Mes de marzo en honor del santo Patriarca

Simple, Free Image and File Hosting at MediaFire

Es una práctica saludable y verdaderamente laudable consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad (especialmente durante su novena, del 10 al 18 de este mes).

Oración a San José

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia deDios de las hostiles insidias y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

Fuente: cf. S.S. León XIII,Carta Encíclica Quamquam pluries

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

El Corazón de Jesús, nuestro Tesoro

Cada uno de nosotros puede decir con San Bernardo: “El Corazón de Jesús es mi corazón y lo diré con atrevimiento, porque si Jesús es mi cabeza ¿lo que es de mi cabeza, no es mío? Como los ojos de mi cabeza corporal son verdaderamente míos, así el Corazón de mi cabeza espiritual es verdaderamente mi Corazón. ¡Oh, qué dicha, pues que es cierto que no tengo con Jesús sino un solo Corazón!”

Nuestro amabilísimo Salvador nos ha dado su amabilísimo Corazón para que sea nuestro tesoro. Es un tesoro inmenso e inagotable que enriquece el cielo y la tierra con infinidad de bienes.

Saquemos de ese tesoro con qué pagar a la justicia divina lo que le debemos por todas nuestras faltas, ofreciéndole ese Sacratísimo Corazón en satisfacción por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias. Si tenemos necesidad de alguna virtud, saquémosla de nuestro tesoro que contiene en grado eminente todas las virtudes, y supliquemos a nuestro Señor, que por la profundísima humildad de su Corazón, nos dé humildad verdadera; que por la ardentísima caridad de su Corazón, nos dé caridad perfecta; y así en cuanto a las demás virtudes.

Cuando en las diversas circunstancias haya necesidad de alguna gracia particular saquémosla de nuestro tesoro pidiéndole a nuestro Señor que por su benignísimo Corazón nos la conceda. Si deseamos ayudar a las almas del Purgatorio para que paguen sus deudas a la Justicia divina ofrezcamos a éstas nuestro precioso tesoro para que saquen de él con qué pagarse. Cuando alguien se encomiende a nuestras oraciones o nos pida alguna cosa, levantemos nuestro corazón hacia nuestro tesoro y digamos con humildad y confianza: “Oh Corazón amable de mi Salvador, haced sentir los efectos de vuestra caridad a todos los que recurran a mí.”

Finalmente, ya que nuestro corazón está unido a su tesoro, procuremos que los afectos y la ternura de nuestro corazón estén unidos al amabilísimo Corazón de Jesús.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

San Gabriel de la Dolorosa (II)

Estalla la peste del cólera en Italia: miles y miles de personas van muriendo día por día, y el día menos pensado muere la hermana que Gabriel más quiere. Considera que esto es un llamado muy serio de Dios para que se hiciera religioso. Habla con su padre, pero a éste le parece que un joven tan amigo de las fiestas mundanas se va a aburrir demasiado en un convento y que la vocación no le va a durar quizá ni siquiera unos meses.

Mas cierto día asiste a una procesión con la imagen de la Virgen Santísima. Nuestro joven siempre le ha tenido una gran devoción a la Madre de Dios (y probablemente esta devoción fue la que logró librarlo de las trampas del mundo) y en plena procesión levanta sus ojos hacia la imagen de la Virgen y ve que Ella lo mira fijamente con una mirada que jamás había sentido en su vida. Ante esto ya no puede resistir más. Va a donde su padre a rogarle que lo deje irse de religioso. El buen hombre le pide el parecer al confesor de su hijo y, recibida la aprobación de este santo sacerdote, le concede el permiso de entrar a una comunidad bien rígida y rigurosa, los Padres Pasionistas.

Al entrar de religioso se cambia el nombre y en adelante se llamará Gabriel de la Dolorosa. Gabriel, que significa el que lleva mensajes de Dios.Y de la Dolorosa, porque su devoción mariana más querida consiste en recordar los siete dolores o penas que sufrió la Virgen María. Desde entonces será un hombre totalmente transformado.

