Confidencias del Corazón de Jesús


“Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre” (Jn 16,16-19) ¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre! ¿No recuerda ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? ¡Un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos. Ese poquito dicho dos veces por Jesús, pone al descubierto su Corazón, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano! Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste e inconstante que se pone cuando Él se oculta... ¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!

“Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...”, y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, “pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo”. Hermanos míos, si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...

Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: “Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...”

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (V)


"Si tuviera que adorar algo humano, no adoraría el polvo de la inteligencia del genio, sino las cenizas del corazón" (Lacordaire).

Vamos hoy a demostrar que la devoción y culto al Corazón Eucarístico de Jesús es de las más excelsas y convenientes:

-Por ser culto al Corazón de Cristo.

-Por ser culto a la eucaristía.

-Por ser estas dos devociones las más excelsas y convenientes.

AL CORAZÓN DE JESÚS

Qué significa el corazón

El corazón es la expresión del amor; en él se experimentan las afecciones del alma. El corazón sufre y el corazón se alegra. El corazón humano necesita amar. Jesús es tu amigo; tiene un corazón de carne como el tuyo. Lloró por Lázaro... Y tanto como a Lázaro te quiere a ti. La generosidad del corazón de carne no conoce edades: es siempre joven, siempre comienza. El amor es el que mueve a los hombres. Los latidos del corazón dan el impulso y marcan el ritmo de su vida.

El corazón divino de Jesús

Es la expresión del amor infinito de un Dios.

El centro de todas las humillaciones y sufrimientos que Cristo soportó por ti.

Obras son amores.

-Cristo se encarnó, "se hizo pecado", por ti y por mí (2 Cor. 5, 21). La encarnación es "la obra del amor" (Pío XI).

-Nos redimió hasta dar por nosotros la última gota de su sangre "consummatum est".

El Corazón de Cristo, el órgano más noble de su humanidad, la sede y centro de todas sus fatigas.

Cristo es Dios y hombre verdadero. El Corazón de Jesús, unido hipostáticamente a la divinidad, es el objeto más digno de culto que se puede pensar.

A LA EUCARISTÍA

Milagro de amor...

Cristo se inmoló por nosotros; un hecho histórico, hace ya veinte siglos. Pero Cristo se sigue inmolando hoy, y mañana... y siempre. Cuando un amigo, un pariente próximo tiene que separarse de nosotros, le despedimos con tristeza, con lágrimas quizás. "¡No te olvides de escribir!", es la última recomendación. Jesús también tenía que marcharse, y se fue; pero se quedó, aumentó su presencia entre sus amigos. Hoy vive entre nosotros, no en un rincón de Palestina, sino a unos pasos de la casa en que habitas, tras la puerta ante la que pasas tantas veces. ¿Se podrá exagerar amando a Jesús eucarístico?

Que exige correspondencia

"El amor... ¡bien vale un amor!". Amamos cuando nos sentimos amados.

Y el que ama de verdad hace lo que agrada a su amigo.

-Donde hay amor de Jesús no puede darse indiferencia.

-El amor desordenado de sí mismo no puede compaginarse con la entrega del Maestro. "Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn. 13, 1).

-La incredulidad y la discordia, el sensualismo y las aberraciones del amor no pueden convivir con esta devoción.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (III)

La eucaristía contiene el Corazón de Jesús

En ella honramos el objeto de esta devoción, que es el corazón real, no las imágenes que le representan.

Si el corazón de Cristo, por una desoladora hipótesis, se encontrase solamente en cielo, la distancia no modificaría la legitimidad del culto.

Pero la fe nos dice que está oculto y velado en la eucaristía, realmente, amándonos y deseando ser amado.

Allí debemos buscar su Sacratísimo Corazón.

Quiso permanecer muy cerca de nosotros, y se hizo prisionero en los sagrarios.

Jesús desea que le amemos en la eucaristía

Quiere que en este divino sacramento le amemos, visitemos como amigo y experimentemos mejor los efectos de su amor.

Quiere desde el sagrario ayudarnos en nuestras necesidades.

En la eucaristía como sacrificio -la santa misa- nos proporciona el medio de ofrecer al Padre una reparación infinita por nuestros pecados.

Cómo debemos practicar esta devoción

Honrando al Corazón de Cristo en la eucaristía.

Asistiendo a la misa con agradecimiento, respeto y amor.

Ofreciendo la misa al Padre:

-En acción de gracias por habernos dado el Sagrado Corazón, tan bueno y amoroso para nosotros.

-Para que el Sagrado Corazón sea mejor conocido y amado de todo el mundo.

-En desagravio por las injurias de los hombres a este Corazón Eucarístico.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El Varón saturado de oprobios

Busqué quien me consolara y no lo hallé (Salmo 68)

En ese dolor, suma de todos los dolores que se llama la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuatro veces se lee en el Evangelio que se quejó el Varón saturado de oprobios.

La primera, de sus tres íntimos que se duermen: “¿No pudisteis velar una hora conmigo?”.

La segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

La tercera, del esbirro del tribunal que le abofetea: “Si he hablado mal, dime en qué, y si bien, ¿por qué me hieres?”.

Y la cuarta de su Padre que le priva de su presencia sensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas cuatro quejas tan serenas y reposadas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesucristo más que por cuatro dolores distintos por uno solo manifestado bajo cuatro formas.

Ésa es la gran pena del Corazón de Cristo, ése es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni riberas de dolores en que se anega su Corazón. El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas, el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada y el abandono de los consuelos de Dios... Recoged y saboread esta enseñanza y responded a una pregunta. ¿Seguirá contando con vosotros en esa hora sin término de abandonos de Sagrario por la que aun está pasando?

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Eficacia santificadora de la Eucaristía


Entre todos los ejercicios y prácticas de piedad, ninguno hay cuya eficacia santificadora pueda compararse a la digna recepción del sacramento de la Eucaristía. En ella recibimos no solamente la gracia, sino el Manantial y la Fuente misma de donde brota. Ella debe ser, en su doble aspecto de sacramento y de sacrificio, el centro de convergencia de toda la vida cristiana, la cual debe girar en torno a la Eucaristía.

La santidad consiste en participar de una manera cada vez más plena y perfecta de la vida divina que se nos comunica por la gracia. Esta gracia brota -como de su Fuente única para el hombre- del Corazón de Cristo, en el que reside la plenitud de la gracia y de la divinidad. Cristo nos comunica la gracia por los sacramentos, principalmente por la Eucaristía, en la que se nos da a sí mismo como alimento de nuestras almas. Pero, a diferencia del alimento material, no somos nosotros quienes asimilamos a Cristo, sino El quien nos diviniza y transforma en sí mismo. En la Eucaristía alcanza el cristiano su máxima cristificación, en la que consiste la santidad.

La comunión, al darnos enteramente a Cristo, pone a nuestra disposición todos los tesoros de santidad, de sabiduría y de ciencia encerrados en Él. Con ella, pues, recibe el alma un tesoro rigurosa y absolutamente infinito que se le entrega en propiedad.

Nunca tan perfectamente como después de comulgar el cristiano se convierte en templo y sagrario de la Divinidad. En virtud de este divino e inefable contacto con la Santísima Trinidad, el alma -y, por redundancia de ella, el mismo cuerpo del cristiano- se hace más sagrada que la custodia y el copón y aún más que las mismas especies sacramentales, que contienen a Cristo -ciertamente-, pero sin tocarle siquiera ni recibir de Él ninguna influencia santificadora.

Fuente: Fray Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Corazón de Jesús en busca de discípulos

Vocacion de Pedro y Andres 01 01

Para eso pasaba Jesús por la orilla del Jordán; buscando de entre los grupos de penitentes o sencillos discípulos del Bautista, quien quisiera dejarse atraer por la humildad de su porte y el amor de su mirada...

