El Detente hizo cesar una epidemia


Santa Margarita María de Alacoque trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”.

Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos. Esta santa devota del Detente lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón. La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat. A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, fallecida en olor de santidad, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países.

En 1870, una dama romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: “Doy mi bendición a este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo este Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.

Fuente: cf. monasteriodelavisitacion-peru.blogspot.com

La Sangre de Jesús nos libra del yugo de Satanás


El hombre, por el pecado, dice Santo Tomás de Aquino, se constituyó voluntariamente el esclavo del demonio. Al renegar de Dios y de su dominio, se inclinó hacia Satanás, escogiéndole como apoyo y consejero y confiándole su destino. El poder que sobre nosotros ejercía el demonio podía decirse que era debido a una especie de contrato existente entre él y nuestro primer padre Adán, que al entregarle su voluntad le entregaba las nuestras encerradas en la suya y nos condenaba a todos sus descendientes al eterno castigo. Doble servidumbre esta, por la cual el príncipe de las tinieblas nos ataba al pecado y a los tormentos sin fin de que es merecedor.

Para romper tales cadenas, Jesús, nuestro Redentor, no dudó en pagar a la eterna justicia el precio de nuestro rescate, derramando su Sangre infinitamente preciosa. De esta manera quedó debilitado el poder de Satanás, y nuestra voluntad se hizo fuerte y capaz de resistir a todos los embates del infierno. Nos libramos, por lo tanto, de los suplicios que seguramente nos esperaban en la otra vida, recibiendo en ésta la gracia de gozar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Jesús nos comunica los méritos y los efectos saludables de su Sangre divina, por medio de los sacramentos. El Bautismo nos regenera, nos hace renacer a una nueva vida (distinta de la vida de Satanás y de la vida del pecado), que es la misma vida de nuestro divino Salvador, es decir, la vida de la gracia, adquirida con el precio de la Sangre de Jesús; el sacramento de la Penitencia nos purifica de nuestros pecados, cura nuestras enfermedades espirituales y restablece en nosotros la salud por los méritos de nuestro Salvador. El sacramento de la Eucaristía termina la obra de nuestra restauración, al hacernos beber en las mismas fuentes de la vida, la sangre que nos redimió, nos purifico, nos regeneró e difundió en el alma las inclinaciones de Jesús, en lugar de las tendencias de Satanás. “Para mí hubiera sido inefable dicha, dice el bienaventurado Enrique Susón, recoger una sola gota de la sangre de Jesús, y he aquí que, por su Sacramento de amor, recibo en mi boca, en mi corazón, en toda mi alma, toda esta sangre preciosísima que adoran los ángeles del cielo”.

¡Oh Sangre de Jesús, infinitamente eficaz!, prepárame a realizar dignamente el acto de la Comunión. Apaga en mí todo fuego de sensualidad, santifica mi cuerpo y mi alma. Dame fe, pureza, confianza, devoción y docilidad para que Jesús reine en mí y no encuentre en mi voluntad la más pequeña resistencia a sus deseos y a sus atractivos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 274s.

La Comunión espiritual y su eficacia


La comunión espiritual es la devoción más fácil, breve y útil, a la par que la ocupación más dulce y placentera. Puede hacerse en todo lugar, en todo tiempo, y sin haberla de pedir, sin perder tiempo, y sin que sufran atraso nuestras tareas u ocupaciones, ni puedan impedirla las enfermedades: basta quererla. De aquí es que la beata Águeda de la Cruz comulgaba cien veces entre día, y otras tantas durante la noche; y la vida de la beata Juana de la Cruz puede decirse que era una no interrumpida comunión espiritual: tan fácil es. En cuanto a su utilidad, bastará decir que apareciéndose Jesucristo a la citada Juana, le dijo: que la gracia que se la comunicaba con la comunión espiritual es tanta, cuanta recibía al comulgar sacramentalmente. Aunque sea menor la que a ti se comunique por ser menos fervoroso, siempre será mucha, si procuras hacerlo con toda la devoción y fervor que puedas.

Consiste, pues, esta comunión espiritual en un inflamado deseo de recibir a Jesús sacramentalmente, y participar de las gracias y favores que Él prodiga a los que logran la feliz suerte de acercarse a la sagrada Mesa; pero este deseo exige que no se tenga pecado mortal en la conciencia, o que uno se excite primeramente a contrición de sus pecados.

Para facilitarla, he aquí algunos modos prácticos y tradicionales:

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos.

O bien la Fórmula de San Alfonso María de Ligorio:

Creo, Jesús mío, que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi alma. Pero como ahora no puedo recibiros sacramentado, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. (Pausa en silencio para la adoración)

Como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Ti. No permitáis, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén.

Aquí calla, adora y entrégate a Jesús sin reserva. Crede, et manducasti,dice San Agustín: Si con fe viva deseas comulgar, ya comulgaste espiritualmente.

