Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad

Santisima Trinidad 06 28

En una ocasión en que Gertrudis se esforzaba por pronunciar con la mayor atención cada una de las palabras del Oficio divino y se lo impedía con frecuencia la fragilidad humana, se dijo a sí misma con pesadumbre: “¿Qué provecho puede provenir de un esfuerzo hecho con tanta inconstancia?”. No pudiendo el Señor soportar su tristeza, se le presentó, como sosteniendo su Corazón divino con sus propias manos, a semejanza de una lámpara ardiente, y dijo: “Mira, pongo ante los ojos de tu mente mi Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad, para que le encomiendes con toda confianza que supla por ti misma todo lo que tú no puedes realizar. Y así todo aparecerá plenamente perfecto ante mis ojos. Porque así como el siervo fiel está siempre dispuesto a servir a su señor en todo lo que pueda complacerle, así mi Corazón, de ahora en adelante, siempre se unirá a ti para suplir en todo momento todas tus negligencias. Mi divino Corazón, conocedor tanto de la fragilidad como de la inestabilidad humanas, desea y espera siempre con anhelante deseo, que tú le encomiendes -si no con palabras, al menos con alguna señal- que supla y realice por ti, lo que tú te sientes incapaz de hacer; ya que él puede realizarlo muy fácilmente con su omnipotente fuerza y lo conoce perfectamente con su inescrutable sabiduría, y así también desea ardientemente realizarlo con alegría, por la dulzura naturalmente inscrita en su bondad benevolente”.

Tan inaudita condescendencia del Señor la llenó de sobrecogimiento y admiración, al pensar que era totalmente desproporcionado que el Corazón de su Señor, único tesoro santísimo de la divinidad, receptáculo de todos los bienes, se dignara servirla a ella, tan insignificante, como el siervo a su señor, para suplir todas sus negligencias.
Entonces ella, con sumo asombro y gratitud, reconociendo tan gratuita benignidad de Dios para consigo y considerando la múltiple bajeza de sus defectos, se sumergió con gran desprecio de sí misma en el profundo valle de su conocida humildad, teniéndose por indigna de toda gracia.
Después de haber permanecido oculta allí durante un rato, el Señor, que aunque habita en lo más alto de los cielos, se goza en derramar su gracia en los humildes, parecía sacar de su Corazón como un tubo de oro que, a semejanza de una lámpara permanecía pendiente sobre aquella alma, que tanto se abajaba en el valle de la humildad. A través de ese tubo derramó en ella de modo admirable el desbordamiento de todas las gracias que se pueden desear. Así, por ejemplo, si ella se humillaba al recordar sus faltas, al instante el Señor, compadecido, hacía fluir hacia ella de su santísimo Corazón, una floración de sus virtudes divinas, que aniquilaban todos sus defectos y no permitía que apareciesen más ante los ojos de su divina bondad. De igual modo, si deseaba el ornato de la paz, o cuanto de agradable y deleitable puede imaginar el corazón humano, al punto se le comunicaba todo lo deseado con gran gozo y ternura.

Gozando suavemente desde algún tiempo de tales delicias, y cooperando con ella la gracia de Dios, apareció decentemente adornada y perfectamente acabada con todas las virtudes, no suyas sino de su Señor, y escuchó (como con el oído del corazón), una voz dulcísima, como la de una citarista que hace sonar una suave armonía al tocar su cítara, con las siguientes palabras: “Ven a mí, tú que eres mía; tú que eres lo mío, entra en mí; hecha una cosa en mí, permanece conmigo”.

Fuente: Santa Gertrudis de Helfta, Legatus Divinæ Pietatis

Pío XII y la educación de la juventud (II)

San Juan Bautista de La Salle 03 03 San Juan Bautista de La Salle

Responded a la exagerada importancia hoy concedida a cuanto es puramente técnico y material con una educación que reconozca siempre el primer lugar a los valores espirituales y morales, a los naturales y, sobre todo, a los sobrenaturales.

La Iglesia, sin duda ninguna, aprueba la cultura física, si es ordenada; y será ordenada cuando no se encamine al culto del cuerpo, cuando sea útil para fortalecerlo y no para despilfarrar sus energías, cuando sirva también de recreo al espíritu y no sea causa de debilitación y de rudeza espiritual, cuando procure nuevos estímulos para el estudio y para el trabajo profesional y cuando no conduzca a su abandono, a su descuido o a la perturbación de la paz que debe presidir el santuario del hogar.
Oponed a la busca inmoderada del placer y a la indisciplina moral, -que querrían igualmente invadir hasta las filas de los jóvenes católicos, haciéndoles olvidar que llevan consigo una naturaleza caída cargada con la triste herencia de una culpa original-, la educación del dominio de sí mismo, del sacrificio y de la renuncia,empezando con lo más pequeño para pasar luego a lo mayor; la educación de la fidelidad al cumplimiento de los propios deberes, de la sinceridad, serenidad y pureza, especialmente en los años en que el desarrollo va llegando a la madurez. Pero nunca se os olvide que a esta meta no se puede llegar sin la potente ayuda de los Sacramentos de la Confesión y de la Santísima Eucaristía, cuyo sobrenatural valor educativo jamás podrá ser apreciado debidamente.

Desarrollad, en las almas de los niños y de los jóvenes, el espíritu jerárquico, que no niega a cada edad su debido desenvolvimiento, para disipar, en lo posible, esa atmósfera de independencia y de excesiva libertad que en nuestros días respira la juventud y que la llevaría a rechazar toda autoridad y todo freno, procurando suscitar y formar el sentido de la responsabilidad y recordando que la libertad no es el único entre todos los valores humanos, aunque se cuente entre los primeros, sino que tiene sus límites intrínsecos en las normas ineludibles de la honestidad y extrínsecos en los derechos correlativos de los demás, tanto de cada uno en particular cuanto de la sociedad tomada en su conjunto.
Finalmente, puesto que la educación del niño y del joven ha de ser la resultante del esfuerzo común de muchos elementos concordados, dad toda la importancia que se merece a la cooperación y al acuerdo entre los padres de familia, la escuela, y las obras que la ayudan y que continúan su labor cuando se sale de ella, como son la Acción Católica, las Congregaciones marianas, los centros de estudio y otras instituciones semejantes. Ayuda especial podrán necesitar no raramente los mismos padres de familia, que muchas veces no cuentan con la debida preparación para el ejercicio de sus deberes educativos; y de la buena inteligencia con ellos dependerá, de ordinario el éxito de la educación, aunque sean buenos los colegios y mejores los maestros.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

Pío XII y la educación de la juventud (I)

San Juan Bautista de La Salle 02 02 San Juan Bautista de La Salle

La esencia y el blanco de la educación -para expresarnos con las palabras de Nuestro inmediato Predecesor- consisten en la colaboración con la divina gracia para la formación del verdadero y perfecto cristiano. En esta perfección va incluido que el cristiano, en cuanto tal, se halle en condiciones de afrontar y superar las dificultades y corresponder a las exigencias de los tiempos en que le ha tocado vivir. Esto quiere decir que la labor educativa, al tener que realizarse en un ambiente determinado y para un determinado medio, tendrá que irse adaptando constantemente a las circunstancias de ese medio, y de ese ambiente donde la perfección ha de conseguirse y para el cual se destina.

Oponed, pues, a los perniciosos esfuerzos, que querrían apartar completamente la religión de la educación y de la escuela o por lo menos fundar la escuela y la educación sobre una base puramente naturalista, el ideal de una labor docente enriquecida con el tesoro inestimable de una fe sentida y vivificada por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

Procurad que vuestros niños y vuestros jóvenes, a medida que van progresando en el camino de los años, reciban también una instrucción religiosa cada vez más amplia y más fundamentada; sin dejar de tener en cuenta que tanto la conciencia plena y profunda de las verdades religiosas cuanto las dudas y las dificultades suelen de ordinario presentarse en los últimos años de los estudios superiores, especialmente si el educando ha de hallarse en contacto, cosa hoy difícilmente evitable, con personas o con doctrinas adversas al Cristianismo; y que por eso la instrucción religiosa exige con todo derecho un puesto de honor en los programas de las universidades y de los centros de estudios superiores.
Haced de manera que con esta instrucción vayan estrechamente unidos el santo temor de Dios, la costumbre de recogerse en la oración, y la participación plena y consciente en el espíritu del Año litúrgico de la Santa Madre Iglesia, fuente de incontables gracias; pero en esta labor actuad con cautela y con prudencia, a fin de que sea el mismo joven quien siempre busque algo más y poco a poco, obrando por sí mismo, vaya aprendiendo a vivir y a actuar su vida de fe.

