El Detente hizo cesar una epidemia


Santa Margarita María de Alacoque trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”.

Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos. Esta santa devota del Detente lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón. La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat. A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, fallecida en olor de santidad, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países.

En 1870, una dama romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: “Doy mi bendición a este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo este Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.

Fuente: cf. monasteriodelavisitacion-peru.blogspot.com

La Comunión espiritual y su eficacia


La comunión espiritual es la devoción más fácil, breve y útil, a la par que la ocupación más dulce y placentera. Puede hacerse en todo lugar, en todo tiempo, y sin haberla de pedir, sin perder tiempo, y sin que sufran atraso nuestras tareas u ocupaciones, ni puedan impedirla las enfermedades: basta quererla. De aquí es que la beata Águeda de la Cruz comulgaba cien veces entre día, y otras tantas durante la noche; y la vida de la beata Juana de la Cruz puede decirse que era una no interrumpida comunión espiritual: tan fácil es. En cuanto a su utilidad, bastará decir que apareciéndose Jesucristo a la citada Juana, le dijo: que la gracia que se la comunicaba con la comunión espiritual es tanta, cuanta recibía al comulgar sacramentalmente. Aunque sea menor la que a ti se comunique por ser menos fervoroso, siempre será mucha, si procuras hacerlo con toda la devoción y fervor que puedas.

Consiste, pues, esta comunión espiritual en un inflamado deseo de recibir a Jesús sacramentalmente, y participar de las gracias y favores que Él prodiga a los que logran la feliz suerte de acercarse a la sagrada Mesa; pero este deseo exige que no se tenga pecado mortal en la conciencia, o que uno se excite primeramente a contrición de sus pecados.

Para facilitarla, he aquí algunos modos prácticos y tradicionales:

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos.

O bien la Fórmula de San Alfonso María de Ligorio:

Creo, Jesús mío, que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi alma. Pero como ahora no puedo recibiros sacramentado, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. (Pausa en silencio para la adoración)

Como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Ti. No permitáis, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén.

Aquí calla, adora y entrégate a Jesús sin reserva. Crede, et manducasti,dice San Agustín: Si con fe viva deseas comulgar, ya comulgaste espiritualmente.

Fuente: Cf. Manual del cristiano, 1923

Reparadores del Corazón Eucarístico


“Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume, y no hallo a nadie que se esfuerce, según mi deseo, en apagármela correspondiendo de alguna manera a mi Amor.”

Esta frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita debería traspasar como una lanza el corazón de todo cristiano. ¡Nuestro Señor tiene sed de ser amado en la Eucaristía! Es como si dijera a cada uno de nosotros: Tanto te ama mi Corazón Eucarístico que siente una ardiente necesidad de ser amado por ti. ¿Podremos permanecer indiferentes a este clamor del Corazón de Jesús? ¿No deberíamos vivir espiritualmente en el Sagrario, ofreciéndole todo lo que emprendamos durante la jornada?

Tal vez, distraídos como somos, nos cueste mantener esta intención en todos los momentos del día, pero ¿por qué no procurar al menos renovarla cada mañana, al iniciar una tarea, al llegar el momento del descanso? El amor es ingenioso: una estampa sobre el escritorio, una medalla en el vehículo, un simple “IHS” escrito en la hoja de estudio, pueden servirnos de memorándum para elevar nuestra alma y nuestro corazón al divino Prisionero del Sagrario. Incluso las campanadas de un reloj o hasta el sonido del teléfono podemos acostumbrarnos a tomarlos como recordatorios para hacer un acto de amor a nuestro Señor. Inscribirnos en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico para ofrecer una hora de nuestro día en reparación de este divino Corazón puede ser también un medio muy a propósito para contribuir a calmar su sed de amor.

“Amor, reparación, desagravio” es el lema de los devotos del Corazón de Jesús. La reparación y el desagravio que Él nos pide es nuestro amor, manifestado aun en los acontecimientos más insignificantes, en las tareas -pequeñas o grandes- que nos tocan emprender. “Oh Jesús, esto es por tu amor y en reparación de tu Corazón Eucarístico”. “Todo por Ti, Corazón Eucarístico de Jesús”. Todo: esta oración, este trabajo, este dolor, esta alegría, este cansancio, esta visita al Sagrario... Todo.

