Un Santo de nuestra Patria

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Hoy celebramos en Argentina la Memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero.

José Gabriel Brochero nace el 16 de marzo de 1840 en Villa Santa Rosa, Provincia de Córdoba, en el oeste de Argentina.

En 1856, José Gabriel ingresa en el seminario de Nuestra Señora de Loreto, en Córdoba. Se aplica al estudio con rigor y perseverancia. Ya desde esa época, José Gabriel descubre los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Cada año renueva su retiro en los jesuitas de Córdoba. José Gabriel es ordenado sacerdote el 4 de noviembre de 1866.

El fuego del amor divino que prende en su corazón lo iluminará y guiará por todos los caminos. Un día se le ofrece una ocasión providencial de ejercer la misericordia. En 1867, Córdoba padece una epidemia de cólera que se lleva en poco tiempo más de 4.000 personas. La población está presa de aflicción y de pánico. Con peligro de su vida, el joven sacerdote se entrega en cuerpo y alma, mostrando hasta el final de la epidemia una dedicación incansable y una valentía que no desfallece.

En diciembre de 1869, el padre Brochero es nombrado párroco. Para dirigirse desde Córdoba a San Pedro, capital del departamento a donde es destinado, el nuevo párroco necesita tres días de viaje a lomo de una mula, a través de la montaña. Poco tiempo después, se instalará definitivamente en Villa del Tránsito, donde permanecerá más de cuarenta años predicando el Evangelio mediante la palabra y el ejemplo.

El párroco se identifica con sus feligreses, entregándose a todos para ganarlos a Cristo. Como no todos van a la iglesia, con audacia, enarbolando su crucifijo, su bravura y su amabilidad proverbial, parte en busca de las ovejas perdidas. Y éstas, a cambio, lo aman incondicionalmente. Él se lo merece, pues, mientras les habla de Dios y del Evangelio, les construye iglesias y escuelas, puentes y caminos, cunetas y canales. Para alcanzar sus objetivos, no teme presentarse ante el gobernador de la Provincia, ante los ministros e incluso ante el mismo presidente de la República cuando la necesidad lo requiere.

El padre Brochero ve en los Ejercicios espirituales de san Ignacio un medio especialmente adaptado para forjar la reforma de las costumbres y el progreso en el bien. El párroco recluta incansablemente personas interesadas en los retiros, por centenares. En su mente toma forma un proyecto: abrir en su parroquia una casa grande para los Ejercicios espirituales. Su propósito se cumple en 1887, tras dos años de obras.

En 1898, el obispo le concede el relevo de su función curial y lo nombra canónigo de la catedral. Todo lo que gana como canónigo lo redistribuye a los pobres.

En 1902, en sus visitas a un leproso al que quería ganar para Jesucristo, el padre Brochero se contagia de la enfermedad, pierde la vista, pero no por ello deja de celebrar la Misa ni de predicar. Fiel a su lenguaje popular, se compara con una bestia de carga: “Ahora, todos mis arreos están listos para partir”. Son sus últimas palabras. Entrega apaciblemente su alma a Dios a la edad de 73 años, el 26 de enero de 1914.

Fuente: cf. Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

En memoria de la esposa del Beato Carlos de Austria

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La Sierva de Dios, fallecida santamente el 14 de marzo de 1989

Zita fue la última emperatriz de Austria. La fecha de su muerte (el 14 de marzo de 1989) no nos resulta demasiado lejana. Después de la misa solemne de réquiem celebrada en la catedral vienesa de San Esteban el 1 de abril de 1989 -el mismo día del fallecimiento de su esposo-, los funerales de Estado austríacos prescribían que la comitiva fúnebre recorriera las calles del casco antiguo de la capital del Imperio de los Habsburgo. El trayecto finalizaba ante la puerta de la iglesia de los Capuchinos, en cuya cripta reposaría hasta el día del Juicio Final esta mujer admirable.

Fiel a los valores que defendió su marido, cuyo corazón la acompañó a todas partes, Zita transmitió esa herencia moral, espiritual y política a su numerosa descendencia: ocho hijos, treinta y tres nietos y ciento diez bisnietos. Su vida estuvo fundada sobre roca, sobre ese Dios en el que había puesto toda su confianza; construyó su vida sobre el amor de Jesucristo, cuyos mandamientos se esforzó por cumplir. Fue una esposa ejemplar en vida de su esposo y vivió con él en una intensa unidad de oración durante los sesenta y siete años que duró su viudedad.

En estos tiempos difíciles en que vivimos, a la Iglesia le gusta ofrecer a los fieles ejemplos de vidas que poder seguir, de personas cuyo itinerario no está alejado del suyo y que quizá han conocido, o de las que han oído hablar a alguien cercano, generándose así una proximidad. Son personas con sus defectos y debilidades, igual que cualquiera de nosotros, pero han movilizado todas sus fuerzas para seguir el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, y para mejorar mientras viven en este mundo.

