de sangre y las lágrimas. Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura del rechazo, de la traición, de la ingratitud, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: “Todo está cumplido”.

Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: “Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”, y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 23 de julio de 1989

Misterios Dolorosos (V)


La Crucifixión del Señor (Lc 23, 33-34, 44-46; Jn 19,33-35)

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron. Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Jesús, dando un fuerte grito, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y, dicho esto, expiro. Como le vieron muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

Comentario de San Agustín

“Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Sermón 218, 2)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (IV)

La Cruz a cuestas (Mt 27,31)

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarlo. Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario.

Comentario de San Agustín

“En el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (III)

La Coronación de espinas (Mt 27, 29-30)

Los soldados trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ¡salve, Rey de los judíos!; y después de escupirle, tomaron la caña y le golpeaban en la cabeza.

Comentario de San Agustín

“Si ellos veían entonces con agrado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado, ayudados por la memoria, hemos de traer de nuevo a nuestras mentes lo que piadosamente creemos! Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En aquel único acontecimiento se manifestaban los crímenes actuales de aquéllos y se borraban también los nuestros futuros. Más aún, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (II)

La Flagelación del Señor (Jn 18, 33, 19; 1)

Pilato volvió a salir donde los judíos y les dijo: Yo no encuentro ningún delito en él. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos? Ellos volvieron a gritar diciendo: ¡A este, no; a Barrabás! Pilato entonces tomo a Jesús y mando azotarle.

Comentario de San Agustín

“Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (I)

La agonía en el huerto (Lc 22, 39-46)

Va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allí a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y dijo: Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra (Mt 26, 36-37; Lc 22, 4 1-44).

Comentario de San Agustín

“Nuestro Señor Jesucristo, a punto de sufrir en la plenitud de los tiempos por nuestra salvación, previno a sus discípulos, diciéndoles: Velad y orad para no entrar en tentación. Esto debe ser preocupación constante del cristiano, para que no sea el sueño quien se adueñe de todas las noches; no obstante ello, para imitar al Apóstol, que dice: frecuentemente en vigilias, se ha constituido en esta noche la más sagrada y santa de las vigilias con el fin de que el mundo entero esté en vela por Cristo” (Sermón 223)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Corazón de Jesús, traspasado por una lanza


«Corazón de Jesús atravesado por una lanza, ten piedad de nosotros»

Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn19, 23-37).

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo “al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la “apariencia”, el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrentees el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 30 de julio de 1989

Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados


El Corazón de Jesús es fuente de vida, porque por medio de Él actúa la victoria sobre la muerte. Es fuente de santidad, porque en Él ha sido vencido el pecado que es adversario de la santidad en el corazón del hombre.

Jesús, que el domingo de resurrección entra por la puerta cerrada, en el Cenáculo, dice a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados” (Jn 20, 23). Y diciendo esto, les muestra las manos y el costado, en el que están visibles los signos de la crucifixión. Muestra el costado, lugar del Corazón traspasado por la lanza del centurión.

Así, pues, los Apóstoles han sido llamados a volver al Corazón, que es propiciación por los pecados del mundo. Y con ellos también nosotros somos llamados.

La potencia de la remisión de los pecados, la potencia de la victoria sobre el mal que alberga en el corazón del hombre, se encierra en la pasión y en la muerte de Cristo Redentor. Un signo particular de esta potencia redentora es precisamente el Corazón.

La pasión de Cristo y su muerte se han apoderado de todo su cuerpo. Se han cumplido mediante todas las heridas, que Él ha recibido durante la pasión. Y se han cumplido sobre todo en el Corazón, porque el Corazón agonizaba mientras se apagaba todo el cuerpo. El Corazón se consumía al ritmo del sufrimiento que producían todas las heridas.

En este despojamiento el Corazón ardía de amor. Una llama viva de amor ha consumido el Corazón de Jesús en la cruz.