Fuente: Cf. Manual del cristiano, 1923

Misericordia de Jesucristo con los pecadores


Jesucristo nos ha revelado de manera maravillosa la misericordia divina: y ha querido ilustrar estas enseñanzas y subrayar su doctrina por medio de actos de bondad que nos maravillan y nos conmueven profundamente.

Veámosle esperando de la Samaritana y conversando con ella. Llegaba a Sicar en la hora señalada por su padre, para salvar a un alma predestinada desde toda la eternidad.

¿De qué alma se trataba? De la de una pobre pecadora, cuyos desórdenes, cuya miseria, conocía perfectamente; a ella, por preferencia sobre tantas otras, va a manifestarse.

Ni bien ha visto brotar en ella, en medio de tanta corrupción, una chispa de buena voluntad, está dispuesto a concederle toda suerte de gracias; porque ni bien ve en alguien sinceridad en la búsqueda de la verdad, le hace don de la luz, y muestra una satisfacción inmensa en recompensar este deseo del bien, y de la justicia.

Por eso va a ser a esa alma una doble revelación. Le enseña que “ha llegado la hora en la que los verdaderos adoradores han de adorar al Padre en espíritu y verdad, adoradores que el Padre busca”. Se manifiesta a ella como “Mesías enviado por Dios”, revelación que a nadie aún había hecho, ni siquiera a sus discípulos.

¿No es realmente algo admirable el que hayan sido hechas estas dos revelaciones en primer lugar a una miserable criatura, víctima del pecado, que no podía ostentar más título que su necesidad de salud y un poco de buena voluntad?...

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 99

Id a San José


San José es nuestro protector. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo Esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos; esta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió. Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

¿Es concebible siquiera que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María es la omnipotencia suplicante, que obtiene de Dios todo cuanto pide, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Sena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su Esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos hales dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigimos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndole: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al Rey. Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés, S.J., Horas de luz

El Don de Dios de que habla Jesús


“¡Si conocieras del don de Dios! ...”, nos dice Jesús como a la Samaritana; si supieras, alma redimida, la hermosura, grandeza y nobleza que se encierra en el don que te traigo de parte de mi Padre, en este don que hace revivir al alma muerta por el pecado y se llama gracia santificante. Este don hará que de ti desaparezca la mancha del pecado original y las vergonzosas huellas de tus crímenes, aunque éstos fuesen más numerosos que las arenas del mar y más graves que las mayores iniquidades cometidas en la tierra. Este don restablecerá en ti la primitiva belleza, belleza destruida por el pecado de Adán. Te santificará y hará agradable a los ojos de los ángeles y a los de Dios, tres veces Santo. Gracias a él serás hijo adoptivo del Padre celestial, como yo soy Hijo natural.

¿Qué se desprende de esto? Pues que participarás de mis sagrados derechos; mis riquezas y méritos serán tuyos, mi doctrina, mi espíritu, mis sentimientos, mi corazón y mi vida, todo te lo comunicaré de tal suerte, que podrás decir como el Apóstol: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 3, 20)”. Además, el Espíritu Santo, que habitó en mí desde el momento de mi encarnación, como en la flor de Jesé, se dignara descender a ti, a pesar de tus culpas pasadas, para habitar en ti substancialmente con Dios Padre y con Dios Hijo.

Con este don divino eres rico en virtudes y dones de más precio que el Universo entero; tu alma ha sido formada a mi imagen y semejanza por el divino Paráclito, para que puedas participar un día de mi gloria celestial. ¡Si conocieras, alma redimida, el altísimo precio de la gracia que así te transforma, no dejarías un instante de aumentarla por tu fervor y fidelidad!

Jesús mío, tus palabras me emocionan. Hasta ahora no he sabido apreciar la felicidad de estar en tu divina gracia. Así como el pecado mortal es mal inmenso, así tu santa amistad es bien inapreciable que sobrepasa en excelencia a los demás bienes. Tu gracia es fuente de paz, principio de virtud y condición para el mérito. Quiero a toda costa conservarla, huyendo de las ocasiones y peligros de pecar, acudiendo a la oración y acercándome con frecuencia a tus santos sacramentos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 239s.

Reparadores del Corazón Eucarístico


“Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume, y no hallo a nadie que se esfuerce, según mi deseo, en apagármela correspondiendo de alguna manera a mi Amor.”

Esta frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita debería traspasar como una lanza el corazón de todo cristiano. ¡Nuestro Señor tiene sed de ser amado en la Eucaristía! Es como si dijera a cada uno de nosotros: Tanto te ama mi Corazón Eucarístico que siente una ardiente necesidad de ser amado por ti. ¿Podremos permanecer indiferentes a este clamor del Corazón de Jesús? ¿No deberíamos vivir espiritualmente en el Sagrario, ofreciéndole todo lo que emprendamos durante la jornada?

