Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Puerta del Cielo


María Santísima es invocada como Puerta del Cielo porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad pronunció las sublimes palabras “hágase en mí, según tu palabra”. Fue por este consentimiento que se convirtió en la Puerta del Cielo, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

El amor y la devoción a María son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

María Santísima es Madre del verdadero Dios y verdadero Hombre.

Podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Madre del Creador


María en el plan de la creación y de la restauración: es la Madre de Cristo, del Verbo del Padre hecho carne. El Verbo es el centro de la creación “por medio de Él fueron hechas todas las cosas y sin Él no se hizo nada de cuanto existe”. En Cristo, lo que se atribuye a Dios se puede atribuir también al Dios-Hombre, así, habiendo sido hecho de María Santísima Aquel por el que han sido hechas todas las cosas, puede decirse que toda cosa fue hecha por Ella, porque engendró al Hacedor, al Creador. Por esto María tomó parte, en cierto modo, en la obra de la Creación.

Pero la restauración, la renovación de todas las cosas, según enseñan los Santos Padres, es una segunda creación y ésta fue realizada por medio de Jesucristo. En esta segunda creación, en esta Redención del género humano, el centro es también Jesucristo, de manera que el Verbo Divino es doblemente Creador. También María Santísima tomó parte activa en esta restauración que se realizó con su consentimiento.

El “Hagamos” de Dios produjo de la nada todas las cosas,. El “Hágase en mí según tu palabra” pronunciado por María cooperó a restaurar todas las cosas en Cristo y a devolverles su primitiva perfección. Sin el “Hagamos” Divino, todo habría permanecido en la nada; sin el “Hágase” de María, todo habría permanecido en una condición, bajo muchos aspectos, peor que la nada. El “Hagamos” levantó a la criatura humana hasta la semejanza con Dios; el “Hágase” levantándola aún más alto, la unió en Cristo personalmente a Dios. El “Hagamos” Divino es, por consiguiente, omnipotente y creador por naturaleza; el “Hágase” de María es omnipotente, restaurador y creador por gracia. De esta manera María Santísima tomó parte en la creación.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Cumplir la Voluntad de Dios hasta la vida eterna

El Beato Carlos de Austria, fallecido santamente el 1 de abril de 1922

El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca”, porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.

Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte

Recordando la Beatificación de Carlos de Austria

Fotografías de la Beatificación de Carlos de Austria


En 1925, se inició el proceso de canonización de Carlos de Austria. En 1949 fue declarado “Siervo de Dios”. El 12 de abril de 2003 el Santo Padre Juan Pablo II promulga el Decreto de sus virtudes heroicas otorgándole el título de “Venerable”. El 21 de diciembre del mismo año, la Congregación para las Causas de los Santos certificó, sobre la base de tres opiniones médicas expertas, que en 1960, se produjo un milagro por intercesión del Venerable Carlos; la curación científicamente inexplicable de una monja polaca residente en Brasil con debilitantes venas varicosas.

El 3 de octubre de 2004 el Papa beatificó en Roma a Carlos de Austria junto a otros cuatro Venerables Siervos de Dios. Estuvieron presentes más de cien descendientes del Beato Carlos, entre ellos, cuatro de sus ocho hijos que hasta el momento estaban vivos: Otto, el mayor, Carlos Luis, Félix, y Rodolfo, el menor de los varones. Un bisnieto del Beato presentó su reliquia en la ceremonia.

En su Discurso a los peregrinos, el Papa dijo: “Carlos de Austria quiso cumplir siempre la voluntad de Dios. La fe fue para él el criterio en su responsabilidad como soberano y padre de familia. Siguiendo su ejemplo, que la fe en Dios marque también la orientación de vuestra vida. Que los nuevos beatos os acompañen en vuestra peregrinación hacia la patria celestial”.

Un testimonio muy significativo sobre la admiración manifestada por San Juan Pablo II hacia el Beato Carlos es el del archiduque Rodolfo, quien relata: “Durante una audiencia privada que el Papa Wojtyla concedió a mi familia y también a mi madre, la emperatriz Zita, habló con gran entusiasmo de mi padre, el emperador Carlos. Y dirigiéndose a mi madre, la llamaba mi emperatriz y cada vez se inclinaba hacia ella. En un cierto momento, dijo: ¿Sabéis por qué en el bautismo fui llamado Carlos (Karol)? Precisamente porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, a quien sirvió como soldado”.

Fuente: Cf. beatocarlos.com

Amar la Voluntad de Dios es nuestra alegría


El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.

El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo.

Querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común.