Contraponed a la escasez de principios de este siglo, que todo lo mide por el criterio del éxito, una educación que haga al joven capaz de discernir entre la verdad y el error, el bien y el mal, el derecho y la injusticia, plantando firmemente en su alma los puros sentimientos del amor, de la fraternidad y de la fidelidad. Si las peligrosas películas de hoy día, hablando tan sólo a los sentidos y de una manera excesivamente unilateral, traen consigo el riesgo de producir en las almas un estado de superficialidad y de pasividad anímica, el libro bueno puede completar lo que aquí falta desempeñando en la labor educativa un papel de importancia cada vez mayor.

Fuente: Pío XII, Radiomensaje al Congreso Interamericano de Educación Católica,6 de octubre de 1948

María, Medianera de todas las gracias

Maria Medianera 01 01

Jesús hizo su primer milagro por intercesión de María (Jn 2). ¡Cuánto más no podrá hacer ella ahora desde el cielo! María, inspirada por Dios, dice: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

Amándola a Ella, no le quitamos nuestro amor a Jesús; en ese caso, Dios nos habría prohibido amar también a nuestros seres queridos. Por eso, no tengamos miedo, Ella nos va a llevar a Jesús. Ella nos dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Cuanto más amemos a María, más amaremos a Jesús y con Jesús tendremos el poder del Espíritu Santo para alabar y glorificar a Nuestro Padre celestial.
El mismo Lutero llegó a afirmar: “Quiero salir al paso de los que me calumnian, diciendo que yo he predicado que María era una cualquiera o que he manchado y calumniado su limpieza. Puedo jurar que en toda mi vida no se me ha ocurrido tal insensatez sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez. A María nunca se la alabará bastante. Es Madre de Cristo y Madre nuestra”.
¡No seamos nosotros menos celosos del honor de Nuestra Madre que los mismos herejes!

Ella, según enseñan muchos santos, es la Medianera de todas las gracias; pues que todas las gracias las recibimos de Dios por medio de María. Ella es la administradora de los bienes de Dios. Es la omnipotencia suplicante, que todo lo puede con su intercesión. Y “siendo sola lo puede todo” (Sab 7, 27).

¡Qué alegría saber que tenemos en el cielo una Madre tan poderosa, que vela por nosotros! ¡Cuántas veces ha demostrado este amor que nos tiene en tantas apariciones como en Guadalupe, Fátima, Lourdes, etc., donde nos viene a alentar y a llamarnos la atención para enmendar nuestra vida! Dios sigue haciendo milagros, muchos milagros, por su intercesión. Ella es Nuestra Madre, ofrezcámosle todos los días el rezo del Santo Rosario, que, en cierto modo, es una oración bíblica y divina. En el Rosario, rezamos el Padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó y está en el Evangelio. También rezamos el Avemaría, que en su primera parte es inspirada por Dios, (Lc l), y meditamos en la vida de Jesús y de María según los misterios, que están en los Evangelios.

Fuente: cf. P. Ángel Peña O.A.R., Católico, conoce tu fe

Dios nos quiere santos

Santa Gianna Beretta Molla 04 05 Tapiz de la canonización de Gianna Beretta Molla, 16 de mayo de 2004

Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo nos escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su buena voluntad.

Esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos lo repite insistentemente San Pablo: hæc est voluntas Dei: sanctificatio vestra, ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación. No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima.

Grabemos a fuego en el alma la certeza de que la invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión.
Hemos de ser santos: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro.
Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana.

Fuente: San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios

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