Argentina está para siempre consagrada al Corazón Divino


Amadísimos hijos de la República Argentina que, reunidos en la espléndida Buenos Aires, conmemoráis el centenario del Apostolado de la Oración con la consagración de vuestra patria al Sagrado Corazón de Jesús: ¡La República Argentina, la gran nación americana, el país de los solemnes triunfos eucarísticos está ya y para siempre consagrado al Corazón Divino!

Vosotros, dignos hijos de la República Argentina, habéis escrito toda vuestra historia bajo el signo de Jesucristo; pero hoy, en esta hora solemne, siguiendo principalmente el ejemplo de tantas naciones, hermanas vuestras de lengua y de sangre, -y de la misma gran madre de la Hispanidad- habéis decidido saltar al puesto de los que no se contentan con menos que con ofrecerlo todo. “Cuida tú de mi honra y de mis cosas -dijo un día Nuestro Señor a uno de sus confidentes, expresando el ideal de la consagración- que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. Hasta ayer, pues, podría decirse que erais todavía vuestros, desde hoy sois de manera especial de Jesucristo, hasta ayer disponíais de vuestra actividad y de vuestra libertad, de vuestras potencias y de vuestros bienes exteriores, de vuestro cuerpo y de vuestra alma; desde hoy todo eso se lo habéis ofrecido al Divino Corazón, que “quiere establecer su reino de amor en todos los corazones”. Vuestras empresas lo mismo que vuestros intereses, vuestras intenciones lo mismo que vuestros propósitos los toma Él como suyos, y vosotros, saboreando por anticipado dones que son del cielo, si os abandonáis totalmente a Él y a su suavísimo imperio, podréis gozar de la paz.

El paso, ¡oh católicos argentinos!, el gran paso está dado. Ofrecisteis ante el altar del Corazón Divino a vuestros niños, capullos que mañana serán flores; consagrasteis ante el mismo trono vuestras familias, sólido cimiento de todo el edificio social; toda la nación puesta de rodillas, en esta hora tenebrosa de la historia del mundo. El gran paso está dado; queda solamente ser fieles al pacto establecido; que si vosotros, en la integridad de la vida cristiana, en el ejercicio de la mutua caridad y en la sumisión y amor a la Santa Madre Iglesia vivís sinceramente vuestra consagración, Aquel que por nadie se deja vencer en generosidad sabrá haceros dignos y grandes ante Dios y ante los hombres. Un alma, una nación consagrada al Corazón de Jesús debe ser como un holocausto perfecto colocado sobre un ara; sean hoy Nuestras manos ungidas de Sacerdote Sumo las que presenten esta víctima y se extiendan luego en oración fervorosa; ¡Recibe, oh dulcísimo Corazón, esta hostia que hoy te ofrecemos y que el aroma de su sacrificio haga volver propicios tus ojos sobre todos y cada uno de los hijos de este pueblo; haz que las llamas, que brotan de tu herida, penetren sus corazones, los enciendan y les abrasen de tal manera, que desde hoy y para siempre solamente en Ti encuentren sus delicias, en tu servicio consuman toda su vida y un día, entre los esplendores de tu gloria, reciban el premio que reservas a tus escogidos!

Fuente: Venerable Pío XII, Radiomensaje del Domingo 28 de octubre de 1945

Consagración de Argentina al Corazón de Jesús


Fórmula de la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús, 28 de octubre de 1945:

“Corazón sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón. Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor. La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia. Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento. ¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?

Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón. Corazón sacratísimo de Jesús: los Obispos y el Clero nos consagramos a Ti. Haz que los Pastores al apacentar tu grey seamos sucesores dignos de los Apóstoles y que los Sacerdotes con la palabra y el ejemplo, manifiesten que son otros Cristos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos nuestras Diócesis y nuestras Parroquias para que sean pregoneras celosas de tu Evangelio, y canales copiosos de tu gracia transmitida por los Sacramentos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los Institutos religiosos: para que florezca siempre en ellos tu espíritu, y las asociaciones de piedad, de apostolado, de cultura y caridad, para que sean infatigables con la plegaria y la acción en dilatar tu reinado en medio de los hombres. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los hogares para que en ellos reine siempre la dulce paz de tu hogar de Nazaret, te consagramos los padres y las madres para que los ayudes a practicar los ejemplos de tu Madre María Santísima y de tu padre adoptivo San José; te consagramos los niños para que sean cual Tú eras en esa edad feliz; te consagramos los jóvenes para que dediquen la lozanía de la vida a la adquisición de sólidas virtudes, al estudio y al trabajo que los capacitará para ser ciudadanos honrados y eficientes; te consagramos los ancianos para que los reconfortes hasta los instantes postreros de su vida. Corazón sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.

Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Santísima Trinidad vive y reina en el Corazón de Jesús

Todo el mundo sabe que la fe cristiana nos enseña que en el misterio adorable de la Santísima Trinidad hay tres Personas: tres Personas que no son sino una misma divinidad, un mismo poder, una misma sabiduría, una misma bondad, una misma inteligencia, una misma voluntad y un mismo corazón. Por eso, nuestro Salvador, en cuanto Dios, no tiene sino un mismo Corazón con el Padre y el Espíritu Santo; y en cuanto hombre, su Corazón humanamente divino y divinamente humano no es más que una misma cosa con el Corazón del Padre y del Espíritu Santo, en unidad de espíritu, de amor y de voluntad. De aquí que adorar al Corazón de Jesús, sea adorar al Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre Eterno vive en el Corazón de su divino Hijo. El Verbo Divino y el Espíritu Santo viven y reinan en el Corazón de Jesús. Considerad que estas tres Divinas Personas viven y reinan en el Corazón del Salvador, como en el más sublime trono de su amor. ¡Oh, Santísima Trinidad, alabanzas infinitas os sean dadas eternamente por todos los milagros de amor que operáis en el Corazón de mi Jesús! Os ofrezco el mío, con el de todos mis hermanos, suplicándoos, muy rendidamente que toméis de ellos entera posesión y que aniquiléis en los mismos cuanto os desagrade, para establecer en todos el reino de vuestro amor soberano.

Fuente: S. Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Dios nos entrega su Corazón

Hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.

Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.

La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana.

Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si -ante la realidad del sufrimiento- sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El «Doctor Evangélico» y el Sagrado Corazón

San Antonio de Padua, llamado el "Doctor Evangélico", es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina.

"El hueco de piedra, dice San Antonio, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; ésta lleva a su Corazón, es hacia allí que Él llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allí a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente... Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro... No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la Sangre que nos rescató... Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allí. Cuando escuche la voz de la Sangre divina, que vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allí ella encontrará la luz, la consolación, la paz, y las delicias inefables.

Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes... Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo ensangrentado, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su Corazón todo ardiente de amor... Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura y de nuestra devoción..."

Fuente: cf. Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón

Llevar a los demás el amor del Corazón de Jesús

Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.

El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.

Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del Amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio.

Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios:nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San Juan- en que amamos a los hermanos.

Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Corazón traspasado de Amor por los hombres

Jesús en la Cruz, con el Corazón traspasado de Amor por los hombres, es una respuesta elocuente -sobran las palabras- a la pregunta por el valor de las cosas y de las personas. Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos. ¿Quién no amará su Corazón tan herido?, preguntaba ante eso un alma contemplativa. Y seguía preguntando: ¿quién no devolverá amor por amor? ¿Quién no abrazará un Corazón tan puro? Nosotros, que somos de carne, pagaremos amor por amor, abrazaremos a nuestro herido, al que los impíos atravesaron manos y pies, el costado y el Corazón. Pidamos que se digne ligar nuestro corazón con el vínculo de su amor y herirlo con una lanza, porque es aún duro e impenitente.

Son pensamientos, afectos, conversaciones que las almas enamoradas han dedicado a Jesús desde siempre. Pero, para entender ese lenguaje, para saber de verdad lo que es el corazón humano y el Corazón de Cristo y el amor de Dios, hace falta fe y hace falta humildad. Con fe y humildad nos dejó San Agustín unas palabras universalmente famosas: nos has creado, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina, que el mismo Cristo ha hecho posible, diciendo tomad y comed, porque esto es mi cuerpo: sino intentando reducir la grandeza divina a los limites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las mociones del Espíritu Santo. La pobre inteligencia nuestra estaría perdida, si no fuera por el poder misericordioso de Dios que rompe las fronteras de nuestra miseria: os dará un corazón nuevo y os revestiré de un nuevo espíritu; os quitaré vuestro corazón de piedra y os daré en su lugar un corazón de carne. Y el alma recobra la luz y se llena de gozo, ante las promesas de la Escritura Santa.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La verdadera devoción al Corazón de Jesús

Tengamos presente toda la riqueza que se encierra en estas palabras: Sagrado Corazón de Jesús. Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.