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est

Ejemplo y legado

A la izquierda un bisnieto del Beato Carlos de Austria junto a su familia, y a la derecha una histórica foto

La pareja que aparece a la derecha de esta foto, eran el emperador Carlos y la emperatriz Zita de Habsburgo. Su biznieto el archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, descifra esta histórica fotografía: “Esta foto siempre me ha conmovido muchísimo. Muestra a mis bisabuelos, el beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, de rodillas junto a un tren detenido, en una misa al aire libre.

Fue tomada en octubre de 1921 durante el segundo intento de restauración en Hungría. En efecto, Carlos, rey legítimo de Hungría, había sido coronado y consagrado rey en 1916 y, para él, esta coronación representaba prácticamente un sacramento. Dios le había confiado Hungría y Carlos quería honrar su compromiso hasta su término. La misa a la que asistía la pareja tenía lugar justamente antes de un momento trágico. El almirante Horthy, en el poder en Hungría, estaba decidido a no dejar a Carlos subir de nuevo al trono, él que sin embargo había jurado fidelidad a mi bisabuelo unos años antes. Poco tiempo después, Carlos y Zita fueron apresados y finalmente embarcados en un barco que debía conducirles al exilio en Portugal.

Esta foto dice mucho de la manera como Carlos y Zita vivían su fe. Ambos asistían a misa cada día. Dios era claramente el centro de sus vidas, tanto en las alegrías como en las penas. Durante el reinado de Carlos, la pareja vivió momentos muy difíciles. Desde su ascenso al trono, el emperador no dejó de promover la paz en una Europa que se rasgaba. Había sido además el único monarca que aceptó la propuesta de paz de Benedicto XV. Pero conoció la traición, a veces incluso de sus mismos familiares, y la humillación de ver el imperio disolverse después de más de 600 años de vínculo entre una familia, los Habsburgo, y sus pueblos. A pesar de los momentos difíciles y la pobreza, el emperador nunca cultivó el rencor. A sus hijos les repetía que tenían que estar agradecidos por lo que tenían. Mi abuelo (hijo de Carlos y Zita) nos repetía a menudo que su madre había seguido este ejemplo. Para ella, la voluntad de Dios era perfecta, había un plan. Por tanto intentaba acoger cada uno de los episodios de su vida como los frutos de la voluntad divina.

Esta foto ilustra también la humildad. Ante Dios, Carlos y Zita tenían conciencia de no ser más que pequeños instrumentos. El emperador Carlos dirigía un imperio gigantesco. Él siempre vivió esta misión con un gran sentimiento de servicio. Esta dimensión de servicio se palpa en esta foto.

Su ejemplo está todavía muy presente en nuestra familia. El 3 de octubre de 2004, estuvimos todos presentes en la plaza de San Pedro para la beatificación de Carlos. Su fiesta es el 21 de octubre, día de su matrimonio. Carlos y Zita son una fuente de inspiración para todas las parejas. El día de su compromiso, ante el Santísimo Sacramento, se prometieron el uno al otro que se ayudarían a convertirse en santos. Como padre de familia, son un modelo en el día a día para nuestra pareja. Siguiéndolos a ellos, intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida, especialmente rezando el rosario en familia. Después, como todo cristiano, intentamos servir al bien común en nuestras actividades de cada día. A pesar de los grandes desafíos de nuestra sociedad, estamos animados por una gran esperanza en el futuro, que deseamos transmitir a nuestros hijos”.

Fuente: es.aleteia.org

Santidad en Argentina - Venerable Camila de San José Rolón

Camila Rolón nació en San Isidro, el 18 de julio de 1842. Desde muy joven, sintió la vocación a la vida religiosa.

En 1873, entró en las Carmelitas, pero a las pocas semanas de su ingreso, fue atacada por una enfermedad: un tumor intestinal, que la obligó a salir. Para recuperar su salud, pasó una temporada en el pueblo de Exaltación de la Cruz. Aquí tomó contacto con serios problemas sociales y religiosos, entre ellos: la ignorancia religiosa, la marginación social, las miserias de numerosas familias y muchas criaturas huérfanas o abandonadas. Para dar respuesta a tantas angustias y necesidades, tuvo la inspiración de fundar un Instituto que acogiera, asistiera y educara a esos niños. El 28 de enero de 1880, Camila sale de la casa de sus padres, acompañada de dos señoras, que se harían Hermanas, dos muchachas y once niñas. Confiando en la Divina Providencia, llegaron a la ciudad de Mercedes, donde comenzarían.

