El martirio de María Santísima al pie de la Cruz


Nosotros, hijos adoptivos de la más afligida de las Madres, consideremos, llenos de compasión y devoción filial, a esta dulce Mediadora de nuestra salvación, sufriendo mil torturas por cada llaga y dolor de su Hijo adorable. Ella oyó las blasfemias que le dirigieron y presenció los escarnios de que fue objeto, y cada uno de aquellos insultos, cada una de aquellas burlas atravesaban como puñales agudos su corazón de madre. El mismo Jesús se quejó de la sed ardiente que le devoraba, y María no pudo aliviarle.

“Yo contemplaba -dijo la Virgen a Santa Brígida- el doloroso espectáculo de Jesús agonizante: sus ojos hundidos, entre abiertos, apagados; anhelante la boca, las mejillas caídas; el rostro pálido y la cabeza pendiendo sobre el pecho; todo el cuerpo hecho una sangrienta llaga”. ¡Qué dolor hubo de sentir esta Madre, la más tierna de las madres! “Fue tan grande este dolor -dice San Bernardino de Siena-, que, repartido entre todos los hombres, hubiese bastado para causarles la muerte instantáneamente”.

Y ¿qué hacía esta Purísima Virgen en medio de semejantes angustias? San Juan nos la hace contemplar en pie, junto a la cruz, soportando, a la par que su divino Hijo, el peso inmenso de nuestros pecados y los golpes abrumadores de la Justicia de Dios. Ella, lo mismo que Jesús, preveía la inutilidad de tan acerbos dolores, que había de desaprovechar gran número de las almas, y esta mirada hacia lo por venir pesaba como losa sobre su corazón de Madre. Por eso, y para ayudarnos con más eficacia, María se acercó la cruz en lugar de permanecer alejada de ella. Bien distinta de aquellos que se horrorizan de las penas, la Virgen estima el dolor como el más precioso tesoro y quiere a este precio merecer aún más por nosotros.

¡Oh!, si conociéramos, como ella, el misterio de la cruz, en vez de quejarnos cuando nos prueba el dolor, nos sentiríamos felices al cruzarse las penas en nuestro camino, humillando nuestro orgullo, arrancándonos de raíz los defectos, amortiguando las pasiones, doblegándonos la voluntad, haciéndola más flexible y dócil a la gracia.

Jesús y María, modelos perfectos de resignación y amor a la cruz, haced que me acostumbre a pensar en vuestros dolores, cuando me embargue la tristeza, tan contraria a mi progreso espiritual. Os pido de todo corazón que, cuando llegue para mí la hora de la prueba, me conservéis siempre la paz interior, aún en los trances más angustiosos de la vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 296-298

Abramos el corazón a las lecciones de la Pasión


¡Oh Jesús! Introdúceme en el misterio de tu Pasión, asóciame a ella para que sea digno de participar de la gloria de tu Resurrección.

Hoy comienza el Tiempo de Pasión, tiempo consagrado especialmente al recuerdo y a la contemplación amorosa de los dolores de Jesús. La cruz y las imágenes cubiertas, la supresión del Gloria en la Misa y en los responsorios del Oficio Divino, la omisión del salmo Judica me, al comienzo de la Misa, son señales de luto con que la Iglesia conmemora la Pasión del Señor. En las lecciones del Oficio Divino el Papa San León nos exhorta a tomar parte “en la Cruz de Cristo, para que hagamos algo que nos una a lo que Él hizo por nosotros, según dice el Apóstol: si sufrimos con Él, con Él seremos glorificados”. No debemos contentarnos sólo con meditar los dolores de Jesús, hay que tomar parte en ellos, llevar su Pasión en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (II Cor. 4, 10); porque solamente así podremos participar de sus frutos. He aquí por qué la Iglesia en el Oficio litúrgico del tiempo repite con tanta insistencia la invitación: “cuando oyereis la voz del Señor, no cerréis vuestros corazones”. En estos días la voz del Señor no se expresa con ruido de palabras, sino con testimonio elocuente de los hechos, con el gran acontecimiento de la Pasión, que es el misterio más convincente de su amor infinito hacia nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón a las sublimes lecciones de la Pasión: aprendamos cuánto nos amó Jesús y cuánto debemos amarle nosotros; aprendamos la necesidad del sufrimiento, la necesidad de llevar con Él y tras Él la cruz, si queremos seguir sus huellas. Al mismo tiempo abramos el corazón a la más viva, esperanza, porque en la Pasión de Cristo está nuestra salvación. En la epístola de hoy (Heb. 9, 11-15) San Pablo nos presenta la figura majestuosa de Cristo, Sumo Sacerdote, que “por su propia sangre entró una vez en el santuario (es decir, en el cielo), realizada la redención eterna”. La Pasión de Cristo nos ha redimido, nos ha abierto de nuevo la casa del Padre; la Pasión de Jesús es el motivo de nuestra esperanza.