Este amor del Corazón fue la potencia propiciadora por nuestros pecados. Ello ha superado ―y supera para siempre― todo el mal contenido en el pecado, todo el alejamiento de Dios, toda la rebelión de la libre voluntad humana, todo mal uso de la libertad creada, que se opone a Dios y a su santidad.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 17 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, despedazado por nuestros pecados


Corazón de Jesús en Getsemaní, que «se entristece hasta la muerte», que siente el «peso» terrible. Cuando dice: “Todo te es posible; aleja de mí este cáliz” (Mc 14 36), Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.

Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, Dios ha amado tanto al mundo hasta dar su Hijo unigénito...

Tantos siglos antes lo había dicho Isaías: “Pero fue Él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido” (Is 53, 4). Él se ha inmolado por nuestros delitos; y, sin embargo, ¿no decían en el Gólgota: “Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz” (Mt27, 40)? Así decían. Y, sin embargo, el Profeta Isaías decía tantos siglos antes: “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados... Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino: Y Yahvé cargó sobre El la iniquidad de todos nosotros... Fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo” (Is53,5-8).

¡Despedazado por nuestros delitos!

Corazón de Jesús, despedazado por los pecados...

Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón.

Jesús dice: “Todo está cumplido”

“Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc23, 46).

¿Cómo iban a cumplirse de otro modo las escrituras?

Cómo iban a cumplirse de otro modo las palabras del Profeta que dice: “El Justo, mi Siervo, justificará a muchos... Se cumplirá por su medio la voluntad del Señor” (cf. Is 53, 11). ¡La voluntad del Padre! ¡No la mía, sino tu voluntad!

¡Madre del Redentor! ¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 31 de agosto de 1986

Contemplando a Jesús, herido por mí


Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;

véante mis ojos, muérame yo luego.

Santa Teresa de Jesús


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.


Anónimo


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

Amén.


Gabriela Mistral

Corazón de Jesús, saciado de oprobios

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Santísimo Cristo de la Victoria

Las palabras de las letanías del Sagrado Corazón nos ayudan a releer el Evangelio de la pasión de Cristo.

Repasemos con los ojos del alma aquellos momentos y acontecimientos desde la captura en Getsemaní al juicio de Anás y de Caifás, la encarcelación nocturna, la sentencia matutina del Sanedrín, el tribunal del Gobernador romano, el tribunal de Herodes el galileo, la flagelación, la coronación de espinas, la sentencia de crucifixión, el vía crucis hasta el lugar del Gólgota, y, a través de la agonía sobre el árbol de la ignominia, hasta el último «Todo está cumplido».

Corazón de Jesús, saciado de oprobios.

Corazón de Jesús ―el corazón humano del Hijo de Dios―, tan conocedor de la dignidad de todo hombre, tan conocedor de la dignidad de Dios-Hombre.

Corazón del Hijo, que es Primogénito de toda creatura:

― tan conocedor de la peculiar dignidad del alma y del cuerpo del hombre;

tan sensible por todo lo que ofende esta dignidad: «saciado de oprobios».

Recordemos las palabras del Profeta Isaías: “He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma... Él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio... No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue” (Is 42, 1-3).

“Como de Él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre” (Is 52, 14).

“...Varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta” (Is 53, 3).

¡Corazón de Jesús, saciado de oprobios!

Signo de contradicción...

“Y una espada atravesará tu alma...” (Lc 2, 4-35).

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 24 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, víctima por los pecadores

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«Cor Iesu, victima peccatorum».

«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, fue entregado por nuestros pecados(Rm4, 25); pues, aunque Él no había cometido pecado, Dios le hizo pecado por nosotros(2 Co5, 21). Sobre el Corazón de Cristo gravó,enorme, el peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del cordero pascual,víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (cf. Ex12, 21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero cordero de Dios(Jn1, 29): cordero inocente,que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (cf. Mt3, 13-16 y paralelos); cordero manso, al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda(Is53, 7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria,porque se ofreció libremente a su pasión,como víctima de expiación por los pecados de los hombres que consumió en el fuego de su amor.

Jesús es víctima eterna.Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Él conserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagasde las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (cf. Jn20, 27; Lc24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (cf. Hb7, 25; Rm8, 34).

Hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: «Por los pecados del puebloElla vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio» (Secuencia Stabat Mater).