Al mes, el número de asiladas se elevaba. Vivían de limosnas, y pronto, las religiosas que habían crecido en número y experiencia, se plantearon la posibilidad de nuevas expansiones. La Providencia las contactó con un bienhechor que les construyó un asilo-colegio, para cientos de niños. De todas partes de Argentina, como del Uruguay, comenzaron a llegar peticiones de nuevas fundaciones. Así mismo la Madre Camila, soñaba con fundar una casa en Roma cuando el 3 de mayo de 1898, el Santo Padre aprueba el Instituto de Hermanas Pobres Bonaerenses de San José. En el año 1905 se funda la primera casa en Roma. Más adelante traslada la casa generalicia de la Argentina a Roma. Treinta y cinco fueron las fundaciones llevadas a cabo por la Madre Camila, entre pruebas que aceptó como expresión de la Voluntad del Señor. Luego de una larga enfermedad santamente sobrellevada, falleció en Roma el 16 de febrero de 1913. Fue declarada Venerable el 2 de abril de 1993.

Fuente: Cf. santosargentinos.blogspot.com

Una reflexión del Beato Cardenal Newman


Si examinamos cuidadosamente cómo ha sido el curso del cristianismo desde el principio, sólo veremos una serie continua de dificultades y desórdenes de todo tipo.

Cada siglo se parece a todos los demás y a todos los que viven en un siglo determinado, siempre les parecerá que todo es peor comparado con todos los que lo precedieron. En todo tiempo, siempre, parece que la religión se termina, da la impresión de que los cismas se multiplican, que la luz de la Verdad empalidece.

Siempre, en todo tiempo, la causa de Cristo se halla en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo y cualquier día de estos desfallecerá para siempre. En todo tiempo, siempre, pareciera que prácticamente no hay santos ya, que la Parusía de Cristo está a la vuelta de la esquina; y de esta manera el Día del Juicio siempre aparece como inminente; y constituye nuestro deber estar siempre vigilantes y aguardándolo expectantes; y nunca mostrarnos desilusionados porque a pesar de anunciarlo tan a menudo diciendo «ahora sucederá», luego sucede contrariamente a lo que creíamos.

Así es la Voluntad de Dios, que reúne a sus elegidos, primero a uno, y luego a otro, poco a poco, en los intervalos de buen tiempo que hay entre tormenta y tormenta, o bien rescatándolos de los oleajes de la iniquidad, incluso cuando las aguas se muestran más furiosas que nunca.

Bien pueden los profetas lanzar voces diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo continuarán estas cosas que no comprendemos? ¿Hasta cuándo seguiremos contemplando estos misterios de iniquidad? ¿Cuánto más durará este mundo moribundo, apenas sostenido por pálidas luces que luchan por sobrevivir en medio de esta atmósfera tenebrosa?”.

Sólo Dios sabe el día y la hora cuando aquello, finalmente, sucederá, aquello con que Él siempre está amenazando. Nunca desalentarnos, nunca desmayar, nunca dejarnos ganar por la ansiedad al contemplar los males que nos rodean. Siempre ha sido así, siempre lo será; es lo que nos toca en suerte.

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor. (Salmo 92:3-4)

Fuente: newmanreader.org

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La santidad está a nuestro alcance

En las vidas de todos los santos, encontramos las siguientes similitudes: Amor a Dios y al prójimo, determinación para seguir a Jesús y para levantarse de inmediato después de una caída, completa ruptura con el pecado grave, crecimiento en la virtud y la oración y, el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Estas características están al alcance de todo ser humano y en ellas no desaparecen las faltas o imperfecciones. En este punto, debemos hacer una distinción entre faltas y pecados. Una persona santa cumple los mandamientos y se ayuda de las disposiciones y capacidades que posee para que este cumplimiento sea un proceso de imitación de Cristo, un proceso de santificación. Sin embargo, tiene también una serie de debilidades que lo hacen escoger, constantemente, entre él mismo y Dios. Es en este vaciarse personalmente que cada uno, al irse llenando de Jesús, se va haciendo santo.

La santidad es una “experiencia de crecimiento” y éste consiste en el incremento del conocimiento, amor, autocontrol y todas las demás virtudes imitables de Jesús. No tenemos que perder de vista la santidad mientras avanzamos en la vida, ya que la santidad significa que Jesús es para nosotros lo que ninguna otra cosa puede ser en el mundo.

El santo es la persona que ama a Jesús como para querer ser como Él en la vida cotidiana. Como Él, cumplir amorosamente la Voluntad de Dios, sabiendo que de todas las cosas saldrá algo bueno porque es amado personalmente por Dios.

Los santos son gente común con la compasión del Padre en sus almas, la humildad de Jesús en sus mentes y el amor del Espíritu en sus corazones. Cuando estas bellas cualidades crecen día a día en las situaciones cotidianas, nace la santidad.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

La virtud del Abandono en los santos (V)

Es el santo abandono aquel estado en que el alma amante se entrega sin condiciones ni reservas al beneplácito de Dios, y ello así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia.

