El Santísimo Sacramento en el centro de la Liturgia

Publicado por: Servus Cordis Iesu

La luz del Espíritu Santo, que vino a aumentar en la Iglesia la inteligencia siempre viviente del misterio de la augusta Trinidad, la lleva a contemplar en seguida esta otra maravilla que concentra ella misma todas las operaciones del Verbo encarnado, y nos conduce desde esta vida a la unión divina. El misterio de la Sagrada Eucaristía va a aparecer en todo su esplendor, y es importante disponer los ojos de nuestra alma para recibir saludablemente la irradiación que nos aguarda. Lo mismo que no hemos estado nunca sin la noción del misterio de la Santísima Trinidad, y que nuestros homenajes se dirigen siempre a ella; así también la Sagrada Eucaristía no ha dejado de acompañarnos en todo el curso de este año litúrgico, ya como medio de rendir nuestros homenajes a la suprema Majestad, ya como alimento de la vida sobrenatural. Podemos decir que estos dos inefables misterios nos son conocidos y que los amamos; pero las gracias de Pentecostés nos han abierto una nueva entrada en lo más íntimo que tienen; y, si el primero nos pareció ayer rodeado de los rayos de una luz más viva, el segundo va a brillar para nosotros con un resplandor que los ojos de nuestra alma nunca habían recibido.

Siendo la Santísima Trinidad, como hemos hecho ver, el objeto esencial de toda la religión, el centro a que vienen a parar todos nuestros homenajes, aun cuando parezca que no llevamos una intención inmediata, se puede decir también que la Sagrada Eucaristía es el más precioso medio de dar a Dios el culto que le es debido, y por ella se une la tierra con el cielo. 

Todos los misterios que hemos celebrado hasta aquí, estaban contenidos en el augusto Sacramento, que es el memorial y como el resumen de las maravillas que el Señor hizo por nosotros. La realidad de la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales, hizo que en la Hostia reconociésemos en Navidad al Niño que nos nació; en la Pasión, la víctima que nos rescató; en Pascua, al vencedor de la muerte. No podíamos celebrar todos estos misterios sin apelar en nuestro socorro al inmortal Sacrificio, y no podía ser ofrecido, sin renovarlos ni reproducirlos.

Las fiestas mismas de la Santísima Virgen y de los Santos nos mantenían en la contemplación del divino Sacramento. María, a quien hemos honrado en sus solemnidades de la Inmaculada Concepción, de la Purificación, de la Anunciación, ¿no formó con su propia sustancia este cuerpo y esta sangre que ofrecemos sobre el altar? La fuerza invencible de los Apóstoles y de los Mártires que hemos celebrado, ¿no la sacaron del alimento sagrado que da el ardor y la constancia? Los Confesores y las Vírgenes, ¿no nos han parecido como la floración del campo de la Iglesia que se cubre de espigas y de racimos de uva, gracias a la fecundidad que le da Aquél que es la a la vez el pan y la vid?

Reuniendo todos nuestros medios para honrar a estos gloriosos habitantes de la corte celestial, hemos hecho uso de la salmodia, de los himnos, de los cánticos, de las fórmulas más solemnes y tiernas; pero como homenaje a su gloria, nada igualaba a la ofrenda del Sacrificio. Allí, entrábamos en comunicación directa con ellos, según la enérgica expresión de la Iglesia en el canon de la Misa (communicantes). Adoran ellos eternamente a la Santísima Trinidad por Jesucristo y en Jesucristo; por el Sacrificio nos uníamos a ellos en el mismo centro, mezclábamos nuestros homenajes con los suyos, y para ellos resultaba un aumento de honra y de felicidad. La Sagrada Eucaristía, Sacrificio y Sacramento, siempre nos estaba presente; y, si en estos días debemos recogernos para mejor comprender la grandeza y poder infinitos, si debemos esforzarnos por gozar con más plenitud la inefable suavidad, no es un descubrimiento que se nos muestra de súbito: se trata del elemento que el amor de Cristo nos dejó preparado, y del cual usamos ya, para entrar en relación directa con Dios y rendirle nuestros deberes más solemnes y a la vez más íntimos.

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico