El odio a la fe y el triunfo del martirio

Beata Apolonia del Santísimo Sacramento

Apolonia Lizárraga nació Navarra, el Jueves Santo de 1867. A sus 19 años, ingresó en las Carmelitas de la Caridad, eligiendo, al hacer sus votos, el nombre de Apolonia del Santísimo Sacramento. Sor Apolonia fue Superiora en Sevilla, y en 1909 se hallaba en el Colegio de Vic cuando la Semana Trágica hizo un ensayo de revolución, siendo testigo del incendio de los templos. Su espiritualidad se centraba en el Corazón Eucarístico de Jesús, y en la devoción a la Virgen del Carmen y a San José. Su lema era "Confiar contra toda confianza, y esperar contra toda esperanza". En 1923 era elegida Superiora General.

En 1932 escribía: "Aquí estamos preparándonos para sucesos desagradables, aunque no sucederá más que lo que el Señor permita; suyas somos y Él cuidará de nosotras". En 1935 escribía a sus Comunidades: "Tengan mucho ánimo y más confianza en el Sagrado Corazón, en la Santísima Virgen y en San José, a quienes he entregado las Hermanas, los Colegios y todo lo nuestro, y que no nos dejarán si nosotras le somos fieles y les amamos más y más... Ellos nos darán las gracias para lo que tengamos que sufrir".

Llegó el estallido de la cruenta persecución religiosa. El 20 de julio de 1936 trasladó el Santísimo de la Iglesia al Oratorio y la Madre Apolonia organizó velas ante Él durante toda la noche. El martes 21 llegaron a Vic camiones de milicianos de Barcelona que comenzaron a incendiar iglesias y conventos y quemar imágenes religiosas. A las 4 de la tarde los milicianos golpeaban las puertas de la Casa General de las Carmelitas de la Caridad y les ordenaban salir a todas menos a la superiora. Esta fue llevada prisionera a un lugar de tortura, la desnudaron en un patio, le ataron de las muñecas y tobillos y con un serrucho le cortaron brazos y piernas mientras la mártir rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer a unos cerdos hambrientos que tenían allí.

La Madre Apolonia fue beatificada en Roma el 28 de octubre de 2007.

Fuente: cf.hispaniamartyr.org

Hoy recordamos el nacimiento del Beato Pier Giorgio Frassati

Fotos del Beato Pier Giorgio en brazos de su papá, y del día de su Beatificación

En el solemne rito de esta mañana, tuve la alegría de proclamar beato a Pier Giorgio Frassati, señalándolo como modelo heroico de perfección cristiana para toda la Iglesia.

El joven Frassati nos invita a no rendirnos a la tentación del desaliento y nos exhorta a abrazar la vocación cristiana sin reservas, ya que solo Cristo puede dar un sentido pleno a la existencia del hombre y llenar su corazón de paz y de profunda alegría.

Mirando al nuevo beato, no es difícil comprender que el secreto de la santidad, la vocación universal de los bautizados, está verdaderamente al alcance de todos: se trata de recibir la voluntad del Padre todos los días con amor y estar preparados para llevarla a cabo sin vacilaciones.

El joven Frassati es un maestro a seguir. La oración y la contemplación, el silencio y la práctica de los sacramentos dan sustancia y tono a su apostolado múltiple y toda la existencia, animada por el Espíritu de Dios, se transforma en una aventura maravillosa. Todo se convierte en ofrenda y regalo, incluso la enfermedad, incluso la muerte. Este es su mensaje y por eso continúa hablando a todos, especialmente a los jóvenes de nuestro tiempo.

Queridos jóvenes, la Iglesia les pide que sean santos en la “normalidad” de la existencia, como lo fue Pier Giorgio Frassati, a cuya protección los encomiendo. Proclamen por encima de todas las cosas, la fe que, como el beato Frassati recuerda, “es el único gozo que puede satisfacernos en este mundo; sólo ella da a cada sacrificio su valor”. (Pier Giorgio Frassati, Cartas, 1925).

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso a los peregrinos presentes en Roma para la beatificación de Pier Giorgio Frassati el 20 de mayo de 1990

Habrá niños santos - Venerable Raquel Ambrosini


Raquel, hija única del doctor Alberto Ambrosini y Filomena Sordillo, nació el 2 de julio de 1925 en Pietradefusi, Italia. Algunos testigos dicen que sus primeras palabras fueron “Ave María”, las que todos los días escuchó a su madre recitando durante la oración del Rosario.

Era una niña generosa, caritativa, humilde, silenciosa, extremadamente buena, como una pequeña azucena a la que se le permite por un corto tiempo darle a la tierra el encanto de su perfume.

Raquel recordaba el día de su primera comunión, el 12 de junio de 1932, como el más bello de su vida. Su primer encuentro con el Señor había puesto en su corazón el deseo de ser más virtuosa, de obedecer más a sus padres y en especial de abandonarse a la Voluntad de Dios.