El alma que así se da al santo abandono quiere todo lo que Dios quiere, porque Él lo quiere y de la manera que Él lo quiere, en orden a su cuerpo, lo mismo si le da salud como enfermedad, así le coloque en un país como en otro y sin distinción de condiciones de casa, trabajo, alimento o sociedad que plazca a Dios. Todo le es igual, todo le resulta amable con estas solas palabras: Así lo quiere Dios, tal es su beneplácito. Como hijo a quien el porvenir no inquieta, el alma santamente abandonada a Dios duerme con sosiego en el seno maternal de la divina Providencia, o descansa a sus pies. El hijo que tiene una buena madre no se inquieta de lo que pueda venir, pues su madre piensa por él. Choquen los elementos entre sí, ruja la tempestad, amenace el mar tragarlo todo, tiemblen todos de espanto: el hijo del santo abandono duerme sin temores en el seno maternal de la divina Providencia. No hay tempestades para él. Los hombres son malos, quieren arrebatarle todo: bienes, libertad, reputación, mas él se deja despojar sin montarse en cólera ni desesperarse. Como le queda Dios, y Dios le ama, por harto feliz se tiene; tanto más cuanto que así se ve más libre para ir hacia el Padre celestial.

El alma que practica el santo abandono, como un niño, pone en manos de Dios su espíritu para que Él sea su luz y la luz que le plazca: clara o velada, luz de fe o luz manifiesta; no quiere saber más que lo que Dios quiere que sepa; es como un ciego a quien Dios abre o cierra los ojos según tenga por bien. Con toda sencillez entrega el corazón a Dios, para a Él solo amar en todas las cosas y en cualquier estado. Entrega del todo a Dios su propia voluntad para que Él la gobierne, la vuelva y revuelva según le plazca. El alma santamente abandonada a Dios, se da a su servicio sin elegir ni amar otra cosa que lo que Dios le escoge y le cambia a cualquier hora como le da la gana. Sirve a Dios haciendo uso de los medios del momento presente, sin apegarse ni a su estado, ni a los medios, ni a las gracias; no se apoya más que en la santa voluntad de Dios.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El Padre Garrigou-Lagrange nos habla del Abandono

La esperanza heroica se echa de ver no sólo en su firmeza, sino también en el confiado abandono en los brazos de la Providencia y en la todopoderosa bondad de Dios. Este abandono difiere del quietismo, en cuanto que va acompañado de esperanza y de la constante fidelidad al deber, aun en las cosas pequeñas, según las palabras del Señor: “Qui fidelis est in minimo, et in majori fidelis est: El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes” (Lc 16, 10). Y este tal tendrá el auxilio divino hasta para soportar el martirio, si es preciso. La constante fidelidad a la voluntad de Dios conocida en el deber de cada momento nos dispone a abandonarnos con entera confianza en la divina voluntad, de la cual, dependen nuestro futuro y nuestra eternidad.

No hay cosa que dé contento a nuestro corazón como el amor de Jesucristo, por el camino del desasimiento, que tan íntimamente nos une a la divina voluntad. Este amor de conformidad con la divina voluntad conocida por sus preceptos, consejos y sucesos de la vida, nos permite abandonarnos a lo que de esa voluntad no conocemos, y de lo que depende nuestro futuro. En este filial abandono está encerrada la fe, la confianza y el amor de Dios; y puede condensarse en estas palabras: “Señor, en vos confío”. El abandono es el camino que debemos seguir; la fidelidad de cada día y cada momento son los pasos que damos en este camino.

La práctica del puro amor consiste sobre todo en abandonarse en la divina Providencia y en el beneplácito de la divina voluntad. Tal acto de abandono supone la fe, y la esperanza, y un amor de Dios cada día más puro y ardiente.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

La voluntad de Dios es que seamos santos (VII)

La divina Voluntad en general para todos los hombres es su Santa Ley, la divina Voluntad para cada uno en particular son los deberes del propio estado. Cúmplanlos y serán santos. Ustedes padres, sean un buen jefe de casa, custodiando, gobernando y dirigiendo con el santo temor de Dios sus familias. Madres, sean madres atentas, ejemplares y diligentes, educando en el santo temor de Dios a sus hijos e hijas. Los dependientes e hijos de familia, sean dulces, obedientes, mansos y devotos; los trabajadores sean exactos en el cumplimiento de sus oficios, sinceros en los contratos, justos en las ventas y en las compras. Los campesinos sean asiduos y diligentes en sus trabajos. Los ricos sean piadosos, den limosnas y sean afables y benignos con los pobres. Los pobres sean respetuosos, pacientes y resignados en sus necesidades. Todos, en fin, estudiemos el modo de cumplir con exactitud nuestros propios deberes y todos seremos santos. En todos los oficios del mundo hay santos, y en todos pueden haberlos; ellos se hicieron santos, y nosotros debemos hacernos santos con el cumplimiento de nuestros deberes.