Gabriel había gozado siempre de muchas comodidades en la vida y le había dado gusto a sus sentidos; ahora entra a una comunidad donde se ayuna y donde la alimentación es tosca y nada variada. Los primeros meses sufre un verdadero martirio con este cambio tan brusco, pero nadie le oye jamás una queja, ni lo ve triste o disgustado.

Lo que Gabriel hacía, lo hacía con toda el alma. En el mundo se había dedicado con todas sus fuerzas a las fiestas mundanas, pero ahora, entrado de religioso, se dedicó con todas las fuerzas de su personalidad a cumplir exactamente los Reglamentos de su Comunidad. Los religiosos se quedaban admirados de su gran amabilidad, de la exactitud total con la que cumplía todo lo que se le mandaba y del fervor impresionante con el que cumplía sus prácticas de piedad.

Su vida religiosa fue breve, apenas unos seis años. Pero en él se cumple lo que dice el Libro de la Sabiduría: “Terminó sus días en breve tiempo, pero ganó tanto premio como si hubiera vivido muchos años”.

Su naturaleza protestaba porque la vida religiosa era austera y rígida, pero nadie se daba cuenta en lo exterior de las repugnancias casi invencibles que su cuerpo sentía ante las austeridades y penitencias. Su director espiritual sí lo sabía muy bien.

Fuente: ewtn.com

San Gabriel de la Dolorosa (I)

San Gabriel de la Dolorosa 01 01

Nació en Asís (Italia) en 1838. Su nombre en el mundo era Francisco Possenti. Era el décimo entre 13 hermanos. Su padre trabajaba como juez de la ciudad.

A los 4 años quedó huérfano de madre. El papá, que era un excelente católico, se preocupó por darle una educación esmerada, mediante la cual logró ir dominando su carácter fuerte que era muy propenso a estallar en arranques de ira y de mal genio.
Tuvo la suerte de educarse con dos comunidades de excelentes educadores: los Hermanos Cristianos y los Padres Jesuitas; y las enseñanzas recibidas en el colegio le ayudaron mucho para resistir los ataques de sus pasiones y de la mundanalidad.
El joven era sumamente esmerado en vestirse a la última moda; sus facciones elegantes y su fino trato, a la vez que su rebosante alegría y la gran agilidad para bailar, lo hacían el preferido de las muchachas en las fiestas. Su lectura favorita eran las novelas, pero le sucedía como en otro tiempo a San Ignacio, que al leer novelas, en el momento sentía emoción y agrado, pero después le quedaba en el alma una profunda tristeza y un mortal hastío y abatimiento. Sus amigos lo llamaban el enamoradizo. Pero los amores mundanos eran como un puñal forrado con miel: dulces por fuera y dolorosos en el alma.

En una de las 40 cartas que de él se conservan, le escribe -siendo ya religioso- a un antiguo amigo: “Mi buen colega: si quieres mantener tu alma libre de pecado y sin la esclavitud de las pasiones y de las malas costumbres tienes que huir siempre de la lectura de novelas y del asistir a teatros donde se dan representaciones mundanas. Mucho cuidado con las reuniones donde hay licor y con las fiestas donde hay sensualidad y huye siempre de toda lectura que pueda hacer daño a tu alma. Yo creo que si yo hubiera permanecido en el mundo no habría conseguido la salvación de mi alma. ¿Dirás que me divertí bastante? Pues de todo ello no me queda sino amargura, remordimiento y temor y hastío. Perdóname si te di algún mal ejemplo y pídele a Dios que me perdone también a mí”.

Al terminar su bachillerato, y cuando ya iba a empezar sus estudios universitarios, Dios lo llamó a la conversión por medio de una grave enfermedad. Lleno de susto prometió que si se curaba de aquel mal, se haría religioso. Pero apenas estuvo bien de salud, olvidó su promesa y siguió gozando del mundo.
Un año después enferma mucho más gravemente. Una laringitis que trata de ahogarlo y que casi lo lleva al sepulcro. Lleno de fe invoca la intercesión de un santo jesuita martirizado en las misiones y promete hacerse religioso. Al colocarse una reliquia de aquel mártir sobre su pecho se queda dormido y, cuando despierta, está curado milagrosamente. Pero apenas se repone de su enfermedad empieza otras vez el atractivo de las fiestas y de los enamoramientos, y olvida su promesa. Es verdad que pide ser admitido como jesuita y es aceptado, pero él cree que para su vida de hombre tan mundano lo que está necesitando es una comunidad rigurosa, y deja para más tarde el entrar a una congregación de religiosos.

Fuente: ewtn.com

Los santos ejercicios son luz

Beata Catalina de Maria Rodriguez 01 01 Beata Catalina de María Rodríguez, nacida y fallecida en Córdoba, Fundadora de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús, la primera congregación femenina de vida apostólica de Argentina.

Extractos de cartas de la Madre Catalina:

Los santos ejercicios son luz; ellos nos descubren las gracias que hasta entonces estaban ocultas a nuestra vista, dejándonos percibir con claridad nuevos y fáciles medios de practicar las virtudes; sí, fáciles digo, porque la abundancia de gracias que el Señor derrama en esos días de dicha para el alma, le hacen mirar como muy sencillas las cosas que antes tenía por muy dificultosas.
Y ¿qué es lo que resta enseguida? Ser fiel a estas gracias, procurando guardar cuidadosamente en nuestros corazones el tesoro que hemos recibido, no para tenerlo allí ocioso, sino para hacerlo producir los frutos que le son propios: esto es, la verdadera reforma de nuestras faltas; pensando siempre que ninguna es tan pequeña que no deba hacerse de ella mucho caso, puesto que con cada una perdemos gracias; y al mismo tiempo perdemos fuerzas para resistir a las que vendrán enseguida. Y lo que es más triste que todo; el ultraje que hacemos a Dios en cambio de sus beneficios.

Aunque carezcan de todo y estén como abandonados de las criaturas, entonces están de un modo especial en las manos de Dios que vela por ustedes como único verdadero Padre y les dará fuerza, luz y ánimo generoso para seguir de cerca a nuestro Amantísimo Amo que marcha delante de ustedes cargando con su cruz y les muestra el camino por donde él quiere que vayan.

Esta reflexión me ha servido infinidad de veces en las pruebas por las que nuestro Señor me ha hecho pasar, diciéndome a mí misma: “nunca estoy mejor que cuando estoy sola con Dios”, y para no ir más lejos le diré que éstas son las palabras que repito ahora mismo con frecuencia en la situación presente.

Cuando la pobre alma sufre la tentación, el desconsuelo y la triste soledad del espíritu; es entonces cuando el Señor de ella está más cerca y cuando con más cuidado vela para que no sea vencida del enemigo; y entonces también es cuando Dios ama a esa alma con mayor ternura. No piense ni por un momento que Dios la deja; crea esto no es sino una prueba que pasará más o menos pronto, según el beneplácito divino, y procure ser muy fiel en ella.

Fuente: De las cartas de la Beata Catalina Rodríguez

La Eucaristía nos hace santos

Beato Carlos de Austria 05 09

Reliquia del “Emperador de la Eucaristía”, Beato Carlos de Austria, sobre el Sagrario en la Iglesia de San Gottardo, Italia. El Beato Carlos vivía profundamente la Santa Misa a la cual asistía a diario y su amor por la Eucaristía creció a lo largo de su vida. Cuando se le preguntaba de donde le venía tanta alegría y optimismo respondía que de su comunión diaria. Incluso pidió matrimonio a la princesa Zita delante del Santísimo Sacramento, en el Santuario de la Virgen de Mariazell.

Jesucristo, aunque oculto a mis ojos, actúa eficazmente en la obra de mi santificación. Veámoslo: si yo me quiero hacer santo, tengo que principiar por vencer el orgullo, y hacer que la humildad ocupe su lugar; y ¿dónde encontraré ejemplo de humildad más eficaz que en la Eucaristía y dónde, fuera de ella, la gracia que necesito para conseguirla?

Jesús es quien pronunció estas admirables palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); mas si desde el principio del cristianismo no tuviéramos otros ejemplos de humildad que el recuerdo de los que nos dio el Salvador durante su vida mortal, la humildad no sería más que una palabra vana y sin sentido. Podríamos decirle con razón: “Pero, Señor, yo no te he visto humillado”.

En la Eucaristía Jesucristo responde a nuestras excusas y a nuestras quejas. Desde el tabernáculo, por debajo de los velos eucarísticos, especialmente, se escapa esta voz divina: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¡Aprended de mí a ocultar vuestras buenas obras, vuestras virtudes y sacrificios: descended... y venid a mí!
En el estado de anonadamiento de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento es donde se encuentra la gracia de la humildad. Si Jesús, Rey de la gloria, se rebaja y humilla hasta ese estado, ¿quién, por muy elevado que esté, podrá temer el rebajarse? Aunque sea muy favorecido por la fortuna, ¿cómo no estimar la amable pobreza de Jesús sacramentado?

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Debemos pedir con frecuencia la «perseverancia final»

Santa Teresa de Jesus 12 36 Muerte de Santa Teresa de Jesús

Si bien es cierto que la perseverancia final en la gracia de Dios [morir en estado de gracia] es un don de Dios enteramente gratuito y que nadie puede merecer, sin embargo, con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios este gran don de la perseverancia final.

La Sagrada Escritura nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto le pidamos en orden a nuestra eterna salvación; y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad en la Sagradas Páginas. He aquí algunos textos del todo explícitos e inequívocos:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis (Mt 21, 22)
Y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13-14).
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros pedid lo que quisiereis y se os dará (Jn 15, 7).
Y la confianza que tenemos en él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho (I Jn 5, 14-15)

He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen. (...) De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía: Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 18, 13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito.» (S. Tomás, Suma Teológica) [Es decir, no hay ninguna obra que yo pueda realizar al presente y que me haga merecerinfaliblemente el morir en la gracia de Dios. Por eso es que debemos suplicar esta gracia en la oración.]

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Sal 16, 5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2, 16-17): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena.» (S. Tomás, Suma contra gentiles)

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien, como la perseverancia final -condición indispensable para salvarse- no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Fuente: Cf. Fr. Antonio Royo Marín, op, Teología de la salvación

La voluntad de Dios es que seamos santos (I)

Beato Carlos 04 07 Beato Carlos de Austria

Diciéndoos que todos tenemos la obligación de hacernos santos, no quiero haceros creer que todos tenemos la obligación de hacer milagros y de obrar maravillas. Aquellos que nosotros llamamos santos por excelencia, suelen ser honrados por Dios con la gracia de los milagros, pero la verdadera santidad no consiste en hacer milagros. Éstos son indicios de santidad, pero no son la santidad. La verdadera santidad consiste en el exacto cumplimiento de la ley de Dios y en un empeño vivo de crecer en la virtud.

Digámoslo más brevemente. La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios. Quien la hace, dice el Señor, entra triunfalmente en el reino de Dios: El que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese entrará en el reino de los cielos.(Mt 7, 21).
¿Queréis persuadiros ahora de que todos estamos obligados a hacernos santos? Primeramente decidme: ¿Estamos obligados a intentar ir al Paraíso? ¿Quién puede dudarlo? Pero si en el Paraíso no entra sino el que trata de hacer la divina voluntad, y hemos dicho ya que es lo mismo que hacerse santos, ¿cómo podemos hacerlo, a menos de intentarlo? ¿Queréis un mandato más expreso y más claro?

Sabed -dice San Pablo- que la voluntad de Dios respecto a vosotros, es ésta, que os hagáis santos: Haec est voluntas Dei, santificatio vestra. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Tes 4, 3).
Entonces, ¿por qué razones creéis que el Señor os haya provisto de tantos instrumentos de gracia y de santidad: sacramentos, oraciones, indulgencias, el santo sacrificio de la misa, la palabra divina y la asistencia del Espíritu Santo? Son medios y ayudas para la santidad: no puede habérnoslos dado sino para que nos sirviéramos de ellos y hacernos santos. ¿Por qué razón, creéis que nos haya dado en su Pasión tantos ejemplos de pobreza, de humildad, de dulzura, de mortificación, de retiro, de penitencia, de padecimiento? ¿Por qué razón creéis que él haya llamado a los apóstoles y a los discípulos sus amigos, sus parientes, sus hermanos? Lo dice él mismo ante las turbas: porque hacían la divina voluntad, que es lo mismo que decir, porque eran santos.