Tal vez, distraídos como somos, nos cueste mantener esta intención en todos los momentos del día, pero ¿por qué no procurar al menos renovarla cada mañana, al iniciar una tarea, al llegar el momento del descanso? El amor es ingenioso: una estampa sobre el escritorio, una medalla en el vehículo, un simple “IHS” escrito en la hoja de estudio, pueden servirnos de memorándum para elevar nuestra alma y nuestro corazón al divino Prisionero del Sagrario. Incluso las campanadas de un reloj o hasta el sonido del teléfono podemos acostumbrarnos a tomarlos como recordatorios para hacer un acto de amor a nuestro Señor. Inscribirnos en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico para ofrecer una hora de nuestro día en reparación de este divino Corazón puede ser también un medio muy a propósito para contribuir a calmar su sed de amor.

“Amor, reparación, desagravio” es el lema de los devotos del Corazón de Jesús. La reparación y el desagravio que Él nos pide es nuestro amor, manifestado aun en los acontecimientos más insignificantes, en las tareas -pequeñas o grandes- que nos tocan emprender. “Oh Jesús, esto es por tu amor y en reparación de tu Corazón Eucarístico”. “Todo por Ti, Corazón Eucarístico de Jesús”. Todo: esta oración, este trabajo, este dolor, esta alegría, este cansancio, esta visita al Sagrario... Todo.

El ejercicio de la caridad fraterna -esos pequeños actos de amor al prójimo que siempre encontramos ocasión de practicar- ¡qué gran medio nos proporciona para manifestar nuestro amor al Corazón de Jesús!: “En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de éstos mis pequeños hermanos, conmigo lo hiciste” (Mt 25, 40).

Pero el mayor medio para consolar a Jesús presente en la Eucaristía lo encontramos en la Santa Misa. ¿Qué mayor acto de amor y reparación podemos ofrecerle que este santo Sacrificio, en el cual se renueva místicamente la oblación que este Corazón divino hizo por cada uno de nosotros en la Cruz, desde la cual vuelve a clamar: “Tengo sed”? ¿Cómo no procurar la frecuente asistencia a la Santa Misa para renovar, en el momento del ofertorio, el ofrecimiento de todo nuestro ser al Corazón de Jesús? “Tomad, Señor, y recibid; todo cuanto soy y cuanto tengo os lo ofrezco en reparación de vuestro Corazón Eucarístico”.

Y en el momento de la consagración, cuando el Corazón de Jesús comienza a latir en la Hostia consagrada, ¿cómo no unir nuestro pobre corazón al de Nuestro Señor, haciéndole la ofrenda de nuestro amor? “Haz mi corazón semejante al Tuyo, para que pueda amarte como mereces ser amado por mí”. Ojalá nuestro mayor anhelo sea procurar la unión íntima y profunda con el Corazón de Jesús a través de la sagrada Comunión, diaria de ser posible.

Para reflexionar: el Corazón de Jesús tiene sed, ardiente sed de ser amado en la Eucaristía. ¿Le daremos el agua fresca de nuestros actos de amor o el vinagre de nuestra indiferencia?

Quienes estén interesados en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico, escribir un mail a: sobieskyjuan@arcadei.org

La Pasión de Cristo obró a modo de Sacrificio


En los sacrificios de la ley antigua, que eran figuras de Cristo, nunca se ofrecía carne humana, pero de ahí no se sigue que la Pasión de Cristo no haya sido un sacrificio. Pues aun cuando la verdad corresponde a la figura con relación a algo, pero no con relación a todo, es preciso, pues, que la verdad exceda a la figura. Y por eso, convenientemente, la figura de éste sacrificio, por el que se ofrece por nosotros la sangre de Cristo, fue la carne, no de los hombres, sino de otros animales que significan la carne de Cristo, la cual es el sacrificio perfectísimo.

1º) Porque, siendo carne de la naturaleza humana, es ofrecida convenientemente por los hombres, y tomada por ellos bajo la forma de sacramento.

2º) Porque, siendo pasible y mortal, era apta para la inmolación.

3º) Porque, estando sin pecado, era eficaz para purificar los pecados.

4º) Porque, siendo la carne del mismo oferente, era grata a Dios a causa de la inefable caridad del que ofrecía su carne.

Por eso dice San Agustín: “¿Qué cosa sería tomada tan convenientemente de los hombres, para ofrecer por ellos, como la carne humana; y qué cosa tan apta para esta inmolación como la carne mortal? ¿Qué cosa más pura, para purificar los vicios de los mortales, que la carne nacida en el seno y del seno de una virgen sin el contagio de la concupiscencia carnal? ¿Y qué podría ofrecerse y recibirse tan gratamente, como la carne de nuestro sacrificio, convertida en cuerpo de nuestro sacerdote?”

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Meditaciones, p. 30

Vía Crucis Eucarístico (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

¡Cuánto no debió sufrir en este cruel e inhumano despojamiento! ¡Le arrancan los vestidos pegados a las llagas, las cuales vuelven a abrirse y a desgarrarse!