Es un gran engaño del demonio el decir: me salvaría más fácilmente en otro estado; como es también otro gran engaño el esperar un tiempo más cómodo para hacer el bien. Dios los guarde, mis queridos, de diferir el empeño por hacerse santos con la esperanza de que podrán hacerse santos más fácilmente.

Les parece que dejándolo para más adelante les será menos difícil: mas yo sé por experiencia y por pruebas, y puedo decírselos y asegurarles, que sus dificultades crecerán siempre más, hasta la muerte. Examínense ustedes mismos, y se darán cuenta que están ahora más embrollados de lo que estaban antes, y asegúrense después, que el demonio no gana nunca tanto como cuando gana con la adulación de que el bien se puede hacer más tarde: El infierno, decía un alma santa, está lleno de buenas intenciones, ¿saben porqué? porque casi todos los condenados tenían la intención de hacer el bien, pero lo dejaban siempre para después y esperando un tiempo más cómodo. Por lo tanto no nos engañemos más, no nos engañemos por más tiempo. Todos podemos hacer el bien, y hacernos santos en nuestro estado: mas quien tenga ocasión no espere otro tiempo para hacer el bien.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Santificarse en el mundo (II)

Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios.

Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia. Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad; todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado.

La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente en la Eucaristía. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos son “santos”, y por eso quedan capacitados y comprometidos a manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos para que vivan “como conviene a los santos”.

La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre”. Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida. La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici

Niños santos - Siervo de Dios Antonio da Rocha Marmo

Antonio nació el 19 de octubre de 1918 en San Pablo, Brasil. De pequeño, cuando lo sacaban a pasear por las calles y por casualidad pasaba frente a alguna iglesia, agitaba sus bracitos pidiendo para entrar allí. Era muy inteligente. Luego de estudiar el catecismo, lo transmitía a otros niños después de jugar. Antonio manifestaba gran respeto por los sacerdotes, incluso decía que quería ser uno. Una mañana, él y su familia participaron en la primera Misa del Padre Olegario da Silva. En el momento de besar sus manos consagradas, el pequeño Antonio las abrazó con veneración y lágrimas, dejando conmovido al nuevo sacerdote.

En febrero de 1929 Antonio enfermó de tuberculosis y fue enviado al hospital de San José de los Campos. Una tarde, cuando vio a su madre entristecida por su salud, le dijo: "Madre, debemos hacer la voluntad de Nuestro Señor. ¡Nuestro Señor me necesita!"

El 20 de diciembre de 1930, recibió la santa unción junto con la Comunión, y luego dijo: "¡Le estoy agradeciendo a Dios! ¡Qué hermoso camino... cubierto de flores ... qué hermosas son! ¡Cuántos ángeles! Mira, mamá... Me invitan a acompañarlos... ¡Qué hermoso desfile! ... Voy, madre... Ya veo... Sí... ¡veo una luz!..." Luego encendieron dos velan a una imagen de San Antonio de Padua que estaba junto a su cama, y el pequeño Antonio dijo: "antes de que se consuman estas velas, estaré en el cielo. Estoy cansado... necesito descansar..." Fue el comienzo de la agonía. Cuando el reloj marcó las 23:30 del 21 de diciembre de 1930, el niño abrió los ojos, miró a su alrededor, y sonriendo a todos entregó su alma pura a Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

La virtud del Abandono en los santos (II)

Padre mío,

me entrego en vuestras manos.

Padre mío,

me abandono a Vos.

Padre mío,

haz de mi lo que os plazca.

Sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco;

estoy dispuesto a todo;

lo acepto todo;

os agradezco todo;

con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío;

con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos,

en todos aquellos que vuestro Corazón ama,

no deseo nada más Dios mío.

En vuestras manos entrego mi alma;

os la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque os amo

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en vuestras manos sin medida;

me entrego en vuestras manos

con infinita confianza,

pues Vos sois mi Padre.

Amén.

Fuente: Beato Carlos de Foucauld, Escritos espirituales

El Santo Abandono

La Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, y la Sierva de Dios Benigna Consolata Ferrero, almas que han vivido santamente el Voto de Abandono

Santo y perfecto es quien ha llegado a ver en todas las cosas la mano y el beneplácito de Dios, y no tiene jamás otra regla que esa voluntad. Cuando se ha llegado a esto, ¿qué resta por hacer para ser aún más santo y más perfecto? Conformar cada vez mejor nuestra voluntad a la de Dios, y según la enérgica expresión de San Alfonso, “uniformarla” a la de Dios, hasta el punto que “de dos voluntades no hagamos -por decirlo así-, sino una; que no queramos sino lo que Dios quiere, y permanezca sola su voluntad y no la nuestra. Aquí está la cumbre de la perfección, y a ella debemos aspirar de continuo. La Santísima Virgen no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado más perfectamente unida a la voluntad de Dios”.