Fuente: Cyrille Debris, Zita, Retrato íntimo de una emperatriz

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Santificación en el matrimonio (III)

Beato Carlos de Austria 06 10

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser aquellos a los que los hijos confían sus inquietudes, con quienes consultan sus problemas, de los que esperan una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no sólo imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Fuente: cf. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Habrá niños santos - Siervo de Dios Guido de Fontgalland

Guido de Fontgalland 01 01

Guido de Fontgalland nació el 30 de noviembre de 1913 en París, Francia, y fue bautizado el 7 de diciembre.

Después de su primera comunión, Guido solía decir: «Cuando se quiere comulgar es preciso pensar en ello desde la víspera y prepararse, "echando flores al Nino Jesús", como decía sor Teresita, ofreciendo pequeños sacrificios por su amor».
No escatimaba momento ni tiempo en propaganda para la Comunión. Quería que todos participaran de esta fiesta, de este manjar divino... que nadie se quedara sin recibir a Dios vivo como alimento.
En octubre de 1921 entró en el colegio de S. Luis Gonzaga. No atraía la atención hacia sí mismo, pero destacaba por su caridad y compañerismo.

En julio de 1924 la familia fue de peregrinación a Lourdes. Ante la gruta tuvo una revelación de que moriría pronto; era sábado, día dedicado a la Virgen Santísima.
En la noche del 7 al 8 de diciembre, cayó enfermo con difteria. Siguió un período de crisis y mejorías durante el cual, sabiendo que moriría a pesar del optimismo de los doctores, desveló su secreto a su madre y para consolarla le dijo: «Querida mamá, tengo que contarte un secreto: estoy a punto de morir. La Virgen vendrá a llevarme con Ella. La idea de dejar a papá y sobre todo a ti me hizo sufrir. Solo porque Dios lo quiere, me dejo llevar. La Virgen me dijo que desde tus brazos pasaré a los suyos. No llores, mamá, va a ser tan dulce morir así». Afrontó el dolor con valentía y murió el sábado 24 de enero de 1925 a la edad de 11 años.

La llamada a la santidad comienza en el bautismo; no tenemos que esperar a tener canas y ser ancianos para servir a Dios. Los santos jóvenes nos dicen algo de la santidad, y su ejemplo es especialmente luminoso, pues dedican sus jóvenes vidas a Dios. La juventud necesita héroes que admirar, cuya valentía, determinación y gran amor a Dios y a la Iglesia fueron el incentivo para superar tentaciones y dificultades. El ejemplo de los santos se contrapone al de los ídolos de paja que son, con demasiada frecuencia, los únicos que se proponen hoy en día.

Fuente: cf. hogardelamadre.org

Un matrimonio de santos

San Isidro Labrador 03 04 Santos Isidro labrador y María Toribia

San Isidro y Santa María lograron una perfecta unión de corazón y alma, de fe y de vida cristiana. Su caridad ilimitada hace que sus contemporáneos ya les admiraran y veneraran como a unos Santos, siendo uno de los pocos ejemplos en la historia de la Iglesia en que ambos cónyuges han alcanzado la gloria de los altares.

La vida del santo matrimonio encendía más y más el fervor del pueblo de Madrid, tras el conocimiento de su estilo de vida y de los prodigios que realizaban con total naturalidad.
Fueron un matrimonio santo y padres de familia en sentido cristiano y evangélico que, por su amor a Cristo y a la Santísima Virgen, se santificaron mediante el ejercicio de sus grandes amores y virtudes, dejándonos como ejemplo su testimonio de vida:
- Amor al Señor, mediante la Oración y la Eucaristía (S. Isidro siempre visitaba la Iglesia antes del trabajo).
- Amor a la figura de la Virgen María (en sus advocaciones madrileñas de Almudena y Atocha, sobre todo).
- Amor a la familia (como esposos y con su hijo).
- Amor al prójimo, mediante sus continuas prácticas, en ocasiones milagrosas, de caridad.
- Amor al trabajo, entendiéndolo y viviéndolo como medio de santificación y alabanza a Dios.

San Isidro y Santa María de la Cabeza, siguen siendo hoy en día un modelo a imitar, pues su ejemplo de vida es absolutamente actual; esa vida que ya en su tiempo suscitó admiración y veneración por sus virtudes no usuales, lo que les llevó a ser considerados santos en vida.
Son, por tanto, para nosotros:
- Modelo de cristianos
- Modelo de caridad
- Modelo de trabajadores y

-Modelo de matrimonio y familia ejemplar.

Oración
Señor Dios todopoderoso, te pedimos que por la intercesión de san Isidro y santa María de la Cabeza, matrimonio de santos que vivieron una vida comprometida con el Evangelio de Jesucristo y son ejemplo de familia cristiana, recibamos la fuerza del Espíritu para confirmarnos en la fe y, con la ayuda de la Santísima Virgen, nos sigan protegiendo, al igual que a las familias y a los matrimonios. Amén.