¡Cuánto no debió sufrir en su modestia viéndose tratado como se tendría vergüenza de tratar a un miserable y a un esclavo, que al menos muere en el sudario en el que ha de ser sepultado!

Jesús es despojado aún hoy de sus vestiduras en el estado sacramental. No contentándose con verle despojado, por amor hacia nosotros, de la gloria de su divinidad y de la hermosura de su humanidad, sus enemigos le despojan del honor del culto, saquean sus iglesias, profanan los vasos sagrados y los sagrarios, le echan por tierra. Es puesto a merced del sacrilegio, Él, rey y salvador de los hombres, como en el día de la crucifixión.

Lo que Jesús se propone al dejarse despojar en la Eucaristía es reducirnos a nosotros al estado de pobres voluntarios, que no tienen apego a nada, y así revestirnos de su vida y virtudes. ¡Oh Jesús sacramentado, sed mi único bien!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Escritura contiene palabras de vida eterna


La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y así quedaremos colmados hasta poseer toda la plenitud de Dios. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Ésta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Creador de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extasiado de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

Fuente: Del Breviloquio de san Buenaventura, obispo

Oración para antes de un viaje


Oh Dios, que hiciste caminar en un sendero seco a los hijos de Israel por en medio del mar, y que señalaste a los tres Magos el camino hacia Ti gracias a la estrella, concédenos, te rogamos, nos concedas un viaje próspero y un tiempo tranquilo, para que acompañados de tu santo Ángel, podamos felizmente llegar al lugar al que nos dirigimos y finalmente al puerto de la eterna salvación.

Oh Dios, que guardaste ileso a tu siervo Abraham en todos los caminos de su peregrinación, te rogamos que nos protejas a nosotros, siervos tuyos; sé para nosotros, Señor, amparo al emprender el viaje, alivio al proseguirlo, sombra en el calor, protección en la lluvia, abrigo en el frío, sostén en el cansancio y defensa en la adversidad; para que, con tu guía, lleguemos felizmente adonde vamos y, regresar sanos y salvos a nuestros hogares.

Te rogamos, Señor, atiendas nuestras súplicas, y ordenes prósperamente nuestra ruta, para que en todos los caminos de esta vida seamos siempre protegidos con tu auxilio.

Concédenos, te rogamos, omnipotente Dios, que ésta tu familia avance siempre por los senderos de la salvación, y que siguiendo las enseñanzas de tu precursor San Juan Bautista, lleguemos con toda seguridad a Aquel a quien anunció, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Vayamos en paz. En el Nombre del Señor.

Fuente: Cf. Misal diario romano

“Dios me ve”

El Beato Esteban Nehme, monje maronita

Los contemporáneos y amigos del beato Esteban relatan que siempre repetía, en secreto y en público, esta expresión: “Dios me ve”. Tenía ante los ojos a Dios, y hacía todo su trabajo como si estuviera en presencia de Dios. Repetía esta expresión seguro de que Dios le estaba mirando fijamente, penetrando en lo más profundo de su ser, para sondear sus pensamientos y sus deseos.

“Dios me ve” era el lema de su vida, meditaba en su significado espiritual y se refugiaba en él cuando las tentaciones y las dificultades turbaban la lucidez de su espíritu y la pureza de su mente. El pensamiento en Dios dominaba todos sus pensamientos. Dios y siempre Dios. Dios está aquí, murmura en su corazón, y así el trabajo se hace con más ánimo y el dolor se vuelve menos intenso. “Dios me ve” y la obediencia se vuelve más fácil, la pobreza se vuelve agradable, la tentación se aleja. “Dios me ve” y la intención se vuelve pura, los méritos se multiplican. “Dios me ve” y el pensamiento en Dios no nos abandona.

El beato tenía el pensamiento en Dios y a Dios a su alrededor. En el canto de los pájaros, el verdor de los árboles, en el trabajo, en todo esto veía a Dios. Lo veía en estas cosas aún más que en las fortunas y el dinero, y más que en la buena salud. No es suficiente para el amor la presencia del amado, sino hablar con él con respeto, confianza y alegría. Rezaba “Dios me ve” con mucho respeto. El Padrenuestro, que era un acto de esperanza y gratitud para él, lo rezaba de tal manera que la presencia de Dios llenaba su corazón de alegría y consuelo. Jamás empezaba un trabajo o una oración antes de decir con humildad: “Ahora voy a hablar a Dios, Dios me ve.” Así su interior se enciende más y más, se eleva con una piedad ardiente, y le cubre una paz celestial.

“Dios me ve” era el lema que había realizado efectivamente, haciendo todo lo que complace a Dios. Decidió vivir bajo la mirada de Dios, estar ante los ojos de Dios y gozar envuelto en su Divina Presencia, dándonos un ejemplo a imitar.

Fuente: Cf. estephannehme.org

María, elegida para ser nuestra Abogada


En todas las tempestades, lluvias y adversidades; si hay peste, guerra, hambre, tribulación, a ti acudimos todos, oh Virgen. Tú eres nuestra protección, tú nuestro refugio, tú nuestro único remedio, sostén y asilo. Como los polluelos, cuando vuela por encima el milano, se acogen bajo las alas de la gallina, así nos escondemos nosotros a la sombra de tus alas. No conocemos otro refugio más que tú; tú sola eres la única esperanza en que podemos confiar, tú la única abogada a la cual nos dirigimos. Mira, por tanto, ahora, ¡oh piadosísima!, la tribulación de esta tu hija, la Iglesia militante; atiende a esta familia, por la que murió tu Hijo Cristo, que yace en la tribulación, rodeada de enemigos, pisoteada por la incredulidad, sumida en el peligro; mira al pequeño rebaño, que en otro tiempo llenaba el orbe, recluido ahora por nuestros pecados. Inclina los ojos de tu piedad y mira qué malos tratos le da, cómo le desgarra ese dragón furibundo, y no hay quien pueda resistirle, ni levantar los ojos contra él. Pero fue elegida María para ser nuestra abogada: pues aunque tenemos por abogado para con el Padre a Jesucristo el justo, como dice san Juan, fue también preciso tener a la Madre como ahogada ante el Hijo. Ya que no es Dios sólo el ofendido por nuestros pecados cuando traspasamos sus preceptos, sino también el Hijo de Dios, cuya sangre pisoteamos con nuestros pecados, crucificándolo de nuevo. Y por eso, como intercede el Hijo ante el Padre, así intercede la Madre ante el Hijo. Por eso ha sido constituida digna abogada: digna porque es purísima, digna porque es aceptabilísima, digna porque es piadosísima; pues todo esto se requiere en una abogada.

¡Oh día feliz y delicioso, en que tal y tan excelsa Abogada se dio al mundo! ¡Oh día digno de ser celebrado con gran regocijo, en que tal don hemos recibido!, exclama san Bernardo: “Quita el sol, y ¿qué queda en el mundo sino tinieblas? Quita a María de la Iglesia, ¿qué queda sino la oscuridad? Ea, pues, Abogada, nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. A ti acudimos en nuestras necesidades, cumple con tu oficio, ejercita tu ministerio. Amén.

Fuente: De los sermones de santo Tomás de Villanueva, obispo

La Comunión frecuente (I)


Habiendo instituido Jesucristo el Sacramento de la Eucaristía para bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a Él, no sólo algunas veces, sino muy a menudo. He aquí las palabras con que nos invita: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, y yo os aliviaré”. En otra parte hace las más consoladoras promesas a los que se alimentan de su divina Carne: “Yo soy el Pan vivo, que descendí del Cielo; el que come de este Pan vivirá eternamente, y Yo lo resucitaré en el último día”. Para corresponder a estas invitaciones del divino Salvador, la Santísima Virgen y los cristianos de los primeros tiempos iban todos los días a oír la palabra de Dios, y todos los días se acercaban a la Santa Comunión. En este Sacramento encontraban los Mártires su fortaleza, las Vírgenes su fervor y los Santos su valor.

Si queremos secundar los ardientes deseos de Jesucristo y atender a nuestras necesidades, debemos comulgar con mucha frecuencia. Así como el maná sirvió de alimento diario a los Hebreos, durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día en que entraron en la tierra prometida, así la Santa Comunión debe ser nuestro Pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos llegar a la verdadera tierra prometida que es el Paraíso. San Agustín escribe: “Si todos los días pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no procuramos también alimentarnos todos los días con el Pan espiritual de la Santa Comunión?”.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Método para asistir con fruto a la Santa Misa


Al ver a tantos que voluntariamente asisten a la santa Misa con marcada irreverencia, distraídos, sin atención, sin modestia y sin arrodillarse, con dolor podemos asegurar que no asisten al divino Sacrificio como María Santísima y San Juan, sino como los judíos, crucificando otra vez a Jesucristo, con gran escándalo y deshonor de nuestra santa Religión.

Asistid, a tan augusto Sacrificio, pero con disposiciones de verdaderos cristianos, e imaginaos ver a Jesucristo sufriendo todos los tormentos de su dolorosa Pasión, y expuesto por nuestra salvación a los más bárbaros tratos.

Durante la Misa, estad con recogimiento y modestia, de manera que nada os pueda distraer; que vuestro espíritu, vuestro corazón y vuestros sentidos no se ocupen más que en honrar a Dios. Os recomiendo que tengáis gran empeño en no faltar nunca a la Misa; aun cuando tuvieseis algo que sufrir por ser fieles a esta piadosa práctica.

San Isidro, pobre labrador de una granja, se levantaba muy temprano para oír Misa, con el fin de ejecutar a su debido tiempo las órdenes de su amo. La constancia con que cumplió este acto de devoción le mereció, además de gracias muy especiales de Dios, toda clase de bendiciones sobre sus trabajos.