Finalmente, ¿por qué razón creéis que el Señor ha tenido y tiene tanto cuidado de nosotros, unas veces afligiéndonos otras consolándonos, a veces con su gracia y otras veces con castigos?: porque nos quiere santos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que quiere que nosotros hagamos, tiende a la santidad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Funciones del celebrante y de los asistentes a la Santa Misa

San Juan de la Mata 01 01 Misa de San Juan de la Mata

Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempeñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: "Nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes" (Ap 5, 10).

El celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el mediador de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano. Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este augusto misterio; con él concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: "Orad, hermanos, para que mi sacrificio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso". Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

Así, pues, cuando asistes a la Misa, desempeñas en cierto sentido las funciones de sacerdote. ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, charlando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo ministerio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar: ¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan sublimes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí temblando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa!

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

La Misa tiene por principal sacerdote al mismo Jesucristo

El calvario y la Misa 01 01

Imposible parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original del sacrificio de la cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más todavía, es que tiene por sacerdote un Dios hecho hombre.

Es indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofrecida es la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que Dios.
Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el primer sacrificador, no solamente por haber instituido este sacrificio y porque le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima.

Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por sacerdote a un Dios hecho hombre. Cuando consideres al sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor. De aquí resulta que el sacrificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro. Así como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es considerado justamente como el donante principal; y aun cuando el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.

¡Bendita sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos dado un sacerdote santo, santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los países, puesto que la luz de la fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el universo.
¡Oh, qué inmenso y precioso tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué cosecha de gracias recogeríamos durante nuestra vida, y qué inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

Eficacia apostólica del sufrimiento

Muerte de San Jose 01 01 San José junto a Jesús y María antes de su muerte

Principio fundamental de la fe cristiana es la fecundidad del sufrimiento y, por tanto, la invitación, hecha a todos los que sufren, a unirse a la ofrenda redentora de Cristo. El sufrimiento se convierte así en ofrenda, en oblación: como aconteció y acontece en tantas almas santas. Especialmente los que se hallan oprimidos por sufrimientos morales, que pudieran parecer absurdos, encuentran en los sufrimientos morales de Jesús el sentido de sus pruebas, y entran con él en Getsemaní. En él encuentran la fuerza para aceptar el dolor con santo abandono y confiada obediencia a la voluntad del Padre. El sufrimiento, destinado a santificar a los que sufren, también está destinado a santificar a los que les proporcionan ayuda y consuelo.

La enfermedad es un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo. Es una gracia enorme recibir esa luz sobre la verdad profunda de la enfermedad. En la perspectiva de la fe, la enfermedad asume una nobleza superior y manifiesta una eficacia particular como ayuda al ministerio apostólico. En este sentido la Iglesia no duda en declarar que tiene necesidad de los enfermos y de su oblación al Señor para obtener gracias más abundantes para la humanidad entera.
Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda de que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación de los demás.
Eso vale en particular para los que se dedican al servicio de los enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos, ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 27 de abril y 15 de junio de 1994 y Mensaje del 30 de septiembre de 1997

El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

Misa-Calvario-Cordero 01 01

La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.

La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: "Vi (...) un cordero de pie como degollado".
El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.
Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Iglesia: "Se realiza la obra de nuestra redención". Sí, se realiza; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz.

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor: si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz estando engalanada y llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella?

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

La familia que reza unida permanece unida

Beato Carlos de Austria 02 02

Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Pido a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre Santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae

El nombre de Jesús jamás será destruido

Santisimo Nombre de Jesus 02 03

Este es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia.

Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna.
Si alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere entrar por el tejado dejando de lado la puerta.
Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a todos como la luz de la fe, por la que el Dios conocido puede ser deseado y, suplicado, puede ser creído y, creído, puede ser encontrado. Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús.

¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades.
Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se extasían las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste.
Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.

