Palabras de consuelo de San Pío de Pietrelcina

Jesus 22 31

“Si el miedo os aprieta estrechamente, debéis exclamar con San Pedro: Señor sálvanos. Os tenderá la mano, apretadla con fuerza y seguid vuestro camino con alegría. Aunque el mundo se ponga cabeza abajo, aunque todo esté en tinieblas, lleno de humo y de estruendo. ¡Dios estará con vosotros!

En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios. Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual.”

“Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba.”

“El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.”

“Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección.”

“Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda; ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.”

La oración del Corazón de Cristo

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Llama la atención la frecuencia con que hablan los Evangelios de las oraciones de Cristo. Y los teólogos andan en cavilaciones preguntándose por qué oró Cristo, siendo así que por virtud de la unión hipostática estaba en posesión-en posesión plena y natural-de todo aquello por lo cual nosotros rezamos y en ejercicio continuo de aquello por lo que nosotros glorificamos a Dios.

No entra en mi propósito exponer aquí la teología de la oración de Cristo; y por lo que respecta a la psicología de su incomparable ánimo de oración, no me siento con valor para tocar a la puerta del más dulce de los misterios. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que la clave para comprender la oración de Cristo es su espíritu y su misión sacerdotal.

Lo que el sabio del Antiguo Testamento dice de Jeremías: «Este es el verdadero amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la ciudad santa» (II Mac 15, 14), brilla con misteriosos caracteres de fuego sobre las incontables horas y noches que Cristo pasó en oración.
¡Qué horas, qué noches fueron aquéllas! En su profundo silencio extendía sus alas toda alma noble afanosa de Dios, subían hacia las alturas anhelos y suspiros santos y se reunían en torno de la montaña en que oraba Cristo. En su espíritu se abría el pasado y el porvenir, y todos los gérmenes de santidad -por muy pequeños que fuesen- que pudo haber jamás en los esfuerzos y en los tormentos humanos, todos se abrían en flor en su corazón.
Toda obstinación y abyección humana, todo orgullo que se rebela contra Dios y todo sensualismo hacían acto de presencia, y también lo que de súplica y expiación siguió a los mismos, asaltando los cielos, todo se reunía y estaba tenso en el alma de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por los senderos silenciosos de aquellas noches santas, el alma de Cristo entraba en todas las chozas de la Palestina, y en todos los palacios de la magnífica Asia, y en todas las tiendas de los desiertos; encontraba las escuelas filosóficas de Corinto, y los templos de Osiris y de Mitra en Roma, los antros de los trogloditas del valle de Neander y las ciudades de palacios de los faraones; y lo que hallaba allí de miseria, impotencia y sufrimiento humanos, lo recogía todo con amor fraternal y lo presentaba en el cáliz de oro de su corazón ante el trono de su Padre.
Todo lo que ha habido de noble movimiento, de acción de gracias y de súplica en el corazón humano, se levantaba allí del alma de Cristo, subiendo con llamaradas al cielo; lo que ha habido de obstinación, de rebeldía, de condenación y de blasfemia contra Dios, todo aquello lo reunía contra sí mismo, como Arnaldo de Winkelried juntó las lanzas del enemigo, y aceptaba la deuda, y expiaba la blasfemia, e imploraba a Dios.
¡Y toda la fidelidad que haya podido consolar a aquel Corazón santo y sensible, y toda la infidelidad que haya podido entristecerlo a través de la historia...! ¡Ah! ¿Quién tiene siquiera una pálida idea de las profundidades de aquel Corazón? ¿Quién se atrevería a describir la oración de aquel Corazón? En Jesucristo oró toda la humanidad, y sigue orando hasta la consumación de los siglos... Semper interpellans pro nobis!, siempre intercediendo por nosotros. El sacerdocio de Jesucristo constituye otra de las consecuencias de la encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín O.P., Jesucristo y la vida cristiana

Oración en las aflicciones de esta vida

Beato Carlos y Emperatriz Zita 05 06 El Beato Emperador Carlos de Austria de rodillas junto a su esposa en una Misa de campaña en un momento trágico, durante el segundo intento de restauración de la monarquía en Hungría.

Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...
Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.
Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.
Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Cumplimiento de nuestros deberes de estado

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La voluntad de Dios exige que cumplamos con amorosa fidelidad todos los deberes que comporta nuestro estado de vida, que por esa razón se les llama «deberes de estado».

