La felicidad está en la rectitud del corazón


Es un dogma de fe que Dios cuida con amorosísima providencia de todos nosotros. Es nuestro Padre, que sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene y nos gobierna con infinito amor, aunque no acertamos muchas veces a descubrir sus secretos designios en lo que dispone o permite sobre nosotros, sobre nuestros familiares o el mundo entero. (P. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana)

Ajustarse a la divina voluntad y conformarse con ella, queriendo lo que ella quiere y como ella lo quiere y por lo que ella lo quiere, es tener rectitud de voluntad, rectitud de intención y rectitud de corazón. (P. S. Ramírez, La prudencia)

¿Quiénes son los rectos de corazón? Los que quieren lo que Dios quiere. Cuando tú quieres una cosa y Dios otra distinta, eres de corazón torcido y de voluntad perversa. Endereza tu corazón y dirígele a Dios. No pretendas encauzar la voluntad de Dios a la tuya, sino endereza la tuya hacia Dios.

Pero ¿qué quieren los hombres? Poco es que tengan torcida la voluntad; pretenden aún más: quieren torcer la voluntad de Dios según tienen ellos torcido su corazón para que así haga Dios lo que ellos quieren, siendo así que ellos deben hacer lo que Dios quiere. ¿Y quiénes son los rectos de corazón? Los que son como fue Job, el cual dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; conforme agradó a Dios, así se hizo; bendito sea el nombre del Señor. He aquí el corazón recto. Si hemos recibido los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no soportaremos los males? Siendo Dios recto, cuando afianzas en Él tu corazón, te sirve de molde para que tu corazón sea recto. Fija, pues, tu corazón en Él, y le tendrás recto.

Son rectos de corazón los que hacen en esta vida la voluntad de Dios. Es voluntad de Dios que estés sano algunas veces; otras, que estés enfermo. Si la voluntad de Dios es dulce para ti cuando estás sano y amarga cuando estás enfermo, no eres de corazón recto. ¿Por qué? Porque no quieres encauzar tu voluntad en la voluntad de Dios, sino que pretendes torcer la voluntad de Dios a la tuya. La de Él es recta; la tuya, torcida. Tu voluntad debe ser encaminada a la de Dios, no torcer la de Dios hacia la tuya; así serás recto de corazón. ¿Vives bien en este mundo? Bendice a Dios que te consuela. ¿Sufres? Bendice a Dios porque te corrige y prueba. Serás recto de corazón diciendo: Bendeciré al Señor en todo tiempo; siempre su alabanza esté en mi boca (Salmo 31, 2).

Soporta cuanto sufres con recto corazón. Dios conoce lo que te da y lo que te quita. Lo que te da, que te sirva de alivio, no de ruina o destrucción; y lo que te quita, que te sirva de resignación, no de desesperación. Si maldices, Dios te desagrada y te agradas a ti. ¿Pretendes inclinar el corazón de Dios, que siempre es recto, a la perversidad del tuyo? ¡Cuánto mejor te sería encauzar tu corazón hacia la justicia de Dios!

Así como la madera torcida aunque la coloques sobre un pavimento allanado no asienta, no se compagina, no se ajusta, siempre se mueve y cruje -no porque esté desnivelado el piso donde la colocaste sino porque está torcido lo que colocaste- de igual modo cuando tu corazón está depravado y torcido no puede alinearse con la rectitud de Dios ni colocarse en Él para unirse y hacerse un espíritu con el Señor (I Cor 6, 17). Tú querías vivir y no deseabas que te sucediera algo adverso; pero Dios quiso otra cosa. Hay dos voluntades; encáucese la tuya a la de Dios, no se tuerza la de Dios a la tuya. La tuya es anormal; la de Dios es normal. Permanezca la normal para que se corrija, conforme al modelo, la normal.

Fuente: San Agustín, Enarratio in Psalmos

Debemos abandonarnos en Dios y confiar en Él


La Sierva de Dios Benigna Consolata Ferrero y la Venerable Luisa Margarita Claret de la Touché, nos han dado ejemplo de santidad, ejercitando el santo Abandono en Dios, que consiste en una entrega confiada y absoluta a los designios de la voluntad misericordiosa de Dios. Nosotros podemos rezar así:

Mi amabilísimo y fidelísimo Jesús, yo, tu afortunadísimo aunque indignísimo servidor, fiándome plenamente de la inagotable e incomparable Bondad de tu dulcísimo Corazón, abandono todo mi ser a tu misericordiosísima Bondad. Mi Buen Jesús, abandono en Ti mi pasado con todas sus miserias, mi presente con todas mis fragilidades e imperfecciones, mi futuro con mis más queridos intereses, el alma y la eternidad. Jesús mío, Bueno y Misericordioso, el abandonarte cada cosa es un decirte con los hechos que me fio de Ti, que descanso en Ti, que todo lo espero de Ti, que deseo reparar con mi entrega confiada la ingrata desconfianza de los hombres en tu infinito Amor.

