Palabras de consuelo de San Pío de Pietrelcina

Jesus 22 31

“Si el miedo os aprieta estrechamente, debéis exclamar con San Pedro: Señor sálvanos. Os tenderá la mano, apretadla con fuerza y seguid vuestro camino con alegría. Aunque el mundo se ponga cabeza abajo, aunque todo esté en tinieblas, lleno de humo y de estruendo. ¡Dios estará con vosotros!

En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios. Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual.”

“Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba.”

“El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.”

“Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección.”

“Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda; ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.”

La gloria de la Vendée

La Vendee-Capitanes 01 01 Los grandes capitanes católicos vendeanos

El levantamiento de la Vendée, 11 de marzo de 1793, constituyó una respuesta tajante a la feroz ideología ateizante que quería imponer en toda la nación la Revolución francesa. Tratóse de una guerra teológica para restablecer el orden social cristiano, la Cristiandad. De un lado la impiedad, el sacrilegio y las matanzas. Del otro, el testimonio de los mártires, sea de los que caían con las armas en la mano, dispuestos a morir por la causa sagrada, sea de las víctimas inermes.

Una pléyade de jóvenes heroicos se enrolaron en dicha cruzada, tras las huellas de grandes capitanes católicos. Frente a aquella Revolución, que a pesar de presentarse como renovadora había nacido decrépita, los caudillos que encabezaron el levantamiento encarnaban el ideal católico, joven y dinámico.

Jacques Cathelineau "el santo de Anjou" -así lo apodarían-, proclamado Generalísimo de todo el Ejército, ató a la cintura el rosario y puso en sus camisas la insignia del Sagrado Corazón. "Amigos -les recordó-, no olvidemos que estamos luchando por nuestra Santa religión". Se arrodilló, hizo la señal de la cruz y entonó en alta voz el himno litúrgico Vexila Regis prodeunt (las banderas del Rey avanzan).
Maurice d'Elbée, fue llamado el "Pater" de la Vendée. Hizo rezar un Pater noster a sus tropas para que se retractaran de sus deseos de asesinar a sus prisioneros.
Louis de Lescure, "el santo de Poitou" lo llamaban. Antes de morir dijo: "...combatí a favor de Dios; espero en su Misericordia. Voy al cielo con confianza". Encontraron en su cuerpo las marcas de un cilicio.
Charles de Bonchamps. Lo último que exclamó este héroe fue: "Yo me atrevo a contar con la misericordia de Dios. No he combatido por la gloria humana. He servido a mi Dios, a mi Rey, a mi Patria. He sabido perdonar".
Henri de la Roquejaquelein. Con cien de sus mejores caballeros, escoltó al Santísimo Sacramento llevado en procesión a la cabeza de las tropas. En víspera de una batalla, Monsieur Henri, como el más humilde de los fieles, se acercó a recibir la Sagrada Comunión y durante más de dos horas permaneció en oración. Siempre era él quien daba la señal de ataque; trazaba sobre su cuerpo una gran señal de la cruz y se lanzaba hacia adelante.

Fuente: cf. P. Alfredo Sáenz, La Epopeya de la Vendée

Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad

Santisima Trinidad 06 28

En una ocasión en que Gertrudis se esforzaba por pronunciar con la mayor atención cada una de las palabras del Oficio divino y se lo impedía con frecuencia la fragilidad humana, se dijo a sí misma con pesadumbre: “¿Qué provecho puede provenir de un esfuerzo hecho con tanta inconstancia?”. No pudiendo el Señor soportar su tristeza, se le presentó, como sosteniendo su Corazón divino con sus propias manos, a semejanza de una lámpara ardiente, y dijo: “Mira, pongo ante los ojos de tu mente mi Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad, para que le encomiendes con toda confianza que supla por ti misma todo lo que tú no puedes realizar. Y así todo aparecerá plenamente perfecto ante mis ojos. Porque así como el siervo fiel está siempre dispuesto a servir a su señor en todo lo que pueda complacerle, así mi Corazón, de ahora en adelante, siempre se unirá a ti para suplir en todo momento todas tus negligencias. Mi divino Corazón, conocedor tanto de la fragilidad como de la inestabilidad humanas, desea y espera siempre con anhelante deseo, que tú le encomiendes -si no con palabras, al menos con alguna señal- que supla y realice por ti, lo que tú te sientes incapaz de hacer; ya que él puede realizarlo muy fácilmente con su omnipotente fuerza y lo conoce perfectamente con su inescrutable sabiduría, y así también desea ardientemente realizarlo con alegría, por la dulzura naturalmente inscrita en su bondad benevolente”.

Tan inaudita condescendencia del Señor la llenó de sobrecogimiento y admiración, al pensar que era totalmente desproporcionado que el Corazón de su Señor, único tesoro santísimo de la divinidad, receptáculo de todos los bienes, se dignara servirla a ella, tan insignificante, como el siervo a su señor, para suplir todas sus negligencias.
Entonces ella, con sumo asombro y gratitud, reconociendo tan gratuita benignidad de Dios para consigo y considerando la múltiple bajeza de sus defectos, se sumergió con gran desprecio de sí misma en el profundo valle de su conocida humildad, teniéndose por indigna de toda gracia.
Después de haber permanecido oculta allí durante un rato, el Señor, que aunque habita en lo más alto de los cielos, se goza en derramar su gracia en los humildes, parecía sacar de su Corazón como un tubo de oro que, a semejanza de una lámpara permanecía pendiente sobre aquella alma, que tanto se abajaba en el valle de la humildad. A través de ese tubo derramó en ella de modo admirable el desbordamiento de todas las gracias que se pueden desear. Así, por ejemplo, si ella se humillaba al recordar sus faltas, al instante el Señor, compadecido, hacía fluir hacia ella de su santísimo Corazón, una floración de sus virtudes divinas, que aniquilaban todos sus defectos y no permitía que apareciesen más ante los ojos de su divina bondad. De igual modo, si deseaba el ornato de la paz, o cuanto de agradable y deleitable puede imaginar el corazón humano, al punto se le comunicaba todo lo deseado con gran gozo y ternura.

Gozando suavemente desde algún tiempo de tales delicias, y cooperando con ella la gracia de Dios, apareció decentemente adornada y perfectamente acabada con todas las virtudes, no suyas sino de su Señor, y escuchó (como con el oído del corazón), una voz dulcísima, como la de una citarista que hace sonar una suave armonía al tocar su cítara, con las siguientes palabras: “Ven a mí, tú que eres mía; tú que eres lo mío, entra en mí; hecha una cosa en mí, permanece conmigo”.

Fuente: Santa Gertrudis de Helfta, Legatus Divinæ Pietatis

Madre del Amor Hermoso (IV)

Jesus dando la comunion 01 01 Llega el Señor a la tierra, trayéndonos en la forma encantadora de un Hermano nuestro la benignidad del Padre celestial, su perdón.

Pero llegó hasta nosotros en los brazos de una criatura incomparable, mujer como nuestras madres, mil y mil veces más tierna aún que todas ellas, y desde la cuna de su regazo, apoyado en el Corazón de esa Reina, sonrió a la tierra, la miró con piedad infinita, y desde sus brazos maternales, Jesús dio la primera bendición al mundo culpable, llorando ya en ese altar que era María, y ofreciéndose desde él al Padre como Salvador de infinita misericordia.
¡Ah! ¡Y como esta Hostia de misericordia, Jesús, así es el ara y trono de misericordia, María! ¿Quién jamás reprodujo como Ella la infinita compasión del Corazón de Jesús, ni quién jamás mejor que Ella predicó y prodigó toda la doctrina del Amor misericordioso de un Dios, encarnado, no para juzgar, sino para salvar?

¡Oh, cómo debe haber desgarrado el Corazón de María el grito de pánico y de hielo lanzado por el jansenismo; cómo debe haber protestado Ella con lágrimas de sangre, en unión con la Iglesia católica, cuando se esforzaban por cerrar la herida del Costado, o al menos ocultarla, a aquella caravana de almas débiles y pecadoras, que la buscaban con afán, como asilo y como faro, como manantial y como puerto!...
Ella, que sabía por qué lloró el Niño pequeñito entre sus brazos; Ella, que sabía por qué sufrió el destierro del Egipto; Ella, que sabía el porqué misterioso de aquellos treinta años de soledad, de humillación y silencio en Nazaret; Ella, que, como nadie sabía el último porqué del prodigio de amor del Jueves Santo, y de todas las ignominias y dolores del Viernes Santo; Ella, que recibió en testamento el Corazón del Salvador y el de la Iglesia, arcas ambas de salvación y no tribunales de condenación... ¡Cómo debe haber apartado sus ojos y cerrado sus oídos cuando algún hijo mal nacido desfiguró con ceño duro, con gesto inclemente, con palabras sin misericordia a su Jesús!

Bebed, apóstoles del Divino Corazón, bebed a torrentes en el Corazón de María la doctrina suave y fuerte del amor, la doctrina sólida, auténtica y tan consoladora de la misericordia.
Aprended, en la escuela de María, que el ser bueno con las almas, que el ser compasivo, que el ser misericordioso no es, ¡oh!, no, ninguna debilidad, ninguna condescendencia ridícula e indebida, sino lo más sustancial, lo más fuerte y lo más puro de la harina, con la que se engendra y forma a Jesús en las almas.
Decirle a Ella que se le ama y comulgar con poca frecuencia o escaso fervor es separar al Hijo de su Madre, siendo y debiendo quedar ambos inseparables. Ello sería desvirtuar cabalmente lo que tiene de más hermoso la hermosura de María: el fascinarnos y embriagarnos con la belleza misma de Jesús. María es el Sagrario por excelencia, y que si se acude con verdadera devoción al Sagrario de ese Corazón Inmaculado es para pedirle de rodillas que se nos abra con misericordia y que nos dé al que engendró y alimentó y sacrificó por nuestro bien, a Jesús. Honramos así, con honor el más sublime, a la Santísima Virgen, y honramos y adoramos con adoración de amor, en la Custodia preciosísima de su Corazón virginal, a su Hijo, Cristo Jesús. Por este camino, y con gran regocijo del Señor, de la Virgen y de la Iglesia, todas las festividades de María llevarán, todas ellas, y entre otras el Mes de María, este sello eucarístico.

Fuente: cf. P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren

Beato Pier Giorgio Frassati 10 10 Beato Pier Giorgio Frassati

“Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.” Salmo 115, 6.
La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como vive en Cristo, así no puede menos de morir en Cristo.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.
Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa “morir en Cristo”? Significa ante todo leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 38-39).
En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del paso pascual: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando;teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia; está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 5 de noviembre de 1989

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI