No tengamos miedo de tender hacia lo alto

Beato Carlos 02 05 Tapiz de la beatificación del Beato Carlos de Austria

Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cristo aferrara tan plenamente su vida que podían afirmar como san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, «nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del pueblo de Dios» (Lumen gentium).

¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa todavía que la santidad es una meta reservada a unos pocos elegidos. San Pablo, en cambio, habla del gran designio de Dios y afirma: «Él (Dios) nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1, 4). Y habla de todos nosotros.
La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.

Quizás podríamos preguntarnos: nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, ¿podemos llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año litúrgico, nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes de la geografía del mundo, hay santos de todas las edades y de todos los estados de vida; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí.

¡Qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista a esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. Quiero invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser también nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 13 de abril de 2011

Esposa y madre ejemplar

Amparo Portilla 01 01 La Sierva de Dios Amparo Portilla junto a su esposo y sus 11 hijos

Amparo Portilla nació en Valencia el 26 de mayo de 1925, siendo la mayor de cuatro hermanos. A la edad de 12 años, la muerte de su padre en la guerra civil le hace madurar anticipadamente y aceptar la vida austera que dicha pérdida supuso.

Estudió bachillerato en el colegio del Sagrado Corazón de Godella (Valencia), donde el 25 de Mayo de 1943 le fue impuesta la medalla de Hija de María, eligiendo como lema “Aparta Madre de mí, lo que me aparte de Ti”, al que fue delicadamente fiel durante toda su vida. Siempre mantuvo gran cariño y relación con las Religiosas a quienes estaba muy agradecida por el afecto y formación que le habían dado. También tenía gran devoción por el mes de María.
Amparo estudió Magisterio y Puericultura. Participó e impulsó la catequesis en su Parroquia.

Se fue a vivir a Madrid en 1950 tras casarse con Federico Romero. Fue un matrimonio enamorado y feliz del que nacieron once hijos, más la prueba de haber perdido Amparo tres embarazos. Dedicada a su familia, madre cariñosa, paciente y abnegada, trabajadora infatigable, siempre alegre y generosa, dando a los demás permanente ejemplo de vida cristiana. Diariamente agradecía al Señor los dones cotidianos que decía no merecer y ofrecía las adversidades por quienes estaban en peor situación.
Siempre preocupada y volcada hacia las necesidades de los demás, con especial amor por los más desprotegidos, pobres, enfermos o apartados de Dios, a los que, sin aceptar el pecado, defendía como personas, resaltando sus cualidades y disculpando los defectos. Nunca tuvo rencor a nadie, aunque le hubieran perjudicado en algo, sino que perdonaba y se esmeraba con ellos dándoles más cariño.

En febrero de 1994 aceptó con serenidad cristiana el diagnóstico de su cáncer de pulmón, considerando su enfermedad como instrumento de acercamiento al Señor para ella y para todos los que estaban a su alrededor. Luchó contra su enfermedad, diciendo que había generado una explosión de cariño en todos los que le rodeaban, familia y amigos. No dejó de interesarse por los problemas de los demás. Soportó y ofreció con alegría las numerosas intervenciones médicas que se le practicaron, sin queja alguna, animando y dando cariño a los que le trataban, a su familia y conocidos.
Falleció en su casa, en Madrid, la madrugada del 10 de mayo de 1996, mirando en sus últimos días una imagen de la Virgen de los Desamparados, dejando en todos los que la conocieron la huella de su profunda y auténtica vida cristiana.

Fuente: cf. amparoportilla.org

Jóvenes ejemplares (VI)

Antonio Rivera 01 01b Siervo de Dios Antonio Rivera, "el ángel del Alcázar"

Antonio Rivera nació el 27 de febrero de 1916 en Riaguas de San Bartolomé (España) y fue el segundo de cuatro hermanos.

En el año 1932, al establecer el prelado de Toledo la Juventud de Acción Católica en la ciudad, Antonio colaboró con los primeros jóvenes como directivo. A fines de 1933 se constituye en Toledo la Unión Diocesana de Jóvenes de A.C. y Antonio es nombrado Presidente. Contaba con 17 años. Con este motivo comienza la época de su plenitud apostólica al servicio de la A.C. y se consagra por completo al apostolado de los jóvenes. De 1933 a 1936, a pesar del ambiente sumamente hostil de la II República, fundó 30 centros de jóvenes de A.C. con más de 3.000 socios en toda la Diócesis. La fuerza que transmitía Antonio con sus intervenciones, fruto de su amor por Cristo y la Iglesia, prendaba a quienes lo escuchaban y les transmitía ardor apostólico.

En marzo de 1936 Antonio hace sus últimos Ejercicios Espirituales. En ellos se consolida, se fortalece interiormente y encuentra la principal fuerza para afrontar la última y definitiva etapa de su vida. En el mes de julio marcha al Alcázar de Toledo, bastión patriota y católico, que pronto quedó cercado por las tropas comunistas. Una vez allí, desde los primeros momentos vivió su nueva realidad como una misión apostólica con todos, a quienes exhortaba a tener las cuentas arregladas con Dios ante la muerte, ofreciéndose para realizar los servicios más difíciles y arriesgados. Con los Jóvenes de A.C. (más de treinta estaban con él en el Alcázar) formó un "Centro de Vanguardia", celebrando reuniones, círculos y actos de piedad en común. Se llegó a tener meditación colectiva diaria, además de otros actos generales como el rosario o la Salve cantada en la Capilla del Alcázar.
Continuamente se le veía rezar y ayudar a los presentes a encontrarse con Dios, lo cual le valió el apodo de "el ángel del Alcázar". El 11 de septiembre pudo comulgar en la única Misa que se celebró durante el asedio; Antonio había entrado en plena etapa de purificación.
Por las reflexiones que dejó escritas en esos días, se aprecia toda la intensidad de su agotamiento físico y de su dolor moral ante la dura prueba que tiene que soportar. Pero se sobrepone a todo con espíritu sobrenatural, claramente heroico: "Los santos pasaron por trances durísimos y te vas a desanimar tú ya... ¡todo lo puedo en aquel que me conforta!".