Al tratar del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente -con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías- a todo Jesús.

En esto se concreta la verdadera devoción al Corazón de Jesús: en conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, y en mirar a Jesús y acudir a Él, que nos anima, nos enseña y nos guía.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Corazón de Cristo, Tesoro inagotable de amor

Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño. Si queremos descubrir la evidencia de que Dios nos ama -de que no sólo escucha nuestras oraciones, sino que se nos adelanta-, nos basta seguir el mismo razonamiento de San Pablo: El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con El todas las cosas?

La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte -de pecador y rebelde- en siervo bueno y fiel. Y la fuente de todas las gracias es el amor que Dios nos tiene y que nos ha revelado, no exclusivamente con las palabras: también con los hechos. El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la Palabra de Dios, es la Palabra de la que procede el Amor.

El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y Sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta elconsummatum est, el todo está consumado, por amor.

Al considerar una vez más los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las realidades más hondas -ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota- se traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva?. Esas palabras nos explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Maravillas del Corazón de Jesús

Figuráos el mundo de la gracia que encierra infinidad de maravillas que sobrepujan incomparablemente las del mundo de la naturaleza, pues contiene todos los portentos de santidad que han sido operados en la tierra por el Santo de los santos; todas las maravillas realizadas en la Madre de la Gracia, en María Santísima; toda la santa Iglesia militante; todos los Sacramentos, tesoros de gracia inefable con todos los efectos maravillosos que dé ellos se derivan; todos los prodigios de la divina gracia realizados y por realizar en la existencia de todos los Santos que han sido y que serán hasta el fin de los tiempos. Ahora bien, ¿cuál es la fuente de todas estas maravillas? ¿No es acaso la caridad inenarrable del bondadosísimo Corazón de Jesús, que ha establecido y que conserva este mundo prodigioso de la gracia en la tierra por amor a los hombres?

¡Oh mi buen Jesús!, que todos estos portentos de vuestro Corazón amabilísimo, y que todas las potencias de vuestra divinidad y de vuestra humanidad no se cansen de bendeciros por siempre.

Elevad vuestro espíritu y vuestro corazón al cielo, para contemplar el mundo de la gloria, es decir, esta bella, inmensa y gloriosa ciudad en la que todos sus moradores están libres de penas y colmados de infinidad de bienes. Mirad esta falange innumerable de Bienaventurados, más resplandecientes que el sol, llenos de riquezas inestimables, de gozos indecibles y de gloria imponderable.

Considerad los goces inefables que os esperan en la Jerusalén celestial, pues el Espíritu Santo nos declara que jamás ojo humano vio, ni oído alguno oyó, ni corazón de hombre comprendió, ni comprender podrá jamás, los tesoros infinitos que Dios reserva a los que lo aman. Ahora bien, ¿quién ha hecho el cielo, y quién es el autor de cuantas maravillas encierra, sino el amor ardentísimo del amable Corazón del Hijo de Dios, que lo creó con su potencia infinita, que nos lo mereció con su Sangre y que lo colmó de un océano inmenso de delicias inenarrables, para dárnoslo por toda la eternidad como morada segura e imperecedera?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Cristo (III)

Estampa del funeral del Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús debe sernos grata a todos porque en ella se honra a Jesucristo, no ya en uno de sus estados o misterios particulares, sino en la generalidad y totalidad de su Amor, de ese Amor que nos da la clave de todos los misterios.

La práctica general de esta devoción tiende a devolver a Nuestro Señor amor por amor, a apoderarse de toda nuestra actividad, y penetrarla de amor que sea agradable a Jesucristo, de tal modo, que los ejercicios particulares no son más que medios de expresar a nuestro divino Maestro el recíproco amor que le tenemos. Es esto efecto, y muy precioso por cierto de esta devoción, puesto que toda la religión cristiana se reduce a dedicarnos por amor al servicio de Jesucristo, y por Él al servicio del Padre y del Espíritu Santo.

El cristianismo es el amor de Dios manifestado al mundo por Cristo, y toda nuestra religión cristiana puede reducirse a contemplar este amor en Cristo y responder al amor de Cristo para llegarnos hasta Dios.

Tal es el plan divino y lo que Dios quiere de nosotros. Si no nos amoldamos a él, no tendremos ni luz, ni verdad, ni seguridad, ni salvación.

