Habrá niños santos - Venerable María del Carmen González

María del Carmen González nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Ya desde los cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos; también le gustaba pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja.

La persecución religiosa que había comenzado algunos años antes en España, se hizo entonces más fuerte. La familia de María del Carmen no se libró de estos sucesos porque a finales del mes de agosto el padre fue arrestado y conducido a prisión, donde le haría una emocionante confesión a su mujer: “Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”. Días más tarde sería asesinado.

Tras la muerte de su marido, la madre de Mari Carmen se traslada a vivir a la embajada de Bélgica por correr peligro. Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: “Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. El 6 de abril de 1938 María del Carmen ofrece a Dios su vida por la conversión de los asesinos de su padre.

El 8 de abril, al regresar del colegio, debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal.

El 17 de julio de 1939, María del Carmen exclamó: “Hoy me voy a morir, ¡me voy al cielo!”. Doña Carmen, su madre, congregó entonces a toda la familia alrededor de la pequeña. De pronto, la niña se volvió hacia ella y le dijo: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?... Ámense unos a otros”. “Jesús, José y María asistidme en mi última agonía, haced que muera en vuestra compañía”, fueron sus últimas palabras. Cuando hubo muerto, le pusieron el vestido de su primera comunión. El 12 de enero de 1996 fue declarada Venerable.

Fuente: cf. maricarmengv.info

Convertíos a mí de todo corazón

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Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

Sobre la restauración cristiana de la paz

Beato Carlos 03 06 Beato Carlos de Austria

“Asumió el gobierno en medio de la tormenta de la primera guerra mundial, y se esforzó por promover las iniciativas de paz de mi predecesor Benedicto XV”(Palabras de S.S. Juan Pablo II en la homilía de Beatificación de Carlos de Austria.)

La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos», ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad

Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano.
Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Fuente: S.S. Benedicto XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

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