Apóstoles del Corazón de Jesús

Ultima Cena 09 12

“Y aconteció en aquellos días (agudizado el odio de los fariseos) que salió (Jesús) al monte a hacer oración, y pasó la noche orando a Dios, y cuando fue de día llamó junto a sí a sus discípulos, a los que Él quiso, y vinieron a El. Y escogió doce de entre ellos, a los que también llamó apóstoles: para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Lc 6,12-16; Mt 10,1-4; Mc 3,13-19).

Una de las más espléndidas manifestaciones de la bondad de nuestro Padre Dios es que, pudiendo hacer todo por sí mismo, se digna buscar y admitir la colaboración de sus criaturas y por medio de ellas repartir sus bienes.
Él es la Luz y el calor indeficientes y se digna alumbrarnos y calentarnos por medio del sol. Él es la Vida y se digna repartírnosla por medio de las semillas... Y en el orden sobrenatural, Jesús, el restaurador del universo, prosigue manifestando la bondad de su Corazón al modo de su Padre: alumbra, calienta, cura, redime, vivifica, diviniza a unas almas por medio de otras.

¡El APÓSTOL!
He aquí la gran institución del amor del Corazón de Jesús. Su más rico y abundante desbordamiento, después de la Eucaristía.
Él, por sí mismo o por medio de su Espíritu santo, ha podido tocar los ojos, los oídos y el corazón de cada uno de los hombres de ayer, de hoy y de mañana, e iluminarlos y transformarlos. Ha podido y puede continuar aplicando los méritos y la virtud de su gran Obra, la que Él solo comenzó y Él solo consumó, de la redención del género humano. Pero ha querido, se ha dignado querer asociarse colaboradores, no de entre los espíritus angélicos, sino de entre los hombres de carne y hueso, de barro de Adán.
¡Ésos son los Apóstoles!

¿Qué es un apóstol?
Etimológicamente es un enviado. Históricamente, según el Evangelio, las Epístolas y demás libros inspirados del Nuevo Testamento y la Historia de la Iglesia, apóstol es, sí, un enviado de Jesús con una sola ocupación: ir, y un solo fin: salir de Jesús, haciendo de Jesús, y volver después de haber hecho a Jesús en muchas almas, para volver a salir, y así cumplir el “id” del mandato apostólico. Es decir, a un apóstol le es todo permitido menos el estarse quieto. ¡Siempre yendo! ¡O saliendo de Jesús solo, o volviendo acompañado de almas a Jesús! El apóstol es un perpetuo viajante con este solo divino encargo: ir desde Jesús solo hasta Jesús acompañado. Él lo dejó dicho: Yo os elegí y os puse para que vayáis...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

El Corazón de Jesús en busca de discípulos

Vocacion de Pedro y Andres 01 01

Para eso pasaba Jesús por la orilla del Jordán; buscando de entre los grupos de penitentes o sencillos discípulos del Bautista, quien quisiera dejarse atraer por la humildad de su porte y el amor de su mirada...

¡Lo mismo que en el Sagrario! ¡Días y días, años y años en soledad casi absoluta esperando quien quiera dejarse atraer! ¡Qué traza de conquistador, tan distinta y tan opuesta a la usada por los hombres!
Y al segundo día se deciden dos a seguirle, Andrés y otro discípulo del Bautista, muy probablemente Juan. Jesús ha sentido sus pasos, ha vuelto el rostro atrás, los ha mirado y les ha preguntado: “¿Qué buscáis?”. “Maestro ¿dónde vives?” (Jn 1, 38).
¿No sentís palpitar en esta pregunta la emoción de una adhesión cariñosa?
Entre los hombres primero es conocerse y después amarse. Con Jesús buscado con corazón sencillo, ocurre al revés. ¡Cuántas veces se le ama primero y se le conoce después!

El Corazón de Jesús ha debido estremecerse de gozo al oírse por fin llamar Maestro, y encontrar los dos primeros discípulos.
No se les señala día ni hora para recibirlos. Los recibe al punto. ¡Tenía tanta hambre de enseñar! ¿En dónde? Ni les da las señas de su casa, ¡su casa!, la primera cabaña o cueva abandonada que encontrara, ¡un mesón!, ¡si los hubiere en aquellos parajes medio desiertos!
- “Venid y ved” (Jn 1, 38).