La Venerable Luisa Margarita escribía: El alma que se abandona en Dios lo espera todo de parte de Él, no se detiene voluntariamente en las inquietudes, en las lamentaciones, en las previsiones, en los deseos que pueden nacer en ella respecto del pasado, del presente y del porvenir, sino que en todo momento debe mantenerse bajo el influjo de la acción divina, a la simple espera de la voluntad de Dios. El alma así comprometida hará un acto de abandono en la bondad divina cada vez que se sienta turbada por el peso de sus culpas pasadas, temerosa ante la insidia de las tentaciones o afligida por la preocupación de lo que pueda sobrevenirle a ella o a quienes ama.

Abandonarse en Dios, es decirle que recibimos con igualdad de ánimo lo que él nos envíe durante nuestra vida y que aceptamos de antemano el género de muerte que su Providencia haya dispuesto. El acto voluntario de abandono da a Dios, no nuevos derechos sobre la creatura, sino una mayor libertad de acción en ella. Hacer este acto no implica cargar con un nuevo peso, sino más bien quitarnos un gran peso de encima, puesto que la mayoría de nuestras penas, de nuestros tedios y contrariedades no provienen más que del hecho de tener una voluntad personal que anhela algo distinto de lo que Dios dispuso para nosotros; si podemos llegar al punto feliz de no tener ya propio querer, de golpe secaríamos la fuente de nuestras miserias.

El abandono hace sumergir al alma en la voluntad divina. Consiste en dejarse amar por Dios y arrojarse en sus brazos dispuestos a recibir todo, a hacer todo, a soportar todo por El.

No se requiere más que dejarse labrar, cerrar los ojos y abandonarse sin reservas. El amor tiene dos fases: una que mira a Dios, y es el abandono; otra que mira a las criaturas, y es la caridad. Jesús es quien lo hace, y por tanto está bien, yo también lo quiero, tengo confianza en Él, yo me abandono. Me abandono perfectamente, en cuerpo y alma, por el tiempo y la eternidad, a la misericordia infinita de nuestro Señor. Ya en esta vida el abandono tiene su dulce recompensa: la paz interior. ¡Oh, cuán bueno es abandonarse sin reservas al amable Corazón de Jesús!

El trabajo para Gloria de Dios


“Haz prósperas, Señor, las obras de nuestras manos”.

Nuestra tarea, en los hogares, en los campos, en las industrias y en las oficinas, podría convertirse en una actividad afanosa, en definitiva, vacía de significado. Pedimos al Señor que sea más bien la realización de su designio, de modo que nuestro trabajo recupere su significado originario. Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le da este mandato: “Llenad la tierra y sometedla”. San Pablo, se hace eco de estas palabras: “Cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma”, y los exhorta “a que trabajen con sosiego para comer su propio pan”. Por tanto, en el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. A este propósito, resuena en nuestro corazón otra exhortación del Apóstol: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”.

La vida oculta de Jesús en Nazaret. Fue allí donde pasó la mayor parte de su existencia terrena. Con su laboriosidad silenciosa en el taller de san José, Jesús dio la más alta demostración de la dignidad del trabajo. El Hijo de Dios no desdeñó la calificación de carpintero, y no quiso eximirse de la condición normal de todo hombre. La elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al mundo del trabajo; tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre.

Del Evangelio de Cristo deriva la enseñanza de los Apóstoles y de la Iglesia; deriva una verdadera y característica espiritualidad cristiana del trabajo. El mundo contemporáneo tiene necesidad de este “evangelio del trabajo”, para que la actividad humana promueva el auténtico desarrollo de las personas y de toda la humanidad. En este momento, no puedo por menos de expresar mi solidaridad a todos los que sufren por falta de empleo, por salario insuficiente, por indigencia de medios materiales. Tengo muy presentes en mi corazón a las poblaciones sometidas a una pobreza que ofende su dignidad, impidiéndoles compartir los bienes de la tierra. Comprometerse a remediar estas situaciones es obra de justicia y paz.

Amadísimos trabajadores, la figura de José de Nazaret, cuya estatura espiritual y moral era tan elevada como humilde y discreta. En él se realiza la promesa del Salmo: “¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”. El Custodio del Redentor enseñó a Jesús el oficio de carpintero, pero, sobre todo, le dio el ejemplo valiosísimo de lo que la Escritura llama “el temor de Dios”, principio mismo de la sabiduría, que consiste en la religiosa sumisión a él y en el deseo íntimo de buscar y cumplir siempre su voluntad. Esta es la verdadera fuente de bendición para cada hombre, para cada familia y para cada nación.

Bendice, Señor, el trabajo diario con el que el hombre se procura el pan para sí y para sus seres queridos. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 1 de mayo de 2000

El valor de la obediencia (II)


Uno de los obstáculos más fuertes a la plena conformidad de tu voluntad con la de Dios es el apego a tu querer, a tus deseos, a tus inclinaciones. Ahora bien, la obediencia que te impone la voluntad ajena como norma en el obrar, es el mejor ejercicio para acostumbrarte a contradecir tu voluntad, a desprenderte de ella y a unirte a la voluntad de Dios, que se te manifiesta a través de las órdenes de los superiores. Y cuanto más estrecha es la forma de obediencia a que estás sometido, es decir, cuanto más amplia es, abrazando no sólo algún aspecto particular, sino toda tu vida, más intenso será este ejercicio y más eficazmente te introducirá en la voluntad de Dios. Aquí está el valor inmenso de la obediencia: poner toda la vida del hombre en la voluntad de Dios, hacer posible que el hombre en toda circunstancia regule su conducta no según su voluntad, tan débil, frágil y sujeta a error, tan limitada y ciega, sino según la voluntad de Dios, tan perfecta y santa, que jamás puede equivocarse, ni querer el mal, sino sólo el bien, y no el bien pasajero, que hoy existe y mañana no, sino el eterno e imperecedero.

La obediencia realizará en ti este trueque dichosísimo: abandonar tu voluntad para abrazar la de Dios. Es este el motivo que hacía correr a los Santos en busca de la obediencia. De Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús, se dice: “no solamente volaba en el ejecutar los preceptos, sino que gozaba enormemente y se divertía obedeciendo”. La naturaleza siente dificultad en denegar la propia voluntad, en renunciar a un proyecto, a un plano, a un trabajo en que se tiene toda la ilusión y el cariño; pero el alma de vida interior no se detiene a considerar esta renuncia, sino que, a pesar del sufrimiento y de la lucha que supone este vencerse a sí mismo, lanza su mirada más lejos: la fija en la voluntad de Dios, que se le presenta escondida en la voz de la obediencia; y hacia esa voluntad tiende con toda la energía de sus fuerzas, porque abrazar la voluntad de Dios es abrazar a Dios mismo.

¡Señor! Sólo dispongo de una vida, ¿y puede existir por ventura una manera mejor de emplearla toda en tu gloria y en mi santificación que poniéndola directamente bajo tu obediencia? Solamente así estaré seguro de no perder el tiempo y de no equivocarme, porque entregarse a la obediencia es entregarse a tu voluntad. Si mi voluntad está llena de defectos, la tuya es santa y santificante; si mi voluntad posee la triste capacidad de poder extraviarme, la tuya es poderosa para santificar mi pobre vida, para santificar todas mis acciones, aun las más simples e indiferentes, cuando son realizadas bajo su impulso.

¡Oh Señor! Es precisamente el deseo de vivir totalmente en las manos de tu voluntad lo que me empuja hacia la obediencia, a amar y abrazar esa virtud, a pesar de la ardiente ansia de libertad y de independencia que me abrasa.

¡Oh voluntad santa y santificadora de mi Dios! Quiero amarte sobre todas las cosas quiero vivir siempre abrazado a ti, nada quiero hacer sin ti o fuera de ti.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Oración ante las aflicciones


Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...

Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.

Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.

Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Comunión frecuente (II)


San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días, y a comulgar aún más a menudo. Además, la Santa Iglesia manifiesta el vivo deseo de la Comunión frecuente por medio del Concilio de Trento, expresándolo en estos términos: “Sería muy conveniente que todo cristiano fiel mantuviese su conciencia en tal estado de pureza, que pudiese comulgar cada vez que asiste a la Santa Misa. Y esto no con la comunión espiritual, sino con la Comunión Sacramental, para que sea más abundante el fruto que se recoja de este divino alimento”.

Dirá quizás alguno: ¡Soy un gran pecador! Si eres pecador, procura ponerte en gracia de Dios mediante el Sacramento de la Confesión, y luego acércate a la Santa Comunión, donde encontrarás fuerza para perseverar en el bien.

