El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón de Cristo (II)

Complácese San Agustín en subrayar la expresión elegida por el Evangelio para darnos a conocer la herida producida por la lanza en el costado de Jesús. El escritor sagrado no dice que la lanzada hirió, sino que “abrió” el costado del Salvador. Fué la puerta de la vida, dice el gran Doctor, lo que se abrió, para que del Corazón traspasado de Jesús se desbordasen sobre el mundo los ríos de gracia que debían santificar a la Iglesia.

Esta contemplación de los beneficios que Jesús nos hizo, debe ser la fuente de nuestra devoción práctica a su Corazón sacratísimo.

El amor, sólo con amor se paga. ¿De qué se quejaba Nuestro Señor a Santa Margarita María? De no ver correspondido su amor: “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe de ellos más que ingratitudes”. Por consiguiente, con amor, esto es, con el don de nuestro corazón, es como hemos de corresponder a Jesucristo.

Si amamos de veras a Jesucristo, no sólo nos gozaremos de su gloria, cantaremos sus perfecciones con todos los bríos de nuestra alma, lamentaremos las injurias hechas a su Corazón, y le ofreceremos humildes reparaciones, sino que procuraremos sobre todo obedecerle, aceptar de buen grado las disposiciones de su Providencia, tratar de extender su reino en las almas, y procurar su gloria.

Acostumbrémonos, pues, a hacer todas las cosas, aun las más menudas, por amor y por agradar a Jesucristo, trabajemos y aceptemos cuantos padecimientos y penas nos imponen nuestros deberes de estado únicamente por amor y por unirnos a los sentimientos que experimentó su Corazón durante su vida mortal, bien seguros de que tal modo de obrar es una excelente práctica de devoción al Sagrado Corazón.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

La Iglesia y la verdad vencerán

Pedro, por lo que a él respecta, era hombre por naturaleza, cristiano por gracia, apóstol, y el primero entre ellos, por una gracia de privilegio; pero, cuando Cristo le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en este mundo es azotada por diversas pruebas, como si fuesen tempestades, pero, a pesar de todo, no cae, porque está fundada sobre piedra, de donde viene el nombre de Pedro.

El Señor dice: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, porque Pedro había dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. “Sobre esta piedra que tú has confesado edificaré mi Iglesia”. Porque la piedra era Cristo; Él es el cimiento sobre el cual fue edificado el mismo Pedro, pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

La Iglesia, pues, que tiene a Cristo por fundamento, ha recibido de Él, en la persona de Pedro las llaves del reino de los cielos, es decir, el poder de atar y desatar los pecados. La Iglesia, amando y siguiendo a Cristo, vence todas las pruebas. Y los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte.

Fuente: De los tratados de San Agustín

Misterios Dolorosos (V)


La Crucifixión del Señor (Lc 23, 33-34, 44-46; Jn 19,33-35)

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron. Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Jesús, dando un fuerte grito, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu y, dicho esto, expiro. Como le vieron muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

Comentario de San Agustín

“Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Sermón 218, 2)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (IV)

La Cruz a cuestas (Mt 27,31)

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarlo. Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario.

Comentario de San Agustín

“En el hecho de que después de entregado para la crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar la propia mortalidad” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (III)

La Coronación de espinas (Mt 27, 29-30)

Los soldados trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: ¡salve, Rey de los judíos!; y después de escupirle, tomaron la caña y le golpeaban en la cabeza.

Comentario de San Agustín

“Si ellos veían entonces con agrado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado, ayudados por la memoria, hemos de traer de nuevo a nuestras mentes lo que piadosamente creemos! Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En aquel único acontecimiento se manifestaban los crímenes actuales de aquéllos y se borraban también los nuestros futuros. Más aún, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (II)

La Flagelación del Señor (Jn 18, 33, 19; 1)

Pilato volvió a salir donde los judíos y les dijo: Yo no encuentro ningún delito en él. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos? Ellos volvieron a gritar diciendo: ¡A este, no; a Barrabás! Pilato entonces tomo a Jesús y mando azotarle.