“Alabado seas, Dios misericordiosísimo, que, siendo miserables y estando desterrados, prisioneros y condenados, quisiste redimirnos y exaltarnos mediante la Pasión, el dolor, el desprecio y la pobreza de tu Hijo. Yo corro hacia tu Cruz, oh Cristo; voy en busca del dolor, del desprecio, de la pobreza; deseo con todas mis ansias transformarme en ti, oh Dios-Hombre pasionario, que me amaste hasta querer sufrir una muerte horrenda y vergonzosa, con el único fin de salvarme y para darme ejemplo de cómo he de padecer por tu amor las adversidades. En la conformidad contigo, Crucificado, (que para borrar mis culpas has querido morir ignominiosamente entregándote como víctima a los dolorosos tormentos) está mi perfección y la señal de mi amor. ¡Oh mi Dios pasionario! Solamente leyendo el libro de tu vida y de tu muerte aprenderé a conocerte y a penetrar en tu misterio. Dame, pues, un profundo espíritu de oración, una oración devota, humilde, atenta, brotada no solamente de la boca, sino del corazón y de la mente, para poder comprender las enseñanzas de tu Pasión” (B. Ángela de Foligno).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Pasión de Cristo obró a modo de Sacrificio


En los sacrificios de la ley antigua, que eran figuras de Cristo, nunca se ofrecía carne humana, pero de ahí no se sigue que la Pasión de Cristo no haya sido un sacrificio. Pues aun cuando la verdad corresponde a la figura con relación a algo, pero no con relación a todo, es preciso, pues, que la verdad exceda a la figura. Y por eso, convenientemente, la figura de éste sacrificio, por el que se ofrece por nosotros la sangre de Cristo, fue la carne, no de los hombres, sino de otros animales que significan la carne de Cristo, la cual es el sacrificio perfectísimo.

1º) Porque, siendo carne de la naturaleza humana, es ofrecida convenientemente por los hombres, y tomada por ellos bajo la forma de sacramento.

2º) Porque, siendo pasible y mortal, era apta para la inmolación.

3º) Porque, estando sin pecado, era eficaz para purificar los pecados.

4º) Porque, siendo la carne del mismo oferente, era grata a Dios a causa de la inefable caridad del que ofrecía su carne.

Por eso dice San Agustín: “¿Qué cosa sería tomada tan convenientemente de los hombres, para ofrecer por ellos, como la carne humana; y qué cosa tan apta para esta inmolación como la carne mortal? ¿Qué cosa más pura, para purificar los vicios de los mortales, que la carne nacida en el seno y del seno de una virgen sin el contagio de la concupiscencia carnal? ¿Y qué podría ofrecerse y recibirse tan gratamente, como la carne de nuestro sacrificio, convertida en cuerpo de nuestro sacerdote?”

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Meditaciones, p. 30

Vía Crucis Eucarístico (XIV)


Decimocuarta estación: Jesús es depositado en el sepulcro.

Jesús quiere sufrir la humillación del sepulcro; es abandonado a la guarda de sus enemigos, haciéndose prisionero suyo.

Mas en la Eucaristía aparece Jesús sepultado con toda verdad, y, en lugar de tres días, queda siempre, invitándonos a nosotros a que le hagamos guardia; es nuestro prisionero de amor.

Los corporales le envuelven como un sudario; arde la lámpara delante de su altar lo mismo que delante de la tumba; en torno suyo, reina silencio de muerte.