Fuente: congregacionsanisidro.org

Un solo Corazón

Sagrada Familia 11 23

En el episodio de Jesús a los doce años se registran sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Aquí, cuando Jesús todavía está completamente integrado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre».
Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño -y luego adolescente y joven- no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011

Habrá niños santos

Corpus Christi 05 07

A pesar de sus pequeños defectos, en un niño pueden generalmente echarse de ver la simplicidad y la conciencia de su debilidad, sobre todo si está bautizado y ha sido cristianamente educado. La sencillez o ausencia de doblez es en él totalmente espontánea, sin afectación; generalmente dice lo que piensa y manifiesta sin ambages sus deseos, sin miedo del qué dirán. Tiene igualmente conciencia de su debilidad, porque por sí nada puede y en todo depende de sus padres.

Esta conciencia de la propia debilidad hace que sea humilde, y le dispone a practicar las tres virtudes teologales de una manera profunda en su simplicidad. En primer lugar el niño cree todo lo que le dicen sus padres, que muchas veces le enseñan a rezar y le hablan de Dios. El niño naturalmente tiene confianza en sus padres que le enseñan a esperar en Dios aun antes de que sea capaz de formular un acto de esperanza, que más tarde leerá en su catecismo y recitará mañana y tarde.

El niño, en fin, ama cordialmente a sus padres a quienes lo debe todo; y si ese padre y esa madre son verdaderamente cristianos, hacen que el afecto de ese tierno corazón se eleve hacia Dios y hacia su santa Madre. Dentro de tanta sencillez, de esa conciencia de su debilidad, y de esa simple práctica de las tres virtudes teologales, se encuentra el germen de la más alta vida espiritual.
Por esta razón, queriendo Jesús enseñar a sus apóstoles la importancia de la humildad, colocando un niño en medio de ellos, les dijo: “En verdad os digo, si no os volvéis y hacéis semejantes a niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”(Mt 18, 3). En estos últimos tiempos, nos ha sido dado ver realizada la predicción de Pío X: “Habrá niños santos” llamados desde pequeños a la comunión frecuente.

Fuente: cf. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Video sugerido: Habrá niños santos.

5 consejos prácticos para padres, de los santos Luis y Celia Martin

San Luis y Celia Martin 02 02b

1. Consagrad cada niño a Dios desde el nacimiento

Celia tenía la costumbre de consagrar a sus hijos a Dios inmediatamente después de dar a luz, usando la siguiente oración: "Señor, concédeme la gracia de que este niño Te sea consagrado y que nada venga a empañar la pureza de su alma". Quería que todos sus hijos fueran santos, y decía que "ahora" es el mejor momento para empezar.

2. Amad a vuestros hijos con inmenso afecto
Luis y Celia amaban a sus hijas con un gran cariño, se aseguraban de que todas supieran el grandísimo amor que sus padres sentían por ellas. Celina Martin escribió sobre su padre: "Aunque duro consigo mismo, siempre era cariñoso con nosotras. Se desvivía por nosotras. Ningún corazón de madre podía sobrepasar el suyo".

3. No os rindáis si vuestro hijo es difícil
Celia tranquilizaba a su hermano en una carta: "No te intranquilice si descubres que tu pequeña Jeanne manifiesta mal genio. Eso no evitará que madure hasta ser una excelente muchacha más adelante, y que incluso sea tu consuelo. Recuerdo que Paulina, hasta los dos años, era igual, y yo estaba angustiadísima con ella... y ahora es la mejor de todas. Pero debo decirte que tampoco la consentí. Por pequeña que fuera, nunca permití que se saliera con la suya".
Paulina no fue la única en la familia Martin que generó estrés parental. Tanto Teresa como su hermana Leonia mortificaron a su madre. Sin embargo, Celia y Luis no se rindieron y continuaron esforzándose aunque su trabajo pareciera infructífero al principio.

4. Sed un ejemplo de caridad para vuestros hijos
Nuestros hijos imitan todos nuestros actos, para bien y para mal. Luis y Celia hicieron lo posible para servir de modelo a sus hijas con el buen trato. Celina escribió: "En una ocasión acompañé a papá a cobrar la renta de la casa de una inquilina; era en la calle principal de Lisieux. La mujer se negó a pagar y corrió tras él profiriendo insultos. Yo estaba horrorizada, pero él permaneció tranquilo y no pronunció réplica alguna, tampoco se quejó de ella después".
¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos sean pacientes y amables con otras personas si primero nosotros mismos no somos ejemplos de ello?

5. Jugad con vuestros hijos
Hoy en día nos tienta la facilidad con la que podemos dejar a los niños delante de una pantalla y a duras penas dedicar tiempo a jugar con ellos. Sin embargo, a veces nuestros hijos necesitan nuestra atención, incluso en el reino de los juegos.
Celina escribió que su madre incluso jugaba con ellas de buena gana, a riesgo de que sus propias labores diarias se alargaran luego hasta medianoche o más. Luis se unía también a los juegos y a menudo elaboraba pequeños juguetes para sus hijas, inventaba juegos y les cantaba canciones.

Fuente: cf. es.aleteia.org

El martirio es el testimonio culminante de la verdad moral (II)

Martirio Santiago el Menor 01 01 Martirio del Apóstol Santiago el Menor

Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte, es anuncio solemne «usque ad sanguinem», hasta el derramamiento de la sangre, para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad.

Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades.
Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).
Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno».