El ejercicio de la caridad fraterna -esos pequeños actos de amor al prójimo que siempre encontramos ocasión de practicar- ¡qué gran medio nos proporciona para manifestar nuestro amor al Corazón de Jesús!: “En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de éstos mis pequeños hermanos, conmigo lo hiciste” (Mt 25, 40).

Pero el mayor medio para consolar a Jesús presente en la Eucaristía lo encontramos en la Santa Misa. ¿Qué mayor acto de amor y reparación podemos ofrecerle que este santo Sacrificio, en el cual se renueva místicamente la oblación que este Corazón divino hizo por cada uno de nosotros en la Cruz, desde la cual vuelve a clamar: “Tengo sed”? ¿Cómo no procurar la frecuente asistencia a la Santa Misa para renovar, en el momento del ofertorio, el ofrecimiento de todo nuestro ser al Corazón de Jesús? “Tomad, Señor, y recibid; todo cuanto soy y cuanto tengo os lo ofrezco en reparación de vuestro Corazón Eucarístico”.

Y en el momento de la consagración, cuando el Corazón de Jesús comienza a latir en la Hostia consagrada, ¿cómo no unir nuestro pobre corazón al de Nuestro Señor, haciéndole la ofrenda de nuestro amor? “Haz mi corazón semejante al Tuyo, para que pueda amarte como mereces ser amado por mí”. Ojalá nuestro mayor anhelo sea procurar la unión íntima y profunda con el Corazón de Jesús a través de la sagrada Comunión, diaria de ser posible.

Para reflexionar: el Corazón de Jesús tiene sed, ardiente sed de ser amado en la Eucaristía. ¿Le daremos el agua fresca de nuestros actos de amor o el vinagre de nuestra indiferencia?

Quienes estén interesados en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico, escribir un mail a: sobieskyjuan@arcadei.org

La Eucaristía y la muerte del Salvador


La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. Cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del Amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía!

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones señaladas para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipes de la resurrección gloriosa de Jesús.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera de corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu redención!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Si el mundo que busca a Dios supiera


Si el mundo que busca a Dios supiera... Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y asombraos. Dios está en el corazón del hombre, yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir.

Fuente: De los escritos de San Rafael Arnáiz

“Dios me ve”

El Beato Esteban Nehme, monje maronita

Los contemporáneos y amigos del beato Esteban relatan que siempre repetía, en secreto y en público, esta expresión: “Dios me ve”. Tenía ante los ojos a Dios, y hacía todo su trabajo como si estuviera en presencia de Dios. Repetía esta expresión seguro de que Dios le estaba mirando fijamente, penetrando en lo más profundo de su ser, para sondear sus pensamientos y sus deseos.

“Dios me ve” era el lema de su vida, meditaba en su significado espiritual y se refugiaba en él cuando las tentaciones y las dificultades turbaban la lucidez de su espíritu y la pureza de su mente. El pensamiento en Dios dominaba todos sus pensamientos. Dios y siempre Dios. Dios está aquí, murmura en su corazón, y así el trabajo se hace con más ánimo y el dolor se vuelve menos intenso. “Dios me ve” y la obediencia se vuelve más fácil, la pobreza se vuelve agradable, la tentación se aleja. “Dios me ve” y la intención se vuelve pura, los méritos se multiplican. “Dios me ve” y el pensamiento en Dios no nos abandona.

El beato tenía el pensamiento en Dios y a Dios a su alrededor. En el canto de los pájaros, el verdor de los árboles, en el trabajo, en todo esto veía a Dios. Lo veía en estas cosas aún más que en las fortunas y el dinero, y más que en la buena salud. No es suficiente para el amor la presencia del amado, sino hablar con él con respeto, confianza y alegría. Rezaba “Dios me ve” con mucho respeto. El Padrenuestro, que era un acto de esperanza y gratitud para él, lo rezaba de tal manera que la presencia de Dios llenaba su corazón de alegría y consuelo. Jamás empezaba un trabajo o una oración antes de decir con humildad: “Ahora voy a hablar a Dios, Dios me ve.” Así su interior se enciende más y más, se eleva con una piedad ardiente, y le cubre una paz celestial.

“Dios me ve” era el lema que había realizado efectivamente, haciendo todo lo que complace a Dios. Decidió vivir bajo la mirada de Dios, estar ante los ojos de Dios y gozar envuelto en su Divina Presencia, dándonos un ejemplo a imitar.

