San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Santificación en el matrimonio (II)

Beato Carlos y Emperatriz Zita 07 08

La tradición cristiana ha visto frecuentemente en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas -escribe San Cirilo de Alejandría- para santificar el principio de la generación humana.

El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne; como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo.

Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor. En el estado matrimonial, considerando las cosas de una manera descriptiva, podríamos afirmar que hay anverso y reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume los cuerpos y amenaza con agriar los caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.

Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte.
Esa autenticidad del amor requiere fidelidad y rectitud en todas las relaciones matrimoniales.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Consejos de Don Bosco para conservar la pureza

Alegoria de la Castidad 01 01

Presentamos un extracto de un sueño contado por Don Bosco a sus alumnos en el año 1884. El Santo contemplaba en sueños un bellísimo jardín, cuando he aquí que aparecen dos hermosas jovencitas y comienzan a dialogar sobre la inocencia, de la que eran figura. Del largo relato de Don Bosco, cuya lectura completa recomendamos, presentamos algunas líneas que hacen referencia a la necesidad de la mortificación para conservar dicha virtud.

Es un gran error el de los jóvenes creer que la penitencia la debe practicar solamente quien ha pecado. La penitencia es también necesaria para conservar la inocencia. Si San Luis no hubiese hecho penitencia, habría caído sin duda en pecado mortal. Esto se debería predicar, inculcar, enseñar continuamente a los jóvenes. ¡Cuánto más numerosos serían los que conservarían la inocencia, mientras que ahora son tan pocos!
Dice San Pablo: “Si vivís según la carne, moriréis; si, en cambio, con el espíritu dais muerte a las acciones de la carne, viviréis”.

Por tanto, mortificación para superar el fastidio que sienten en la oración.
Mortificación de la inteligencia mediante la humildad, obedecer a los superiores y a los reglamentos
Mortificación en decir siempre la verdad, en manifestar los propios defectos y los peligros en los cuales puede uno encontrarse. Entonces recibirá siempre consejo, especialmente del confesor.
Mortificación del corazón, frenando sus movimientos desordenados, amando a todos por amor de Dios y apartándonos resueltamente de aquellos que pretenden mancillar nuestra inocencia.
Mortificación en soportar valientemente y con franqueza las burlas del respeto humano.
Vencerán las mofas malignas pensando en las terribles palabras de Jesús: “El que se avergonzare de Mí y de mis palabras, se avergonzará de él el Hijo del Hombre cuando venga con toda su majestad...”

Mortificación de los ojos, al mirar, al leer, apartándose de toda lectura mala e inoportuna. ¡Un punto esencial!
Mortificación del oído y no escuchar malas conversaciones, palabras hirientes o impías. Se lee en el Eclesiástico: “Rodea con un seto de espinas tus oídos y no escuches la mala lengua.”
Mortificación en el hablar: no dejarse vencer por la curiosidad.
Mortificación del gusto: no comer ni beber demasiado.
Mortificarse, en suma, sufriendo cuanto nos sucede a lo largo del día, el frío, el calor, y no buscar nuestras satisfacciones. Mortificad vuestros miembros terrenos, dice San pablo.
Recordad lo que ha dicho Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
El camino del inocente tiene sus pruebas, sus sacrificios, pero recibe fuerza en la Comunión, porque quien comulga frecuentemente tiene la vida eterna, está en Jesús y Jesús en él. Y la Santísima Virgen, a quien tanto ama, es su Madre.

Fuente: cf. Don Bosco, sueño “La inocencia”, relatado por Don Lemoyne en sus Memorias Biográficas de Don Juan Bosco. Traducción de Basilio Bustillo.

Buscar a Dios en la actividad (I)

Dios en la actividad 01 01

Compartimos este artículo que, si bien se aplica en primer lugar a aquellos que viven bajo votos religiosos, contiene valiosas enseñanzas que cada uno aprovechará según su propio estado.


Abandonando toda actividad externa me postro a los pies de Jesús y le pido que me enseñe a permanecer en esta disposición interna aun en medio de mis ocupaciones.
He aquí cómo habla San Juan de la Cruz al alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento: «Jamás, fuera de lo que por orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad... sin orden de la obediencia».

Con esta norma el alma está segura de moverse siempre dentro de la voluntad de Dios; y la voluntad de Dios no puede permitir que las ocupaciones impuestas por ella -por absorbentes y apremiantes que sean- dificulten o tan sólo disminuyan el recogimiento del alma. «Obrando sólo por obediencia y con obediencia -en la cual es Dios quien manda-, no me parece que pueda Él destruir su obra», o sea, la unión íntima entre sí y el alma -afirma Santa Teresa Margarita-. Cuando la actividad externa está regulada en todo por la obediencia, no solamente disminuye el peligro de hacer las cosas por amor propio o de exponerse temerariamente a distracciones, sino que en cualquier trabajo se tiene la seguridad de abrazarse con la santa voluntad de Dios. Y quien abraza la voluntad de Dios, no corre peligro de separarse de Él, ni de arrancar su espíritu de la continua orientación hacia Él.
La unión del alma con Dios, más que en la dulzura de la oración, se realiza cuando se abraza con perfección su santa voluntad.