Al venir a nuestro corazón por la comunión, Jesús quiere sepultarse en nosotros; preparémosle un sepulcro honroso, nuevo, blanco, que no esté ocupado por afectos terrenales, embalsamémosle con el perfume de nuestras virtudes.

Vengamos, por todos los que no vienen, a honrarle, adorarle en su sagrario, consolarle en su prisión, y pidámosle la gracia del recogimiento y de la muerte al mundo, pan llevar una vida oculta en la Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XIII)


Decimotercera estación: Jesús es entregado a su Madre.

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su divina Madre, quien le recibe entre sus brazos y contra su corazón, ofreciéndolo a Dios como víctima de nuestra salvación.

A nosotros nos toca ahora ofrecer a Jesús como víctima en el altar y en nuestros corazones para nosotros y para los nuestros.

Nuestro es, pues Dios Padre nos le ha dado y Él mismo se nos da también para que hagamos uso de Él.

¡Qué desdicha el que este precio infinito quede infructuoso entre nuestras manos, a causa de nuestra indiferencia!

Ofrezcámoslo en unión con María y pidamos a esta buena Madre que lo ofrezca por nosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XII)


Duodécima estación: Jesús expira en la cruz.

Jesús muere para rescatamos; la última gracia es el perdón concedido a los verdugos; el último don de su amor: su divina Madre; la sed de sufrir, su último deseo; y el abandono de su alma y de su vida en manos de su Padre, el último acto.

En la sagrada Eucaristía continúa el amor que nos mostró Jesús al morir; todas los días se inmola en el santo Sacrificio y va a los que le reciben a perder su existencia sacramental.

Desde la sagrada Hostia me ofrece las gracias de mi redención y el precio de mi salvación. Pero para poderlas recibir, muera yo junto a Él y para Él, según es su voluntad.

Dadme, Dios mío, la gracia de morir al pecado y a mí mismo, gracia de no vivir más que para amaros en vuestra Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XI)


Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

¡Qué tormentos los que sufrió Jesús cuando le crucificaron! Sin un milagro de su poder no le hubiera sido posible soportarlos sin morir.

Con todo, en el calvario Jesús es clavado a un madero inocente y puro, mientras que en una comunión indigna el pecador crucifica a Jesús en su cuerpo de pecado, cual si se atara un cuerpo vivo a un cadáver en descomposición.

En el calvario fue crucificado por enemigos declarados, mientras que aquí son sus propios hijos los que le crucifican con la hipocresía de su falsa devoción.

En el calvario sólo una vez fue crucificado, mientras aquí lo es todos los días y por millares de cristianos.

¡Oh divino Salvador mío, os pido perdón por la inmortificación de mis sentidos, que ha costado expiación tan cruel!

Por vuestra Eucaristía, queréis crucificar mi naturaleza e inmolar al hombre viejo, uniéndome a vuestra vida crucificada y resucitada. Haced, Señor, que me entregue a Vos del todo, sin condición ni reserva.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

¡Cuánto no debió sufrir en este cruel e inhumano despojamiento! ¡Le arrancan los vestidos pegados a las llagas, las cuales vuelven a abrirse y a desgarrarse!

¡Cuánto no debió sufrir en su modestia viéndose tratado como se tendría vergüenza de tratar a un miserable y a un esclavo, que al menos muere en el sudario en el que ha de ser sepultado!

Jesús es despojado aún hoy de sus vestiduras en el estado sacramental. No contentándose con verle despojado, por amor hacia nosotros, de la gloria de su divinidad y de la hermosura de su humanidad, sus enemigos le despojan del honor del culto, saquean sus iglesias, profanan los vasos sagrados y los sagrarios, le echan por tierra. Es puesto a merced del sacrilegio, Él, rey y salvador de los hombres, como en el día de la crucifixión.

Lo que Jesús se propone al dejarse despojar en la Eucaristía es reducirnos a nosotros al estado de pobres voluntarios, que no tienen apego a nada, y así revestirnos de su vida y virtudes. ¡Oh Jesús sacramentado, sed mi único bien!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez.

¡Cuántos sufrimientos en esta tercera caída! Jesús cae abrumado bajo el peso de la cruz y apenas si a fuerza de malos tratos logran los verdugos levantarle.

