Dios nos lo dijo todo en su Hijo

San Juan de la Cruz 05 19

La principal causa por que en el Antiguo Testamento eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen revelaciones y visiones de Dios era porque aún entonces no estaba bien fundamentada la fe ni establecida la ley evangélica, y así era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones, ahora en figuras y semejanzas, ahora entre otras muchas maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía, y hablaba, y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella.

Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda como entonces, porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya -que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar.

Y éste es el sentido de aquella autoridad con que comienza san Pablo a querer inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora, a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo.
Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad.
Porque le podría responder Dios de esta manera: «Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque desde aquel día que bajé con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se la di a él. Que si antes hablaba, era prometiendo a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles.»

Fuente: cf. San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo. Liturgia de las Horas.

Nada podrá contra la barca de Cristo

Tempestad calmada 01 01

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con otros todos los días, hasta el fin del mundo.
Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga». Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro.

Fuente: San Juan Crisóstomo, Homilía antes del exilio. Liturgia de las Horas, Oficio de Lectura del Santo.

Si somos ovejas vencemos, si nos convertimos en lobos somos vencidos

Lobo y oveja 01 01

Mientras somos ovejas vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero si nos convertimos en lobos entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. Éste, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y por esto te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder.

Es como si dijera: “No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y al mismo tiempo os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder. Así es como yo he determinado que fuera.”
Al decir: Os envío como ovejas, dice implícitamente: “No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles.”

Pero además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. “Mas, ¿de qué servirá nuestra prudencia -es como si dijesen- en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser prudentes en medio de tantos embates? Por mucha que sea la prudencia de la oveja, ¿de qué le aprovechará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?” Ciertamente, la prudencia y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho. Pero veamos cuál es la prudencia que exige el Señor. «Como serpientes -dice-. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú -dice- debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces.»

Así pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo prudente, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud.
La prudencia de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la prudencia.
Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.

Fuente: San Juan Crisóstomo, Homilía 33, Liturgia de las Horas

La oración del Corazón de Cristo

Oracion de Jesus 01 01

Llama la atención la frecuencia con que hablan los Evangelios de las oraciones de Cristo. Y los teólogos andan en cavilaciones preguntándose por qué oró Cristo, siendo así que por virtud de la unión hipostática estaba en posesión-en posesión plena y natural-de todo aquello por lo cual nosotros rezamos y en ejercicio continuo de aquello por lo que nosotros glorificamos a Dios.

No entra en mi propósito exponer aquí la teología de la oración de Cristo; y por lo que respecta a la psicología de su incomparable ánimo de oración, no me siento con valor para tocar a la puerta del más dulce de los misterios. Sin embargo, no puedo pasar en silencio que la clave para comprender la oración de Cristo es su espíritu y su misión sacerdotal.

Lo que el sabio del Antiguo Testamento dice de Jeremías: «Este es el verdadero amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es el que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la ciudad santa» (II Mac 15, 14), brilla con misteriosos caracteres de fuego sobre las incontables horas y noches que Cristo pasó en oración.
¡Qué horas, qué noches fueron aquéllas! En su profundo silencio extendía sus alas toda alma noble afanosa de Dios, subían hacia las alturas anhelos y suspiros santos y se reunían en torno de la montaña en que oraba Cristo. En su espíritu se abría el pasado y el porvenir, y todos los gérmenes de santidad -por muy pequeños que fuesen- que pudo haber jamás en los esfuerzos y en los tormentos humanos, todos se abrían en flor en su corazón.
Toda obstinación y abyección humana, todo orgullo que se rebela contra Dios y todo sensualismo hacían acto de presencia, y también lo que de súplica y expiación siguió a los mismos, asaltando los cielos, todo se reunía y estaba tenso en el alma de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Por los senderos silenciosos de aquellas noches santas, el alma de Cristo entraba en todas las chozas de la Palestina, y en todos los palacios de la magnífica Asia, y en todas las tiendas de los desiertos; encontraba las escuelas filosóficas de Corinto, y los templos de Osiris y de Mitra en Roma, los antros de los trogloditas del valle de Neander y las ciudades de palacios de los faraones; y lo que hallaba allí de miseria, impotencia y sufrimiento humanos, lo recogía todo con amor fraternal y lo presentaba en el cáliz de oro de su corazón ante el trono de su Padre.
Todo lo que ha habido de noble movimiento, de acción de gracias y de súplica en el corazón humano, se levantaba allí del alma de Cristo, subiendo con llamaradas al cielo; lo que ha habido de obstinación, de rebeldía, de condenación y de blasfemia contra Dios, todo aquello lo reunía contra sí mismo, como Arnaldo de Winkelried juntó las lanzas del enemigo, y aceptaba la deuda, y expiaba la blasfemia, e imploraba a Dios.
¡Y toda la fidelidad que haya podido consolar a aquel Corazón santo y sensible, y toda la infidelidad que haya podido entristecerlo a través de la historia...! ¡Ah! ¿Quién tiene siquiera una pálida idea de las profundidades de aquel Corazón? ¿Quién se atrevería a describir la oración de aquel Corazón? En Jesucristo oró toda la humanidad, y sigue orando hasta la consumación de los siglos... Semper interpellans pro nobis!, siempre intercediendo por nosotros. El sacerdocio de Jesucristo constituye otra de las consecuencias de la encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín O.P., Jesucristo y la vida cristiana

María, Medianera de todas las gracias

Maria Medianera 01 01

Jesús hizo su primer milagro por intercesión de María (Jn 2). ¡Cuánto más no podrá hacer ella ahora desde el cielo! María, inspirada por Dios, dice: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

Amándola a Ella, no le quitamos nuestro amor a Jesús; en ese caso, Dios nos habría prohibido amar también a nuestros seres queridos. Por eso, no tengamos miedo, Ella nos va a llevar a Jesús. Ella nos dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Cuanto más amemos a María, más amaremos a Jesús y con Jesús tendremos el poder del Espíritu Santo para alabar y glorificar a Nuestro Padre celestial.
El mismo Lutero llegó a afirmar: “Quiero salir al paso de los que me calumnian, diciendo que yo he predicado que María era una cualquiera o que he manchado y calumniado su limpieza. Puedo jurar que en toda mi vida no se me ha ocurrido tal insensatez sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez. A María nunca se la alabará bastante. Es Madre de Cristo y Madre nuestra”.
¡No seamos nosotros menos celosos del honor de Nuestra Madre que los mismos herejes!

Ella, según enseñan muchos santos, es la Medianera de todas las gracias; pues que todas las gracias las recibimos de Dios por medio de María. Ella es la administradora de los bienes de Dios. Es la omnipotencia suplicante, que todo lo puede con su intercesión. Y “siendo sola lo puede todo” (Sab 7, 27).

¡Qué alegría saber que tenemos en el cielo una Madre tan poderosa, que vela por nosotros! ¡Cuántas veces ha demostrado este amor que nos tiene en tantas apariciones como en Guadalupe, Fátima, Lourdes, etc., donde nos viene a alentar y a llamarnos la atención para enmendar nuestra vida! Dios sigue haciendo milagros, muchos milagros, por su intercesión. Ella es Nuestra Madre, ofrezcámosle todos los días el rezo del Santo Rosario, que, en cierto modo, es una oración bíblica y divina. En el Rosario, rezamos el Padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó y está en el Evangelio. También rezamos el Avemaría, que en su primera parte es inspirada por Dios, (Lc l), y meditamos en la vida de Jesús y de María según los misterios, que están en los Evangelios.

Fuente: cf. P. Ángel Peña O.A.R., Católico, conoce tu fe

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