Fuente: cf. S.S. Juan Pablo II, Ángelus del 10 de septiembre de 1989

Amemos la Cruz de Jesús que nos santifica


No conviene que el honor que hemos de tributar a la cruz de Nuestro Señor se limite a respetarla y adorarla; es preciso, además, que la amemos con todo el afecto de nuestro corazón y que deseemos morir clavados en ella, como lo deseó Jesucristo, nuestro divino maestro. Pues como dice el autor de la Imitación, quienes se abrazan de buen grado a la cruz de Jesucristo no temerán la terrible sentencia de la condenación; pues habiendo sido, por su medio, arrancados al pecado, no es posible dudar.

Y hemos de tener la confianza de que si la amamos, en unión con Jesucristo, que la amó tiernamente y la llevó con sumo gozo, todas las miserias de esta vida se nos convertirán en dulces y agradables; y seremos realmente felices al haber encontrado nuestro paraíso en este mundo, puesto que estaremos participando del espíritu paciente de Jesucristo que nos reconcilió mediante su muerte sobre esta santa cruz,dice san Pablo, para hacernos santos, puros e irreprensibles ante Dios.

Consideremos, pues, atentamente, cuán deudores somos a este sagrado madero por haber contribuido de tal modo a nuestra santificación. Elevémoslo, con el celo del ferviente amor, hasta Jesucristo, para unirlo a él, que sigue amándolo todavía, porque ama nuestra salvación y se siente satisfecho de haber cargado con él para nuestra santificación. Así, pues, cuando tengáis alguna aflicción, uníos a Jesús doliente; amad su cruz, ya que sois uno de sus miembros.Esa unión y ese amor suavizarán vuestras penas y os las tornarán mucho más tolerables.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Corazón de Jesús, Rey de los mártires

Sagrado Corazon 45 78

Todos los sufrimientos de los santos mártires son poca cosa, o mejor, no son nada en comparación con los dolores infinitos del adorable Corazón del Rey de los mártires. Contad si podéis todos los pecados del universo, cuyo número es incalculable, y habréis contado las agudísimas saetas que afligieron al divino Corazón del Salvador con infinidad de heridas, tanto más dolorosas cuanto más amor tenía ese corazón sacratísimo para con su eterno Padre, a quien veía infinitamente e infinitas veces ultrajado y deshonrado por ese ejército incontable de crímenes.

¡Oh Salvador mío, cuánto detesto y aborrezco todos mis pecados, que se cuentan entre los detestables verdugos que martirizaron vuestro benignísimo Corazón!
¡Oh Salvador mío! ¿Quién os hizo sufrir tantos tormentos, que por ellos vuestro Corazón se rompió de dolor, sino el amor infinito que tenéis a vuestro Padre y a nosotros? Luego se puede decir que moristeis de amor y de dolor y que vuestro Corazón se rompió, y que fue magullado y despedazado por el dolor y el amor de la gloria de vuestro Padre y el de nuestra Redención.
¡Oh adorable Corazón de mi Jesús! ¿Con qué pagaré todos esos excesos de vuestra bondad?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Jesús lleno de amor a nosotros en su santa Pasión

Corazon Eucaristico de Jesus 07 11

Toda la vida pasible y mortal de nuestro adorabilísimo Salvador sobre la tierra fue un continuo ejercicio de caridad y de bondad para con nosotros. Pero fue en su Pasión donde nos dio los mayores testimonios de su amor. Porque, en este tiempo, en un exceso de su bondad, sufre tormentos espantosos para librarnos de los suplicios terribles del infierno y para adquirirnos la felicidad inmortal del cielo. Entonces se ve su cuerpo adorable cubierto de llagas y bañado en su sangre. Entonces se ve su cabeza sagrada taladrada por agudas espinas y sus pies y manos traspasados por gruesos clavos, sus oídos llenos de blasfemias y maldiciones, su boca abrevada con hiel y vinagre, y la crueldad de los judíos le arranca el alma a fuerza de tormentos. Entonces principalmente su divino Corazón se ve afligido con una infinidad de llagas sangrientas y dolorosas cuyo número es casi infinito.

Se pueden contar, sí, las llagas de su cuerpo, pero las de su Corazón son innumerables.

¡Oh Salvador mío, os doy mi corazón! ¡Oh Madre de misericordia, os doy este mismo corazón: dádselo a vuestro Hijo, y suplicadle que lo ponga en el lugar de los corazones santos que amarán a Hijo y Madre por toda la eternidad!

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El sufrimiento del Corazón de Jesús ante la aflicción de su Madre

La Piedad 01 01

Los dolores que el Corazón adorable de nuestro Salvador soportó al ver a su santísima Madre sumergida en un mar de tribulaciones en el tiempo de su Pasión, son inexplicables. No se los declararon con palabras: sus ojos y sus corazones se comprendían y comunicaban recíprocamente. Pero el perfectísimo amor reciproco y la entera conformidad que tenían a la voluntad divina, no permitían que hubiese imperfección alguna en sus sentimientos naturales.

Siendo el Salvador el Hijo único de María, sentía mucho sus dolores, pero como era su Dios, la fortificaba en la mayor desolación que jamás ha habido, la consolaba con divinas palabras que ella escuchaba y conservaba cuidadosamente en su Corazón, con nuevas gracias que continuamente derramaba en su alma, a fin de que pudiese soportar y vencer los violentísimos dolores que le estaban preparados.
Eran tan grandes estos dolores, que si le hubiera sido posible y conveniente sufrir en lugar de su Hijo, le hubiera sido más soportable que el verlo padecer y le hubiera sido más dulce dar su vida por El, que verle soportar suplicios tan atroces. Pero, no habiendo dispuesto Dios de otra manera, ofreció ella su Corazón y dio Jesús su Cuerpo, a fin de que cada uno sufriese lo que Dios había ordenado. María había de sufrir todos los tormentos de su Hijo en la parte más sensible que es su Corazón y Jesús había de soportar en su Cuerpo sufrimientos inexplicables y en su Corazón los de su santa Madre que eran inconcebibles.

Despidióse el Salvador de su santísima Madre y fue a sumergirse en el océano inmenso de sus dolores; y su Madre en continua oración, lo acompañó interiormente, de suerte que en este triste día comenzaron para ella las plegarias, las lágrimas, las agonías interiores y, con perfectísima sumisión a la divina voluntad, repetía con su Hijo, en el fondo de su Corazón: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la vuestra”.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Funciones del celebrante y de los asistentes a la Santa Misa

San Juan de la Mata 01 01 Misa de San Juan de la Mata

Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempeñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: "Nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes" (Ap 5, 10).

El celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el mediador de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano. Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este augusto misterio; con él concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: "Orad, hermanos, para que mi sacrificio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso". Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

Así, pues, cuando asistes a la Misa, desempeñas en cierto sentido las funciones de sacerdote. ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, charlando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo ministerio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar: ¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan sublimes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí temblando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa!

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

La Misa tiene por principal sacerdote al mismo Jesucristo

El calvario y la Misa 01 01

Imposible parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original del sacrificio de la cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más todavía, es que tiene por sacerdote un Dios hecho hombre.

Es indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofrecida es la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que Dios.
Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el primer sacrificador, no solamente por haber instituido este sacrificio y porque le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima.

Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por sacerdote a un Dios hecho hombre. Cuando consideres al sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor. De aquí resulta que el sacrificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro. Así como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es considerado justamente como el donante principal; y aun cuando el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.

¡Bendita sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos dado un sacerdote santo, santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los países, puesto que la luz de la fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el universo.
¡Oh, qué inmenso y precioso tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué cosecha de gracias recogeríamos durante nuestra vida, y qué inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

Misa-Calvario-Cordero 01 01

La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.

La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: "Vi (...) un cordero de pie como degollado".
El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.
Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Iglesia: "Se realiza la obra de nuestra redención". Sí, se realiza; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz.

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor: si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz estando engalanada y llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella?