Acordaos también de aplicar la Misa en sufragio de las almas del Purgatorio y especialmente por las de vuestros parientes y bienhechores difuntos.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Joven eucarístico


El Señor habita en sus tabernáculos: nosotros podemos hablarle todas las veces que lo deseemos, podemos llegarnos a Él, estar junto a Él. Esta es la respuesta que la humanidad debería dar a la Eucaristía, pero, desgraciadamente, no la da: Tabernáculos sin adoradores, Comunión no lo suficientemente frecuente, asistencia no devota a la santa Misa.

Pero Savio no obraba así. El Señor le concedió una doble gracia, porque cuando se solía retardar la Comunión, él fue admitido a hacerla a los siete años; cuando se trataba de establecer la frecuencia de la Comunión, él fue autorizado para hacerla diariamente. Todo lleno de amor a la Eucaristía, él razonaba así: “Soy feliz, nada me falta, falta solo el Paraíso que poseeré, el día en que pueda ver sin velos aquello que ahora adoro escondido en el altar; pero en realidad soy feliz desde ahora, porque lo que necesito, Él me lo da, ¡acudo a Él!”

No una sino varias horas permanecía delante de Jesús Sacramentado, como en aquel día célebre, en que, haciendo la acción de gracias a la Comunión, perdió por completo la idea del tiempo y fue hallado por la tarde, todavía en adoración.

Fervor eucarístico auténtico, es pues, el que Domingo nos enseña.

No tenía nobleza de blasón, porque era hijo de un herrero, pero, indelebles le corresponden los magníficos títulos de joven angélico, mariano y eucarístico.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

Nuestro fin es glorificar a Dios


Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Tomad -nos dices- sobre vosotros mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo -añades- es suave y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y hallaréis descanso para vuestras almas. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío?

¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado.

Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles.

Fuente: De un Tratado de san Roberto Belarmino, Liturgia de las Horas

Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia


Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil, haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre, a causa de la unidad de naturaleza de ambos, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.

El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.

La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

Fuente: De los Sermones del beato Isaac de Stella, Liturgia de las Horas

San José, protector de la infancia


¿Qué hacemos nosotros para proteger a la infancia? Hay infantes entre nosotros que reclaman toda nuestra protección.

Unos abandonados por madres mercenarias o pecadoras, o que les procuran la muerte antes que vengan al mundo; otros expuestos al vicio y a la prostitución antes que sepan casi darse razón de lo que es malo; y todos o la mayor parte en peligro de perder sus almas, que es lo que más vale de este mundo, por los escándalos de palabras, de escritos, de láminas, etc., etc., o porque corrompen su inteligencia con el error que se les comunica en las escuelas laicas, de perdición y sin Dios.

Contra todos estos y otros innumerables e inminentes males que amenazan a la débil infancia, aprovechemos el patrocinio de san José, presentemos nuestras oraciones a Jesús y a María por manos del Santo, y la suerte de la infancia se mejorará.

¡Oh Santo protector de la infancia, que libraste a Jesús de las celadas y persecución de Herodes que quería darle muerte! Libra a la infancia desvalida de las asechanzas del Herodes infernal que quiere matar sus almas, robarles su inocencia y su gracia, para que, libres de sus garras, alcancen la salvación eterna. Amén.

Fuente: San Enrique de Ossó, El devoto josefino

Acercándonos a la Navidad


En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este “niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, Él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.

Preparémonos para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente Él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A Ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 24 de diciembre de 2006

Oración de Adviento


¡Dulcísima y amabilísima Madre de Dios y Virgen sacratísima! ya se llega la hora de vuestro bienaventurado parto, parto sin dolor, parto gozoso. Vuestra es esta hora, y nuestra es: vuestra es porque en ella habéis de descubrir al mundo los tesoros divinos que tenéis encerrados en vuestras entrañas, y el Sol que le ha de alumbrar, y el Pan del cielo que le ha de sustentar, y la Fuente de aguas vivas por la cual viven todas la cosas que viven. Y Vos, Señora, con este sagrado parto habéis de quedar más gloriosa, pues por ser Madre no se marchitará la flor de vuestra virginidad, antes cobrará nuevo frescor y nueva belleza, porque sois la puerta de Ezequiel cerrada, huerto cercado y fuente sellada, y todas las gentes os quedarán obligadas, y os reconocerán y venerarán por Madre de su Señor, y reparadora del linaje humano, y Reina de todo lo criado.

Pero también esta hora es nuestra, no solamente por ser para nuestro bien y principio de nuestro bien, sino porque desde que pecó Adán y Dios le dio esperanza con su promesa que le remediaría, todos los patriarcas la han deseado, todos los profetas la han prometido, todos los santos del Antiguo Testamento han suspirado por ella, todas las gentes la han aguardado y todas las criaturas están suspensas y colgadas de vuestro felicísimo parto, en el cual está librada la suma de la salud y felicidad eterna. Pues ¡oh esperanza nuestra! ¡oh refugio y consuelo de nuestro destierro!; oíd nuestros clamores, oíd los gemidos de todos los siglos y naciones, y los continuos ruegos y lágrimas del linaje humano, que está sepultado en la sombra de la muerte aguardando esta luz, y que Vos le mostréis su Salvador, su Redentor, su vida, su gloria y toda su bienaventuranza. Daos prisa, Virgen santísima, daos prisa, acelerad vuestro dichoso y bienaventurado parto, y manifestadnos a vuestro Unigénito Hijo, vestido de vuestra carne, para dar espíritu a los hombres carnales y hacerlos hijos de Dios, al cual sea gloria y alabanza en los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: devocionario.com

Meditando en la Navidad (VII)


La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas, va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del Altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios.