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor

El martirio es el testimonio culminante de la verdad moral (I)

Padre Francisco Vera 01 01 Martirio del Padre Francisco Vera, en Méjico. “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano).

Es un honor para los cristianos obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch 4, 19; 5, 29) e incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han hecho los santos y las santas del Antiguo y del Nuevo Testamento, reconocidos como tales por haber dado su vida antes que realizar este o aquel gesto particular contrario a la fe o la virtud.

La Iglesia propone el ejemplo de numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han preferido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.

En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se debe envilecer ni menospreciar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades.
Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36).
El martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la «humanidad» del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien lo padece.
El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios.»

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor

Esposa y madre ejemplar

Amparo Portilla 01 01 La Sierva de Dios Amparo Portilla junto a su esposo y sus 11 hijos

Amparo Portilla nació en Valencia el 26 de mayo de 1925, siendo la mayor de cuatro hermanos. A la edad de 12 años, la muerte de su padre en la guerra civil le hace madurar anticipadamente y aceptar la vida austera que dicha pérdida supuso.

Estudió bachillerato en el colegio del Sagrado Corazón de Godella (Valencia), donde el 25 de Mayo de 1943 le fue impuesta la medalla de Hija de María, eligiendo como lema “Aparta Madre de mí, lo que me aparte de Ti”, al que fue delicadamente fiel durante toda su vida. Siempre mantuvo gran cariño y relación con las Religiosas a quienes estaba muy agradecida por el afecto y formación que le habían dado. También tenía gran devoción por el mes de María.
Amparo estudió Magisterio y Puericultura. Participó e impulsó la catequesis en su Parroquia.

Se fue a vivir a Madrid en 1950 tras casarse con Federico Romero. Fue un matrimonio enamorado y feliz del que nacieron once hijos, más la prueba de haber perdido Amparo tres embarazos. Dedicada a su familia, madre cariñosa, paciente y abnegada, trabajadora infatigable, siempre alegre y generosa, dando a los demás permanente ejemplo de vida cristiana. Diariamente agradecía al Señor los dones cotidianos que decía no merecer y ofrecía las adversidades por quienes estaban en peor situación.
Siempre preocupada y volcada hacia las necesidades de los demás, con especial amor por los más desprotegidos, pobres, enfermos o apartados de Dios, a los que, sin aceptar el pecado, defendía como personas, resaltando sus cualidades y disculpando los defectos. Nunca tuvo rencor a nadie, aunque le hubieran perjudicado en algo, sino que perdonaba y se esmeraba con ellos dándoles más cariño.

En febrero de 1994 aceptó con serenidad cristiana el diagnóstico de su cáncer de pulmón, considerando su enfermedad como instrumento de acercamiento al Señor para ella y para todos los que estaban a su alrededor. Luchó contra su enfermedad, diciendo que había generado una explosión de cariño en todos los que le rodeaban, familia y amigos. No dejó de interesarse por los problemas de los demás. Soportó y ofreció con alegría las numerosas intervenciones médicas que se le practicaron, sin queja alguna, animando y dando cariño a los que le trataban, a su familia y conocidos.
Falleció en su casa, en Madrid, la madrugada del 10 de mayo de 1996, mirando en sus últimos días una imagen de la Virgen de los Desamparados, dejando en todos los que la conocieron la huella de su profunda y auténtica vida cristiana.

Fuente: cf. amparoportilla.org

La santidad es para todos

Beato Carlos de Austria y Otto 01 01 El Beato Carlos de Austria con su primer hijo

“Para gloria de mi Padre es que debéis dar mucho fruto, para luego ser mis discípulos” (Jn 15, 8)

La santidad de vida no es un privilegio de unos cuantos escogidos: es una obligación; es el llamado de Dios y Su voluntad para cada cristiano.
No podemos poner una barrera de excusas a la realidad que nos muestra claramente que “la Voluntad de Dios es nuestra santificación” (I Tes 4, 3). Hemos sido creados por Dios con el expreso propósito de irradiar a Su Hijo, Jesús, con nuestro modo único y particular. Le damos gloria al escoger ser lo que Su Sapiencia nos pide ser.
Un cristiano debe ser un “signo de contradicción”, una luz en la cima de una montaña, una antorcha en medio del mundo. Su vida entera es un silente reproche para los pecadores, una luz de esperanza para los oprimidos, un rayo de sol para los que están tristes, una fuente de valor para los desposeídos y un signo visible de la realidad invisible de la gracia.

Los santos son personas ordinarias, que aman a Jesús, intentan ser como Él, son fieles a los deberes propios de su estado de vida, se sacrifican por su prójimo y mantienen sus mentes y sus corazones alejados del mundo.
Viven en el mundo, pero se elevan sobre sus estándares mediocres. Podrían no entender la razón de la cruz, pero la fe les da una capacidad especial para hallar la esperanza en ella. Entienden que deben seguir las huellas del Maestro y que todo lo que les sucede está orientado a lograr su bien.