Si queremos, pues, escalar las cumbres de la vida interior, no hay mejor sendero que el del Santo Abandono; ningún otro sabría conducirnos tan pronto ni tan lejos. Sigámosle con fidelidad hasta nuestro postrer momento. Mas cuando hubiéramos llegado por este camino a la conformidad perfecta, amorosa y filial, entonces habremos dado con el camino de la santidad.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte

“Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros”

Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Toda su existencia está dominada por este “yo debo” que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; y les enseñará a orar así: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Jesús obedece hasta la muerte, aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida.

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia, el miedo y la turbación, el sudor de sangre y las lágrimas. Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura del rechazo, de la traición, de la ingratitud, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: “Todo está cumplido”.

Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: “Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”, y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 23 de julio de 1989

Habrá niños santos - Venerable Raquel Ambrosini


Raquel, hija única del doctor Alberto Ambrosini y Filomena Sordillo, nació el 2 de julio de 1925 en Pietradefusi, Italia. Algunos testigos dicen que sus primeras palabras fueron “Ave María”, las que todos los días escuchó a su madre recitando durante la oración del Rosario.

Era una niña generosa, caritativa, humilde, silenciosa, extremadamente buena, como una pequeña azucena a la que se le permite por un corto tiempo darle a la tierra el encanto de su perfume.

Raquel recordaba el día de su primera comunión, el 12 de junio de 1932, como el más bello de su vida. Su primer encuentro con el Señor había puesto en su corazón el deseo de ser más virtuosa, de obedecer más a sus padres y en especial de abandonarse a la Voluntad de Dios.

Más tarde, se mudó a otra ciudad para realizar sus estudios y se unió a la Acción Católica. Se comprometía en sus estudios y tenía un profundo sentido del deber; era muy respetuosa con sus maestras y siempre estaba disponible para ayudar a sus compañeros de clase. Un día escribe a sus amigos: “Amen la vida como el único medio por el cual pueden alcanzar la felicidad eterna en el Cielo; ámenla como un regalo de Dios, abrácenlo con afecto aunque tenga la forma de una cruz”.

En el momento en que escribió estas palabras, la cruz ya está marcando su vida: primero una otitis purulenta, luego un malestar generalizado, finalmente una meningitis. Raquel fallece santamente el 10 de marzo de 1941. Fue declarada venerable el 10 de mayo de 2012.

Fuente: cf. fondazionerachelinambrosini.it

¡Ante todo, el deber de estado!


Todos los estados de la vida son otros tantos caminos que, según el orden de la divina Providencia, nos guían y nos llevan a nuestro último fin. Es una tentación imaginarnos que obraríamos mejor en otro estado que en el que hemos abrazado. ¡Qué error no ocupar la imaginación sino en lo que se haría si se estuviera en otro puesto, y no cuidar de cumplir con las obligaciones del empleo que se tiene!

Hay pocos artificios que le salgan mejor al enemigo de la salvación que esta inquietud. Dios no te quiere al presente sino en el estado en que estás: no pienses sino en cumplir con las obligaciones de él. Mira como una ilusión perniciosa todas aquellas inconstancias del corazón y del espíritu, que consumen el alma en vanos pesares y en frívolos deseos. Después de haber elegido un estado de vida no pienses sino en cumplir con puntualidad con todas las obligaciones del estado que abrazaste.

Considera particularmente hoy cuáles son estas obligaciones y cuáles son con las que menos cumples. Mira si te sirves de todos los medios que tienes en tu estado para santificarte. No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas: las dulzuras de una fortuna floreciente, las amarguras de una familia cargada de deudas, las dificultades de una condición llena de ocupaciones, los cuidados de la casa, las alegrías y los llantos de esta vida: todo puede servir para la salvación. Examina cómo has usado hasta aquí de todo esto.

Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado. La que se sigue es de Santo Tomás; apenas se podrá hacer otra mejor:

Concédeme, misericordioso Dios, que conozca verdaderamente, que desee ardientemente, que investigue con prudencia y que cumpla perfectamente todo lo que fuere de vuestro agrado, y siempre para mayor honra y gloria vuestra. Arregla todas las cosas en el estado a que me has llamado y hazme conocer lo que quieres que haga. Haz que conozca todas mis obligaciones y que las cumpla con puntualidad y con fruto. Concédeme, Señor y Dios mío, la gracia de no desagradarte jamás en los diversos incidentes de la vida: haz que sea humilde en la prosperidad y que las adversidades no abatan mi confianza; que no sienta otro dolor ni otra alegría que el de apartarme de ti o la de unirme contigo; que sólo desee agradarte y que nada tema tanto como desagradarte; que no me mueva todo lo que pasa; que sólo ame lo que viene de ti -por amor a ti-, y a ti más que a todas las cosas; que todo gozo en que tú no tienes parte me sea amargo y que no halle gusto sino en lo que es de tu agrado. Finalmente, concédeme Señor que de tal suerte use de tus beneficios durante esta vida, que tenga la dicha de poseerte y de gozar de la eterna felicidad en la Patria celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: J. Croisset, Año cristiano