Y se estuvieron con Él toda aquella noche, porque eran ya las cuatro de la tarde cuando esta invitación se hacía.
Misterio de aquella noche entera de magisterio de Jesús con dos rudos pescadores, ¡cómo nos haces sentir las palpitaciones de un Corazón dispuesto a hacer locuras por iluminar a las almas y cómo haces presentir el misterio dulce, suave e iluminador de tantas noches y de tantos días de Sagrario!
¿Qué ha estado diciendo Jesús aquella noche a Andrés y a Juan?
No lo dice el Evangelio.
Lo que sabemos es que han salido conociendo quién es Jesús y amándolo con la efusión del celo más activo por buscarle conocedores y amadores.
Andrés busca y trae a Jesús a su hermano Simón, el que debía ser cimiento de su Iglesia. Probablemente Juan trae a su hermano Santiago. Después, de estos cuatro discípulos, sacará Jesús cuatro grandes Apóstoles.

Y sabemos también que con ese conocimiento y amor del Maestro, debieron sacar un amor fraterno, tan efusivo, tan palpitante, tan nuevo, que más tarde, en los últimos encargos, cuando tenía que separarse de ellos, para ir al Padre, les ha podido dejar esta consigna: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

Bautiza el siervo al Señor, el criado al Creador

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Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras.

Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible para los ángeles e inaccesible a toda mirada humana, llega al bautismo por voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»
El amado engendra amor, y la luz inmaterial una luz inaccesible. Éste es el que es tenido por hijo de José, y es mi Unigénito según la esencia divina.
Éste es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y hace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán.

Mas prestadme mucha atención, porque quiero recurrir a la fuente de la vida y contemplar la fuente de la que brota el remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Verbo e Hijo inmortal, el cual vino a los hombres para purificarlos por el agua y el Espíritu; y, queriendo hacerlos renacer a la incorrupción del alma y del cuerpo, inspiró en nosotros un hálito de vida y nos revistió de una armadura incorruptible.
Por tanto, si el hombre ha sido hecho inmortal será también divinizado, y, si es divinizado por el baño de regeneración del agua y del Espíritu Santo, tenemos por seguro que, después de la resurrección de entre los muertos, será coheredero de Cristo.

Por esto proclamo a la manera de un heraldo: Acudid, pueblos todos, al bautismo que nos da la inmortalidad. En él se halla el agua unida al Espíritu, el agua que riega el paraíso, que da fertilidad a la tierra, crecimiento a las plantas, fecundidad a los seres vivientes; en resumen, el agua por la cual el hombre es regenerado y alcanza nueva vida, el agua con la cual Cristo fue bautizado, sobre la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él sea la gloria y el poder, junto con su Espíritu santísimo, bueno y dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: San Hipólito, Sermón en la santa Teofanía. Liturgia de las Horas.

Cómo ama el Corazón de Jesús a sus amigos

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Los llama y trata como discípulos

¡Discípulos de Jesús! Ved aquí una palabra que no aparece en el Evangelio ni en la infancia ni en la adolescencia de Jesús, sino en su vida pública.

Jesús solo
Solo, fue en busca de Juan Bautista para ser por él bautizado.
Va solo al desierto en el que moró ayunando cuarenta días y cuarenta noches.
Solo va otra vez en busca del Bautista por la orilla del Jordán, cuando sale del desierto, para recibir el testimonio de su misión divina.
Y solo, vuelve a pasar al día siguiente por la misma orilla, sin detenerse a hablar con nadie (Cf. Jn 1, 35-51).
¡Cómo palpitan de amor y de misterio estos primeros pasos solitarios de la vida pública de Jesús!
¡Aquellos ciento cincuenta kilómetros que separaban a Nazaret de la orilla del Jordán, las idas y venidas del desierto, sin más compañía que la pena de dejar su casa, ¿por qué no sentirla?, y el ansia de darse a las almas!

Perdonadme una digresión: en la mañana que escribo estas páginas he consagrado sacerdote a un joven monje de la Trapa. Cuando mis dedos han ungido las palmas de sus manos, han tropezado con dos protuberancias, ¡dos callos del trabajo con el que comparten los monjes su oración y sus estudios! Y me acordé conmovido de las manos encallecidas de otro joven sacerdote, ¡del sacerdote Jesús, dejando el taller de Nazaret en busca del Jordán!