Santa Francisca era una mujer casada que vivía en Roma en el siglo XV. Estaba persuadida de que la santidad está en el camino que nos ofrece cada una de nuestras jornadas, en que los deberes de nuestra vida cotidiana se presentan ante nosotros con desigual atractivo. Un día, mientras rezaba el Oficio de nuestra Señora, su marido la llamó para algún quehacer doméstico. Dejó la oración y acudió inmediatamente junto a su marido. Apenas vuelta a su rezo del Oficio, la volvieron a llamar; y así hasta cuatro veces seguidas. Y cada vez, con la misma prontitud, dejaba la oración, convencida de que sus deberes de esposa y de ama de casa eran más importantes que un ejercicio piadoso. Y cuando al fin pudo ponerse en oración, el versículo que tantas veces había dejado por obediencia y vuelto a tomar por devoción, lo encontró escrito en bellas letras de oro.

Me diréis: ¡una piadosa leyenda! ¿Lo creéis así? Cuántas veces nos sucede tener que dejar nuestras ocupaciones: a veces, porque llega una visita cuando estamos sumidos en un trabajo que nos absorbe; en otras ocasiones, son los niños, una tarea doméstica, nuestra vida social o las múltiples molestias cotidianas las que interfieren en nuestra actividad y la interrumpen. Y cuando por la noche volvemos la mirada hacia ese día tan fragmentado y vemos nuestros trabajos interrumpidos, nuestras ocupaciones abandonadas y nuestros proyectos echados por tierra, sentimos la tentación de entristecernos y lamentarnos del vacío y pobreza de nuestra vida. Pero si consintiésemos en admitir un sentido más exacto de la realidad, ¿no nos daríamos cuenta de que todo eso es oro puro, porque con ello estamos cumpliendo nuestro deber y, en definitiva, la voluntad de Dios sobre nosotros? Nuestra vida será tanto más rica cuanto más estrecha sea nuestra unión con la voluntad divina.
«Pensad a menudo que todo el valor de lo que hacemos está en la conformidad que tengamos con la voluntad de Dios. Si yo como o bebo porque ésa es la voluntad de Dios, le soy más agradable que si sufriera la muerte sin tener esa intención». El amor que ponemos en nuestros actos es lo que les da diferente valor, cualesquiera que sean las tareas en que nos ocupemos: «Estas tareas pueden ser, ciertamente, muy variadas, pero el amor con el que las tenemos que hacer es siempre el mismo. Solamente el amor es el que da diferente valor a nuestras acciones».

Fuente: Francisco Vidal Sánchez, En las fuentes de la alegría (Recopilación de textos de San Francisco de Sales)

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (II)

San Luis Gonzaga 07 13

Plegaria por los jóvenes

¡Oh admirable joven San Luis Gonzaga! Admirable en la modestia de los ojos, admirable en la penitencia con vuestro cuerpo, admirable en la abstinencia, admirable en la oración, en que gastabais cada día, admirable en la inocencia, conservando la gracia bautismal hasta la muerte ¡Oh, cuánto me confundo al verme tan lejos de la perfección! Proteged a la tierna edad y alejadla de los peligros, ¡oh amable protector de la juventud! Y ya que no supe imitaros en la inocencia de la vida, alcanzadme al menos del Señor que imite vuestra penitencia, si no en los santos rigores al menos en la victoria de mis pasiones y mortificación de los sentidos, a fin de que caminando por la única senda que conduce a los pecadores al Cielo, os acompañe en el triunfo de la gloria. Amén.

“Al atardecer de esta vida, te examinarán en el amor”. Es a este amor, en una total entrega, al que Dios nos llama desde nuestra juventud, tal como lo hizo con el joven rico del Evangelio: “Ven y sígueme” (Mt 19, 21). Que la juventud actual -tan carente de modelos a seguir y tan confundida acerca del amor- no tome la actitud del joven rico, que se entristeció por tener que desapegarse de las cosas de este mundo, sino que se encuentre con el ejemplo de su patrono, San Luis Gonzaga. A eso incentivó el recordado Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jóvenes de Mantua: “San Luis es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. 'El Dios que me llama es Amor -se lee en uno de sus apuntes-, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?'”

Fuente: cf. Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

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