Dirá otro: Yo comulgo raras veces para hacerlo con más fervor. Esto es un engaño. Generalmente se hace mal lo que se hace raras veces; por otra parte, si son muchas tus necesidades, frecuente debe ser el socorro que proporciones a tu alma.

Otros añaden: Yo estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar con frecuencia. Jesucristo les responde: “Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”. Por eso los más débiles y enfermos tienen mayor necesidad de ser visitados por el verdadero médico de nuestras almas, Jesucristo.

Viniendo frecuentemente a nosotros, nos da las gracias que necesitamos para no caer en faltas graves, y nos borra las culpas veniales. En efecto, se ve que son menos perfectas las personas que comulgan raras veces, que las que lo hacen con frecuencia. ¡Ánimo, pues! Si queréis hacer el acto más agradable a Dios, el más eficaz para vencer las tentaciones y perseverar en el bien, acercaos a menudo y con buenas disposiciones a la Santa Comunión.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Sobre la Oración dominical, el Padre nuestro


A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir, pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios. Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no. Cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo. Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna. Cuando decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos. Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción. Cuando decimos: Y líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Meditando en la Navidad (IV)


Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de San José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que les aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje, en la estación más rigurosa e incómoda del año.

No ignoraba Jesús en qué lugar debería nacer, e inspiraba a sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios.

Almas interiores, observad este manejo del divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprended que quien se haya entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer en cada instante sino lo que Dios quiera para él; siguiéndole ciegamente aún en las cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendréis de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Puerta del Cielo


María Santísima es invocada como Puerta del Cielo porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad pronunció las sublimes palabras “hágase en mí, según tu palabra”. Fue por este consentimiento que se convirtió en la Puerta del Cielo, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

El amor y la devoción a María son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

María Santísima es Madre del verdadero Dios y verdadero Hombre.

Podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Creador


María en el plan de la creación y de la restauración: es la Madre de Cristo, del Verbo del Padre hecho carne. El Verbo es el centro de la creación “por medio de Él fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada de cuanto existe”. En Cristo, lo que se atribuye a Dios se puede atribuir también al Dios-Hombre, así, habiendo sido hecho de María Santísima Aquel por el que han sido hechas todas las cosas, puede decirse que toda cosa fue hecha por Ella, porque engendró al Hacedor, al Creador. Por esto María tomó parte, en cierto modo, en la obra de la Creación.

Pero la restauración, la renovación de todas las cosas, según enseñan los Santos Padres, es una segunda creación y ésta fue realizada por medio de Jesucristo. En esta segunda creación, en esta Redención del género humano, el centro es también Jesucristo, de manera que el Verbo Divino es doblemente Creador. También María Santísima tomó parte activa en esta restauración que se realizó con su consentimiento.

El “Hagamos” de Dios produjo de la nada todas las cosas,. El “Hágase en mí según tu palabra” pronunciado por María cooperó a restaurar todas las cosas en Cristo y a devolverles su primitiva perfección. Sin el “Hagamos” Divino, todo habría permanecido en la nada; sin el “Hágase” de María, todo habría permanecido en una condición, bajo muchos aspectos, peor que la nada. El “Hagamos” levantó a la criatura humana hasta la semejanza con Dios; el “Hágase” levantándola aún más alto, la unió en Cristo personalmente a Dios. El “Hagamos” Divino es, por consiguiente, omnipotente y creador por naturaleza; el “Hágase” de María es omnipotente, restaurador y creador por gracia. De esta manera María Santísima tomó parte en la creación.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Cumplir la Voluntad de Dios hasta la vida eterna

El Beato Carlos de Austria, fallecido santamente el 1 de abril de 1922

El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca”, porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.

Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte

Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

Amar la Voluntad de Dios es nuestra alegría


El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.

El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.

Querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Santidad en Argentina - Venerable Camila de San José Rolón

Camila Rolón nació en San Isidro, el 18 de julio de 1842. Desde muy joven, sintió la vocación a la vida religiosa.

En 1873, entró en las Carmelitas, pero a las pocas semanas de su ingreso, fue atacada por una enfermedad: un tumor intestinal, que la obligó a salir. Para recuperar su salud, pasó una temporada en el pueblo de Exaltación de la Cruz. Aquí tomó contacto con serios problemas sociales y religiosos, entre ellos: la ignorancia religiosa, la marginación social, las miserias de numerosas familias y muchas criaturas huérfanas o abandonadas. Para dar respuesta a tantas angustias y necesidades, tuvo la inspiración de fundar un Instituto que acogiera, asistiera y educara a esos niños. El 28 de enero de 1880, Camila sale de la casa de sus padres, acompañada de dos señoras, que se harían Hermanas, dos muchachas y once niñas. Confiando en la Divina Providencia, llegaron a la ciudad de Mercedes, donde comenzarían.