Fuente: Cf. estephannehme.org

Jesús, mi Cielo

Santa Teresa de Los Andes

¿Hay algo bueno, bello, verdadero que podamos concebir que en Jesús no esté? Sabiduría, para la cual no hay nada secreto; poder, para el cual nada existe imposible; justicia, que lo hace encarnarse para satisfacer por el pecado; providencia, que siempre vela y sostiene; misericordia, que jamás deja de perdonar; bondad, que olvida las ofensas de sus criaturas; amor, que reúne todas las ternuras de una madre, del hermano, del esposo y que, haciéndolo salir del abismo de su grandeza, lo liga estrechamente a sus criaturas; belleza, que extasía... ¿Qué otra cosa imaginas que no esté en este HombreDios?

¿Temes acaso que el abismo de la grandeza de Dios y el de tu nada jamás podrán unirse? Existe en él el amor; y esta pasión lo hizo encarnarse para que, viendo un HombreDios, no temieran acercarse a él. Esta pasión hízolo convertirse en pan, para poder asimilar y hacer desaparecer nuestra nada en su Ser infinito. Esta pasión le hizo dar su vida, muriendo muerte de cruz.

¿Temes acercarte a Él? Míralo rodeado por los niños. Los acaricia, los estrecha contra su Corazón. Míralo en medio de su rebaño fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. Míralo sobre la tumba de Lázaro. Y oye lo que dice a Magdalena: Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho. ¿Qué descubres en estos rasgos del Evangelio, sino un corazón bueno, dulce, tierno, compasivo, un corazón, en fin, de un Dios? Él es mi riqueza infinita, mi beatitud, mi cielo.

Fuente: De los escritos espirituales de santa Teresa de Jesús de Los Andes

La Comunión frecuente (I)


Habiendo instituido Jesucristo el Sacramento de la Eucaristía para bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a Él, no sólo algunas veces, sino muy a menudo. He aquí las palabras con que nos invita: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, y yo os aliviaré”. En otra parte hace las más consoladoras promesas a los que se alimentan de su divina Carne: “Yo soy el Pan vivo, que descendí del Cielo; el que come de este Pan vivirá eternamente, y Yo lo resucitaré en el último día”. Para corresponder a estas invitaciones del divino Salvador, la Santísima Virgen y los cristianos de los primeros tiempos iban todos los días a oír la palabra de Dios, y todos los días se acercaban a la Santa Comunión. En este Sacramento encontraban los Mártires su fortaleza, las Vírgenes su fervor y los Santos su valor.

Si queremos secundar los ardientes deseos de Jesucristo y atender a nuestras necesidades, debemos comulgar con mucha frecuencia. Así como el maná sirvió de alimento diario a los Hebreos, durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día en que entraron en la tierra prometida, así la Santa Comunión debe ser nuestro Pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos llegar a la verdadera tierra prometida que es el Paraíso. San Agustín escribe: “Si todos los días pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no procuramos también alimentarnos todos los días con el Pan espiritual de la Santa Comunión?”.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Una joven que asumió su enfermedad como camino de santidad


“Una joven laica que se presenta como excelso modelo para la Iglesia de hoy, sobre todo para los jóvenes y para los enfermos”. Así definió el Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos a Benedetta Bianchi, beatificada el 14 de septiembre de 2019. Benedetta padeció desde su adolescencia una poliomielitis que le produjo graves secuelas físicas y una rara enfermedad degenerativa que terminaría causándole una parálisis total y, finalmente, la muerte.

En la homilía de la Misa de beatificación el Cardenal Becciu destacó que la beata Benedetta Bianchi, fallecida en el año 1964 a los 27 años, “fue un verdadero testimonio de la cruz. Ella inmoló su propia vida siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con Él. Nos encontramos ante una existencia fascinante: la grandeza humana y espiritual de una joven extraordinariamente dotada, que consiguió superar valientemente, y traducir en clave evangélica, las condiciones más negativas que puedan acompañar a un individuo”.

El Cardenal destacó que, como consecuencia de su enfermedad, todo el cuerpo de Benedetta “se convirtió en un crucifijo viviente: sordera, ceguera, parálisis, insensibilidad, privación del olfato, afonía, la casi total anulación de las comunicaciones con las personas y con su entorno”. Sin embargo, “esta secuencia de sufrimientos y de destrucción física llevará a Benedetta a una profunda unión con Dios en la oración y, por lo tanto, a una gran heroicidad en el ejercicio de todas las virtudes”.