Cuando recibimos a Nuestro Señor en la sagrada Comunión, hospedamos en nosotros aquel Corazón divino, hoguera de amor.

Pidámosle muy de veras nos haga Él mismo comprender este amor, porque un rayo que nos venga de arriba es harto más eficaz que todos los discursos humanos; pidámosle que nos haga amar a su divina Persona.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

El Corazón de Cristo (II)

Complácese San Agustín en subrayar la expresión elegida por el Evangelio para darnos a conocer la herida producida por la lanza en el costado de Jesús. El escritor sagrado no dice que la lanzada hirió, sino que “abrió” el costado del Salvador. Fué la puerta de la vida, dice el gran Doctor, lo que se abrió, para que del Corazón traspasado de Jesús se desbordasen sobre el mundo los ríos de gracia que debían santificar a la Iglesia.

Esta contemplación de los beneficios que Jesús nos hizo, debe ser la fuente de nuestra devoción práctica a su Corazón sacratísimo.

El amor, sólo con amor se paga. ¿De qué se quejaba Nuestro Señor a Santa Margarita María? De no ver correspondido su amor: “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe de ellos más que ingratitudes”. Por consiguiente, con amor, esto es, con el don de nuestro corazón, es como hemos de corresponder a Jesucristo.

Si amamos de veras a Jesucristo, no sólo nos gozaremos de su gloria, cantaremos sus perfecciones con todos los bríos de nuestra alma, lamentaremos las injurias hechas a su Corazón, y le ofreceremos humildes reparaciones, sino que procuraremos sobre todo obedecerle, aceptar de buen grado las disposiciones de su Providencia, tratar de extender su reino en las almas, y procurar su gloria.

Acostumbrémonos, pues, a hacer todas las cosas, aun las más menudas, por amor y por agradar a Jesucristo, trabajemos y aceptemos cuantos padecimientos y penas nos imponen nuestros deberes de estado únicamente por amor y por unirnos a los sentimientos que experimentó su Corazón durante su vida mortal, bien seguros de que tal modo de obrar es una excelente práctica de devoción al Sagrado Corazón.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

El Corazón de Cristo (I)

Vemos morir en el Calvario a un hombre como nosotros, abrumado de angustias y atormentado cual nadie podrá serlo jamás, y llegamos a comprender el amor que este hombre nos demuestra; pero amor que por ser tan excesivo, supera nuestro conocimiento, es la expresión concreta y tangible del amor divino. El Corazón de Jesús alanceado, nos revela el amor humano de Cristo; mas por entre el velo de su Humanidad, muéstrase el inefable e incomprensible amor del Verbo.

Ved cuán amplias perspectivas nos abre esta devoción. Ved si no ofrece particular atractivo para el alma fiel, pues que le facilita el medio de honrar lo más grande y subido, lo más eficaz que hallamos en Jesucristo, Verbo encarnado, cual es el Amor que tiene al mundo, y cuyas llamas están siempre ardiendo, como horno encendido, en su Corazón sacratísimo.

Invítanos la Iglesia en la oración de la fiesta del Sagrado Corazón a repasar con el pensamiento los principales beneficios que debemos al Amor de Jesucristo: la redención por medio de la Pasión, la institución de los Sacramentos, y de un modo especial, el de la Eucaristía, debidos tanto al amor humano de Jesús, como a su amor increado.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

Santa Margarita María y su Consagración

Santa Margarita María de Alacoque

He aquí el texto de la Consagración que Santa Margarita María hizo de sí misma, dictado por el Sagrado Corazón, tal como lo escribió al P. Croiset.

“Yo, ... me entrego y consagro al Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; mi persona y mi vida, mis acciones, penas y padecimientos, para no servirme de nada de mi ser, sino sólo para amarle, honrarle y glorificarle. Mi voluntad irrevocable es ser todo para El y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que no sea de su agrado. Te elijo, pues, Sagrado Corazón, como único objeto de mi amor, protector de mi vida, prenda de mi salvación, y remedio en mi fragilidad e inconstancia, reparador de todos los defectos de mi vida, y refugio seguro en la hora de mi muerte. Sé, oh Corazón bondadoso, mi justificación ante Dios, tu Padre, y no permitas que caigan sobre mí los rayos de su justa cólera: Corazón amante, en ti tengo puesta mi confianza, pues todo lo temo de mi malicia y fragilidad, pero lo espero todo de tu bondad. Haz desaparecer de mí todo aquello que te desagrade o se resista a ti. Tu purísimo Amor arraigue tan íntimo en mi corazón, que nunca pueda olvidarte o separarme de ti: Te suplico, por todas tus bondades, que mi nombre se escriba en ti, puesto que he cifrado toda mi gloria y felicidad en vivir y morir como esclavo tuyo. Así sea.”