Al mes, el número de asiladas se elevaba. Vivían de limosnas, y pronto, las religiosas que habían crecido en número y experiencia, se plantearon la posibilidad de nuevas expansiones. La Providencia las contactó con un bienhechor que les construyó un asilo-colegio, para cientos de niños. De todas partes de Argentina, como del Uruguay, comenzaron a llegar peticiones de nuevas fundaciones. Así mismo la Madre Camila, soñaba con fundar una casa en Roma cuando el 3 de mayo de 1898, el Santo Padre aprueba el Instituto de Hermanas Pobres Bonaerenses de San José. En el año 1905 se funda la primera casa en Roma. Más adelante traslada la casa generalicia de la Argentina a Roma. Treinta y cinco fueron las fundaciones llevadas a cabo por la Madre Camila, entre pruebas que aceptó como expresión de la Voluntad del Señor. Luego de una larga enfermedad santamente sobrellevada, falleció en Roma el 16 de febrero de 1913. Fue declarada Venerable el 2 de abril de 1993.

Fuente: Cf. santosargentinos.blogspot.com

Una reflexión del Beato Cardenal Newman


Si examinamos cuidadosamente cómo ha sido el curso del cristianismo desde el principio, sólo veremos una serie continua de dificultades y desórdenes de todo tipo.

Cada siglo se parece a todos los demás y a todos los que viven en un siglo determinado, siempre les parecerá que todo es peor comparado con todos los que lo precedieron. En todo tiempo, siempre, parece que la religión se termina, da la impresión de que los cismas se multiplican, que la luz de la Verdad empalidece.

Siempre, en todo tiempo, la causa de Cristo se halla en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo y cualquier día de estos desfallecerá para siempre. En todo tiempo, siempre, pareciera que prácticamente no hay santos ya, que la Parusía de Cristo está a la vuelta de la esquina; y de esta manera el Día del Juicio siempre aparece como inminente; y constituye nuestro deber estar siempre vigilantes y aguardándolo expectantes; y nunca mostrarnos desilusionados porque a pesar de anunciarlo tan a menudo diciendo «ahora sucederá», luego sucede contrariamente a lo que creíamos.

Así es la Voluntad de Dios, que reúne a sus elegidos, primero a uno, y luego a otro, poco a poco, en los intervalos de buen tiempo que hay entre tormenta y tormenta, o bien rescatándolos de los oleajes de la iniquidad, incluso cuando las aguas se muestran más furiosas que nunca.

Bien pueden los profetas lanzar voces diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo continuarán estas cosas que no comprendemos? ¿Hasta cuándo seguiremos contemplando estos misterios de iniquidad? ¿Cuánto más durará este mundo moribundo, apenas sostenido por pálidas luces que luchan por sobrevivir en medio de esta atmósfera tenebrosa?”.

Sólo Dios sabe el día y la hora cuando aquello, finalmente, sucederá, aquello con que Él siempre está amenazando. Nunca desalentarnos, nunca desmayar, nunca dejarnos ganar por la ansiedad al contemplar los males que nos rodean. Siempre ha sido así, siempre lo será; es lo que nos toca en suerte.

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor. (Salmo 92:3-4)

Fuente: newmanreader.org

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

La virtud del Abandono en los santos (V)

Es el santo abandono aquel estado en que el alma amante se entrega sin condiciones ni reservas al beneplácito de Dios, y ello así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia.

El alma que así se da al santo abandono quiere todo lo que Dios quiere, porque Él lo quiere y de la manera que Él lo quiere, en orden a su cuerpo, lo mismo si le da salud como enfermedad, así le coloque en un país como en otro y sin distinción de condiciones de casa, trabajo, alimento o sociedad que plazca a Dios. Todo le es igual, todo le resulta amable con estas solas palabras: Así lo quiere Dios, tal es su beneplácito. Como hijo a quien el porvenir no inquieta, el alma santamente abandonada a Dios duerme con sosiego en el seno maternal de la divina Providencia, o descansa a sus pies. El hijo que tiene una buena madre no se inquieta de lo que pueda venir, pues su madre piensa por él. Choquen los elementos entre sí, ruja la tempestad, amenace el mar tragarlo todo, tiemblen todos de espanto: el hijo del santo abandono duerme sin temores en el seno maternal de la divina Providencia. No hay tempestades para él. Los hombres son malos, quieren arrebatarle todo: bienes, libertad, reputación, mas él se deja despojar sin montarse en cólera ni desesperarse. Como le queda Dios, y Dios le ama, por harto feliz se tiene; tanto más cuanto que así se ve más libre para ir hacia el Padre celestial.