¡Lo mismo que en el Sagrario! ¡Días y días, años y años en soledad casi absoluta esperando quien quiera dejarse atraer! ¡Qué traza de conquistador, tan distinta y tan opuesta a la usada por los hombres!
Y al segundo día se deciden dos a seguirle, Andrés y otro discípulo del Bautista, muy probablemente Juan. Jesús ha sentido sus pasos, ha vuelto el rostro atrás, los ha mirado y les ha preguntado: “¿Qué buscáis?”. “Maestro ¿dónde vives?” (Jn 1, 38).
¿No sentís palpitar en esta pregunta la emoción de una adhesión cariñosa?
Entre los hombres primero es conocerse y después amarse. Con Jesús buscado con corazón sencillo, ocurre al revés. ¡Cuántas veces se le ama primero y se le conoce después!

El Corazón de Jesús ha debido estremecerse de gozo al oírse por fin llamar Maestro, y encontrar los dos primeros discípulos.
No se les señala día ni hora para recibirlos. Los recibe al punto. ¡Tenía tanta hambre de enseñar! ¿En dónde? Ni les da las señas de su casa, ¡su casa!, la primera cabaña o cueva abandonada que encontrara, ¡un mesón!, ¡si los hubiere en aquellos parajes medio desiertos!
- “Venid y ved” (Jn 1, 38).

Y se estuvieron con Él toda aquella noche, porque eran ya las cuatro de la tarde cuando esta invitación se hacía.
Misterio de aquella noche entera de magisterio de Jesús con dos rudos pescadores, ¡cómo nos haces sentir las palpitaciones de un Corazón dispuesto a hacer locuras por iluminar a las almas y cómo haces presentir el misterio dulce, suave e iluminador de tantas noches y de tantos días de Sagrario!
¿Qué ha estado diciendo Jesús aquella noche a Andrés y a Juan?
No lo dice el Evangelio.
Lo que sabemos es que han salido conociendo quién es Jesús y amándolo con la efusión del celo más activo por buscarle conocedores y amadores.
Andrés busca y trae a Jesús a su hermano Simón, el que debía ser cimiento de su Iglesia. Probablemente Juan trae a su hermano Santiago. Después, de estos cuatro discípulos, sacará Jesús cuatro grandes Apóstoles.

Y sabemos también que con ese conocimiento y amor del Maestro, debieron sacar un amor fraterno, tan efusivo, tan palpitante, tan nuevo, que más tarde, en los últimos encargos, cuando tenía que separarse de ellos, para ir al Padre, les ha podido dejar esta consigna: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

El humilde y escondido Corazón de Jesús

Jesus 24 33

¿Quién adivinará al Jesucristo Verbo y Sabiduría de Dios, Majestad y grandeza infinita, en el Niñito desnudo de Belén, abrigado con las pajas que no han querido comer las bestias y acostado en un pesebre abandonado? ¿Quién acierta a descubrir grandezas de Rey y magnificencias de Dios en aquellas escaseces de la media noche de Belén?

Y en la calle de la Amargura y en el Calvario a las tres de la tarde del Viernes, ¿quién se atreverá a asegurar que aquella llaga viva desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, aquel gusano y no hombre, era el Hijo bello de la hermosa Nazarena y el más hermoso de los hijos de los hombres?

En Belén, aun a través de los pañales y las pajas de la pobreza, se veían unos ojos de cielo y se besaban unas manos tiernas y blancas... En el Calvario, por entre los labios cárdenos y la lengua seca por la calentura, se escapaba un aliento, debajo del pecho lastimado y desgarrado se sentía palpitar un Corazón. En la sagrada Eucaristía ni se ven ojos, ni se besan manos, ni se perciben alientos ni palpitaciones... El Hermoso no se ve..., la Palabra de Dios no se oye, el Poder de Dios no se mueve, el Amor no suspira... y, sin embargo, el Hermoso, el Verbo, el Poder, el Amor, está allí, como estaba tiritando de frío en Belén, como estaba sediento de amores en la Cruz... Sí, sí, me lo dice mi fe, mi conciencia, hasta este mismo silencio del Sagrario me dice que está ahí Jesús transfigurado por la humildad. Sí, sólo una humildad infinita ha podido tener perpetuamente callada en la tierra la Palabra viva de Dios.

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

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