Nadie está exento del llamado a la santidad. Hombres, mujeres y niños han subido la escalera de la vida y han alcanzado altos grados de santidad. Estos santos cristianos pueden encontrarse en todos los estados de vida existentes.
Una madre de familia santa lo será en la medida que sea una amorosa esposa y madre, llena de compasión por su familia porque está llena de Jesús que es compasivo. Un esposo y padre será santo en la medida que sea un hombre trabajador, honesto, preocupado por las cosas del hogar, con las ideas claras sobre su modelo que es el providente Jesús.
Seamos los santos que debemos ser. Para eso fuimos creados. No existen santos grandes o pequeños, sólo hombres y mujeres que lucharon y oraron para ser como Jesús. Vivamos cumpliendo la Voluntad del Padre en cada momento donde sea que estemos sin importar lo que estemos haciendo.

Fuente: Madre Angélica, La santidad es para todos

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (II)

San Luis Gonzaga 07 13

Plegaria por los jóvenes

¡Oh admirable joven San Luis Gonzaga! Admirable en la modestia de los ojos, admirable en la penitencia con vuestro cuerpo, admirable en la abstinencia, admirable en la oración, en que gastabais cada día, admirable en la inocencia, conservando la gracia bautismal hasta la muerte ¡Oh, cuánto me confundo al verme tan lejos de la perfección! Proteged a la tierna edad y alejadla de los peligros, ¡oh amable protector de la juventud! Y ya que no supe imitaros en la inocencia de la vida, alcanzadme al menos del Señor que imite vuestra penitencia, si no en los santos rigores al menos en la victoria de mis pasiones y mortificación de los sentidos, a fin de que caminando por la única senda que conduce a los pecadores al Cielo, os acompañe en el triunfo de la gloria. Amén.

“Al atardecer de esta vida, te examinarán en el amor”. Es a este amor, en una total entrega, al que Dios nos llama desde nuestra juventud, tal como lo hizo con el joven rico del Evangelio: “Ven y sígueme” (Mt 19, 21). Que la juventud actual -tan carente de modelos a seguir y tan confundida acerca del amor- no tome la actitud del joven rico, que se entristeció por tener que desapegarse de las cosas de este mundo, sino que se encuentre con el ejemplo de su patrono, San Luis Gonzaga. A eso incentivó el recordado Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jóvenes de Mantua: “San Luis es sin duda un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. 'El Dios que me llama es Amor -se lee en uno de sus apuntes-, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?'”

Fuente: cf. Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

San Luis Gonzaga, celestial Patrono de la juventud (I)

San Luis Gonzaga 06 12

Los jóvenes tienen que recurrir a este poderoso Patrono celestial en las pruebas y peligros de sus vidas, también deben seguirlo como el modelo ideal de todas las virtudes. Si estudian su vida en profundidad, entenderán claramente los caminos a seguir para llegar a la perfección cristiana y lo que los preciosos frutos de la virtud podrán reunir siguiendo los pasos de Luis. De hecho, al desplazarse por la historia eclesiástica, es fácil encontrar que los jóvenes y los hombres que, después de la muerte de Gonzaga hasta el día de hoy, bajo la acción del Espíritu divino, han sido más dignos de admiración por la inocencia de su vida, en gran parte modelaron su comportamiento en su escuela. Y para citar a uno de los educadores y maestros más recientes de la juventud, Juan Bosco no sólo era gran devoto de Luis, sino que esta devoción, que dejó a sus hijos, solía inculcar calurosamente a todos los niños que tomaba bajo sus órdenes de enseñanza educativa; y entre ellos se elevó sobre todo, como un imitador de Luis, el alma cándida de Domingo Savio.

Si los jóvenes miran a Luis Gonzaga como un modelo perfecto de castidad y santidad, no sólo aprenderán a reprimir las pasiones, sino que también evitarán el peligro en el que caerían, imbuidos de los dictados de cierta ciencia que ignora la doctrina de Cristo y de la Iglesia. Por lo tanto, aquellos que quieren militar bajo las insignias de Cristo deben tener la certeza de que, queriendo sacudirse el yugo de la disciplina por sí mismos, en lugar de cosechar triunfos, solo traerán derrotas despreciables; ya que la naturaleza misma requiere, por disposición divina, que los jóvenes no puedan obtener ningún beneficio real, tanto en la vida intelectual como moral, e informar la propia conducta al espíritu cristiano, si no bajo las enseñanzas de Cristo y la Iglesia.
En consecuencia, siguiendo el ejemplo establecido por nuestros predecesores, en particular por Benedicto XIII y León XIII, solemnemente confirmamos y, declaramos a San Luis Gonzaga celestial Patrono de toda la juventud cristiana. Y mientras confiamos este sector tan importante de la familia católica a la protección y custodia de Luis, para que crezca y sea cada vez más floreciente y ejemplar en la profesión abierta y pronta de la fe cristiana y en la pureza de las costumbres, exhortamos a nuestra juventud y con afecto paternal imploramos tener siempre en cuenta a Luis como modelo y nunca dejar de honrarlo e invocarlo.

Fuente: cf. Pío XI, Carta Apostólica «Singulare illud», 13 de junio de 1926

La luz del cristiano no puede quedar escondida

Venerable Carlo Acutis 02 02 Venerable Carlo Acutis

El cristiano fervoroso ha de preocuparse del bien de los demás.

Todos podemos ayudar a nuestro prójimo, si cada cual cumple con lo suyo.
Si el fermento mezclado con la harina no transforma toda la masa, ¿es verdaderamente fermento? Si la esencia no perfuma, ¿merece el nombre de esencia?
Y no vale decir: “No puedo convertir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse.

No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas.
No digas entonces que es cosa imposible; lo contrario es lo imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse.

Fuente: de las Homilías de san Juan Crisóstomo. Liturgia de las Horas.

Jóvenes ejemplares (II)

Egidio Bullesi 01 01 Egidio Bullesi venerado por la Armada en Italia

El Venerable Egidio Bullesi nació el 24 de agosto de 1905 en Pola, Italia. A los 13 años ayudaba a su padre y su hermano mayor como aprendiz de la carpintería naval. Por la mañana al salir de su casa se santiguaba y rezaba las oraciones por la calle, preparándose así a la santa Comunión. Para Egidio el apostolado fue siempre algo espontáneo, diríase congénito. Entre los obreros, sus compañeros, repartía diarios, revistas, libros de buena lectura. Al salir trataba de acompañarse con los más jóvenes y conversaba con ellos de cosas indiferentes para luego entrar en temas de religión. Las discusiones, las burlas, las hostilidades de muchos se ahogan en el mar de alegría que las primeras conquistas ocasionaron a su corazón.

En 1924 el movimiento de los Aspirantes de la Acción Católica hallábase en sus comienzos. Sin embargo Egidio comprendió enseguida la necesidad urgente de difundirlo, sobre todo en un barrio de su ciudad donde los chicos estaban muy abandonados.

Así, forjado por las santas luchas del apostolado, afirmado en su piedad sólida y serena y animado por la alegría de su juventud fuerte y pura, a los veinte años se apresta a cumplir con el deber patrio del servicio militar; es enrolado en la Armada y asignado al acorazado "Dante Alighieri". La nave está tripulada por mil jóvenes, entre reclutas y marineros. Pero Egidio lo encara, no con la desconfianza de quien posee un tesoro inseguro para custodiar y defender, sino con el santo atrevimiento del apóstol que no tiene sino ansias de conquista. Egidio lo enfrenta serenamente todo, aún más, lo desafía. Así, se santigua antes de comer, y al atardecer no se preocupa de que lo sorprendan rezando el Rosario sobre el puente.
Una tarde está escribiendo en la sala de la biblioteca. Es la hora del descanso. En un rincón unos cabos entonan una canción horriblemente obscena. Se acerca al grupo, pide un poco de silencio y les declara con firmeza que deberían tener vergüenza ellos que son graduados, de dar tan mal ejemplo deshonrando al uniforme y a la Patria. Los suboficiales aceptan con camaradería aquella franca corrección.
Entre los reclutas logra encontrar a unos jóvenes de Acción Católica. Los reúne y junto con ellos prepara el plan de acción: una "cruzada por la pureza". El ejemplo de los primeros arrastra a otros más. Las voluntades son afirmadas con fervientes conversaciones y lecturas de libros edificantes.

Su alegría llega al colmo el día que consigue hacer capitular al mismo jefe de su sección, Guido Foghin. Un sábado por la noche le dice como de costumbre: -Mañana descenderé a tierra antes del almuerzo, porque voy a oír misa y a comulgar. El Cabo se siente empujado por una fuerza misteriosa: -Pues... ¡yo te acompaño! -le dice. Egidio no se muestra asombrado. Lo prepara diligentemente y a la mañana siguiente el nuevo "hijo pródigo" se acerca a la Santa Comunión abriendo, después de tantos años, su corazón a la alegría y a la esperanza; a tal punto, que merecerá la gracia de la vocación religiosa, donde tomará en nombre de Egidio María, y se ordenará sacerdote.
Al acabar la conscripción Egidio regresa a su hogar. Pero deja sobre el "Dante" un núcleo de apóstoles que continuarán su obra encontrando fuerzas en la oración y reuniéndose en derredor del pequeño altar del Sagrado Corazón que han levantado en lugar de honor, en la sección de máquinas. Cerca de la sagrada imagen los muchachos han colocado la fotografía de Egidio; su sonrisa continúa incitándolos a la perseverancia.

A finales de agosto de 1928 la enfermedad de la tuberculosis brinda a Egidio un medio aún más eficaz para la salvación de las almas: el holocausto. En el hospital sigue siendo apóstol, a su lado nadie blasfema, logra que los enfermos recen el Santo Rosario y comulguen en Gracia, y por ellos ofrece sus sufrimientos con resignada y alegre serenidad. Sus dolores se hacen más agudos. En la cama de al lado un muchacho sufre una hemorragia: Egidio reza por él a santa Teresita, y el enfermo se repone, pero se reproduce en Egidio, y por tres días no se la pueden frenar. Con su buen humor exclama: "¡Pero querida santa Teresita, no eran éstas las condiciones!".
Egidio se alegra sintiendo acercarse el momento en que entrará en la Patria. El día 25 de abril de 1929 el alma de Egidio vuela al Cielo a los 23 años de edad. En 1997 es declarado Venerable, reconociéndose sus virtudes en grado heroico.