Postrado ante ti, Señor, y a la luz de tu divina presencia quiero examinar con toda sinceridad mis ocupaciones, para ver si mi actividad está verdaderamente regulada por la santa obediencia.
Tú me has hecho comprender que cuando obro sólo por propia iniciativa, sin un verdadero motivo de obediencia o caridad, entonces muy fácilmente mis acciones me distraen de ti; y esto, o porque empleo en ellas el tiempo que debiera dedicar a la oración, o porque, moviéndome por propio impulso, no hago muchas veces más que seguir mi amor propio, mi natural tendencia a la actividad, mis caprichos, mi voluntad. Cuando así obro, estoy unido no a tu voluntad, sino a la mía: no a ti, sino a mi amor propio. Líbrame, te ruego, Señor, de tan gran peligro. Fatigarme y sufrir por cumplir tu voluntad, por unirme a ti, esto sí, Señor, quiero que sea la única ilusión de mi vida; pero fatigarme y sufrir por hacer mi voluntad, por seguir mi amor propio, sería una verdadera necedad que mi alma pagaría muy caro.

Guárdame, Dios mío, de semejante locura y no permitas que sea tan ciego, que consuma mis fuerzas en un intento tan vano y con detrimento de mi vida interior.
Dame, Señor, “pasión” por tu voluntad, de modo que no sepa querer ni hacer sino lo que Tú quieres, lo que Tú me pides en los preceptos y deseos de mis superiores o en el consejo de quien guía mi alma. Todo lo demás no debe existir ya para mí, porque únicamente ansío vivir para ti y cumplir tu voluntad.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sequedad en la oración (I)

Roca de salvacion 01 01 Roca de salvación

Ayúdame Señor, a buscarte y unirme a ti, aun en la sequedad y debilidades de espíritu.

Aun sin la intervención de las causas físicas o morales que ya mencionamos anteriormente (en el tema de “La aridez”), se puede caer repentinamente de un estado fervoroso en la sequedad más absoluta. Esto acaece por obra directa de Dios que pone al alma en la imposibilidad de hacer oración ayudándose de la imaginación, y de ejercitarse, como antes, en actos sensibles de amor. Mientras antes el alma meditaba o se entretenía con Dios afectuosamente, con gusto y facilidad, ahora ya no saca jugo de nada: le es imposible reunir dos conceptos. Pensamientos y lecturas, que otras veces la conmovían tanto, la dejan ahora totalmente indiferente y el corazón permanece duro y frío como una piedra.
Aunque vigila cuidadosamente el mantenimiento fiel de la mortificación y generosidad, a pesar de intensificar la preparación a la meditación y de pedir fervorosamente al Señor que la ayude, no logra obtener de su corazón una gotita de amor. Entonces la pobrecilla se aflige e intimida, pensando que por alguna culpa pasada el Señor la ha abandonado y no sabe que esta especie de aridez esconde una grande gracia de Dios, gracia de purificación y de adelanto en los caminos del espíritu.

De hecho, mediante la sequedad, el Señor pretende librarla de las niñerías de la sensibilidad para trasladarla al grado más puro y sólido del amor de voluntad. Cuando el alma encontraba tanto consuelo en la oración, sin darse cuenta se apegaba un poco a las consolaciones sensibles, y así buscaba y amaba la oración no únicamente por Dios, sino también un poco por sí misma. Privada ahora de todo gusto, aprenderá a ocuparse en ella sólo por agradar al Señor.
Además, no encontrando apoyo alguno en los pensamientos sutiles y en las dulces emociones, aprenderá a vivir sólo con la energía de la voluntad, ejercitándose en actos de fe y amor completamente áridos pero tanto más meritorios cuanto más voluntarios. Así su amor a Dios será más puro, siendo más desinteresado y más sólido, por ser más voluntario.

“Bendito sea, Señor, tu nombre por todos los siglos, porque dispusiste que sufra esta tribulación. Yo no puedo evitarla, por eso recurro a ti para que me ayudes y me la conviertas en bien. Señor, estoy profundamente afligido, mi corazón no tiene reposo y está muy apenado por esta dura prueba ¿qué diré, oh Padre amadísimo? Estoy angustiado: sálvame, Señor. Esto me acaece para mayor gloria tuya, pues seré muy humillado y Tú me librarás después. Dígnate, Señor, librarme, porque solo, miserable como soy, ¿qué puedo hacer y a dónde iré sin ti?
Dame también ahora la gracia de la paciencia: ayúdame, Señor, y no temeré cualquier prueba. Y entre tanto ¿qué diré yo en medio de estas congojas? Señor, que sea hecha tu voluntad. He merecido, por desgracia, ser atribulado y agobiado por el dolor. Y me es útil el sufrir: al menos concédeme soportarlo con paciencia hasta que la tormenta pase y torne la calma” (Imitación de Cristo, III, 29, 1-2).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

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