El alma que practica el santo abandono, como un niño, pone en manos de Dios su espíritu para que Él sea su luz y la luz que le plazca: clara o velada, luz de fe o luz manifiesta; no quiere saber más que lo que Dios quiere que sepa; es como un ciego a quien Dios abre o cierra los ojos según tenga por bien. Con toda sencillez entrega el corazón a Dios, para a Él solo amar en todas las cosas y en cualquier estado. Entrega del todo a Dios su propia voluntad para que Él la gobierne, la vuelva y revuelva según le plazca. El alma santamente abandonada a Dios, se da a su servicio sin elegir ni amar otra cosa que lo que Dios le escoge y le cambia a cualquier hora como le da la gana. Sirve a Dios haciendo uso de los medios del momento presente, sin apegarse ni a su estado, ni a los medios, ni a las gracias; no se apoya más que en la santa voluntad de Dios.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Padre Garrigou-Lagrange nos habla del Abandono

La esperanza heroica se echa de ver no sólo en su firmeza, sino también en el confiado abandono en los brazos de la Providencia y en la todopoderosa bondad de Dios. Este abandono difiere del quietismo, en cuanto que va acompañado de esperanza y de la constante fidelidad al deber, aun en las cosas pequeñas, según las palabras del Señor: “Qui fidelis est in minimo, et in majori fidelis est: El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes” (Lc 16, 10). Y este tal tendrá el auxilio divino hasta para soportar el martirio, si es preciso. La constante fidelidad a la voluntad de Dios conocida en el deber de cada momento nos dispone a abandonarnos con entera confianza en la divina voluntad, de la cual, dependen nuestro futuro y nuestra eternidad.

No hay cosa que dé contento a nuestro corazón como el amor de Jesucristo, por el camino del desasimiento, que tan íntimamente nos une a la divina voluntad. Este amor de conformidad con la divina voluntad conocida por sus preceptos, consejos y sucesos de la vida, nos permite abandonarnos a lo que de esa voluntad no conocemos, y de lo que depende nuestro futuro. En este filial abandono está encerrada la fe, la confianza y el amor de Dios; y puede condensarse en estas palabras: “Señor, en vos confío”. El abandono es el camino que debemos seguir; la fidelidad de cada día y cada momento son los pasos que damos en este camino.

La práctica del puro amor consiste sobre todo en abandonarse en la divina Providencia y en el beneplácito de la divina voluntad. Tal acto de abandono supone la fe, y la esperanza, y un amor de Dios cada día más puro y ardiente.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

La voluntad de Dios es que seamos santos (VII)

La divina Voluntad en general para todos los hombres es su Santa Ley, la divina Voluntad para cada uno en particular son los deberes del propio estado. Cúmplanlos y serán santos. Ustedes padres, sean un buen jefe de casa, custodiando, gobernando y dirigiendo con el santo temor de Dios sus familias. Madres, sean madres atentas, ejemplares y diligentes, educando en el santo temor de Dios a sus hijos e hijas. Los dependientes e hijos de familia, sean dulces, obedientes, mansos y devotos; los trabajadores sean exactos en el cumplimiento de sus oficios, sinceros en los contratos, justos en las ventas y en las compras. Los campesinos sean asiduos y diligentes en sus trabajos. Los ricos sean piadosos, den limosnas y sean afables y benignos con los pobres. Los pobres sean respetuosos, pacientes y resignados en sus necesidades. Todos, en fin, estudiemos el modo de cumplir con exactitud nuestros propios deberes y todos seremos santos. En todos los oficios del mundo hay santos, y en todos pueden haberlos; ellos se hicieron santos, y nosotros debemos hacernos santos con el cumplimiento de nuestros deberes.

Es un gran engaño del demonio el decir: me salvaría más fácilmente en otro estado; como es también otro gran engaño el esperar un tiempo más cómodo para hacer el bien. Dios los guarde, mis queridos, de diferir el empeño por hacerse santos con la esperanza de que podrán hacerse santos más fácilmente.

Les parece que dejándolo para más adelante les será menos difícil: mas yo sé por experiencia y por pruebas, y puedo decírselos y asegurarles, que sus dificultades crecerán siempre más, hasta la muerte. Examínense ustedes mismos, y se darán cuenta que están ahora más embrollados de lo que estaban antes, y asegúrense después, que el demonio no gana nunca tanto como cuando gana con la adulación de que el bien se puede hacer más tarde: El infierno, decía un alma santa, está lleno de buenas intenciones, ¿saben porqué? porque casi todos los condenados tenían la intención de hacer el bien, pero lo dejaban siempre para después y esperando un tiempo más cómodo. Por lo tanto no nos engañemos más, no nos engañemos por más tiempo. Todos podemos hacer el bien, y hacernos santos en nuestro estado: mas quien tenga ocasión no espere otro tiempo para hacer el bien.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Santificarse en el mundo (II)

Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios.

Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia. Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad; todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado.

La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente en la Eucaristía. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos son “santos”, y por eso quedan capacitados y comprometidos a manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos para que vivan “como conviene a los santos”.

La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre”. Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida. La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici

Niños santos - Siervo de Dios Antonio da Rocha Marmo

Antonio nació el 19 de octubre de 1918 en San Pablo, Brasil. De pequeño, cuando lo sacaban a pasear por las calles y por casualidad pasaba frente a alguna iglesia, agitaba sus bracitos pidiendo para entrar allí. Era muy inteligente. Luego de estudiar el catecismo, lo transmitía a otros niños después de jugar. Antonio manifestaba gran respeto por los sacerdotes, incluso decía que quería ser uno. Una mañana, él y su familia participaron en la primera Misa del Padre Olegario da Silva. En el momento de besar sus manos consagradas, el pequeño Antonio las abrazó con veneración y lágrimas, dejando conmovido al nuevo sacerdote.

En febrero de 1929 Antonio enfermó de tuberculosis y fue enviado al hospital de San José de los Campos. Una tarde, cuando vio a su madre entristecida por su salud, le dijo: "Madre, debemos hacer la voluntad de Nuestro Señor. ¡Nuestro Señor me necesita!"

El 20 de diciembre de 1930, recibió la santa unción junto con la Comunión, y luego dijo: "¡Le estoy agradeciendo a Dios! ¡Qué hermoso camino... cubierto de flores ... qué hermosas son! ¡Cuántos ángeles! Mira, mamá... Me invitan a acompañarlos... ¡Qué hermoso desfile! ... Voy, madre... Ya veo... Sí... ¡veo una luz!..." Luego encendieron dos velan a una imagen de San Antonio de Padua que estaba junto a su cama, y el pequeño Antonio dijo: "antes de que se consuman estas velas, estaré en el cielo. Estoy cansado... necesito descansar..." Fue el comienzo de la agonía. Cuando el reloj marcó las 23:30 del 21 de diciembre de 1930, el niño abrió los ojos, miró a su alrededor, y sonriendo a todos entregó su alma pura a Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

La virtud del Abandono en los santos (II)

Padre mío,

me entrego en vuestras manos.

Padre mío,

me abandono a Vos.

Padre mío,

haz de mi lo que os plazca.

Sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco;

estoy dispuesto a todo;

lo acepto todo;

os agradezco todo;

con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío;

con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos,

en todos aquellos que vuestro Corazón ama,

no deseo nada más Dios mío.

En vuestras manos entrego mi alma;

os la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque os amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en vuestras manos sin medida;

me entrego en vuestras manos

con infinita confianza,

pues Vos sois mi Padre.

Amén.

Fuente: Beato Carlos de Foucauld, Escritos espirituales

El Santo Abandono

La Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, y la Sierva de Dios Benigna Consolata Ferrero, almas que han vivido santamente el Voto de Abandono

Santo y perfecto es quien ha llegado a ver en todas las cosas la mano y el beneplácito de Dios, y no tiene jamás otra regla que esa voluntad. Cuando se ha llegado a esto, ¿qué resta por hacer para ser aún más santo y más perfecto? Conformar cada vez mejor nuestra voluntad a la de Dios, y según la enérgica expresión de San Alfonso, “uniformarla” a la de Dios, hasta el punto que “de dos voluntades no hagamos -por decirlo así-, sino una; que no queramos sino lo que Dios quiere, y permanezca sola su voluntad y no la nuestra. Aquí está la cumbre de la perfección, y a ella debemos aspirar de continuo. La Santísima Virgen no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado más perfectamente unida a la voluntad de Dios”.

Si queremos, pues, escalar las cumbres de la vida interior, no hay mejor sendero que el del Santo Abandono; ningún otro sabría conducirnos tan pronto ni tan lejos. Sigámosle con fidelidad hasta nuestro postrer momento. Mas cuando hubiéramos llegado por este camino a la conformidad perfecta, amorosa y filial, entonces habremos dado con el camino de la santidad.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte

“Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros”

Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Toda su existencia está dominada por este “yo debo” que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; y les enseñará a orar así: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Jesús obedece hasta la muerte, aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida.