La voluntad de Dios es que seamos santos (VI)


¿Cómo, me decís, cómo podemos nosotros aspirar a ser santos, a hacernos santos con tantos vicios, con tantas debilidades, con tantas pasiones, con tantos pecados? ¿Cómo podemos pretender la santidad nosotros, que no tenemos tiempo suficiente para recitar alguna breve oración, visitar una iglesia, y practicar alguna obra de piedad? ¿Cómo nos haremos santos nosotros, que nunca hacemos penitencia, y sudamos y fatigamos para hacer un ayuno mandado por la Iglesia, y muy raramente lo observamos? ¿Cómo podemos nosotros ser santos, si no somos capaces de abstenernos de ciertas faltas y de ciertos pecados, de los cuales siempre nos confesamos, y en los cuales de tanto en tanto más o menos recaemos? ¿Cómo?...

He entendido todo, mis oyentes, y, después de haberos puesto en una justa y necesaria agitación, paso a consolaros y a tranquilizaros. Y como lo que más debe aterrorizaros son vuestros pecados, yo me atrevo a interrogaros así: ¿Hacéis vosotros todo lo posible para no volver a cometerlos? ¿Lo deseáis al menos vivamente? ¿Pedís al Señor que os libre de ellos? O, recayendo nuevamente en ellos, ¿os sentís amargados? ¿Tratáis de confesaros en seguida? Si no es así, tenéis mucha razón de temer; pero si tenéis estos santos temores; esta santa premura, estos santos deseos, este santísimo disgusto, no temáis; no seréis todavía santos, pero podéis llegar a serlo. Continuando el camino con este santo temor por vuestros pecados, movéis al Señor para que tenga compasión hacia vosotros: Él os ayudará con su gracia; y poco a poco triunfaréis en todo, y os haréis santos de verdad. Por lo tanto el ser pecadores no debe haceros desesperar de haceros santos; más bien debe empeñaros a serlo con más fuerza y vigor.

Pero vosotros no podéis rezar, no tenéis comodidad, no tenéis tiempo, ocasiones, y no podéis hacer aquel bien que pueden hacer tantos otros. Este es uno de los engaños más grandes y más universales. Todos dicen que querrían hacer y que harían mucho bien si se encontrasen en un estado diverso de aquél en el que se encuentran, y no advierten que harían aún menos, y que la verdadera santidad, después de la observancia general de la ley de Dios, consiste en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos lo ha dicho muy claro, que no se salva aquél que solamente reza: No todo el que me dice: Señor, Señor; sino aquél que cumple la divina voluntad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La virtud del Abandono en los santos (I)

El alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das seguridad.

Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con respecto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud.

Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo necesidad de ellas, o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.

El alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab 17, 1-2), están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.

Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.

Fuente: De los escritos de San Claudio de la Colombiere

Santificación en el matrimonio (V)


A todo cristiano, cualquiera que sea su condición -sacerdote o seglar, casado o célibe-, se le aplican plenamente las palabras del apóstol que se leen precisamente en la epístola de la festividad de la Sagrada Familia: Escogidos de Dios, santos y amados. Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están real y verdaderamente llamados a incorporarse en los designios divinos para la salvación de todos los hombres.

Puede proponerse a los esposos cristianos, modelo de familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia a los gentiles; Aquila y Priscila, que difundieron el cristianismo en Corinto y en Éfeso y que colaboraron en el apostolado de San Pablo; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados de Joppe. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros discípulos del Señor.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La voluntad de Dios es que seamos santos (V)


El Señor mismo, como si no fuera suficiente ejemplo de santidad, propone a sus seguidores, no su ejemplo, sino el ejemplo mismo de su divino Padre: Sed misericordiosos, y sed perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos. Cuando hayáis cumplido toda la ley, agregaba, y cuando hayáis hecho todas las cosas que yo os he enseñado y mandado, decid entre vosotros mismos: Nosotros somos siervos inútiles sobre la tierra.

¿Quién, por más santo que sea, tiene el coraje de decir: He hecho tanto que basta, ya no debo hacer más? Adelante, adelante, grita san Juan, no es tiempo de reposo. Quien es justo se haga más justo, y quien es santo se haga más santo. No quien ha comenzado alcanza al Señor, sino el que persevera hasta el final, éste será salvo.