Jesús cae por tercera vez antes de ser levantado en cruz como para atestiguar que le pesa el no poder dar la vuelta al mundo cargado con su cruz.

Jesús vendrá a mí por última vez en viático antes de que salga también yo de este valle de destierro. ¡Ah, Señor, concededme esta gracia, la más preciosa de todas y complemento de cuantas he recibido en mi vida!

¡Pero que reciba bien esta última comunión, tan llena de amor!

¡Qué caída más espantosa la de Jesús, que entra por última vez en el corazón de un moribundo, que a todos sus pecados pasados añade el crimen del sacrilegio y recibe indignamente al mismo que ha de juzgarle, profanando así el viático de su salvación!

¡En qué estado más doloroso no se ha de ver Jesús en un corazón que le detesta, en un espíritu que le desprecia, en un cuerpo de pecado!

¿Y cuál será el juicio de esos desdichados? Sólo pensarlo causa temblor: ¡Perdón, Señor, perdón por ellos! Os ruego por todos los moribundos. Concededles la gracia de morir en vuestros brazos después de haberos recibido bien en viático.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las afligidas mujeres piadosas.

Consolar a los afligidos y perseguidos era la misión del Salvador en los días de su vida mortal, misión a la que quiere ser fiel en el momento mismo de sus mayores sufrimientos. Olvidándose de sí, enjuga las lágrimas de las piadosas mujeres que lloraban por sus dolores y por su Pasión, ¡qué bondad!

En su santísimo Sacramento, Jesús no cuenta con casi nadie que le consuele del abandono de los suyos, de los crímenes de que os objeto. Día y noche se encuentra solo. ¡Ah, si pudieran llorar sus ojos, cuántas lágrimas no derramarían por la ingratitud y el abandono de los suyos! Si su corazón pudiera sufrir, ¡qué tormentos padecería al verse desdeñado hasta por sus mismos amigos!

Y aun siendo esto así, tan pronto como venimos hacia Él, nos acoge con bondad, escucha nuestras quejas y el relato con frecuencia bien largo y harto egoísta de nuestras miserias, y, olvidándose de sí nos consuela y reanima. ¿Por qué habré yo, divino Salvador mío, recurrido a los hombres para hallar consuelo, en lugar de dirigirme a Vos? Ya veo que esto hiere a vuestro Corazón, celoso del mío. Sed en la Eucaristía mi único consuelo, mi único confidente: con una palabra, con una mirada de vuestra bondad me basta. ¡Deseo amarte de todo corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.

A pesar de la ayuda de Simón, Jesús sucumbe por segunda vez a causa de su debilidad, y esto le depara una ocasión para nuevos sufrimientos. Sus rodillas y manos son desgarradas por estas caídas en camino tan difícil, y los verdugos redoblan de rabia sus malos tratos.

¡Oh, cuán nulo es el socorro del hombre sin el de Jesucristo!

¡Cuántas caídas se prepara el que se apoya en los hombres! ¡Cuántas veces cae por la Comunión hoy el Dios de la Eucaristía en corazones cobardes y tibios, que le reciben sin preparación, le guardan sin piedad y le dejan marcharse sin un acto de amor y de agradecimiento! Por nuestra tibieza es Jesús estéril en nosotros.

¿Quién se atrevería a recibir a un grande de la tierra con tan poco cuidado como se recibe todos los días al rey del cielo?

Divino Salvador mío, os ofrezco un acto de desagravio por todas las comuniones hechas con tibieza y sin devoción. ¡Cuántas veces habéis venido a mi pecho! ¡Gracias por ello! ¡Quiero seros fiel en adelante! ¡Dadme vuestro amor, que él me basta!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VI)


Sexta estación: Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús.

El Salvador ya no tiene rostro humano; los verdugos se lo han cubierto de sangre, de lodo y de salivazos. El esplendor de Dios se encuentra en tal estado, por lo cubierto de manchas, que no se le puede reconocer. La piadosa Verónica afronta los soldados; bajo las salivas ha reconocido a su salvador y Dios, y movida de compasión enjuga su augusta faz. Jesús la recompensa imprimiendo sus facciones en el lienzo con que ella enjuga su cara adorable.

Divino Jesús mío, bien ultrajado, insultado y profanado sois en vuestro adorable Sacramento. Y ¿dónde están las verónicas compasivas que reparen esas abominaciones? ¡Ah! ¡Es para entristecerse y aterrarse que con tanta facilidad se cometan tantos sacrilegios contra el augusto Sacramento! Se diría que Jesucristo no es entre nosotros sino un extranjero que a nadie interesa y hasta merece desprecio.

Verdad es que oculta su rostro bajo la nube de especies bien débiles y humildes; pero es para que nuestro amor descubra en ellas por la fe sus divinas facciones. Señor, creo que sois el Cristo, Hijo de Dios vivo, y adoro bajo el velo eucarístico vuestra faz adorable, llena de gloria y de majestad; dignaos, Señor, imprimir vuestras facciones en mi corazón, para que a todas partes lleve conmigo a Jesús y a Jesús sacramentado.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (V)


Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

Jesús aparecía cada vez más rendido bajo su peso. Los judíos, que querían que muriese en la cruz, para poner el colmo a sus humillaciones, pidieron a Simón el Cirineo que tomase el madero. Él se negó, y menester fue obligarle para que tomara este instrumento que tan ignominioso le parecía. Mas aceptó al fin y mereció que Jesús le tocara el corazón y lo convirtiera.

En su Sacramento Jesús llama a los hombres y casi nadie acude a sus invitaciones. Convídales al banquete eucarístico y se echa mano de pretextos mil para desoír su llamamiento. El alma ingrata e infiel se niega a la gracia de Jesucristo, el don más excelente de su amor; y Jesús se queda solo, abandonado, con las manos llenas de gracias que no se quieren: ¡Se tiene miedo a su amor!

En lugar del respeto que le es debido, Jesús no recibe, las más de las veces, más que irreverencias... Se ruboriza uno de encontrarlo en las calles y se huye de Él así que se le divisa. No se atreve uno a darle señales exteriores de la propia fe.

¿Será posible, divino Salvador mío? Demasiado cierto es, no puedo menos de sentir los reproches que me dirige mi conciencia. Sí, he desoído muchas veces vuestro amoroso llamamiento, aferrado como estaba a lo que me agradaba; me he negado cuando tanto me honrabais invitándome a vuestra mesa, movido por vuestro amor. Pésame de lo más hondo de mi corazón. Comprendo que vale mucho más dejarlo todo que omitir por mi culpa una comunión, que es la mayor y más amable de vuestras gracias. Olvidad, buen salvador mío, mi pasado y acoged y guardad vos mismo mis resoluciones para el porvenir.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre.

María acompaña a Jesús en el camino del calvario sufriendo un verdadero martirio en su alma; porque cuando se ama se quiere compadecer.

Hoy el Corazón eucarístico de Jesús encuentra en el camino de sus dolores, entre sus enemigos, hijos de su amor, esposas de su corazón, ministros de sus gracias, que, lejos de consolarle como María, se juntan a sus verdugos para humillarle, y blasfemar y renegar de Él.

¡Cuántos renegados y apóstatas abandonan el servicio y el amor de la Eucaristía tan pronto como este servicio requiere un sacrificio o un acto de fe práctica!

¡Oh Jesús mío, quiero seguiros con María, mi madre, por más que os vea humillado, insultado y maltratado, y deseo desagraviaros con mi amor!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (II)


Segunda estación: Jesús, cargado con la Cruz

En Jerusalén los judíos imponen a Jesús una pesada e ignominiosa cruz, que era considerada entonces como el instrumento de suplicio propio del último de los hombres. Jesús recibe con gozo esta cruz abrumadora; se apresura a recibirla, la abraza con amor y la lleva con dulzura.

Así nos la quiere suavizar, aliviar y deificar en su sangre.

En el santísimo Sacramento del altar los malos cristianos imponen a Jesús una cruz mucho más pesada e ignominiosa para su Corazón. La constituyen las irreverencias de tantos en el santo lugar; su espíritu, tan poco recogido; su corazón, tan frío en la presencia del Señor, y su tan tibia devoción. ¡Qué cruz más humillante para Jesús tener hijos tan poco respetuosos y discípulos tan miserables!