Fuente: cf. Jefes de fila en la juventud del siglo XX

Jefe en las filas de la juventud

Beato Ivan Merz 03 03 Beato Iván Merz

El justo, inundado por la luz divina, se convierte a su vez en antorcha que resplandece y da calor. Es lo que nos enseña hoy la figura del nuevo beato Iván Merz.

Joven brillante, supo multiplicar los ricos talentos naturales de los que estaba dotado y obtener numerosos éxitos humanos: se puede decir que su vida fue un éxito. Lo que le introduce en el coro de los beatos es su éxito ante Dios. La gran aspiración de toda su vida, de hecho, fue la de «no olvidarse nunca de Dios, desear unirse siempre a Él».
En toda su actividad, buscó el sublime conocimiento de Jesucristo y se dejó conquistar por Él (cf. Filip 3, 8.12). Participando en la Misa, alimentándose del Cuerpo de Cristo y de la Palabra de Dios, encontró el empuje para convertirse en apóstol de los jóvenes. No es casualidad que escogiera como lema «Sacrificio - Eucaristía - Apostolado».
Consciente de la vocación recibida en el Bautismo, hizo de su existencia una carrera hacia la santidad, «elevada medida» de la vida cristiana. Por este motivo, no desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación (Eclo 39, 9).

El nombre de Iván Merz ha supuesto un programa de vida y de acción para toda una generación de jóvenes católicos. ¡También hoy debe seguir siéndolo! Queridos jóvenes, me dirijo, a cada uno de vosotros para invitaros a que no os echéis atrás, a que no cedáis a la tentación del desaliento. No busquéis en otro lugar una vida más cómoda, no huyáis de vuestras responsabilidades esperando que otros resuelvan los problemas, poned más bien remedio al mal con la fuerza del bien.
Al igual que el beato Iván, buscad el encuentro personal con Cristo, que ilumina con una nueva luz la vida. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe vuestras orientaciones y vuestras decisiones! De este modo, os convertiréis en misioneros con vuestros gestos y palabras y seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia misericordiosa de Cristo. No olvidéis: No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón (Mt 5, 15).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía en la Misa de beatificación de Iván Merz, 22 de junio del 2003

Santa Mónica y la confianza en la providencia

Santa Monica y San Agustin 01 01 Santa Mónica y San Agustín

San Agustín destaca en sus escritos el gozo de su madre, Santa Mónica, a raíz de la conversión de aquél.

Y no era para menos: le pedía simplemente católico, y desde el momento de su conversión se le manifiesta con unos propósitos que van mucho más allá. Por lo mismo, no puede extrañar que saltara de alegría, cantase victoria y se volviese loca de contento.
Una mirada al pasado lo explica todo. Un pasado que nos habla de su heroísmo para llegar a esta meta. Que nos hace recordar su fortaleza, tenacidad y constancia. Que nos pone ante el poder de la oración y ante una tal fe religiosa que siempre la sostuvo. Un pasado que nos habla de una Mónica de tan profundas intuiciones religiosas que estaba segura de que algún día la gracia y misericordia triunfarían sobre el inquieto y desordenado corazón de su hijo. ¡Qué modelo para tantas madres ante el desánimo, desilusión o cansancio en la lucha con sus hijos!

No podemos cerrar el tema sin unas reflexiones que se desprenden de lo narrado.
Si nos detenemos en la santa, ya su matrimonio, desde una óptica meramente humana, no sólo no era aconsejable, sino que estaba ciertamente abocado a un desastre. Y de él nace Agustín.
Tanto Patricio como Mónica, convencidos pronto de las excelentes dotes intelectuales de su hijo, buscan a toda costa y con grandes sacrificios darle unos estudios en los que asiente un brillante porvenir, y lo consiguen, porque Agustín triunfó. Y esa carrera, que quedará arrinconada cuando se convierta a la fe, ya que el brillante porvenir material no le interesa, ha servido, no obstante -planes de Dios en los que nadie había pensado-, para poder enfrentarse a los maniqueos y superar otros errores que encontró en su camino, y, sobre todo, ha servido para darnos el paladín de la fe en las iglesias de África y pasar a la posteridad como el Águila de Hipona, gran doctor de la Iglesia.

La misma Mónica, en su trabajoso buscar la conversión del hijo, más de una vez pudo hacerlo por modos no acertados. Y así, entre otros casos, la vimos llorando, desconsolada, en las playas de Cartago, al no haber podido impedir la marcha de su hijo a Roma. No vio o imaginó que en ese viaje estaba su salvación. Y el mismo Agustín, al emprender el viaje, solamente era guiado por miras terrenas: buscar un campo mejor para triunfar en lo suyo. Los planes del Señor eran otros: llevarle a la meta, poniendo en su camino tantas mediaciones, entre ellas y muy tangible la de San Ambrosio, que le abrirían al encuentro de la verdad. Es la gracia, admirable en su actuación, que va empedrando todo el itinerario de Agustín.
Gracia que actuó siempre en Mónica. Y Mónica, una madre tal que fuerza a pensar y admitir que sin ella no tendríamos al Agustín del que nos gloriamos. Dios pudo lograrlo sin ella, pero no quiso hacerlo. Vemos con total claridad que quiso valerse de ella, y esto engrandece su figura y le da una talla que pocas mujeres han podido alcanzar.