Comentario de San Agustín

“Ciertamente, en cuanto sufrió de parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron escritos respecto a su pasión” (Sermón 218)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

Misterios Dolorosos (I)

La agonía en el huerto (Lc 22, 39-46)

Va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allí a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y dijo: Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra (Mt 26, 36-37; Lc 22, 4 1-44).

Comentario de San Agustín

“Nuestro Señor Jesucristo, a punto de sufrir en la plenitud de los tiempos por nuestra salvación, previno a sus discípulos, diciéndoles: Velad y orad para no entrar en tentación. Esto debe ser preocupación constante del cristiano, para que no sea el sueño quien se adueñe de todas las noches; no obstante ello, para imitar al Apóstol, que dice: frecuentemente en vigilias, se ha constituido en esta noche la más sagrada y santa de las vigilias con el fin de que el mundo entero esté en vela por Cristo” (Sermón 223)

Fuente: Rosario con meditaciones de San Agustín

La Eucaristía da fortaleza a los mártires

San Jose Luis Sanchez del Rio 02 03 Los mártires José Luis Sánchez del Río y Antonio Molle Lazo en el día de su Primera Comunión

Por las hazañas tan gloriosas de los santos mártires, con las que resplandece en todo lugar la Iglesia, comprobamos con nuestros propios ojos cuán verdadero es lo que cantamos en el salmo, a saber, que es cosa preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles, ya que es preciosa a nuestros ojos y a los ojos de aquel por cuyo nombre dicha muerte ha tenido lugar.

Pero el precio de estas muertes es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no compró uno solo, sin cuya muerte no se hubiese multiplicado el grano de trigo? Habéis oído las palabras que pronunció el Señor cuando se acercaba ya el tiempo de su pasión, es decir, de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto.

Y así, realizó en la cruz una importante transacción; en ella fue abierta la bolsa que contenía el dinero de nuestro rescate: cuando su costado fue abierto por la lanza, de él manó el precio de todo el orbe.
Todos los fieles fueron comprados, no sólo los mártires; pero la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado. Han devuelto lo que se había desembolsado a su favor...
Leemos en la Escritura: Si te sientas a comer en una mesa bien abastecida, repara con atención lo que te ponen delante, porque luego tendrás que preparar tú algo semejante. Es una mesa realmente bien abastecida aquella en la que el manjar es el mismo anfitrión. Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida. Los mártires se dieron cuenta de lo que comían y bebían, y por esto quisieron corresponder con un don semejante.

Fuente: San Agustín, Sermón 329. Liturgia de las Horas.

La vocación del alma

Cascada 01 02

En el Banquete, después de considerar la fase negativa del amor y su paso de menesteroso que lo conduce a la belleza y al bien que no posee, Sócrates es interrogado por Diotima:

- El que ama lo bello, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bello le pertenezca -responde Sócrates.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bello?
En este punto Sócrates guarda un silencio dubitativo. Pero Diotima, que conoce bien la naturaleza moral de su alumno, trueca lo bello por lo bueno y repite su interrogatorio:
- El que ama lo bueno, ¿qué busca en realidad?
- Que lo bueno le pertenezca.
- ¿Y qué será del hombre, una vez que posea lo bueno?
- Ese hombre será feliz -declara Sócrates ya seguro.
Pero más adelante observará Diotima que no basta poseer lo bueno para ser feliz: es necesario, además, poseerlo para siempre, sin lo cual no sería el hombre cabalmente dichoso. De lo que inferirá luego que “el amor se dirige a la posesión perpetua de lo bueno”.

Ese concepto de la felicidad en que Diotima concluye será el que sirva de comienzo a San Agustín cuando busque un día la noción de su Dios en el Palacio de la Memoria. En el libro décimo de sus Confesiones pregunta:
- «¿La dicha no es lo que todos quieren y a lo que todos aspiran? ¿Dónde la conocieron antes, para quererla tanto? Y no sólo se trata de mí -agrega- ni de un corto número de personas: todos, absolutamente todos quieren ser felices.»
Y Agustín dirige a todos esta pregunta:
- «¿Dónde prefieren encontrar la dicha, en la verdad o en el engaño?».
Y todos contestan que prefieren ser dichosos en la verdad. Porque -añade Agustín- “he visto a muchos que querían engañar, pero no he visto a nadie que quisiera ser engañado”.