“Gracias a Benedetta, concluyó el Cardenal, comprendemos algo más la sabiduría de la Cruz y le estamos profundamente agradecidos por habernos conducido hacia la comprensión del sufrimiento que, abrazada a la cruz, abre las puertas del cielo y se convierte en vehículo de luz que aclara cuanto de absurdo e incomprensible pueda haber en la existencia humana”.

Fuente: aciprensa.com

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración


¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Acercándonos a la Navidad


En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este “niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, Él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.

Preparémonos para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros.

Vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente Él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A Ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 24 de diciembre de 2006

Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Rosa Mística


La rosa es símbolo y figura de la Virgen María, Reina de los Santos y, después de Jesucristo, el ornato principal del jardín místico de Dios que es la Iglesia, más aún, después de Dios, Ella es el esplendor y el ornato del Cielo.

María Santísima floreció en la primavera del mundo, Mística Rosa, pues de sus purísimas entrañas nació Jesucristo, restaurador del mundo.

La rosa nace, crece, abre sus hermosas hojas, esparce su suave fragancia entre las espinas; éstas la rodean y la envuelven por todas partes. María nació, creció, llegó a su singular perfección entre muy punzantes espinas. Las adversidades la elevaron a una sublime santidad. Escogida por Dios para ser copia fiel del Hijo venido a la tierra para sufrir y morir por nosotros y predestinada a ser con el Hijo, Corredentora.

En sus distintos grados, que van del recogimiento interior hasta la unión perfecta del alma con Dios, la vida mística se resume en un intenso acto de amor.

María Santísima vivió y experimentó en su propio ser el Misterio de la Encarnación del divino Verbo en su Purísimo Seno; ¡en qué estado de Mística contemplación viviría Ella esos nueve meses! Y después, el resto de su vida. A qué estado espiritual llegaría su alma Inmaculada. Ella vivió un continuo e inagotable acto de Amor a Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Honorable


Vaso digno de honor. El honor es la expresión o testimonio exterior que se da a una persona por sus virtudes o por su dignidad. Expresión o testimonio que se rinde con palabras o con hechos. Llamar a María, Vaso Honorable equivale a testimoniar su dignidad y sus virtudes.

María es adoptada desde toda la eternidad, por el Padre como Hija, escogida por el Espíritu Santo como Esposa, elegida por el eterno y Divino Hijo como Madre; Hija, Esposa y Madre respectivamente de las Augustas Personas de la Santísima Trinidad, que la harán digna por la inagotable generosidad de Ellas; y así María de una realeza sin nombre, de una pureza sin medida, de una santidad sin igual, después de la de Dios, avanza triunfadora del mal, hacia el Trono del Altísimo y es saludada por el Padre: ¡llena de gracia!, por el Hijo: ¡el Señor es contigo!, por el Espíritu Santo: ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

Esta admirable elección y exaltación de María le abrió los tesoros inagotables de las gracias, de los dones y de los privilegios, con los que Dios quiso ensalzarla y honrarla: la Inmaculada Concepción, la Purísima Virginidad unida a la Divina Maternidad, la Asunción en cuerpo y alma al cielo, la gloria triunfal que la coronó Reina del Cielo y de la tierra.

El honor que se tributa a la Madre redunda ciertamente en el Hijo, en el honor de Quien la hizo tan hermosa.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Espiritual


En sentido extenso y metafórico, la Sagrada Escritura llama vaso a toda cosa, aún a la persona humana, porque toda criatura en las manos de Dios es como un vaso en la mano del alfarero. Vaso espiritual significa pues, Persona espiritual.

Enseña Santo Tomás de Aquino que en la Sagrada Escritura los hombres son comparados a los vasos, o se llaman vasos bajo cuatro aspectos: por la constitución, por el contenido, por el uso para el cual sirven y por el fruto que traen.

Por la constitución, esto es por la materia y por la forma que el artífice le imprime; tanto más noble y precioso cuanto más preciosa es su materia. María Vaso de oro purísimo, bella y hermosa de alma, la más preciada perla. Dios trabajó esta materia con exquisito cuidado, arte y habilidad y le dio la más hermosa y preciada forma. Dios manifestó en esta singular criatura toda su Sabiduría y Poder Infinito.