¡Oh, adorable Niño! Nosotros también queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: Venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoción a vuestra santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad, sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (III)


María no cesaba de aspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, cada instante, durante muchos años. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad reflexiva de la edad madura.

Haría todo lo que quisiese de aquella faz divina; podría estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor materno; contemplarla a su gusto durante su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria.

¡Cuán ardientemente deseaba ese día! Tal era la vida de expectativa de María. No nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la gracia; por la manera que el alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo Niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo esto sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa llena de delicias como la suya?

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

El gran Amor de Dios a cada uno de nosotros


Lo que da al amor de Dios mayor fuerza y eficacia es el ser personal y particular a cada uno de nosotros, lo mismo que si estuviéramos solos en el mundo.

Un hombre bien persuadido de esta verdad, a saber, de que Dios le ama personalmente y de que sólo por amor a él ha creado el mundo con cuantas maravillas encierra; que sólo por amor a él se ha hecho hombre y ha querido ser su guía, servidor y amigo, su defensor y su compañero en el viaje del tiempo a la eternidad; que sólo para él ha instituido el bautismo, en que por la gracia y los merecimientos de Jesucristo se hace uno hijo de Dios y heredero del reino eterno; que sólo para él le da al Espíritu Santo con su persona y sus dones; que sólo para sí recibe en la Eucaristía la persona del Hijo de Dios, las dos naturalezas de Jesucristo, así como su gloria y sus gracias; que para sus pecados tiene una omnipotente y siempre inmolada víctima de propiciación; que en la penitencia Dios le ha preparado un remedio eficaz para todas sus enfermedades, y hasta un bálsamo de resurrección de la misma muerte; que para santificarle ha instituido el sacerdocio, que llega hasta él mediante una sucesión nunca interrumpida; que ha querido santificar y divinizar el estado del matrimonio, haciendo del mismo el símbolo de su unión con la Iglesia; que le ha preparado un viático lleno de dulzura y de fuerza para su hora suprema; que para guardarle, ayudarle, consolarle y sostenerle ha puesto a su disposición a sus ángeles y a sus santos, hasta a su propia augusta Madre; que le ha preparado un magnífico trono en el cielo, donde se dispone a colmarle de honores y de gloria, donde su manjar será ver a la Santísima Trinidad y gozar de Ella, a la que contemplará y abrazará sin velos y sin intermediario alguno.

Un hombre bien penetrado de todo esto debiera estallar de amor, vivir de amor y consumirse de amor.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Auxilio de los cristianos


El Corazón de la Virgen María es tan grande que abarca y contiene a toda la humanidad. Dios la creó para que fuera su Madre y Madre de todos, la dotó de esta universalidad de afectos para que los afligidos, los enfermos, los pecadores, que recurren a Ella, experimenten esta singular bondad suya.

En la Iglesia se centra la Obra santificadora de Cristo y aunque ella es la amada esposa de Jesús, no la sustrajo a las vicisitudes humanas y quiso que tuviera la apariencia de debilidad. En realidad, posee la misma fuerza de Dios, que le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo y así se apoya segura y confiada en las palabras infalibles de su Fundador: “He aquí que estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”.

San Juan en el Apocalipsis la describe como la ciudad santa, la nueva Jerusalén y así, la nueva Jerusalén (la Iglesia), tiene en María Santísima a su poderosa defensora contra los enemigos de todos los tiempos. Estos enemigos son de dos clases: internos y externos. Los internos son aquellos que atentan a la verdad que la Iglesia nos enseña, los que pretenden introducir en ella, el error, o sea, los mismos cristianos que se oponen con obstinación, con terquedad a lo que propone la Iglesia Católica. Los enemigos externos son los que no perteneciendo a la Iglesia Católica, la atacan y pretenden destruir la fe de sus miembros que son el Cuerpo Místico de Cristo.

¡Oh Madre Santísima, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Consuelo de los afligidos


Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor?

Solamente la fe nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre.

El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.

El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con fe consciente y con cristiana resignación.

Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá consolarnos? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.

María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos, y una sola mirada de piedad y de amor de esta dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más adolorado y suavizar las más fuertes adversidades.