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

Los buenos buscadores del Corazón de Jesús

Crucifixion 12 25

Los que buscan sólo su Corazón

¡Qué poquitos son!
Los que buscan a Jesús -más que por lo que da o promete- por lo bueno que es, por lo que se merece ser buscado. Es decir, por lo que es Él. ¡Por su Corazón! ¡En qué escaso número se encuentran en el Evangelio! ¡Somos los hombres tan indigentes en nuestro ser y tan interesados en nuestro querer!
Pero, aunque en corto número, en el Evangelio se encuentran, para gloria de Dios y honor del género humano, buscadores constantes, invariables, enloquecidos, si vale decirlo así, de su Corazón.

Los tres buscadores del Corazón de Jesús
Y, con más propiedad, diría tres tipos de buscadores con sus características muy marcadas que son: el grupo de las Marías, Juan Evangelista y la Madre de Jesús.
A este grupo no se le conoce en el Evangelio más que una ocupación para su vida y una sola dirección para sus pasos, sus miradas y sus anhelos. A saber: buscar el Corazón de Jesús, pero cada uno a su modo.
Dejo para más adelante presentaros el modo que cada uno tiene de buscar al Corazón de Jesús. Conténtome ahora con presentaros un solo cuadro en el que todos y solamente ellos, aparecen absorbidos por esa preciosa ocupación.

Las horas del Sacrificio
“Muchos son, dice el autor de la Imitación de Cristo, los que siguen a Jesús hasta partir el pan, hasta la mesa; pocos los que llegan con Él hasta beber el cáliz de la Pasión” (Libro II, c. 11).
Es decir, muchos son los seguidores y enamorados de las dádivas y regalos de Jesús. Pero pocos los de verdad enamorados de su Corazón, y menos aún en la hora de su Sacrificio.
Poned un momento vuestros ojos en la cima del Calvario en la hora de la crucifixión de Jesús. ¿Qué da allí Jesús?
Allí no hay multiplicación de panes ni peces. No hay curaciones milagrosas de ciegos y tullidos. No hay caricias para niños ni consuelos para los que lloran... Allí no hay más que una vida que se extingue, unos ojos vidriosos que se cierran, unas heridas que manan sangre, una boca cárdena que se reseca, unos miembros que se contraen, un amor infinito que se deshace en un infinito dolor. Y, cuando la vida se extingue del todo, queda de cuerpo presente un pecho abierto y un Corazón traspasado por la lanza de un soldado.

¿Quién está con Jesús en esa hora?
Responde el Evangelio: Estaban junto a la Cruz, María Madre de Jesús, Juan el Discípulo a quien Jesús amaba y las Marías (Cf. Jn 19,25).
¡Éstas son las almas que buscan a Jesús crucificado! “Sé, dirá poco después un ángel a una de ellas, que buscáis a Jesús crucificado" (Mc 16, 6)
Ésas son las buenas, las óptimas buscadoras de Jesús. Las que sólo buscan su Corazón, para, con Él y como Él, amar padeciendo o gozando, trabajando o descansando, muriendo o resucitando...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

Oración a las insignias del Corazón de Jesús

Sagrado Corazon 33 65

Te adoro, oh Señor y Redentor mío, y saludo la hermosa Llaga que por nuestro amor recibió vuestro Corazón, la preciosa Sangre que vertió por la salud del mundo, el Agua santísima que de la Llaga manó por mí, las Llamas de amor que en vuestro Corazón arden, la Corona de espinas que quisiste llevar en el exceso de vuestro Amor, y saludo la Santa Cruz, en que te ofreciste por la salvación del mundo y quisiste fuese abierto con una lanza vuestro Corazón.

Perdónanos las injurias y afrentas que, pendiente de ella, padeciste por mí y por todos los hombres.

Te adoro, oh Señor, por la extrema Caridad cuyas llamas no pudiste contener más tiempo en vuestro bendito Corazón. Os doy gracias por todo ello y desearía, por gratitud y amor, publicarlo así a la faz de todo el mundo, para inflamar los corazones y rendir a vuestro amor todas las almas.
Otórganos la gracia de que estos misterios, que descubres a los pequeños y humildes, sean de todos conocidos, amados y glorificados, y que por ello alcancemos la eterna salvación. Amen.

Sagrado Corazón de Jesús, en Voz confío.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

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