El 18 de septiembre, después de haber hecho explosión la más potente mina, que hiciera volar buena parte del Alcázar, una granada de mano arrojada desde el piso superior le desgajó el brazo izquierdo. Sin desvanecerse fue llevado a la enfermería, donde pidió que atendieran a otros antes que a él. Fue necesario amputarle el brazo izquierdo. Conservando admirablemente la calma y el buen humor, dice al médico: "No se preocupe usted; corte tranquilo, ¡si hasta es el izquierdo! ¡Yo no quiero nada con las izquierdas!"

Al liberarse el Alcázar pudo volver a su casa en estado gravísimo. Decía: "Estoy muy contento. Ahora puedo decir como Jesucristo: no hay parte de mi cuerpo que no me duela".
Recibe la comunión a diario y le repite al Señor "yo no puedo, pero Tú sí puedes". El 20 de noviembre de 1936 entregó su alma a Dios. A partir de su muerte los reconocimientos a su obra fueron constantes; además de numerosos homenajes, de la publicación de varias biografías y de la dedicatoria de diversas instituciones con su nombre, su estatua figura entre los representantes de la España cristiana que se encuentran a los pies de la imagen del Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles.

Fuente: cf. accioncatolicatoledo.es

Jóvenes ejemplares (V)

Venerable Maria Margarita Bogner 01 01 Venerable María Margarita Bogner

Adelaida María Ana Bogner nació en Melence (Hungría) el 15 de diciembre de 1905, en el seno de una familia noble y religiosa. Fue una niña extrovertida y afectuosa, vivaz y alegre; muy querida por todos, tenía un corazón grande y bueno. A los 9 años enferma de escarlatina, lo que le produce una periostitis (inflamación dolorosa de la pierna), quedando con un pie rígido para siempre. La debilidad física fue su compañera de vida.

Durante su adolescencia desarrolló una piedad especial hacia Jesús Paciente. Por un tiempo vive en el mundo gozando de las amistades y las cosas buenas que se le ofrecían. En 1923, después de unos ejercicios espirituales, da inicio a su vida espiritual, viviendo solamente para Dios. Su conversión, como la llama a partir de aquel momento, la lleva a una vida evangélica más perfecta y a un camino interior de continuo ascenso.

El 7 de julio de 1925, estando con su familia, hace voto de castidad y de cumplir la Voluntad de Dios. El 15 de agosto del mismo año ofrece su vida como lento martirio, escribiendo en su diario con su sangre lo que tenía decidido.
Por su frágil salud y habiéndosele cerrado las puertas de varios Institutos Religiosos, es acogida el 19 de agosto de 1927 en el monasterio de la Visitación de Santa María de Thurnfeld en el Tirol. El 10 de abril de 1928 viste el santo hábito y recibe el nombre de Sor María Margarita. El 5 de agosto llega a Erd, al Primer Monasterio de la Visitación de Hungría, donde permanecerá hasta su prematura muerte.

En Erd se dedica ardientemente a conocer la Orden y su espiritualidad, y con este entusiasmo contagia a sus Hermanas de noviciado. Con ocasión de sus votos temporales le pide al Sagrado Corazón de Jesús permanecer fiel a sus votos hasta su último respiro, sin jamás ofenderle ni con la menor de las imperfecciones. Entre sus escritos leemos: Un alma alegre y atenta vence fácilmente las dificultades, no conoce obstáculos, porque la alegría es compañera de la generosidad. Nuestra vida parece muy simple, pero en esta simplicidad se esconde la sublimidad.
Hace su profesión perpetua el 16 de mayo de 1932. Sor María Margarita enferma de tuberculosis y fallece el 13 de mayo de 1933, después de un largo sufrimiento que la asoció a su amado Crucificado, mostrándose siempre en el lecho del dolor, humilde y dulce. El 28 de junio de 2012, Benedicto XVI autorizó la promulgación de su decreto de virtudes heroicas.

Fuente: monjassalesas.blogspot.com.ar

Oración para pedir magnanimidad

Beato Carlos y Emperatriz Zita 03 04 Beato Carlos y Zita

Beato Carlos de Austria, ejemplo de corazón magnánimo

El 21 de octubre se celebra la memoria litúrgica del Beato Carlos de Austria. La fecha fue elegida por ser aniversario de su boda con la princesa Zita. En recuerdo de este hombre de alma grande y generosa ofrecemos la siguiente oración para pedir magnanimidad:

Señor Jesucristo, Tú eres mi Rey. Hazme para contigo un noble corazón caballeresco.
Grande en mi vida: escogiendo lo que se eleva y se dilata, y no lo que se arrastra y languidece.
Grande en mi trabajo: viendo en él no la carga que se me impone, sino la misión que Tú me confías.
Grande en mi sufrimiento: soldado verdadero frente a mi cruz, y verdadero Cireneo para las cruces de los demás.
Grande con el mundo: perdonando sus pequeñeces, sin ceder nada a sus engaños.
Grande con los hombres: leal con todos, más servicial con los humildes y pequeños, llevando con afán hacia Ti a aquellos que me aman.
Grande con mis jefes: viendo en su autoridad la belleza de tu rostro fascinante.
Grande conmigo mismo: jamás encerrado en mí, y apoyándome siempre en Ti.
Grande contigo, oh Señor Jesucristo; feliz de vivir para servirte, feliz de morir para verte.
Así sea.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

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