El vaso es tanto más estimable en cuanto que está más lleno. Ninguna criatura, ni angelical ni humana es más apreciable que María. Dotada por la generosidad divina de gracias, dones y privilegios, desde el primer instante de su vida; llena la mente y el corazón de Dios, no menos que su purísimo Seno Virginal. Y tanto más estuvo llena de Dios, cuanto más perfectamente estuvo vacía de sí misma.

La nobleza del vaso se revela además por el uso al cual se destina. El uso más digno y más glorioso es al que fue predestinada la Virgen María. La Divina Maternidad es la cumbre de la nobleza y de la gloria.

Por el fruto, esto es por las ventajas y los bienes que nos aportó este Vaso de Elección. Fruto suyo fue Jesucristo, la Redención del género humano y la santificación de las almas, en resumen, todo cuanto tenemos de bueno en este mundo y tendremos en el otro.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Trono de la Sabiduría


El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría. Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.

Él se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.

Por encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura. En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Poderosa


Cuando decimos que María Santísima es omnipotente, no la igualamos a Dios, ni decimos que Ella lo sea por sí misma, este poder, del cual Ella está revestida le viene de Dios, le fue comunicado por gracia especial de Dios.

María es poderosa porque su poder se asocia al de su Hijo Jesucristo. Su divina Maternidad es el fundamento principal de su poder.

Es imposible determinar los límites de esta omnipotencia participada.

Existen dos mundos: el mundo de la materia y el mundo sobrenatural de las almas.

Dos órdenes de omnipotencia: La omnipotencia de Dios Creador y la omnipotencia de Dios Redentor y Santificador.

La omnipotencia participada de María brilla principalmente en el universo sobrenatural en el cual Ella ha sido constituida Madre espiritual de los redimidos, cooperadora de Cristo en la redención y en la salvación de las almas. Decimos principalmente, porque también en el orden físico Ella ejerce un gran poder, como lo prueban las numerosas curaciones que concede a sus devotos. Basta recordar los milagros de Lourdes.

El poder de María Santísima tiene por fin cooperar a la obra de la Redención, a la cual están llamados todos los seres humanos sin distinción y, a alcanzar los bienes de los que tienen necesidad.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Venerable


La santidad es la perfección en el amor. La esencia de la perfección evangélica consiste en la unión con Dios. Dios es Santo por naturaleza; nosotros cuando estamos unidos a Él, somos santos por gracia. La unión con Dios es efecto de la caridad, cuando el cristiano observa y vive perfectamente el precepto básico de la ley evangélica: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” y el segundo: “Ama al prójimo como a ti mismo”, está viviendo la santidad.

La medida de la santidad de María es su ardiente Caridad de Madre de Dios. Para conocer lo digna que es de veneración, sería necesario profundizar en los abismos inaccesibles de su corazón y medir su amor y esto solo Dios puede hacerlo.

La gracia de Dios es la que nos hace santos, es por eso que la plenitud de la gracia confiere la plenitud de la santidad. La gracia, semilla y fruto de la santidad, hace que Dios esté en nosotros y nosotros en Dios.

María fue declarada y proclamada solemnemente de parte de Dios, por medio del Arcángel Gabriel: llena de Gracia.

¡Cuán Santa y Venerable eres, oh Madre!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre de Cristo


Siendo Jesucristo Dios, Creador y Salvador, podría parecer que es lo mismo llamar a María, Santa Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre del Creador, Madre del Salvador. Pero estos diversos títulos no expresan lo mismo, indican diversos aspectos bajo los cuales es considerada la misma Persona adorable del Redentor, diversos oficios de esta divina Persona, o distintos beneficios que se derivan de Cristo y de María. Madre de Cristo significa que María participa, en cuanto es posible a la criatura, de la dignidad y excelencia de Cristo y de los beneficios por El otorgados.

La palabra griega Cristo significa ungido o consagrado. Antiguamente eran consagrados con la unción los sacerdotes, los reyes y los profetas; y Jesús es por excelencia el Sacerdote, el Rey y el Profeta; también se consagraban los vasos sagrados destinados al culto divino.

Cuando saludamos e invocamos a María como Madre de Cristo, significamos que Ella es vaso consagrado a Dios; que por las íntimas y singulares relaciones que la acercan a su Divino Hijo, participa en cierto modo de la dignidad de sacerdote, de rey y de profeta. María fue vaso consagrado y tiene participación en el sumo Sacerdocio de Cristo.

Desde el primer momento de su existencia Ella estuvo llena de la Divina Gracia, óleo precioso y fue destinada a contener durante nueve meses a la Santidad por esencia.