¡Oh Madre piadosa, Consuelo de los afligidos, calma nuestras angustias!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Estrella de la mañana


La Iglesia que va recogiendo en las Letanías las más preciadas flores del pensamiento, de la naturaleza y del simbolismo para coronar a la Santísima Virgen, su Madre y Reina, le muestra su amor, combinando figuras y símbolos que expresan dignidad, elevación, fuerza, esplendor y hermosura singular, todo apropiado a la dulce Reina del Cielo.

Toda aspiración del alma, todo sentimiento, todo afecto del corazón, encuentra su eco en las Letanías.

En esta Invocación, la Iglesia toma por símbolo la Estrella, María no es una estrella común, es la Estrella de la mañana, el astro más brillante del cielo, después del sol. Figura expresiva y noble de María que por su excelsa dignidad de Madre de Dios, es el astro más brillante del cielo, después del Divino Sol de Justicia: Jesucristo.

La estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la luz de la aurora, el principio del día: de la misma manera, la Virgen María anunció al nacer, el fin de la noche y de las tinieblas en la que los hombres de tantos siglos yacían sepultados. Ella es la bellísima aurora que anuncia un día todavía más hermoso en que el Sol divino: Jesucristo, ha de iluminar al mundo.

El largo y paciente trabajo de modelar nuestra vida sobre el ejemplo luminoso de María Santísima requiere el ejercicio de la mente y de la voluntad que deben ser confortados continuamente por la Divina gracia de los sacramentos. La estrella de los hijos, que debe brillar, por así decirlo, en el cielo de la familia, es el ejemplo de los padres, sin el cual para nada ayudarían ni la más cuidada educación ni las más prudentes correcciones.

Para nosotros, los mortales, que navegamos en el mar de la vida, María debe ser siempre la guía que nos conduzca al Puerto Seguro ¡el Corazón de su Divino Hijo!, para alcanzar la felicidad eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Espiritual


En sentido extenso y metafórico, la Sagrada Escritura llama vaso a toda cosa, aún a la persona humana, porque toda criatura en las manos de Dios es como un vaso en la mano del alfarero. Vaso espiritual significa pues, Persona espiritual.

Enseña Santo Tomás de Aquino que en la Sagrada Escritura los hombres son comparados a los vasos, o se llaman vasos bajo cuatro aspectos: por la constitución, por el contenido, por el uso para el cual sirven y por el fruto que traen.

Por la constitución, esto es por la materia y por la forma que el artífice le imprime; tanto más noble y precioso cuanto más preciosa es su materia. María Vaso de oro purísimo, bella y hermosa de alma, la más preciada perla. Dios trabajó esta materia con exquisito cuidado, arte y habilidad y le dio la más hermosa y preciada forma. Dios manifestó en esta singular criatura toda su Sabiduría y Poder Infinito.

El vaso es tanto más estimable en cuanto que está más lleno. Ninguna criatura, ni angelical ni humana es más apreciable que María. Dotada por la generosidad divina de gracias, dones y privilegios, desde el primer instante de su vida; llena la mente y el corazón de Dios, no menos que su purísimo Seno Virginal. Y tanto más estuvo llena de Dios, cuanto más perfectamente estuvo vacía de sí misma.

La nobleza del vaso se revela además por el uso al cual se destina. El uso más digno y más glorioso es al que fue predestinada la Virgen María. La Divina Maternidad es la cumbre de la nobleza y de la gloria.

Por el fruto, esto es por las ventajas y los bienes que nos aportó este Vaso de Elección. Fruto suyo fue Jesucristo, la Redención del género humano y la santificación de las almas, en resumen, todo cuanto tenemos de bueno en este mundo y tendremos en el otro.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Clemente


La clemencia según Santo Tomás de Aquino es aquella virtud que templa el rigor de la justicia con la misericordia; que concede y obtiene el perdón o la disminución del castigo merecido. Esta hermosa y amable virtud, prosigue Santo Tomás, nace del amor. Quien ama a una persona no quiere que ésta sea castigada.

De esto se sigue que cuando el perdón total o la disminución de la pena son compatibles con el verdadero bien, entonces la amorosa clemencia perdona o impetra el perdón.

La clemencia, resplandece en María Santísima más que en cualquier otra persona. Ella se ocupa y se preocupa de impetrar el perdón para los pecadores. Por eso la Iglesia la honra con el título de Virgen Clemente. Nuestra Madre Santísima nos ama porque ama a Dios. El amor de Dios y el amor del prójimo son dos amores inseparables y nadie nos ama como Ella.

No se puede medir el amor Infinito del Corazón de Jesús, aquel Corazón inflamado con las llamas del Amor Divino y que fue atravesado por la lanza. Ningún otro corazón está tan cerca del amor de Jesús, como el de su Madre. Ninguno alcanza tan encendida caridad. Ella nos ama en Cristo, ama en nosotros la Sangre del Hijo derramada en el Calvario y aplicada en los Sacramentos. Ella más que nadie conoce en Dios el altísimo valor de un alma. No hay otro amor más hermoso y más fuerte que el de María porque brota de la purísima fuente del amor de Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

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