Fuente: cf. Ulpiano Álvarez, Santa Mónica. Retrato de una madre.

Testamento de San Luis Rey a su hijo

San Luis Rey de Francia 01 10

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.
Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.
Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino y, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor, con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores. Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.
Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

Fuente: Del testamento espiritual de san Luis a su hijo, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Jesús me ama y me estrecha a su Corazón

Aldo Marcozzi 01 01b

El Siervo de Dios Aldo Marcozzi nació en Milán el 25 de julio de 1914. Recibió una excelente educación cristiana, primero por sus padres, luego por los maestros de la escuela, y a la edad de nueve años comenzó a asistir al Instituto Gonzaga en Milán, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

De su breve existencia no hay episodios extraordinarios, pero todo en su vida diaria fue excepcional, como la inteligencia, la candidez de su alma, el estudio, la devoción ardiente a Jesús y la Virgen, la fidelidad a los deberes cotidianos, la bondad hacia los demás, la oración. Le gustaba el deporte y leía el Evangelio todos los días.

Aldo era un amante de Jesús Eucaristía, un día escribió en su cuaderno: “Jesús me ama y me estrecha a su Corazón con los dulces vínculos de su amor”. Desde la edad de diez años participaba en la misa todas las mañanas haciendo de monaguillo y recibiendo la Comunión; se confesaba todas las semanas, convencido de que incluso el más mínimo pecado ofendía el amor de Jesús Eucaristía. La madre dijo: “La Eucaristía era el deseo más grande de Aldo en la vida y su supremo deseo en la muerte”.
Después de la Misa, el Rosario fue su oración favorita.
En 1927 ingresa en la Acción Católica. Aldo lee atentamente la vida del actual Beato Pier Giorgio Frassati, el titular de su Centro de la Acción Católica, y se propone imitarlo. Llegará a ser, como Pier Giorgio, un cristiano de una sola pieza.

Aldo Marcozzi, golpeado por una enfermedad grave, tuvo una larga agonía, durante la cual no hizo más que suspirar el nombre de Jesús; su muerte, más que una muerte, fue un triunfo de la santidad.
El “adolescente radiante y eucarístico”, murió sonriendo a sus padres y parientes cerca de su cama, el sábado 24 de noviembre de 1928 en su casa en Milán.
Durante el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires en 1934 fue distribuida a los niños una estampa de este joven Siervo de Dios.

Fuente: cf. santiebeati.it

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrin Maria Cristina Mocellin y Chiara Corbella 01 01

Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

San Ignacio y el discernimiento de los espíritus

San Ignacio de Loyola 02 04

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre.
Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

Fuente: De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de labios del mismo santo, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del día

La vida de los santos

Sagrado Corazon 26 44

A la lectura de los libros de doctrina espiritual hay que añadir la de las vidas de los santos, que encierran ejemplos que arrastran, siempre admirables, imitables muchas veces. Ellas nos narran lo que han realizado, al encontrarse en circunstancias a veces bien difíciles, unos hombres y mujeres que tenían la misma naturaleza que nosotros, que al principio no se vieron libres de debilidades y pecados, pero que con la gracia y la caridad supieron dominar la naturaleza, sanándola, elevándola y dándole vida.
En sus vidas se llega a comprender el verdadero sentido y el alcance del principio: "La gracia no destruye la naturaleza (en lo que tiene de bueno), sino que la perfecciona." En ellos se echa de ver, sobre todo, al fin de las vías purgativa e iluminativa, lo que supone en la vida de unión la verdadera armonía de la naturaleza y de la gracia, normal preludio de la eterna beatitud.
En estas Vidas, se ha de buscar sobre todo, aquello que hay de imitable; y en las cosas extraordinarias hemos de admirar una señal divina que se nos ofrece para sacarnos de nuestra somnolencia, y darnos a entender lo que hay de más profundo y elevado en una vida cristiana ordinaria, cuando el alma es verdaderamente dócil al Espíritu Santo.

Los dolores de los estigmatizados nos han de recordar lo que ha de ser para nosotros la Pasión del Salvador, y cómo deberíamos rezar con mayor fervor cada día, al fin de las estaciones del Vía Crucis, aquella oración: "Sancta Mater, istud agas, Crucifixi fige plagas cordi meo valide.Santa Madre de Dios, imprime fuertemente en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado."
La gracia extraordinaria que permitió a muchos santos, como a Santa Catalina de Siena, beber hasta saciarse en la llaga del Corazón de Jesús, nos ha de recordar lo que para nosotros debería ser la Comunión ferviente, y cómo cada una de ellas habría de ser más amorosa que la anterior, en un continuo acercamiento al Señor. Los ejemplos de los santos, su humildad, paciencia, confianza y caridad desbordante tienen más eficacia para movernos a la virtud que cualquier doctrina abstracta.

Fuente: P. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

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