María participa del Eterno Sacerdocio de Jesucristo, de Cristo Sacerdote que se ofreció a Dios una vez sobre el altar de la Cruz, derramando entre grandes dolores su Sangre de precio infinito por nuestros pecados y se ofrece cada día de modo incruento sobre los altares por manos de los Sacerdotes. Ella participa del sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía.

En primer lugar suministró la materia: aquel Cuerpo Divino que fue inmolado en la Cruz, en el Calvario y que continuamente se inmola en las Iglesias, es Cuerpo formado de la sola substancia de María Santísima, puesto que Ella es Madre Virgen; la Sangre que un día fue derramada en la Pasión y en la Muerte del Hombre-Dios y que todos los días se derrama místicamente en el Perenne Sacrificio, es Sangre de María, suministrada por Ella al Hijo de Dios. En segundo lugar, participa del Sacrificio de la Cruz y del de la Eucaristía, porque ofreció con Jesucristo Primero y Sumo Sacerdote, el Sacrificio del Calvario y sigue ofreciendo sobre los altares la Víctima Divina porque el Sacrificio de la Misa es prolongación del de la Cruz.

Por esto María Santísima es llamada Corredentora e invocada como Madre de Cristo.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Es preciso comulgar bien


La sagrada Comunión es Jesús mismo recibido sustancialmente en nosotros, en nuestra alma y en nuestro cuerpo, bajo forma de alimento, para transformarnos en sí comunicándonos su santidad primero y después su felicidad y su gloria.

Por la sagrada Comunión Jesucristo nace, crece y se desarrolla en nosotros. Todo su deseo es que le recibamos y le recibamos a menudo; tal es también el consejo de la santa Iglesia, la cual pone a nuestra disposición todos sus medios de santificación para mejor disponernos a recibirle bien, así como todo su culto tiende a prepararnos la Comunión y a dárnosla.

Si conociéramos los dones y las virtudes que nos trae la Comunión, suspiraríamos de continuo por ella. Una Comunión basta para santificar a uno en un instante, por ser el mismo Jesucristo, autor de toda santidad, quien viene.

Mas es preciso comulgar bien, y una buena Comunión no se concibe sin la debida preparación y acción de gracias.

Adorad con viva fe a Jesús, presente en el santísimo Sacramento, en la sagrada Hostia que vais a recibir; adoradle exteriormente con el más profundo respeto del cuerpo y con la mayor modestia de los sentidos; adoradle también interiormente con profunda humildad, rendidle homenaje con todas las facultades del alma, diciéndole, con santo Tomás, a impulsos de vuestra fe: Vos sois mi Señor y mi Dios.

Dad gracias por don tan soberano del amor de Jesús, por esta invitación a su mesa eucarística que os dirige a vosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Práctica del amor al Corazón de Jesús


Animarnos al amor del Corazón de Jesús

Mediante la consideración frecuente de su amor hacia nosotros. Para ayudamos a esto poseemos dos libros:

El santo Evangelio. En él tenemos: La vida de Jesús y su entrega al Sacrificio de la cruz por nosotros. El poema del amor que jamás imaginó ningún poeta. La historia del amor más grande, del amor que ha asombrado a los cielos y a la tierra. Las palabras de Jesús.

El Corazón de Jesús. Es el libro del amor en el que los santos han aprendido, mejor que en los otros libros, el camino de la Verdad y de la salvación.

Mediante la oración. Por este “trato de amistad a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa), crecerá día tras día nuestro amor por El.

Mostrar nuestro amor al Corazón de Jesús

Con sentimientos: práctica del amor afectivo. Los afectos principales son: La complacencia. Contemplando sus perfecciones y gozándonos de su gloria. La benevolencia. Mostraremos nuestro amor a Jesús tomando como nuestros sus intereses y deseos, deseando que se realicen y mostrándonos dispuestos a cooperar en la medida de nuestras fuerzas y recursos. El deseo de unión. Ansiando vivir sólo para Jesús y aprovechando todos los medios que nos permitan unimos más a Él.

Con obras: práctica del amor efectivo. Prácticas generales. Evitar cuanto desagrada al Corazón de Jesús: el pecado. Y no resistir a las gracias con las cuales nos llama a una vida mejor y más santa. Hacer cuanto agrada al Corazón de Jesús. Guardar sus preceptos, seguir sus inspiraciones y consejos, obrar con la intención de glorificarle.