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Junio está consagrado especialmente al Corazón Divino

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

En la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios. Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Cristo dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante la mansedumbre y la humildad. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbrey la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor. Pero también esa mansedumbre y humildad lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del Miércoles 20 de junio de 1979

El Corazón de María en Jesús

“María, por su parte, guardaba todas estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2,19)

Jesús crece en María y es parte de ella y el Corazón de Jesús está íntimamente unido al Corazón de María. También María vive en Jesús que es su todo y el Corazón de María está íntimamente unido al Corazón de Jesús que le insufla la vida. Así que Jesús y María son uno, viviendo en la tierra. El Corazón del uno no vive ni respira más que por el del otro.

Estos dos Corazones, tan cercanos y tan divinos, viviendo una única vida tan alta ¿qué no harán el uno para el otro, el uno en el otro? Únicamente el amor lo puede imaginar y sólo el amor divino y celestial. Únicamente el amor de Jesús lo puede comprender... ¡Oh Corazón de Jesús viviendo en María y por María, oh Corazón de María viviendo en Jesús y para Jesús, oh unión deliciosa de estos dos Corazones!

El Corazón de la Virgen es el primer altar sobre el que Jesús ha ofrecido su Corazón, su cuerpo, su espíritu en Hostia agradable de alabanza perpetua, y donde Jesús ofrece el primer sacrificio y la primera y eterna oblación de sí mismo.

Fuente: Cardenal Pierre de Bérulle, Escritos

Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, fuerte y convencida como un acto de fe, encierra en una frase lapidaria todo el misterio de Cristo Redentor; nos recuerda las palabras dirigidas por Jesús a Marta, afligida por la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. En el íntimo ser de Cristo, en su Corazón, la vida divina y la vida humana se unen armónicamente, en plena e inseparable unidad.

Jesús es vida para nosotros. “Dar la vida” es el objetivo de la misión que Él, Buen Pastor, recibió del Padre: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Jesús es también la resurrección. Nada es tan radicalmente contrario a la santidad de Cristo como el pecado; nada es tan opuesto a Él, fuente de vida, como la muerte.

Un vínculo misterioso une pecado y muerte: ambas son realidades esencialmente contrarias al proyecto de Dios sobre el hombre, que no fue hecho para la muerte, sino para la vida. Ante toda expresión de muerte, el Corazón de Cristo se conmovió profundamente, y por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, hizo de su vida un “prodigioso duelo” contra la muerte (Misal Romano, Secuencia de Pascua): con una palabra restituyó la vida física a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo; con la fuerza de su amor misericordioso devolvió la vida espiritual a Zaqueo, a María Magdalena, a la adúltera y a cuantos supieron reconocer su presencia salvadora.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 27 de agosto de 1989

El Varón saturado de oprobios

Busqué quien me consolara y no lo hallé (Salmo 68)

En ese dolor, suma de todos los dolores que se llama la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuatro veces se lee en el Evangelio que se quejó el Varón saturado de oprobios.

La primera, de sus tres íntimos que se duermen: “¿No pudisteis velar una hora conmigo?”.

La segunda, de Judas, que lo vende y traiciona: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

La tercera, del esbirro del tribunal que le abofetea: “Si he hablado mal, dime en qué, y si bien, ¿por qué me hieres?”.

Y la cuarta de su Padre que le priva de su presencia sensible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas cuatro quejas tan serenas y reposadas, que más parecen lamentos que quejas, han sido arrancadas de los labios y del Corazón de Jesucristo más que por cuatro dolores distintos por uno solo manifestado bajo cuatro formas.

Ésa es la gran pena del Corazón de Cristo, ése es el dolor que flota sobre el mar sin fondo ni riberas de dolores en que se anega su Corazón. El abandono de la amistad humana, en la soñolienta desidia de sus íntimos y en la perfidia de Judas, el abandono de la justicia humana en la insolente bofetada y el abandono de los consuelos de Dios... Recoged y saboread esta enseñanza y responded a una pregunta. ¿Seguirá contando con vosotros en esa hora sin término de abandonos de Sagrario por la que aun está pasando?