Aun ahora Jesús lleva mis cruces en su sacramento, las pone en su Corazón para santificarlas y las cubre con su amor y besos, para que me sean amables; mas quiere que las lleve también yo por Él y se las ofrezca; se allana a recibir los desahogos de mi dolor y sufre que yo llore mis cruces y le pida consuelo y auxilio.

¡Cuán ligera se vuelve la cruz que pasa por la Eucaristía! ¡Cuán bella y radiante sale del Corazón de Jesús! ¡Da gusto recibirla de sus manos y besarla tras Él! A la Eucaristía iré, por tanto, para refugiarme en las penas, para consolarme y fortalecerme. En la Eucaristía aprenderé a sufrir y a morir.

¡Perdón, Señor, perdón por todos los que os tratan con irreverencia en vuestro sacramento de amor! ¡Perdón por mis indiferencias y olvidos en vuestra presencia! ¡Quiero amaros; os amo con todo mi corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (I)


Primera estación: Jesús, condenado a muerte.

Jesús es condenado por los suyos, por aquellos mismos a quienes ha colmado de favores. Se lo condena cual si fuera un sedicioso, a Él, que es la bondad misma; como blasfemo, siendo así que es la misma santidad; como ambicioso, cuando se hizo el último de todos. Como si fuera el último de los esclavos, es condenado a la muerte de cruz.

Como vino a este mundo para sufrir y morir y para enseñarnos a hacer ambas cosas, Jesús acepta con amor la inicua sentencia de muerte.

También en la Eucaristía es Jesús condenado a muerte. Condenado en sus gracias, que no se quieren; en su amor, que se desconoce; en su estado sacramental, en que es negado por el incrédulo y profanado por horribles sacrilegios. Por una comunión indigna vende a Jesucristo un mal cristiano al demonio, entrégalo a las pasiones, lo pone a los pies de Satanás, rey de su corazón; le crucifica en su cuerpo de pecado.

Los malos cristianos maltratan a Jesús más que los mismos judíos, por cuanto en Jerusalén fue condenado una sola vez, en tanto que en el santísimo Sacramento es condenado todos los días y en infinidad de lugares y por un número espantoso de inicuos jueces.

Y a pesar de todo, Jesús se deja insultar, despreciar, condenar; y sigue viviendo en el Sacramento, para demostrarnos que su amor hacia nosotros es sin condiciones ni reservas y excede a nuestra ingratitud.

¡Perdón, oh Jesús, y mil veces perdón, por todos los sacrilegios! Si me acontece cometer uno sólo, he de pasar toda la vida reparándolo. Quiero amaros y honraros por todos los que os desprecian. Dadme la gracia de morir con vos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

No hemos de avergonzarnos de la Cruz


Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la Cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

El triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los griegos, mas para nosotros es salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu Rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu Rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

Fuente: De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Madre del Salvador


Antes de su venida, Jesús era conocido como Mesías, pero cuando apareció en la tierra fue conocido bajo tres títulos nuevos: Hijo de Dios, Hijo del hombre y Salvador. El primero expresa su naturaleza Divina; el segundo su naturaleza humana; el tercero su ministerio personal.

El Ángel que se apareció a María le llamó Hijo de Dios; el que se apareció en sueños a José le llamó Jesús, que quiere decir Salvador; también le dieron este nombre los ángeles que se aparecieron a los pastores en la noche de su Nacimiento. Pero Él en el Evangelio se llama a sí mismo de un modo particular: Hijo del hombre.

Verdaderamente es nuestro Salvador, porque con su Pasión y Muerte nos ha redimido y nos ha liberado del pecado. Unió en la unidad de su Persona Divina la naturaleza divina y la naturaleza humana. Dios verdadero, debía ser verdadero hombre para poder realmente sufrir y morir y al mismo tiempo para que el precio de nuestro rescate, su Pasión y Muerte, tuviera el valor infinito que exigía la Majestad de Dios y la culpa cometida por el ser humano. Y, María Santísima es Madre de Jesucristo, Madre del Dios-Hombre; así, Ella es Madre del Salvador.