Prácticas particulares. La comunión de los nuevos primeros viernes. Práctica excelente, recomendada por la Iglesia.

Consagración al Corazón de Jesús: Consagración personal.

Consagración de las familias, las naciones y el género humano. Son las tres formas de reconocer el reinado social del Corazón de Jesús.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Jesús manso y humilde de Corazón


En su forma eucarística, Jesús nos enseña a anonadarnos para asemejarnos a Él: la amistad exige la igualdad de vida y de condición; para vivir de la Eucaristía nos es indispensable anonadarnos con Jesús, que en ella se anonada.

Entremos ahora en el Alma de Jesús y en su Sagrado Corazón, y veamos qué sentimientos han animado y animan a este divino Corazón en el Santísimo Sacramento.

Nosotros pertenecemos a Jesús sacramentado. ¿No se da a nosotros para hacernos una misma cosa con Él? Necesitamos que su espíritu informe nuestra vida, que sus lecciones sean escuchadas por nosotros, porque Jesús en la Eucaristía es nuestro Maestro. Él mismo desea enseñarnos a servirle para que lo hagamos a su gusto y según su voluntad, lo cual es muy justo, puesto que Él es nuestro Señor y nosotros sus servidores.

Ahora bien, el Espíritu de Jesús se revela en aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El espíritu de Jesús es de humildad y de mansedumbre, humildad y mansedumbre de corazón, es decir, humildad y mansedumbre aceptadas y amadas por imitar a Jesús. Nuestro señor Jesucristo quiere formarnos en estas virtudes y para esto se halla en el Santísimo Sacramento y viene a nosotros. Quiere ser nuestro Maestro y nuestro guía en estas virtudes: sólo Él puede enseñárnoslas y darnos la gracia necesaria para practicarlas.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

«Quédate con nosotros Señor»


Los discípulos que iban a Emaús se sintieron interiormente conmovidos, inflamados e iluminados con la conversación de aquel divino extranjero que se les juntó en el camino. Cuando éste los quiso dejar le dijeron: “Permanece con nosotros, porque se hace tarde”. No se cansaban de oír al Señor, y, al perderle, les parecía que lo perdían todo.

Lo mismo podemos decir ahora a Nuestro Señor: “Quédate con nosotros, Señor, porque sin Ti se nos echa encima la noche, una noche terrible”. La Eucaristía es, en efecto, el bien supremo del mundo. La mayor desgracia que nos puede sobrevenir es privarnos de la Eucaristía.

Sí, Jesús es el soberano bien. “Con Él -dice la Sabiduría- me han venido todos los bienes”. Y san Pablo exclama: “Habiéndonos dado Dios a su propio Hijo, ¿cómo no nos había de dar con Él todas las cosas?”. En efecto, nos ha dado todo lo que tiene, todo lo que es; no pudo hacer más. Con Jesús Eucaristía la luz brilla sobre la tierra. Con la Eucaristía tenemos el pan de los fuertes, el viático para los caminantes, el pan de Elías que nos da fuerza para subir hasta la montaña de Dios, el maná que nos hace tolerable el horror del desierto. Con Jesús tenemos consuelo, tenemos reposo en las fatigas y agitaciones de nuestra alma y bálsamo que sirva de lenitivo a los acerbos dolores del corazón. En la Eucaristía encontramos el remedio para nuestros males, un medio seguro de satisfacer por las nuevas deudas de los pecados que continuamente contraemos con la justicia divina. Jesucristo Nuestro Señor se ofrece todos los días como víctima de propiciación por los pecados del mundo.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Eucaristía y la familia


La Imitación de Cristo dice: “Cuando Jesús está presente, todo es bueno y nada se hace difícil; mas cuando está ausente, todo es duro”.

Contemplemos una familia agrupada, reunida en torno de su cariñoso padre: es una familia feliz. Mas si se le arrebata el jefe, las lágrimas ocupan el lugar de la alegría y de la felicidad; faltando el padre, ya no hay familia.

Ahora bien, Jesús vino al mundo para fundar una familia: “Los hijos estarán contentos -dice el Profeta- alrededor de su mesa como nuevos retoños de olivo”. Que desaparezca nuestro Jefe y la familia se habrá dispersado.