Elbiamor, como no ignoras ya la relación de lo bello con lo verdadero y lo bueno, has de comprender fácilmente la duda inicial de Sócrates y la definición de Agustín. Y deducirás que los gestos del alma son los que le dicta su vocación natural. Y su vocación (palabra que significa “llamado”) no es otra que la de poseer a perpetuidad lo verdaderamente bueno.
Ahora bien, esta conclusión trae consecuencias dignas de ser estudiadas por la tortuga razonante. Pues, quien dice posesión dice reposo de la voluntad, puesto que nadie se fatiga buscando lo que ya posee; y quien dice posesión perpetua dice reposo perpetuo.
Y atención ahora. El reposo perpetuo es dable sólo en la posesión de un bien concebido como único, fuera del cual no existieran otros bienes; pues, en el caso de existir otros bienes, el alma se movería sin cesar del uno (el adquirido) al otro (el por adquirir), y su voluntad así agitada no tendría la quietud o reposo con que sueña. Y además ese bien único tendría que ser infinito, puesto que, si tuviera fin, acabaría con él la posesión, y con la posesión el reposo del alma. De lo cual has de inferir que la vocación del alma es la de una dicha perpetua lograda en el descanso que da la posesión infinita del bien, y de un bien que necesariamente debemos concebir como Uno y Eterno.
He ahí como, por la simple noción de su anhelo, el alma logra tocar la noción de un bien cuyos adjetivos no sabrían convenir sino a Dios. Y he ahí cómo, al descubrir su vocación por la felicidad, San Agustín no está lejos de dar con la esencia del Dios que busca en el palacio de su memoria.

Fuente: cf. Leopoldo Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza

San Agustín: una búsqueda continua de Dios

San Agustin 05 13

San Agustín había sido educado cristianamente por su madre Santa Mónica. Como consecuencia de este desvelo materno, aunque hubo unos años en que estuvo lejos de la verdadera doctrina, siempre mantuvo el recuerdo de Cristo, cuyo nombre había bebido, dice él, con la leche materna.

Cuando, al cabo de los años, vuelva a la fe católica afirmará que regresará a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser. Esa educación primera ha sido, en innumerables casos, el fundamento de la fe, a la que muchos han vuelto después de una vida quizá muy alejada del Señor.
Después de años de buscar la Verdad sin encontrarla, con la ayuda de la Gracia que su madre imploró constantemente llegó al convencimiento de que sólo en la Iglesia Católica encontraría la Verdad y la paz para su alma.

Aunque Agustín veía claro dónde estaba la Verdad, su camino no había terminado. Buscaba excusas para no dar ese paso definitivo, que para él significaba, además, una entrega radical a Dios, con la renuncia, por predilección a Cristo, de un amor humano. Dio ese paso definitivo en el verano del año 386, y nueve meses más tarde, en la noche del 24 al 25 de abril del año siguiente, durante la vigilia pascual, tuvo su encuentro para siempre con Cristo, al recibir el bautismo de manos del obispo San Ambrosio.
Nunca olvidó San Agustín aquella noche memorable. “Recibimos el Bautismo -recuerda al cabo de los años- y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano”. Y añade: “Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia”.
“Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Salgamos a su encuentro para alcanzarle, y busquémosle después de hallarlo. Para que le busquemos, se oculta, y para que sigamos indagando, aun después de hallarle, es inmenso. Él llena los deseos según la capacidad del que investiga”.

Ésta fue la vida de San Agustín: una continua búsqueda de Dios; y ésta ha de ser la nuestra. Cuanto más le encontremos y le poseamos, mayor será nuestra capacidad para seguir creciendo en su amor.

Santa Mónica y la confianza en la providencia

Santa Monica y San Agustin 01 01 Santa Mónica y San Agustín

San Agustín destaca en sus escritos el gozo de su madre, Santa Mónica, a raíz de la conversión de aquél.