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte

“Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros”

Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Toda su existencia está dominada por este “yo debo” que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”; y les enseñará a orar así: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Jesús obedece hasta la muerte, aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida.

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia, el miedo y la turbación, el sudor de sangre y las lágrimas. Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura del rechazo, de la traición, de la ingratitud, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: “Todo está cumplido”.

Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: “Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”, y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 23 de julio de 1989

Corazón de Jesús, traspasado por una lanza


«Corazón de Jesús atravesado por una lanza, ten piedad de nosotros»

Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn19, 23-37).

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo “al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la “apariencia”, el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrentees el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 30 de julio de 1989

Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados


El Corazón de Jesús es fuente de vida, porque por medio de Él actúa la victoria sobre la muerte. Es fuente de santidad, porque en Él ha sido vencido el pecado que es adversario de la santidad en el corazón del hombre.

Jesús, que el domingo de resurrección entra por la puerta cerrada, en el Cenáculo, dice a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados” (Jn 20, 23). Y diciendo esto, les muestra las manos y el costado, en el que están visibles los signos de la crucifixión. Muestra el costado, lugar del Corazón traspasado por la lanza del centurión.

Así, pues, los Apóstoles han sido llamados a volver al Corazón, que es propiciación por los pecados del mundo. Y con ellos también nosotros somos llamados.

La potencia de la remisión de los pecados, la potencia de la victoria sobre el mal que alberga en el corazón del hombre, se encierra en la pasión y en la muerte de Cristo Redentor. Un signo particular de esta potencia redentora es precisamente el Corazón.

La pasión de Cristo y su muerte se han apoderado de todo su cuerpo. Se han cumplido mediante todas las heridas, que Él ha recibido durante la pasión. Y se han cumplido sobre todo en el Corazón, porque el Corazón agonizaba mientras se apagaba todo el cuerpo. El Corazón se consumía al ritmo del sufrimiento que producían todas las heridas.

En este despojamiento el Corazón ardía de amor. Una llama viva de amor ha consumido el Corazón de Jesús en la cruz.

Este amor del Corazón fue la potencia propiciadora por nuestros pecados. Ello ha superado ―y supera para siempre― todo el mal contenido en el pecado, todo el alejamiento de Dios, toda la rebelión de la libre voluntad humana, todo mal uso de la libertad creada, que se opone a Dios y a su santidad.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 17 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, despedazado por nuestros pecados


Corazón de Jesús en Getsemaní, que «se entristece hasta la muerte», que siente el «peso» terrible. Cuando dice: “Todo te es posible; aleja de mí este cáliz” (Mc 14 36), Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.

Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, Dios ha amado tanto al mundo hasta dar su Hijo unigénito...

Tantos siglos antes lo había dicho Isaías: “Pero fue Él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido” (Is 53, 4). Él se ha inmolado por nuestros delitos; y, sin embargo, ¿no decían en el Gólgota: “Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz” (Mt27, 40)? Así decían. Y, sin embargo, el Profeta Isaías decía tantos siglos antes: “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados... Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino: Y Yahvé cargó sobre El la iniquidad de todos nosotros... Fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo” (Is53,5-8).

¡Despedazado por nuestros delitos!

Corazón de Jesús, despedazado por los pecados...

Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón.

Jesús dice: “Todo está cumplido”

“Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc23, 46).

¿Cómo iban a cumplirse de otro modo las escrituras?

Cómo iban a cumplirse de otro modo las palabras del Profeta que dice: “El Justo, mi Siervo, justificará a muchos... Se cumplirá por su medio la voluntad del Señor” (cf. Is 53, 11). ¡La voluntad del Padre! ¡No la mía, sino tu voluntad!

¡Madre del Redentor! ¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 31 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, saciado de oprobios

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Santísimo Cristo de la Victoria

Las palabras de las letanías del Sagrado Corazón nos ayudan a releer el Evangelio de la pasión de Cristo.

Repasemos con los ojos del alma aquellos momentos y acontecimientos desde la captura en Getsemaní al juicio de Anás y de Caifás, la encarcelación nocturna, la sentencia matutina del Sanedrín, el tribunal del Gobernador romano, el tribunal de Herodes el galileo, la flagelación, la coronación de espinas, la sentencia de crucifixión, el vía crucis hasta el lugar del Gólgota, y, a través de la agonía sobre el árbol de la ignominia, hasta el último «Todo está cumplido».

