Llevar a los demás el amor del Corazón de Jesús

Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.

El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.

Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del Amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio.

Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios:nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San Juan- en que amamos a los hermanos.

Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La adoración de los Magos

Adoracion de los Magos 06 09

Considera cuales fueron los sentimientos de gozo, de admiración, de amor y de respeto en aquellos santos reyes cuando, habiendo llegado a Belén, vieron que no se habían engañado, y que no habían resultado falsas sus conjeturas. Encuéntrase a Dios siempre que se le busca; ¡y qué consuelo es hallarle después de haberle buscado!

¿Cuántos verían la misma estrella y tendrían el mismo pensamiento que los Magos, pero no tuvieron el mismo valor ni la misma docilidad? Por eso fue muy diferente su suerte. Esas mismas gracias que nosotros menospreciamos, esas mismas saludables inspiraciones que nosotros resistimos, quizá, y sin quizá, ganarán para Dios a muchas almas fieles. ¡Qué desdicha haber sido indóciles a ellas!

¿Cuántos mirarían con una falsa compasión la credulidad de los piadosos monarcas? ¿Cuántos se reirían de su sencillez? ¿Qué burla no se haría en sus cortes, y aun en las extranjeras, de su jornada? Pero cuando los Magos hallaron lo que buscaban, ¿se arrepentirían de haber sido tan prontos a seguir la voz de Dios? ¿Se avergonzarían de su candor? ¿Se quejarían de las fatigas, de los trabajos del camino? Infiere de aquí los sentimientos que tendrían a la hora de la muerte. Entonces, ¡qué dulce cosa será haber seguido la estrella! Ah, ¡y qué diferencia tan espantosa entre Herodes y los santos reyes!
Pero, ¿cuál fue el exceso de su gozo cuando advirtieron aquel divino Salvador, en el cual, alumbrados con superior luz, reconocieron que habitaba corporalmente toda la plenitud de la divinidad? Penetrados de los más vivos sentimientos de religión, ¡con qué profundo respeto, con qué devoción se postrarían en su presencia! ¿Es parecida nuestra devoción, nuestra piedad, a la de los reyes Magos? Y, sin embargo, el mismo Jesucristo que ellos tenemos nosotros realmente presente en el Sacramento.
¡Ah, dulce Jesús mío, y qué poco me he aprovechado hasta ahora de vuestra divina presencia! ¿Dónde estaba mi fe cuando os he tenido tan poco respeto? o ¿dónde estaba mi respeto cuando os creía presente por la fe? Lloro, Señor, lloro íntimamente mi ceguedad, y mi adoración comienza desde hoy a reparar mis irreverencias.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

La devoción al Niño Jesús

Santos con Nino 01 01

Ama Jesucristo la inocencia de los niños desde que Él mismo se hizo Niño en el cuerpo y en los afectos. Ama Cristo la infancia, como maestra de humildad, regla de inocencia y modelo de mansedumbre. Ama Cristo la infancia y la propone por ejemplo de costumbres a los hombres ya provectos; quiere que todas las edades se conformen con la sencillez de los niños y que se arreglen a ella los que ha de elevar al eterno reino (San León Magno).

Desde tiempos muy antiguos los católicos han tenido mucha devoción al Divino Niño Jesús, y han honrado su santa infancia, considerando esta edad de Jesucristo como una maravilla de inocencia y amabilidad.
San José fue quien junto a la Santísima Virgen ha custodiado a Nuestro Señor Jesucristo en su más tierna infancia. Santa Teresa de Ávila tenía un amor tan grande al Divino Niño que un día al subir una escalera tuvo una visión en la que contemplaba al Niño Jesús tal cual había sido en la tierra. En recuerdo de esta visión la santa llevó siempre en sus viajes una estatua del Divino Niño, y en cada casa de su comunidad mandó tener y honrar una bella imagen del Niño Jesús que casi siempre ella misma dejaba de regalo al despedirse.
En la historia de la Iglesia muchos santos han sido agraciados con la visión del Niño Jesús, entre ellos: San Cayetano, Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua, San Cristóbal, San Bernardino Realino, Santa Inés de Asís, San Estanislao de Kostka, San Félix de Cantalicio, San Juan de Dios.
En el año 1636 Nuestro Señor le hizo a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento esta promesa: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada".

Fuente: cf. devocionario.com

Si somos ovejas vencemos, si nos convertimos en lobos somos vencidos

Lobo y oveja 01 01

Mientras somos ovejas vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero si nos convertimos en lobos entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. Éste, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y por esto te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder.

Es como si dijera: “No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y al mismo tiempo os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder. Así es como yo he determinado que fuera.”
Al decir: Os envío como ovejas, dice implícitamente: “No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles.”

Pero además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. “Mas, ¿de qué servirá nuestra prudencia -es como si dijesen- en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser prudentes en medio de tantos embates? Por mucha que sea la prudencia de la oveja, ¿de qué le aprovechará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?” Ciertamente, la prudencia y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho. Pero veamos cuál es la prudencia que exige el Señor. «Como serpientes -dice-. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú -dice- debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces.»

Así pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo prudente, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud.
La prudencia de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la prudencia.
Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.

Fuente: San Juan Crisóstomo, Homilía 33, Liturgia de las Horas

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