Un solo Corazón

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En el episodio de Jesús a los doce años se registran sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).

Aquí, cuando Jesús todavía está completamente integrado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre».
Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño -y luego adolescente y joven- no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011

La devoción al Niño Jesús

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Ama Jesucristo la inocencia de los niños desde que Él mismo se hizo Niño en el cuerpo y en los afectos. Ama Cristo la infancia, como maestra de humildad, regla de inocencia y modelo de mansedumbre. Ama Cristo la infancia y la propone por ejemplo de costumbres a los hombres ya provectos; quiere que todas las edades se conformen con la sencillez de los niños y que se arreglen a ella los que ha de elevar al eterno reino (San León Magno).

Desde tiempos muy antiguos los católicos han tenido mucha devoción al Divino Niño Jesús, y han honrado su santa infancia, considerando esta edad de Jesucristo como una maravilla de inocencia y amabilidad.
San José fue quien junto a la Santísima Virgen ha custodiado a Nuestro Señor Jesucristo en su más tierna infancia. Santa Teresa de Ávila tenía un amor tan grande al Divino Niño que un día al subir una escalera tuvo una visión en la que contemplaba al Niño Jesús tal cual había sido en la tierra. En recuerdo de esta visión la santa llevó siempre en sus viajes una estatua del Divino Niño, y en cada casa de su comunidad mandó tener y honrar una bella imagen del Niño Jesús que casi siempre ella misma dejaba de regalo al despedirse.
En la historia de la Iglesia muchos santos han sido agraciados con la visión del Niño Jesús, entre ellos: San Cayetano, Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua, San Cristóbal, San Bernardino Realino, Santa Inés de Asís, San Estanislao de Kostka, San Félix de Cantalicio, San Juan de Dios.
En el año 1636 Nuestro Señor le hizo a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento esta promesa: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y tu oración será escuchada".

Fuente: cf. devocionario.com

Habrá niños santos - Siervo de Dios Gustavo María Bruni

Gustavo Maria Bruni 01 01

Gustavo María nació en Turín el 6 de mayo de 1903. Su existencia fue muy corta, casi 8 años, pero espiritualmente intensa. En esa pequeña alma el Amor de Dios estaba visiblemente presente, porque no se explica que ya a la tierna edad de 3 años Gustavo manifestara su deseo de recibir a Jesús, con peticiones inocentes y no caprichosas, cuando era llevado a la iglesia por los padres.

En 1909, el Beato Miguel Rúa, sucesor de Don Bosco, lo admitió a recibir la Primera Comunión en la iglesia del Oratorio. Gustavo le dice a su padre:
- ¿Sabes, papá? Ahora que he comulgado siento que podré llegar a ser santo; antes, no.
Desde ese día de verdadero paraíso, todos sus pensamientos, todas sus obras, todas sus palabras, revelaron el amor que tenía por Jesús. El alma de los niños, llena de candor como el rocío de la mañana, es especial para captar al Jesús de la Eucaristía.
Tal fue el ardor de su alma, que deseaba convertirse en sacerdote pronto, para poder comunicar a Jesús a las almas.
Gustavo María Bruni, fue y es conocido como el “Pequeño Serafín de Jesús Sacramentado”, de hecho integró una Asociación infantil de adoración eucarística cotidiana.

Pronto fue probado por la divina voluntad con la enfermedad. Gustavo desde su cama ofreció sus sufrimientos con tal fortaleza y resignación que maravillaría hasta a los más perfectos.
Falleció santamente el 10 de febrero de 1911, edificando a sus padres y a todos los que lo visitaron en su pequeño Calvario.
Veinte días antes de su fallecimiento, el Beato Felipe Rinaldi, entonces Prefecto General de la Pía Sociedad Salesiana, quien lo había estado asistiendo, declaró: “Nuestro Gustavo ha alcanzado el más alto grado de perfección cristiana”. Esta declaración auténtica de un experto director de almas contiene la síntesis de la corta vida en la tierra de Gustavo, y a la luz de su ejemplar santidad y apostolado eucarístico, han surgido vocaciones sacerdotales y religiosas.

Fuente: cf. santiebeati.it

Dejad que los niños vengan a mí

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Cristo ha dicho la frase que todos conocemos bien: “Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 19, 14). Como recordamos, dirigió estas palabras a los Apóstoles que, teniendo en cuenta el cansancio del Maestro, querían actuar más bien de otra manera, es decir, querían impedir a los niños acercarse a Cristo. Querían alejarlos, quizá para que no le quitaran el tiempo.

La segunda frase que en este momento me viene a la mente tiene acentos de gran severidad. En efecto, defiende al niño de cuantos lo escandalizan: “Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar”(Mt 18, 6). La advertencia es muy severa; pero es un mal grande el escándalo dado a todo ser inocente. Se causa gran daño al alma juvenil, inoculando el mal allí donde deben desarrollarse la gracia, la verdad, la confianza y el amor. Sólo Aquel que personalmente ha amado mucho el alma inocente de los niños y el alma juvenil, podía expresarse sobre el escándalo tal como lo ha hecho Cristo. Sólo Él podía amenazar con estas palabras tremendas a quienes dan escándalo.

Por otra parte, el problema de la catequesis resulta por sí mismo vivo y urgente. En efecto, la catequesis es, por así decirlo, signo infalible de la vida de la Iglesia y fuente inagotable de su vitalidad. Solamente intento subrayar y poner de relieve que, a través de la catequesis de los niños y de los jóvenes, se realiza continuamente la llamada tan elocuente de Cristo: “Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis...” (Mc 10, 14). Todos los sucesores de los Apóstoles, toda la Iglesia en su conciencia evangelizadora, deben trabajar en todas partes para que ese deseo y esa llamada de Cristo se realice en la medida que requieren las múltiples necesidades de nuestro tiempo.

Juntamente con esta llamada va la advertencia del Señor contra el escándalo. La catequesis de los niños y de los jóvenes tiende en cualquier parte y siempre a hacer crecer en las almas juveniles lo que es bueno, noble, digno. Se convierte en escuela de un sentido mejor y más maduro de humanidad, que se desarrolla en el contacto con Cristo. En efecto, no hay instrumento más eficaz para proteger del escándalo, para que no arraigue el mal, la corrupción, el sentido de la inutilidad de la vida, la frustración, que injertar el bien, infundiéndolo profunda y vigorosamente en las almas juveniles. Pertenece a la tarea formativa de la catequesis vigilar para que este bien brote y madure.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del Miércoles 29 de agosto de 1979

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