¿Cómo podría haber comenzado la vida pública?
¿Cómo y por dónde comenzará Jesús su Obra, su gran Obra de salvar al mundo por su ejemplo, su palabra, su pasión y su muerte? ¿Se dirigirá a Jerusalén, a su grandioso Templo, en una de sus Pascuas o solemnidades y ante aquellas muchedumbres de judíos que acudían de dentro de Israel y desde toda la tierra, haría oír su palabra y confirmaría con los milagros de su poder infinito su misión divina? ¿No le hubiera ahorrado tiempo y trabajo comenzar su vida pública ante aquellas muchedumbres de cientos de miles de hombres que hablaban todas las lenguas, con la transfiguración con Moisés a su derecha y Elías a su izquierda y en las alturas el Padre celestial, dando todos testimonio de Él, y con claridades de sol en su cara y blancura de nieve en sus vestiduras? ¿Quién se hubiera resistido a aquella promulgación de la ley nueva y a aquella presentación del esperado Mesías?
Ese programa tan fascinador y, al parecer humano, tan eficaz, no fue el programa de Jesús.

Cómo la comenzó
Su primera aparición la hará en las riberas casi desiertas del Jordán, entre un grupo de pescadores y penitentes pidiendo al austero Juan Bautista, vestido de pieles, que lo bautice como a uno de tantos y después desaparece para sepultarse cuarenta días en la soledad del desierto. Y cuando de él sale, ¡qué misterio tan atrayente encierra ese pasar por la misma ribera dos días consecutivos!
¿De dónde viene Jesús solo? ¿A dónde va? ¿Qué busca?
¡Su Obra!
Está comenzando su conquista del mundo. Pero no al estilo nuestro, sino al suyo, al que sigue usando en su vida de Hostia oculta y callada. ¡Conquistador, no matando ni asustando, ni deslumbrando, ni coaccionando, sino atrayendo por la humildad y el amor!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

Los buenos buscadores del Corazón de Jesús

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Los que buscan sólo su Corazón

¡Qué poquitos son!
Los que buscan a Jesús -más que por lo que da o promete- por lo bueno que es, por lo que se merece ser buscado. Es decir, por lo que es Él. ¡Por su Corazón! ¡En qué escaso número se encuentran en el Evangelio! ¡Somos los hombres tan indigentes en nuestro ser y tan interesados en nuestro querer!
Pero, aunque en corto número, en el Evangelio se encuentran, para gloria de Dios y honor del género humano, buscadores constantes, invariables, enloquecidos, si vale decirlo así, de su Corazón.

Los tres buscadores del Corazón de Jesús
Y, con más propiedad, diría tres tipos de buscadores con sus características muy marcadas que son: el grupo de las Marías, Juan Evangelista y la Madre de Jesús.
A este grupo no se le conoce en el Evangelio más que una ocupación para su vida y una sola dirección para sus pasos, sus miradas y sus anhelos. A saber: buscar el Corazón de Jesús, pero cada uno a su modo.
Dejo para más adelante presentaros el modo que cada uno tiene de buscar al Corazón de Jesús. Conténtome ahora con presentaros un solo cuadro en el que todos y solamente ellos, aparecen absorbidos por esa preciosa ocupación.

Las horas del Sacrificio
“Muchos son, dice el autor de la Imitación de Cristo, los que siguen a Jesús hasta partir el pan, hasta la mesa; pocos los que llegan con Él hasta beber el cáliz de la Pasión” (Libro II, c. 11).
Es decir, muchos son los seguidores y enamorados de las dádivas y regalos de Jesús. Pero pocos los de verdad enamorados de su Corazón, y menos aún en la hora de su Sacrificio.
Poned un momento vuestros ojos en la cima del Calvario en la hora de la crucifixión de Jesús. ¿Qué da allí Jesús?
Allí no hay multiplicación de panes ni peces. No hay curaciones milagrosas de ciegos y tullidos. No hay caricias para niños ni consuelos para los que lloran... Allí no hay más que una vida que se extingue, unos ojos vidriosos que se cierran, unas heridas que manan sangre, una boca cárdena que se reseca, unos miembros que se contraen, un amor infinito que se deshace en un infinito dolor. Y, cuando la vida se extingue del todo, queda de cuerpo presente un pecho abierto y un Corazón traspasado por la lanza de un soldado.

¿Quién está con Jesús en esa hora?
Responde el Evangelio: Estaban junto a la Cruz, María Madre de Jesús, Juan el Discípulo a quien Jesús amaba y las Marías (Cf. Jn 19,25).
¡Éstas son las almas que buscan a Jesús crucificado! “Sé, dirá poco después un ángel a una de ellas, que buscáis a Jesús crucificado" (Mc 16, 6)
Ésas son las buenas, las óptimas buscadoras de Jesús. Las que sólo buscan su Corazón, para, con Él y como Él, amar padeciendo o gozando, trabajando o descansando, muriendo o resucitando...

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

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