Fuente: San Bernardino de Siena, Sermón 49

Venga tu Reino Eucarístico

Sagrado Corazon 44 77

“Venga a nosotros tu reino eucarístico. Reina tú solo para siempre sobre nosotros con el imperio de tu amor, por el triunfo de tus virtudes, por la gracia de la vocación eucarística, para tu mayor gloria”. San Pedro Julián Eymard

“Es necesario que tanto en la predicación como en las confesiones, en casa como fuera, en la medida de lo posible, se hable de la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús”. P. Matthias Raus

“Nuestro Señor, Hombre-Dios, me ha hecho ver su Corazón en la sagrada Hostia; me cautivaban su Corazón y la Hostia. Los dos estaban perfectamente unidos, de tal manera el uno en la otra, que no puedo explicar cómo me fue posible distinguirlos. De la Hostia se difundían innumerables rayos de luz; de su Corazón salía una inmensidad de llamas que corrían como torrentes impetuosos. La Santísima Virgen estaba allí, tan cerca del Señor que parecía estar como absorbida por Él. Todos los rayos luminosos de la Hostia y todas las llamas del Corazón de Jesús pasaban a través del Corazón Inmaculado de María”. Beata Dina Bélanger

“Ninguna invocación responde mejor que ésta al inmenso deseo de mi Corazón Eucarístico de reinar en las almas: Corazón Eucarístico de Jesús, venga Vuestro reino, por el Inmaculado Corazón de María. Y a mi infinito deseo de comunicar mis gracias a las almas, ninguna invocación responde mejor que esta: Corazón Eucarístico de Jesús, abrazado de amor por nosotros, abrazad nuestros corazones de amor a Vos”. Nuestro Señor a la Beata Dina Bélanger

Cristo cambia los sufrimientos de esta vida en méritos para la eternidad

Jesus en la Cruz 06 08

El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24).

«A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní.
A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.»

Fuente: San Pío de Pietrelcina, Cartas

Palabras de consuelo de San Pío de Pietrelcina

Jesus 22 31

“Si el miedo os aprieta estrechamente, debéis exclamar con San Pedro: Señor sálvanos. Os tenderá la mano, apretadla con fuerza y seguid vuestro camino con alegría. Aunque el mundo se ponga cabeza abajo, aunque todo esté en tinieblas, lleno de humo y de estruendo. ¡Dios estará con vosotros!

En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios. Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual.”

“Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba.”

“El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.”

“Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección.”

“Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda; ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.”

La Eucaristía da fortaleza a los mártires

San Jose Luis Sanchez del Rio 02 03 Los mártires José Luis Sánchez del Río y Antonio Molle Lazo en el día de su Primera Comunión

Por las hazañas tan gloriosas de los santos mártires, con las que resplandece en todo lugar la Iglesia, comprobamos con nuestros propios ojos cuán verdadero es lo que cantamos en el salmo, a saber, que es cosa preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus fieles, ya que es preciosa a nuestros ojos y a los ojos de aquel por cuyo nombre dicha muerte ha tenido lugar.

Pero el precio de estas muertes es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no compró uno solo, sin cuya muerte no se hubiese multiplicado el grano de trigo? Habéis oído las palabras que pronunció el Señor cuando se acercaba ya el tiempo de su pasión, es decir, de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto.

Y así, realizó en la cruz una importante transacción; en ella fue abierta la bolsa que contenía el dinero de nuestro rescate: cuando su costado fue abierto por la lanza, de él manó el precio de todo el orbe.
Todos los fieles fueron comprados, no sólo los mártires; pero la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado. Han devuelto lo que se había desembolsado a su favor...
Leemos en la Escritura: Si te sientas a comer en una mesa bien abastecida, repara con atención lo que te ponen delante, porque luego tendrás que preparar tú algo semejante. Es una mesa realmente bien abastecida aquella en la que el manjar es el mismo anfitrión. Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida. Los mártires se dieron cuenta de lo que comían y bebían, y por esto quisieron corresponder con un don semejante.

Fuente: San Agustín, Sermón 329. Liturgia de las Horas.