Pero hay una segunda razón de este título y es que Ella cooperó y coopera de modo singular en la obra redentora de Jesucristo, como corredentora al pie de la Cruz y como corredentora en el corazón de sus hijos. Sobre la Cruz debía consumarse el sacrificio de la redención y la victoria sobre el pecado y María Santísima está íntimamente asociada a la Cruz. Ella ofreció generosamente al Padre en el Calvario, la Carne y la Sangre del Hijo, que era también carne y sangre suya. Después del amor a Dios no hay afecto que tanto nos aparte del pecado y sea tan fuerte y eficaz para librarnos de él como el amor a María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Meditando en el Vía Crucis (XIV)


Decimocuarta estación: La sepultura de Jesús

Los fieles discípulos, José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro y le dirigen la última despedida. Los representantes de la ley sellan la losa. Los enemigos lanzan un alarido de triunfo: ¡todo se acabó! Hasta en los corazones de los fieles el dolor es más grande que la esperanza. Sólo María espera con ansia la llegada de la mañana de Pascua.

Amado Salvador, quisiste morir para darnos la vida, ser sepultado para que participásemos de tu resurrección. Qué triste es, sin embargo que hoy día, después de dos mil años de tu muerte, haya todavía tantos hombres que te ignoran, a pesar de haber muerto por todos. Concede a los pobres paganos que viven en las sombras de la infidelidad, la buena nueva de la Cruz.

También te dirigimos una súplica por nuestros queridos difuntos, haz, por el amor de tu Corazón, que de los dolores del Purgatorio pasen a la Patria eterna. Concédenos también que descansemos un día bajo la sombra de tu Cruz. Sea nuestro sepulcro la puerta por la cual entremos a la ciudad dichosa que ha preparado tu Corazón a los que te aman. Amén.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (XIII)


Decimotercera estación: El descendimiento de la Cruz

El cuerpo de Jesús reposa en el regazo de su Santísima Madre como si su amor maternal hubiese de expiar las torturas de la Cruz. El Corazón de Jesús ya no palpita.

Llegó para María la hora de recoger los frutos del sacrificio común para distribuirlos al mundo. Los latidos de su corazón de Madre no eran más que el eco del de su divino Hijo.

Oh Señor mío Jesucristo, muerto y deshecho por mí, yo venero tu santísimo y divinísimo cuerpo reclinado en los brazos de tu piadosísima Madre, te suplico me concedas un vivo dolor de tanto como a Ti y tu Madre os hice padecer con mis pecados, y gracia para enmendarme de todos ellos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El combate de la Bondad contra la ingratitud


La Bondad de Jesús llega hasta mostrarse Él agradecido; se contenta con lo que se le da y además se muestra regocijado. Pudiera decirse que tiene necesidad de nuestras cosas...; hasta nos pide, nos suplica: ¡Hijo mío, Yo te pido...! Dame tu corazón.

Jesús aparenta tal debilidad en el santísimo Sacramento que se deja insultar, deshonrar, despreciar, profanar..., y a su vista, en su propia presencia, al pie de los altares... ¿Y el ángel no hiere a estos traidores? Nada de eso. ¿Y el Padre celestial permite tales ultrajes a su Hijo amado? Porque aquí es peor que en el calvario. Allí, al menos, se oscureció el sol en señal de horror; los elementos lloraban a su manera la muerte de su Criador; aquí... nada.

El calvario de la Eucaristía se levanta en todas partes. Principió en el cenáculo; está erigido en todos los lugares de la tierra y aquí ha de permanecer hasta el último momento de la vida del mundo. ¡Oh, Señor! ¿Por qué llegáis a tal exceso? Se ve que es el combate de la bondad contra la ingratitud. Jesús quiere tener más amor que el hombre odio; quiere amar al hombre aun a pesar suyo: hacerle bien, mal que le pese. Por todo pasará antes que vengarse; quiere rendir al hombre por su Bondad.

Esta es la Bondad de Jesús, sin gloria, sin esplendor, toda debilidad..., pero rebosante de Amor para los que tengan ojos y quieran ver.

¡Señor mío Jesucristo, Dios de la Eucaristía, qué Bueno sois!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Meditando en el Vía Crucis (XII)


Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz

El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiente durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrasado por la fiebre y por la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos y -profundo misterio- hasta de su Padre celestial. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira.

El Corazón de Jesús deja de latir... La lanza del soldado lo abre para derramar por nosotros las últimas gotas de su Sangre.