Más tarde, se mudó a otra ciudad para realizar sus estudios y se unió a la Acción Católica. Se comprometía en sus estudios y tenía un profundo sentido del deber; era muy respetuosa con sus maestras y siempre estaba disponible para ayudar a sus compañeros de clase. Un día escribe a sus amigos: “Amen la vida como el único medio por el cual pueden alcanzar la felicidad eterna en el Cielo; ámenla como un regalo de Dios, abrácenlo con afecto aunque tenga la forma de una cruz”.

En el momento en que escribió estas palabras, la cruz ya está marcando su vida: primero una otitis purulenta, luego un malestar generalizado, finalmente una meningitis. Raquel fallece santamente el 10 de marzo de 1941. Fue declarada venerable el 10 de mayo de 2012.

Fuente: cf. fondazionerachelinambrosini.it

Jesús me ama y me estrecha a su Corazón

Aldo Marcozzi 01 01b

El Siervo de Dios Aldo Marcozzi nació en Milán el 25 de julio de 1914. Recibió una excelente educación cristiana, primero por sus padres, luego por los maestros de la escuela, y a la edad de nueve años comenzó a asistir al Instituto Gonzaga en Milán, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

De su breve existencia no hay episodios extraordinarios, pero todo en su vida diaria fue excepcional, como la inteligencia, la candidez de su alma, el estudio, la devoción ardiente a Jesús y la Virgen, la fidelidad a los deberes cotidianos, la bondad hacia los demás, la oración. Le gustaba el deporte y leía el Evangelio todos los días.

Aldo era un amante de Jesús Eucaristía, un día escribió en su cuaderno: “Jesús me ama y me estrecha a su Corazón con los dulces vínculos de su amor”. Desde la edad de diez años participaba en la misa todas las mañanas haciendo de monaguillo y recibiendo la Comunión; se confesaba todas las semanas, convencido de que incluso el más mínimo pecado ofendía el amor de Jesús Eucaristía. La madre dijo: “La Eucaristía era el deseo más grande de Aldo en la vida y su supremo deseo en la muerte”.
Después de la Misa, el Rosario fue su oración favorita.
En 1927 ingresa en la Acción Católica. Aldo lee atentamente la vida del actual Beato Pier Giorgio Frassati, el titular de su Centro de la Acción Católica, y se propone imitarlo. Llegará a ser, como Pier Giorgio, un cristiano de una sola pieza.

Aldo Marcozzi, golpeado por una enfermedad grave, tuvo una larga agonía, durante la cual no hizo más que suspirar el nombre de Jesús; su muerte, más que una muerte, fue un triunfo de la santidad.
El “adolescente radiante y eucarístico”, murió sonriendo a sus padres y parientes cerca de su cama, el sábado 24 de noviembre de 1928 en su casa en Milán.
Durante el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires en 1934 fue distribuida a los niños una estampa de este joven Siervo de Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

San Ignacio y el discernimiento de los espíritus

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Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre.
Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

Fuente: De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de labios del mismo santo, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del día

La vida de los santos

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A la lectura de los libros de doctrina espiritual hay que añadir la de las vidas de los santos, que encierran ejemplos que arrastran, siempre admirables, imitables muchas veces. Ellas nos narran lo que han realizado, al encontrarse en circunstancias a veces bien difíciles, unos hombres y mujeres que tenían la misma naturaleza que nosotros, que al principio no se vieron libres de debilidades y pecados, pero que con la gracia y la caridad supieron dominar la naturaleza, sanándola, elevándola y dándole vida.
En sus vidas se llega a comprender el verdadero sentido y el alcance del principio: "La gracia no destruye la naturaleza (en lo que tiene de bueno), sino que la perfecciona." En ellos se echa de ver, sobre todo, al fin de las vías purgativa e iluminativa, lo que supone en la vida de unión la verdadera armonía de la naturaleza y de la gracia, normal preludio de la eterna beatitud.
En estas Vidas, se ha de buscar sobre todo, aquello que hay de imitable; y en las cosas extraordinarias hemos de admirar una señal divina que se nos ofrece para sacarnos de nuestra somnolencia, y darnos a entender lo que hay de más profundo y elevado en una vida cristiana ordinaria, cuando el alma es verdaderamente dócil al Espíritu Santo.

Los dolores de los estigmatizados nos han de recordar lo que ha de ser para nosotros la Pasión del Salvador, y cómo deberíamos rezar con mayor fervor cada día, al fin de las estaciones del Vía Crucis, aquella oración: "Sancta Mater, istud agas, Crucifixi fige plagas cordi meo valide.Santa Madre de Dios, imprime fuertemente en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado."
La gracia extraordinaria que permitió a muchos santos, como a Santa Catalina de Siena, beber hasta saciarse en la llaga del Corazón de Jesús, nos ha de recordar lo que para nosotros debería ser la Comunión ferviente, y cómo cada una de ellas habría de ser más amorosa que la anterior, en un continuo acercamiento al Señor. Los ejemplos de los santos, su humildad, paciencia, confianza y caridad desbordante tienen más eficacia para movernos a la virtud que cualquier doctrina abstracta.

Fuente: P. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

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