Meditaciones sobre el Adviento (I)

Virgen con el Nino 06 12

Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento. Este apelativo, como el de casi todas las solemnidades, es familiar y conocido en todos los lugares. Sin embargo, no siempre se capta su sentido, pues los desgraciados hijos de Adán se despreocupan de los auténticos y saludables compromisos y van a la zaga de lo caduco y transitorio.

¿A quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿Con quiénes los compararemos, viendo que son incapaces de arrancarse de los consuelos terrenos y sensibles? Se parecen a los náufragos que zozobran en el mar. Fíjate cómo se agarran a lo poco que tienen. No sueltan por nada del mundo lo primero que llega a sus manos, sea lo que sea, aunque no sirva para nada. Son como raíces de grama o algo por el estilo. Si alguien se acerca a ellos para ayudarles, lo atenazan de tal modo que no pueden ni ofrecerles sus auxilios sin menoscabo de su salvación. Así se anegan en este inmenso mar; y perecen, miserables, afanándose en lo caduco y relegando los apoyos firmes, únicos remedios para salir a flote y salvarse.

Se dice a propósito de la verdad, no de la vanidad: La conoceréis y os librará.Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Recapacitad en ellos con suma atención. Enfrascaos en el sentido de este adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es encomiable y sana. La Iglesia universal no celebraría con tanta devoción este Adviento si no contuviera algún gran misterio.
Ante todo, fijaos con el Apóstol, estupefacto y atónito, cuán importante es este que viene. Según el testimonio de Gabriel, es el Hijo del Altísimo; y Altísimo él también. No se puede ni pensar que el Hijo de Dios sea una realidad inferior al Padre. Creemos que es idéntico a él en sublimidad y grandeza. ¿Quién ignora que los hijos de príncipes sean príncipes, y reyes los hijos de reyes?

Fuente: San Bernardo, Sermones sobre el Aviento. Sermón primero.

Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad

Santisima Trinidad 06 28

En una ocasión en que Gertrudis se esforzaba por pronunciar con la mayor atención cada una de las palabras del Oficio divino y se lo impedía con frecuencia la fragilidad humana, se dijo a sí misma con pesadumbre: “¿Qué provecho puede provenir de un esfuerzo hecho con tanta inconstancia?”. No pudiendo el Señor soportar su tristeza, se le presentó, como sosteniendo su Corazón divino con sus propias manos, a semejanza de una lámpara ardiente, y dijo: “Mira, pongo ante los ojos de tu mente mi Corazón dulcísimo, órgano de la siempre adorable Trinidad, para que le encomiendes con toda confianza que supla por ti misma todo lo que tú no puedes realizar. Y así todo aparecerá plenamente perfecto ante mis ojos. Porque así como el siervo fiel está siempre dispuesto a servir a su señor en todo lo que pueda complacerle, así mi Corazón, de ahora en adelante, siempre se unirá a ti para suplir en todo momento todas tus negligencias. Mi divino Corazón, conocedor tanto de la fragilidad como de la inestabilidad humanas, desea y espera siempre con anhelante deseo, que tú le encomiendes -si no con palabras, al menos con alguna señal- que supla y realice por ti, lo que tú te sientes incapaz de hacer; ya que él puede realizarlo muy fácilmente con su omnipotente fuerza y lo conoce perfectamente con su inescrutable sabiduría, y así también desea ardientemente realizarlo con alegría, por la dulzura naturalmente inscrita en su bondad benevolente”.

Tan inaudita condescendencia del Señor la llenó de sobrecogimiento y admiración, al pensar que era totalmente desproporcionado que el Corazón de su Señor, único tesoro santísimo de la divinidad, receptáculo de todos los bienes, se dignara servirla a ella, tan insignificante, como el siervo a su señor, para suplir todas sus negligencias.
Entonces ella, con sumo asombro y gratitud, reconociendo tan gratuita benignidad de Dios para consigo y considerando la múltiple bajeza de sus defectos, se sumergió con gran desprecio de sí misma en el profundo valle de su conocida humildad, teniéndose por indigna de toda gracia.
Después de haber permanecido oculta allí durante un rato, el Señor, que aunque habita en lo más alto de los cielos, se goza en derramar su gracia en los humildes, parecía sacar de su Corazón como un tubo de oro que, a semejanza de una lámpara permanecía pendiente sobre aquella alma, que tanto se abajaba en el valle de la humildad. A través de ese tubo derramó en ella de modo admirable el desbordamiento de todas las gracias que se pueden desear. Así, por ejemplo, si ella se humillaba al recordar sus faltas, al instante el Señor, compadecido, hacía fluir hacia ella de su santísimo Corazón, una floración de sus virtudes divinas, que aniquilaban todos sus defectos y no permitía que apareciesen más ante los ojos de su divina bondad. De igual modo, si deseaba el ornato de la paz, o cuanto de agradable y deleitable puede imaginar el corazón humano, al punto se le comunicaba todo lo deseado con gran gozo y ternura.