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia, el miedo y la turbación, el sudor de sangre y las lágrimas. Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura del rechazo, de la traición, de la ingratitud, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: “Todo está cumplido”.

Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: “Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”, y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 23 de julio de 1989

Habrá niños santos - Venerable Raquel Ambrosini


Raquel, hija única del doctor Alberto Ambrosini y Filomena Sordillo, nació el 2 de julio de 1925 en Pietradefusi, Italia. Algunos testigos dicen que sus primeras palabras fueron “Ave María”, las que todos los días escuchó a su madre recitando durante la oración del Rosario.

Era una niña generosa, caritativa, humilde, silenciosa, extremadamente buena, como una pequeña azucena a la que se le permite por un corto tiempo darle a la tierra el encanto de su perfume.

Raquel recordaba el día de su primera comunión, el 12 de junio de 1932, como el más bello de su vida. Su primer encuentro con el Señor había puesto en su corazón el deseo de ser más virtuosa, de obedecer más a sus padres y en especial de abandonarse a la Voluntad de Dios.

Más tarde, se mudó a otra ciudad para realizar sus estudios y se unió a la Acción Católica. Se comprometía en sus estudios y tenía un profundo sentido del deber; era muy respetuosa con sus maestras y siempre estaba disponible para ayudar a sus compañeros de clase. Un día escribe a sus amigos: “Amen la vida como el único medio por el cual pueden alcanzar la felicidad eterna en el Cielo; ámenla como un regalo de Dios, abrácenlo con afecto aunque tenga la forma de una cruz”.

En el momento en que escribió estas palabras, la cruz ya está marcando su vida: primero una otitis purulenta, luego un malestar generalizado, finalmente una meningitis. Raquel fallece santamente el 10 de marzo de 1941. Fue declarada venerable el 10 de mayo de 2012.

Fuente: cf. fondazionerachelinambrosini.it

¡Ante todo, el deber de estado!


Todos los estados de la vida son otros tantos caminos que, según el orden de la divina Providencia, nos guían y nos llevan a nuestro último fin. Es una tentación imaginarnos que obraríamos mejor en otro estado que en el que hemos abrazado. ¡Qué error no ocupar la imaginación sino en lo que se haría si se estuviera en otro puesto, y no cuidar de cumplir con las obligaciones del empleo que se tiene!

Hay pocos artificios que le salgan mejor al enemigo de la salvación que esta inquietud. Dios no te quiere al presente sino en el estado en que estás: no pienses sino en cumplir con las obligaciones de él. Mira como una ilusión perniciosa todas aquellas inconstancias del corazón y del espíritu, que consumen el alma en vanos pesares y en frívolos deseos. Después de haber elegido un estado de vida no pienses sino en cumplir con puntualidad con todas las obligaciones del estado que abrazaste.

Considera particularmente hoy cuáles son estas obligaciones y cuáles son con las que menos cumples. Mira si te sirves de todos los medios que tienes en tu estado para santificarte. No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas: las dulzuras de una fortuna floreciente, las amarguras de una familia cargada de deudas, las dificultades de una condición llena de ocupaciones, los cuidados de la casa, las alegrías y los llantos de esta vida: todo puede servir para la salvación. Examina cómo has usado hasta aquí de todo esto.

Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado. La que se sigue es de Santo Tomás; apenas se podrá hacer otra mejor:

Concédeme, misericordioso Dios, que conozca verdaderamente, que desee ardientemente, que investigue con prudencia y que cumpla perfectamente todo lo que fuere de vuestro agrado, y siempre para mayor honra y gloria vuestra. Arregla todas las cosas en el estado a que me has llamado y hazme conocer lo que quieres que haga. Haz que conozca todas mis obligaciones y que las cumpla con puntualidad y con fruto. Concédeme, Señor y Dios mío, la gracia de no desagradarte jamás en los diversos incidentes de la vida: haz que sea humilde en la prosperidad y que las adversidades no abatan mi confianza; que no sienta otro dolor ni otra alegría que el de apartarme de ti o la de unirme contigo; que sólo desee agradarte y que nada tema tanto como desagradarte; que no me mueva todo lo que pasa; que sólo ame lo que viene de ti -por amor a ti-, y a ti más que a todas las cosas; que todo gozo en que tú no tienes parte me sea amargo y que no halle gusto sino en lo que es de tu agrado. Finalmente, concédeme Señor que de tal suerte use de tus beneficios durante esta vida, que tenga la dicha de poseerte y de gozar de la eterna felicidad en la Patria celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: J. Croisset, Año cristiano

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