Corazón de Jesús, saciado de oprobios.

Corazón de Jesús ―el corazón humano del Hijo de Dios―, tan conocedor de la dignidad de todo hombre, tan conocedor de la dignidad de Dios-Hombre.

Corazón del Hijo, que es Primogénito de toda creatura:

― tan conocedor de la peculiar dignidad del alma y del cuerpo del hombre;

tan sensible por todo lo que ofende esta dignidad: «saciado de oprobios».

Recordemos las palabras del Profeta Isaías: “He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma... Él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio... No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue” (Is 42, 1-3).

“Como de Él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre” (Is 52, 14).

“...Varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta” (Is 53, 3).

¡Corazón de Jesús, saciado de oprobios!

Signo de contradicción...

“Y una espada atravesará tu alma...” (Lc 2, 4-35).

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 24 de agosto de 1986

Corazón de Jesús, víctima por los pecadores

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«Cor Iesu, victima peccatorum».

«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, fue entregado por nuestros pecados(Rm4, 25); pues, aunque Él no había cometido pecado, Dios le hizo pecado por nosotros(2 Co5, 21). Sobre el Corazón de Cristo gravó,enorme, el peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del cordero pascual,víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (cf. Ex12, 21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero cordero de Dios(Jn1, 29): cordero inocente,que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (cf. Mt3, 13-16 y paralelos); cordero manso, al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda(Is53, 7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria,porque se ofreció libremente a su pasión,como víctima de expiación por los pecados de los hombres que consumió en el fuego de su amor.

Jesús es víctima eterna.Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Él conserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagasde las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (cf. Jn20, 27; Lc24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (cf. Hb7, 25; Rm8, 34).

Hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: «Por los pecados del puebloElla vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio» (Secuencia Stabat Mater).

Fuente: cf. S.S. Juan Pablo II, Ángelus del 10 de septiembre de 1989

El Corazón de Jesús, nuestro Tesoro

Cada uno de nosotros puede decir con San Bernardo: “El Corazón de Jesús es mi corazón y lo diré con atrevimiento, porque si Jesús es mi cabeza ¿lo que es de mi cabeza, no es mío? Como los ojos de mi cabeza corporal son verdaderamente míos, así el Corazón de mi cabeza espiritual es verdaderamente mi Corazón. ¡Oh, qué dicha, pues que es cierto que no tengo con Jesús sino un solo Corazón!”

Nuestro amabilísimo Salvador nos ha dado su amabilísimo Corazón para que sea nuestro tesoro. Es un tesoro inmenso e inagotable que enriquece el cielo y la tierra con infinidad de bienes.

Saquemos de ese tesoro con qué pagar a la justicia divina lo que le debemos por todas nuestras faltas, ofreciéndole ese Sacratísimo Corazón en satisfacción por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias. Si tenemos necesidad de alguna virtud, saquémosla de nuestro tesoro que contiene en grado eminente todas las virtudes, y supliquemos a nuestro Señor, que por la profundísima humildad de su Corazón, nos dé humildad verdadera; que por la ardentísima caridad de su Corazón, nos dé caridad perfecta; y así en cuanto a las demás virtudes.

Cuando en las diversas circunstancias haya necesidad de alguna gracia particular saquémosla de nuestro tesoro pidiéndole a nuestro Señor que por su benignísimo Corazón nos la conceda. Si deseamos ayudar a las almas del Purgatorio para que paguen sus deudas a la Justicia divina ofrezcamos a éstas nuestro precioso tesoro para que saquen de él con qué pagarse. Cuando alguien se encomiende a nuestras oraciones o nos pida alguna cosa, levantemos nuestro corazón hacia nuestro tesoro y digamos con humildad y confianza: “Oh Corazón amable de mi Salvador, haced sentir los efectos de vuestra caridad a todos los que recurran a mí.”

Finalmente, ya que nuestro corazón está unido a su tesoro, procuremos que los afectos y la ternura de nuestro corazón estén unidos al amabilísimo Corazón de Jesús.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Corazón de Jesús, Rey de los mártires

Sagrado Corazon 45 78

Todos los sufrimientos de los santos mártires son poca cosa, o mejor, no son nada en comparación con los dolores infinitos del adorable Corazón del Rey de los mártires. Contad si podéis todos los pecados del universo, cuyo número es incalculable, y habréis contado las agudísimas saetas que afligieron al divino Corazón del Salvador con infinidad de heridas, tanto más dolorosas cuanto más amor tenía ese corazón sacratísimo para con su eterno Padre, a quien veía infinitamente e infinitas veces ultrajado y deshonrado por ese ejército incontable de crímenes.