Y no era para menos: le pedía simplemente católico, y desde el momento de su conversión se le manifiesta con unos propósitos que van mucho más allá. Por lo mismo, no puede extrañar que saltara de alegría, cantase victoria y se volviese loca de contento.
Una mirada al pasado lo explica todo. Un pasado que nos habla de su heroísmo para llegar a esta meta. Que nos hace recordar su fortaleza, tenacidad y constancia. Que nos pone ante el poder de la oración y ante una tal fe religiosa que siempre la sostuvo. Un pasado que nos habla de una Mónica de tan profundas intuiciones religiosas que estaba segura de que algún día la gracia y misericordia triunfarían sobre el inquieto y desordenado corazón de su hijo. ¡Qué modelo para tantas madres ante el desánimo, desilusión o cansancio en la lucha con sus hijos!

No podemos cerrar el tema sin unas reflexiones que se desprenden de lo narrado.
Si nos detenemos en la santa, ya su matrimonio, desde una óptica meramente humana, no sólo no era aconsejable, sino que estaba ciertamente abocado a un desastre. Y de él nace Agustín.
Tanto Patricio como Mónica, convencidos pronto de las excelentes dotes intelectuales de su hijo, buscan a toda costa y con grandes sacrificios darle unos estudios en los que asiente un brillante porvenir, y lo consiguen, porque Agustín triunfó. Y esa carrera, que quedará arrinconada cuando se convierta a la fe, ya que el brillante porvenir material no le interesa, ha servido, no obstante -planes de Dios en los que nadie había pensado-, para poder enfrentarse a los maniqueos y superar otros errores que encontró en su camino, y, sobre todo, ha servido para darnos el paladín de la fe en las iglesias de África y pasar a la posteridad como el Águila de Hipona, gran doctor de la Iglesia.

La misma Mónica, en su trabajoso buscar la conversión del hijo, más de una vez pudo hacerlo por modos no acertados. Y así, entre otros casos, la vimos llorando, desconsolada, en las playas de Cartago, al no haber podido impedir la marcha de su hijo a Roma. No vio o imaginó que en ese viaje estaba su salvación. Y el mismo Agustín, al emprender el viaje, solamente era guiado por miras terrenas: buscar un campo mejor para triunfar en lo suyo. Los planes del Señor eran otros: llevarle a la meta, poniendo en su camino tantas mediaciones, entre ellas y muy tangible la de San Ambrosio, que le abrirían al encuentro de la verdad. Es la gracia, admirable en su actuación, que va empedrando todo el itinerario de Agustín.
Gracia que actuó siempre en Mónica. Y Mónica, una madre tal que fuerza a pensar y admitir que sin ella no tendríamos al Agustín del que nos gloriamos. Dios pudo lograrlo sin ella, pero no quiso hacerlo. Vemos con total claridad que quiso valerse de ella, y esto engrandece su figura y le da una talla que pocas mujeres han podido alcanzar.

Fuente: cf. Ulpiano Álvarez, Santa Mónica. Retrato de una madre.

Yo soy el Pan de Vida (III)

Ultima Cena 08 11 - “Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente”.

San Agustín: Y bajó del cielo para que vivamos comiendo aquel pan los que no podemos obtener la vida eterna por nosotros mismos. Por esto sigue: “Este es el pan que descendió del cielo”.

Teofilacto: No comemos a Dios en su pura esencia, porque es impalpable e incorpóreo, como tampoco comemos la carne de un puro hombre, que de nada nos podría aprovechar. Mas como Dios unió a sí la carne humana, su carne tiene propiedades que dan vida, no porque se haya convertido en naturaleza divina, sino como sucede al hierro candente, que permanece hierro y tiene las propiedades del fuego. Pues así la carne del Señor es dadora de vida como carne del Verbo.

San Beda: Y para manifestar la diferencia de la sombra y de la luz, de la figura y la realidad, añadió: “No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron”.

San Agustín: Aquello de que murieron quiere que se entienda en el sentido de que no viven eternamente, porque ciertamente en lo temporal también morirán los que comen a Jesucristo, pero vivirán eternamente, porque Jesucristo es la vida eterna.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (II)

Eucaristia - Comunion 02 13

- “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el último día”.

San Beda: Y para que no entendiesen que se refería a esta vida y cuestionasen acerca de ello, añadió: “Tiene vida eterna”. Mas no la tiene el que no come esta carne ni bebe esta sangre, puesto que podemos tener la vida temporal prescindiendo de Él, pero de ninguna manera la vida eterna.
No sucede así respecto de la comida que tomamos para alimentar esta vida temporal, porque los que no la reciben, no viven, ni tampoco vivirá el que la tome, puesto que sucede que mueren todos los que la toman, o por enfermedad, o por ancianidad, o por cualquier otra causa. Mas respecto de esta comida y esta bebida, esto es, del cuerpo y la sangre del Señor, no sucede así. Porque el que no la toma no tiene vida eterna y el que la toma tiene vida y ésta es eterna.

Teofilacto: Porque no es carne de un mero hombre, sino de Dios, quien deseando hacer al hombre divino, como que lo embriaga en su divinidad.

San Agustín: Y para que no creyesen que por medio de esta comida y esta bebida se ofrecía la vida eterna de tal modo que aquéllos que la recibiesen ya no morirían ni aun en cuanto al cuerpo, saliendo al encuentro de esta idea, continuó diciendo: “Y yo le resucitaré en el último día”, con el fin de que tenga entre tanto la vida eterna, según el espíritu, en el descanso donde se encuentran las almas de los justos. Mas en cuanto al cuerpo, ni aun éste carecerá de vida eterna, porque en la resurrección de los muertos, cuando llegue el último día, la tendrá.

- “Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí.”

San Agustín: Los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed; esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben.
Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: “El que come mi carne... permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí.
Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación. Pero hay cierta manera de comer aquella carne y de beber aquella sangre, para que el que la coma y la beba permanezca en Cristo y Cristo en él.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (I)

Eucaristia - Comunion 01 12

- “Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 51)

San Agustín: Por tanto, comed el pan del cielo en espíritu y llevad vuestra inocencia ante el altar. Los pecados, ya que son diarios, que no sean mortales. Antes que os aproximéis al altar, ved lo que hacéis, ved lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si perdonas, te serán perdonadas. Aproxímate tranquilo, es Pan, no veneno. Y si alguno comiese de este pan, no morirá, esto es, el que lo come interiormente y no exteriormente.

Alcuino: Mi vida es la que vivifica. Por esto sigue: “Si alguno comiere de este pan, vivirá”,no sólo en la vida presente por medio de la fe y de la santidad, sino “vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Teofilacto: Entregó su carne por la vida del mundo, porque muriendo destruyó la muerte. Yo también entiendo la resurrección en aquellas palabras “por la vida del mundo”. Porque la muerte del Señor concedió la resurrección general a todo el género humano.

San Agustín: Háganse cuerpo de Jesucristo, si quieren vivir del espíritu de Jesucristo, porque no vive del espíritu de Jesucristo sino el cuerpo de Jesucristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El Apóstol da a conocer este pan diciendo (ICo 10,17): “Muchos somos un solo cuerpo, todos los que participamos de este solo pan”. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! El que quiere vivir, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado.

- Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, y decían: “¿Cómo nos puede dar éste su carne a comer?” Y Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: Que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn 6, 52-53)

San Beda: Creían pues los judíos que el Señor dividiría en trozos su propia carne y se la daría a comer; por esto disputaban porque no entendían.

San Crisóstomo: Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne”, etc. Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros.