Vayamos a Dios, busquemos a Dios, deseemos a Dios; no tengamos otro fin ni otra medida que Dios mismo. Ninguno llegará a ser santo como María Santísima, pero si alguno pudiera llegar, aunque fuera santo como Ella, no podría aún decir basta; porque el modelo de nuestra santidad y de nuestra perfección es solamente Dios. No porque nosotros debemos o podemos llegar a ser perfectos como Dios, sino porque sobre nuestra santidad no debemos ponernos límites; porque debemos procurar ir siempre adelante, y porque ninguno puede decir basta.

Sed santos, dice Dios, porque yo soy santo: Sancti estote, quia ego sanctus sum. Juzgad ahora vosotros, y decidid si tenemos todos o no la obligación de hacernos santos.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Corazón de Jesús, despedazado por nuestros pecados


Corazón de Jesús en Getsemaní, que «se entristece hasta la muerte», que siente el «peso» terrible. Cuando dice: “Todo te es posible; aleja de mí este cáliz” (Mc 14 36), Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.

Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, Dios ha amado tanto al mundo hasta dar su Hijo unigénito...

Tantos siglos antes lo había dicho Isaías: “Pero fue Él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido” (Is 53, 4). Él se ha inmolado por nuestros delitos; y, sin embargo, ¿no decían en el Gólgota: “Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz” (Mt27, 40)? Así decían. Y, sin embargo, el Profeta Isaías decía tantos siglos antes: “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados... Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino: Y Yahvé cargó sobre El la iniquidad de todos nosotros... Fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo” (Is53,5-8).

¡Despedazado por nuestros delitos!

Corazón de Jesús, despedazado por los pecados...

Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón.

Jesús dice: “Todo está cumplido”

“Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc23, 46).

¿Cómo iban a cumplirse de otro modo las escrituras?

Cómo iban a cumplirse de otro modo las palabras del Profeta que dice: “El Justo, mi Siervo, justificará a muchos... Se cumplirá por su medio la voluntad del Señor” (cf. Is 53, 11). ¡La voluntad del Padre! ¡No la mía, sino tu voluntad!

¡Madre del Redentor! ¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 31 de agosto de 1986

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

La voluntad de Dios es que seamos santos (IV)

Santo Domingo Savio 03 05 Santo Domingo Savio: su mayor deseo fue llegar a ser santo.

Diréis que un poco de bien y un poco de mal tienen la barca derecha, que no es necesario hacerse santos, que vosotros no queréis estar tan arriba, que es suficiente con no ser malos... Os digo que corréis más riesgos que los mismos malos.

Primeramente porque cansáis al Señor con este sistema de indiferencia y con este aire de seguridad. El Señor se compadece de los malos y trata de convertirlos con su gracia, pero vosotros le sois odiosos y parece como si buscara olvidaros.
En segundo lugar, aun cuando Dios os amara y os prefiriera a los malvados, es más fácil que se conviertan ellos que vosotros, ya que ellos temen por su mala suerte, conocen su miserable estado y, si se convierten, se convierten de verdad. Vosotros por el contrario no pensáis nunca en convertiros, porque no creéis tener verdadera necesidad, y si os vais a confesar creéis haber hecho todo con decir vuestros pecados.

¡Ah queridísimos! ¡Cuántos se engañan con esto! No quisiera aterrorizaros demasiado, pero no puedo dejar de inculcaros que, todos aquellos que no piensan hacerse santos, se engañan, y se engañan con gran peligro para sus almas.
Y quedaréis más convencidos si os ponéis a reflexionar hasta qué grado de santidad debemos aspirar. ¡Oh queridos míos! Temo sorprenderos y también infundiros miedo; pero, no temáis, que yo no os diré nada que no sea verdadero, y después de haberos desengañado, no dejaré de consolaros.

Habiéndoos dicho y demostrado, que todos estamos obligados a hacernos santos, podríais ahora preguntarme cuál santidad, quiero decir, ¿hasta qué punto debemos ser santos? Yo no quiero responderos desde mi autoridad; y para que no creáis que exagero demasiado la cosa, recurro a las Sagradas Escrituras.
Ante todo pregunto a San Pablo y él me responde que debemos tratar de imitarlo a él, como él ha imitado a Jesucristo: Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo; no contento con esto nos advierte que debemos tratar de imitar siempre a los más santos, y ser más santos que ellos, y no contento con esto todavía, en cientos y más lugares de sus epístolas nos hace saber que debemos imitar al mismo Jesucristo. Y esto lo decía, no ya como propia doctrina, sino como enseñanza del divino Maestro. Bien sabía él que Jesucristo se había dado como modelo a todos los hombres, a fin de que todos lo imitaran.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

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