¡Oh Salvador mío, cuánto detesto y aborrezco todos mis pecados, que se cuentan entre los detestables verdugos que martirizaron vuestro benignísimo Corazón!
¡Oh Salvador mío! ¿Quién os hizo sufrir tantos tormentos, que por ellos vuestro Corazón se rompió de dolor, sino el amor infinito que tenéis a vuestro Padre y a nosotros? Luego se puede decir que moristeis de amor y de dolor y que vuestro Corazón se rompió, y que fue magullado y despedazado por el dolor y el amor de la gloria de vuestro Padre y el de nuestra Redención.
¡Oh adorable Corazón de mi Jesús! ¿Con qué pagaré todos esos excesos de vuestra bondad?

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Jesús lleno de amor a nosotros en su santa Pasión

Corazon Eucaristico de Jesus 07 11

Toda la vida pasible y mortal de nuestro adorabilísimo Salvador sobre la tierra fue un continuo ejercicio de caridad y de bondad para con nosotros. Pero fue en su Pasión donde nos dio los mayores testimonios de su amor. Porque, en este tiempo, en un exceso de su bondad, sufre tormentos espantosos para librarnos de los suplicios terribles del infierno y para adquirirnos la felicidad inmortal del cielo. Entonces se ve su cuerpo adorable cubierto de llagas y bañado en su sangre. Entonces se ve su cabeza sagrada taladrada por agudas espinas y sus pies y manos traspasados por gruesos clavos, sus oídos llenos de blasfemias y maldiciones, su boca abrevada con hiel y vinagre, y la crueldad de los judíos le arranca el alma a fuerza de tormentos. Entonces principalmente su divino Corazón se ve afligido con una infinidad de llagas sangrientas y dolorosas cuyo número es casi infinito.

Se pueden contar, sí, las llagas de su cuerpo, pero las de su Corazón son innumerables.

¡Oh Salvador mío, os doy mi corazón! ¡Oh Madre de misericordia, os doy este mismo corazón: dádselo a vuestro Hijo, y suplicadle que lo ponga en el lugar de los corazones santos que amarán a Hijo y Madre por toda la eternidad!

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El sufrimiento del Corazón de Jesús ante la aflicción de su Madre

La Piedad 01 01

Los dolores que el Corazón adorable de nuestro Salvador soportó al ver a su santísima Madre sumergida en un mar de tribulaciones en el tiempo de su Pasión, son inexplicables. No se los declararon con palabras: sus ojos y sus corazones se comprendían y comunicaban recíprocamente. Pero el perfectísimo amor reciproco y la entera conformidad que tenían a la voluntad divina, no permitían que hubiese imperfección alguna en sus sentimientos naturales.

Siendo el Salvador el Hijo único de María, sentía mucho sus dolores, pero como era su Dios, la fortificaba en la mayor desolación que jamás ha habido, la consolaba con divinas palabras que ella escuchaba y conservaba cuidadosamente en su Corazón, con nuevas gracias que continuamente derramaba en su alma, a fin de que pudiese soportar y vencer los violentísimos dolores que le estaban preparados.
Eran tan grandes estos dolores, que si le hubiera sido posible y conveniente sufrir en lugar de su Hijo, le hubiera sido más soportable que el verlo padecer y le hubiera sido más dulce dar su vida por El, que verle soportar suplicios tan atroces. Pero, no habiendo dispuesto Dios de otra manera, ofreció ella su Corazón y dio Jesús su Cuerpo, a fin de que cada uno sufriese lo que Dios había ordenado. María había de sufrir todos los tormentos de su Hijo en la parte más sensible que es su Corazón y Jesús había de soportar en su Cuerpo sufrimientos inexplicables y en su Corazón los de su santa Madre que eran inconcebibles.

Despidióse el Salvador de su santísima Madre y fue a sumergirse en el océano inmenso de sus dolores; y su Madre en continua oración, lo acompañó interiormente, de suerte que en este triste día comenzaron para ella las plegarias, las lágrimas, las agonías interiores y, con perfectísima sumisión a la divina voluntad, repetía con su Hijo, en el fondo de su Corazón: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la vuestra”.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

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