San Agustín: Como si dijese: vosotros ignoráis de qué manera alguien puede ser comido y cuál sea el modo de comer aquel pan, pero aun así “si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

La aridez (II)

Santa Teresita 18 45 Santa Teresita rezando

Otras veces, por el contrario, la aridez espiritual proviene de causas físicas o morales completamente independientes de nuestra voluntad. Pueden ser indisposiciones, malestar, cansancio, nerviosismo o abatimiento por el excesivo trabajo o por preocupaciones dolorosas, etc., que pueden hacer desaparecer toda sensación de alivio espiritual, siendo a veces imposible por el momento poner remedio a tan doloroso estado. Es ésta una prueba que podrá prolongarse más o menos, pero en la cual hemos de ver con plena certeza la mano de Dios que todo lo dispone para nuestro bien, y que no dejará de concedernos la gracia necesaria para convertir en provecho este sufrimiento.

Aunque entonces no sienta consuelo ni atractivo alguno por la oración, el alma debe ejercitarse en ella por puro deber, porque es su obligación, valiéndose de los remedios que están en su mano para suplir su incapacidad. A este propósito enseña Santa Teresa de Jesús: «Así que, hermanas, oración mental; y quien ésta no pudiere, vocal, y lección y coloquios con Dios... No se deje las horas de oración.»

Y si a pesar de todo, el alma no consigue mover y encender su corazón, ejercítese en el amor al Señor y ámele con sola la voluntad. No será tiempo perdido; pues, por el gran esfuerzo que requiere semejante ejercicio, la voluntad se robustecerá y se hará capaz de un amor más eficaz, más generoso, quizás sin que el alma se dé cuenta de este crecimiento en el amor.
Se trata, en verdad, de un amor privado de sentimiento, pero no nos olvidemos que la substancia del amor no consiste en sentir, sino en querer a toda costa agradar a la persona amada. Por eso, quien, no hallando gusto alguno, sino más bien repugnancia en la oración, persevera en ella únicamente por agradar al Señor, le da una prueba hermosísima de que le ama sincera y verdaderamente.
El progreso en la vida espiritual no se mide por el consuelo y alivio que experimenta el alma; estas cosas ni siquiera se requieren para la vida espiritual, ya que la verdadera devoción se valora únicamente por la prontitud de nuestra voluntad para servir a Dios, prontitud y decisión que pueden darse aun en medio de la aridez y de la lucha que la voluntad debe sostener contra las repugnancias sensibles.

“Confío ilimitadamente, ¡oh Señor! en tu bondad, pues Tú mismo me enseñas a pedir, a buscar y a llamar. Por eso, cumpliendo tus palabras, pido y busco, y llamo. Ahora, pues, ya que me mandas pedir, haz que yo reciba; ya que me incitas a buscar, haz que yo encuentre; ya que me dices que llame, ábreme la puerta. Estoy enfermo, dame fuerzas; me encuentro perdido, vuélveme al buen camino; resucítame de esta muerte y dígnate dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones según tu beneplácito, para que yo viva de ti y me entregue a ti por completo” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

La santificación de los laicos en el mundo

Maria Cristina Cella Mocellin 02 02

Sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin

En este mundo santo, bueno, reconciliado, salvado, mejor dicho, necesitado de salvación, de momento salvado en esperanza, porque sólo en esperanza poseemos esta salvación; en este mundo, pues, es decir, en la Iglesia, que toda entera sigue a Cristo, a todos se ha dicho: Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo.

Estas palabras no están destinadas solo a las vírgenes y no las casadas; o a las viudas y no las que viven en matrimonio; o a los monjes y no a los casados; ni solo a los clérigos y no a los laicos: toda la Iglesia, todo el cuerpo, todos sus miembros según sus funciones asignadas, deben seguir a Cristo.
Sígale, pues, toda entera la Iglesia única: esta paloma, esta esposa redimida y dotada con la sangre del Esposo. En ella encuentra su lugar específico la integridad virginal, la continencia de los viudos y la castidad de los cónyuges.

Sigan a Cristo estos miembros que tienen allí su lugar, cada uno en su género, en su puesto, a su manera; niéguense a sí mismos, es decir, no presuman de sí; tomen su cruz, es decir, mientras están en el mundo toleren por Cristo cuantos sufrimientos les procure el mundo. Amen al único que no decepciona, al único que no engaña. Ámenle porque es verdad lo que promete. Más como no lo da al instante, la fe titubea. Resiste, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz.

Fuente: San Agustín, Sermón 96

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