Pío XII y la educación de la juventud (II)

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Responded a la exagerada importancia hoy concedida a cuanto es puramente técnico y material con una educación que reconozca siempre el primer lugar a los valores espirituales y morales, a los naturales y, sobre todo, a los sobrenaturales.

La Iglesia, sin duda ninguna, aprueba la cultura física, si es ordenada; y será ordenada cuando no se encamine al culto del cuerpo, cuando sea útil para fortalecerlo y no para despilfarrar sus energías, cuando sirva también de recreo al espíritu y no sea causa de debilitación y de rudeza espiritual, cuando procure nuevos estímulos para el estudio y para el trabajo profesional y cuando no conduzca a su abandono, a su descuido o a la perturbación de la paz que debe presidir el santuario del hogar.
Oponed a la busca inmoderada del placer y a la indisciplina moral, -que querrían igualmente invadir hasta las filas de los jóvenes católicos, haciéndoles olvidar que llevan consigo una naturaleza caída cargada con la triste herencia de una culpa original-, la educación del dominio de sí mismo, del sacrificio y de la renuncia,empezando con lo más pequeño para pasar luego a lo mayor; la educación de la fidelidad al cumplimiento de los propios deberes, de la sinceridad, serenidad y pureza, especialmente en los años en que el desarrollo va llegando a la madurez. Pero nunca se os olvide que a esta meta no se puede llegar sin la potente ayuda de los Sacramentos de la Confesión y de la Santísima Eucaristía, cuyo sobrenatural valor educativo jamás podrá ser apreciado debidamente.

Desarrollad, en las almas de los niños y de los jóvenes, el espíritu jerárquico, que no niega a cada edad su debido desenvolvimiento, para disipar, en lo posible, esa atmósfera de independencia y de excesiva libertad que en nuestros días respira la juventud y que la llevaría a rechazar toda autoridad y todo freno, procurando suscitar y formar el sentido de la responsabilidad y recordando que la libertad no es el único entre todos los valores humanos, aunque se cuente entre los primeros, sino que tiene sus límites intrínsecos en las normas ineludibles de la honestidad y extrínsecos en los derechos correlativos de los demás, tanto de cada uno en particular cuanto de la sociedad tomada en su conjunto.
Finalmente, puesto que la educación del niño y del joven ha de ser la resultante del esfuerzo común de muchos elementos concordados, dad toda la importancia que se merece a la cooperación y al acuerdo entre los padres de familia, la escuela, y las obras que la ayudan y que continúan su labor cuando se sale de ella, como son la Acción Católica, las Congregaciones marianas, los centros de estudio y otras instituciones semejantes. Ayuda especial podrán necesitar no raramente los mismos padres de familia, que muchas veces no cuentan con la debida preparación para el ejercicio de sus deberes educativos; y de la buena inteligencia con ellos dependerá, de ordinario el éxito de la educación, aunque sean buenos los colegios y mejores los maestros.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

Pío XII y la educación de la juventud (I)

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La esencia y el blanco de la educación -para expresarnos con las palabras de Nuestro inmediato Predecesor- consisten en la colaboración con la divina gracia para la formación del verdadero y perfecto cristiano. En esta perfección va incluido que el cristiano, en cuanto tal, se halle en condiciones de afrontar y superar las dificultades y corresponder a las exigencias de los tiempos en que le ha tocado vivir. Esto quiere decir que la labor educativa, al tener que realizarse en un ambiente determinado y para un determinado medio, tendrá que irse adaptando constantemente a las circunstancias de ese medio, y de ese ambiente donde la perfección ha de conseguirse y para el cual se destina.

Oponed, pues, a los perniciosos esfuerzos, que querrían apartar completamente la religión de la educación y de la escuela o por lo menos fundar la escuela y la educación sobre una base puramente naturalista, el ideal de una labor docente enriquecida con el tesoro inestimable de una fe sentida y vivificada por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

Procurad que vuestros niños y vuestros jóvenes, a medida que van progresando en el camino de los años, reciban también una instrucción religiosa cada vez más amplia y más fundamentada; sin dejar de tener en cuenta que tanto la conciencia plena y profunda de las verdades religiosas cuanto las dudas y las dificultades suelen de ordinario presentarse en los últimos años de los estudios superiores, especialmente si el educando ha de hallarse en contacto, cosa hoy difícilmente evitable, con personas o con doctrinas adversas al Cristianismo; y que por eso la instrucción religiosa exige con todo derecho un puesto de honor en los programas de las universidades y de los centros de estudios superiores.
Haced de manera que con esta instrucción vayan estrechamente unidos el santo temor de Dios, la costumbre de recogerse en la oración, y la participación plena y consciente en el espíritu del Año litúrgico de la Santa Madre Iglesia, fuente de incontables gracias; pero en esta labor actuad con cautela y con prudencia, a fin de que sea el mismo joven quien siempre busque algo más y poco a poco, obrando por sí mismo, vaya aprendiendo a vivir y a actuar su vida de fe.