Amado Salvador mío: tu sacrificio está cumplido y los hombres superabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar en aquellos momentos junto al altar de tu Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día en la Santa Misa, contemplar la Cruz y recoger tu Sangre redentora. Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz, al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar. En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes recordaremos tus dolores con una comunión reparadora.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Meditando en el Vía Crucis (XI)


Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la Cruz

Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del cielo, la hora del infierno, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

¡Salvador mío crucificado! Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos, y lo escribiste con tu Sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquellas palabras “Dios es amor”, que tan potentes se manifiestan en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero si grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora.

El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y detén tus miradas moribundas sobre estos fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Ningún hombre hay ni habrá en la tierra, tan puro y casto como Jesús. Dios y hombre verdadero, por la unión íntima de la naturaleza divina con la humana, llevó una vida de sublime pureza. ¡Qué ignominia para el Señor, verse despojado de sus vestidos y soportar sobre sí las miradas de aquella turba lasciva!

Sólo el alma generosa es capaz de comprender la amargura de este nuevo dolor.

Amado Salvador mío: padeces el tormento de la vergüenza, para preservarnos de la vergüenza eterna.

Cuanto más se empeñan los impíos en desconocer los fines de la creación, más los respetaremos. Su alma, y también su cuerpo, fueron creados a tu imagen y semejanza. Por eso seremos, en la continencia y la honestidad, una generación casta que brille por su virtud a despecho de tantos malvados que pecan contra el honor y la dignidad de su cuerpo.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús, al contemplar los niños en los brazos de sus madres, olvida un momento sus dolores; tanto era su cariño por aquellos inocentes pequeñuelos. Las madres miran compasivas las heridas, la sangre, la corona de espinas de Cristo. Pero él les insinúa las heridas de sus almas y los peligros espirituales que amenazan a sus hijos, por quienes padece y va a morir.

Amado Salvador mío: al ver a los niños y a sus madres, piensas en la familia cristiana, la gran preocupación de tu Corazón. Por eso elevaste la unión de los casados a la dignidad de alianza consagrada por las gracias sacramentales del matrimonio.

Con qué pesar ves la profanación de este sacramento, consecuencia detestable del amor egoísta que rehúye todo sacrificio. Danos la gracia de respetar y santificar lo que fue santificado con la Sangre de tu Corazón.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Nuestra Señora de los Dolores


Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35). María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de septiembre de 2008)

Oración a Nuestra Señora de los Dolores

Santa María, Madre de Dios, Madre de todos los cristianos. Tú nos has adoptado al pie de la Cruz en medio de los más amargos dolores. Todos los días la impiedad y la blasfemia hacen nuevas heridas a tu Corazón traspasado de dolor, insultan tus admirables virtudes, tus gloriosos privilegios, y parecen oponerse a los designios de tu incomparable amor.

En reparación de estos ultrajes, te ofrecemos el humilde tributo de nuestro dolor, de nuestras alabanzas y de nuestro amor; los unimos a los homenajes que los ángeles y santos te ofrecen en el cielo, y al culto que todas las almas piadosas te rinden sobre la tierra. Acepta, oh María, esta ofrenda; muestra que eres siempre nuestra Madre; ten compasión de nuestras miserias y de nuestra ceguedad; concédenos siempre tu poderosa protección cerca de tu divino Hijo.

Oh María ruega por nosotros, por quienes te desconocen, por la Iglesia tan cara a tu Inmaculado y Doloroso Corazón, por sus Pastores, y sobre todo por el que es en la tierra el Vicario y representante de tu Divino Hijo. Consérvanos a todos la fe que debe dirigirnos, sostenernos y conducirnos hacia Ti, para amarte y alabarte en la Gloria eterna. Amén.

Meditando en el Vía Crucis (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de la Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado. Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que le velan los ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.

Amable Redentor: lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa, nos pides penitencias y reparación, pues “más gozo te causa un pecador penitente que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas. Para ellos no existe pecado ni caída, y por eso no necesitan un Salvador. Su Dios es su propio yo, tu Pasión y muerte les parece escándalo digno de desprecio. Nosotros viviremos en la humildad y la modestia, aun en el éxito, dando ejemplo de heroísmo cristiano con la abnegación de nuestra vida.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

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