Sin Nuestro Señor Jesucristo, nosotros nos hallaríamos como los apóstoles durante la Pasión, errantes y sin saber qué iba a ser de ellos, y eso que estaban cerca de Jesucristo, y de Él lo habían recibido todo; habían visto sus milagros, acababan de ser testigos de su vida, pero les faltaba el padre y ellos no constituían ya una familia, ni eran entre sí hermanos, sino que cada uno andaba por su lado.

¿Qué sociedad puede subsistir sin jefe? La Eucaristía es, por consiguiente, el lazo de unión de la familia cristiana.

Ved la gran familia cristiana, la Iglesia: celebra muchas fiestas, y es fácil comprenderlo; fiestas en honor del Padre de familia, en honor de la Madre y de los santos, que son nuestros hermanos; y así todas estas fiestas tienen su razón de ser. ¡Bien sabía Jesucristo que mientras durase la familia cristiana, Él había de ser su padre, su centro, su alegría y su felicidad! Por eso, cuando nos encontramos unos con otros, podemos saludarnos con el título de hermanos, pues acabamos de levantarnos de la misma Mesa; así los apóstoles llamaban instintivamente hermanos suyos a los primeros cristianos.

¡Ah! El demonio sabe también perfectamente que, alejando las almas de la Eucaristía, destruye la familia cristiana.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Corazón de Jesús principio de todo bien


Oh Señor Jesús, el olor de tus perfumes más fuerte que el de todos los aromas, acaricia suavemente mi olfato; tus perfumes ejercen sobre mí una deleitable violencia que me atrae a Ti.

Allí, sobre el altar de tu Corazón, encuentro el puerto seguro que los vientos agitados no pueden jamás turbar; en tu Corazón encuentro el reposo al abrigo de las tempestades; en tu Corazón encuentro delicias exquisitas que no engendran el disgusto y no están expuestas a ninguna alteración; en tu Corazón encuentro una paz profunda que ninguna disensión podrá turbar, una alegría que ninguna tristeza podrá cambiar, una felicidad sin nubes, una dulzura infinitamente dulce, una serenidad infinitamente serena: es en tu Corazón que encuentro el principio primero de todos los bienes, la fuente primordial de toda suavidad, de toda santa alegría.

De tu Corazón, oh Dios, derivan toda felicidad, toda dulzura, toda serenidad, toda tranquilidad, todo gozo, toda paz, toda alegría, en una palabra, todos los bienes: ellos derivan como de su fuente única e inagotable, para llegar enseguida a los corazones de todos los hijos de Dios, que son los ángeles y los hombres. ¿Y qué bien podría existir y cómo podría ser bien si no viniera de ti, Señor, bondad verdadera, bondad soberana, bondad única? ¡Ah, qué bueno es sacar todo lo que es bueno de esta fuente inagotable del Sagrado Corazón! ¡Qué bueno es embriagarse de esta fuente de los gozos! ¡Qué perfecto, que delicioso e incomparable el olor de esos preciosos perfumes, quiero decir el olor de tus Virtudes, oh mi Jesús! Este olor invita a venir al altar, a ese santuario de tu Sagrado Corazón, atrae a aquellos que invita, conduce a aquellos que atrae, no engaña a aquellos que conduce; al contrario los fortifica de manera que sin peligro puedan de ahora en adelante reposar de sus trabajos en la paz de su Corazón.

Fuente: De los textos espirituales de Lanspergio, cartujo

El Padre Pío en los altares (V)


El Padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del Sacramento de la Penitencia. Los peregrinos tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio tan importante.

Este santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir: “Soy un pobre fraile que ora”, convencido de que la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios. Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los Grupos de oración fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa. Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 16 de junio de 2002

El Padre Pío en los altares (I)


Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos.

Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores”. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. La vida de este humilde hijo de san Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo.

¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar donde está Él? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la Resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección. Para el Padre Pío la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que el Calvario es la montaña de los santos.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 2 de mayo de 1999

La fecundidad del apostolado reside en la oración y los sacramentos

Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación.

El creyente, en virtud del bautismo, que lo incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una relación ininterrumpida y vital. Está llamado a ser santo y a colaborar en la salvación de la humanidad.

“Tomó, pues, Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”. El libro del Génesis, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

Difundid en la sociedad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Pero para cumplir una misión tan ardua hace falta un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. La fecundidad del apostolado reside, ante todo, en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Este es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

Que la Virgen haga de cada uno un testigo auténtico del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa contribución a la construcción del reino de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y 6 de octubre de 2002

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