Contraponed a la escasez de principios de este siglo, que todo lo mide por el criterio del éxito, una educación que haga al joven capaz de discernir entre la verdad y el error, el bien y el mal, el derecho y la injusticia, plantando firmemente en su alma los puros sentimientos del amor, de la fraternidad y de la fidelidad. Si las peligrosas películas de hoy día, hablando tan sólo a los sentidos y de una manera excesivamente unilateral, traen consigo el riesgo de producir en las almas un estado de superficialidad y de pasividad anímica, el libro bueno puede completar lo que aquí falta desempeñando en la labor educativa un papel de importancia cada vez mayor.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

5 consejos prácticos para padres, de los santos Luis y Celia Martin

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1. Consagrad cada niño a Dios desde el nacimiento

Celia tenía la costumbre de consagrar a sus hijos a Dios inmediatamente después de dar a luz, usando la siguiente oración: "Señor, concédeme la gracia de que este niño Te sea consagrado y que nada venga a empañar la pureza de su alma". Quería que todos sus hijos fueran santos, y decía que "ahora" es el mejor momento para empezar.

2. Amad a vuestros hijos con inmenso afecto
Luis y Celia amaban a sus hijas con un gran cariño, se aseguraban de que todas supieran el grandísimo amor que sus padres sentían por ellas. Celina Martin escribió sobre su padre: "Aunque duro consigo mismo, siempre era cariñoso con nosotras. Se desvivía por nosotras. Ningún corazón de madre podía sobrepasar el suyo".

3. No os rindáis si vuestro hijo es difícil
Celia tranquilizaba a su hermano en una carta: "No te intranquilice si descubres que tu pequeña Jeanne manifiesta mal genio. Eso no evitará que madure hasta ser una excelente muchacha más adelante, y que incluso sea tu consuelo. Recuerdo que Paulina, hasta los dos años, era igual, y yo estaba angustiadísima con ella... y ahora es la mejor de todas. Pero debo decirte que tampoco la consentí. Por pequeña que fuera, nunca permití que se saliera con la suya".
Paulina no fue la única en la familia Martin que generó estrés parental. Tanto Teresa como su hermana Leonia mortificaron a su madre. Sin embargo, Celia y Luis no se rindieron y continuaron esforzándose aunque su trabajo pareciera infructífero al principio.

4. Sed un ejemplo de caridad para vuestros hijos
Nuestros hijos imitan todos nuestros actos, para bien y para mal. Luis y Celia hicieron lo posible para servir de modelo a sus hijas con el buen trato. Celina escribió: "En una ocasión acompañé a papá a cobrar la renta de la casa de una inquilina; era en la calle principal de Lisieux. La mujer se negó a pagar y corrió tras él profiriendo insultos. Yo estaba horrorizada, pero él permaneció tranquilo y no pronunció réplica alguna, tampoco se quejó de ella después".
¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos sean pacientes y amables con otras personas si primero nosotros mismos no somos ejemplos de ello?

5. Jugad con vuestros hijos
Hoy en día nos tienta la facilidad con la que podemos dejar a los niños delante de una pantalla y a duras penas dedicar tiempo a jugar con ellos. Sin embargo, a veces nuestros hijos necesitan nuestra atención, incluso en el reino de los juegos.
Celina escribió que su madre incluso jugaba con ellas de buena gana, a riesgo de que sus propias labores diarias se alargaran luego hasta medianoche o más. Luis se unía también a los juegos y a menudo elaboraba pequeños juguetes para sus hijas, inventaba juegos y les cantaba canciones.

Fuente: cf. es.aleteia.org

El hogar, fuente de personalidad y virtudes


Es en el hogar donde los hijos tienen la primera experiencia de la existencia, que será la base de todas las experiencias ulteriores en la vida. Gracias a la seguridad del hogar se forma en ellos la seguridad personal, que sostendrá su actividad en el seno de la sociedad. Por consiguiente, la división y la inseguridad del hogar pueden tener para ellos graves repercusiones e impedirles adquirir la valentía de ser, necesaria para la formación de la personalidad.
El hogar procura a los hijos la experiencia primitiva del amor y de la felicidad con sus variantes en el afecto hacia el padre, la madre, los hermanos y las hermanas. Es el lugar principal de la educación. En el seno de la familia es donde el niño aprenderá a discernir lo que es bueno o malo y adquirirá su primera formación moral y religiosa. Pero en el hogar encontrará asimismo el sufrimiento, los disentimientos y la maldad de un modo particularmente íntimo.
En la familia, el niño adquirirá, en una edad en la que es particularmente receptivo, sus primeros conocimientos: la lengua materna, el saber de las cosas concretas, las verdades de la religión, las primeras ideas y el arte de servirse de ellas. De sus padres recibirá la primera enseñanza, especialmente moral, la formación en las virtudes, necesaria para el desarrollo de la libertad de calidad.

Por ello las deficiencias de la educación familiar podrán ser particularmente perjudiciales. Es evidentemente en la familia donde el niño tendrá la experiencia original de las relaciones sociales y aprenderá su diversidad en sus relaciones con sus padres y los otros miembros de la familia. Transportará con él estas relaciones primarias, tanto en el marco de la sociedad civil como en el seno de la Iglesia. Repercutirán incluso en sus relaciones con Dios, por ejemplo, la relación con el padre. Es también en el hogar donde el niño conocerá la autoridad y deberá aprender a situarse ante ella en una obediencia personal.

Fuente: Cf. Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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