Gozando suavemente desde algún tiempo de tales delicias, y cooperando con ella la gracia de Dios, apareció decentemente adornada y perfectamente acabada con todas las virtudes, no suyas sino de su Señor, y escuchó (como con el oído del corazón), una voz dulcísima, como la de una citarista que hace sonar una suave armonía al tocar su cítara, con las siguientes palabras: “Ven a mí, tú que eres mía; tú que eres lo mío, entra en mí; hecha una cosa en mí, permanece conmigo”.

Fuente: Santa Gertrudis de Helfta, Legatus Divinæ Pietatis

Consejos de Don Bosco para conservar la pureza

Alegoria de la Castidad 01 01

Presentamos un extracto de un sueño contado por Don Bosco a sus alumnos en el año 1884. El Santo contemplaba en sueños un bellísimo jardín, cuando he aquí que aparecen dos hermosas jovencitas y comienzan a dialogar sobre la inocencia, de la que eran figura. Del largo relato de Don Bosco, cuya lectura completa recomendamos, presentamos algunas líneas que hacen referencia a la necesidad de la mortificación para conservar dicha virtud.

Es un gran error el de los jóvenes creer que la penitencia la debe practicar solamente quien ha pecado. La penitencia es también necesaria para conservar la inocencia. Si San Luis no hubiese hecho penitencia, habría caído sin duda en pecado mortal. Esto se debería predicar, inculcar, enseñar continuamente a los jóvenes. ¡Cuánto más numerosos serían los que conservarían la inocencia, mientras que ahora son tan pocos!
Dice San Pablo: “Si vivís según la carne, moriréis; si, en cambio, con el espíritu dais muerte a las acciones de la carne, viviréis”.

Por tanto, mortificación para superar el fastidio que sienten en la oración.
Mortificación de la inteligencia mediante la humildad, obedecer a los superiores y a los reglamentos
Mortificación en decir siempre la verdad, en manifestar los propios defectos y los peligros en los cuales puede uno encontrarse. Entonces recibirá siempre consejo, especialmente del confesor.
Mortificación del corazón, frenando sus movimientos desordenados, amando a todos por amor de Dios y apartándonos resueltamente de aquellos que pretenden mancillar nuestra inocencia.
Mortificación en soportar valientemente y con franqueza las burlas del respeto humano.
Vencerán las mofas malignas pensando en las terribles palabras de Jesús: “El que se avergonzare de Mí y de mis palabras, se avergonzará de él el Hijo del Hombre cuando venga con toda su majestad...”

Mortificación de los ojos, al mirar, al leer, apartándose de toda lectura mala e inoportuna. ¡Un punto esencial!
Mortificación del oído y no escuchar malas conversaciones, palabras hirientes o impías. Se lee en el Eclesiástico: “Rodea con un seto de espinas tus oídos y no escuches la mala lengua.”
Mortificación en el hablar: no dejarse vencer por la curiosidad.
Mortificación del gusto: no comer ni beber demasiado.
Mortificarse, en suma, sufriendo cuanto nos sucede a lo largo del día, el frío, el calor, y no buscar nuestras satisfacciones. Mortificad vuestros miembros terrenos, dice San pablo.
Recordad lo que ha dicho Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
El camino del inocente tiene sus pruebas, sus sacrificios, pero recibe fuerza en la Comunión, porque quien comulga frecuentemente tiene la vida eterna, está en Jesús y Jesús en él. Y la Santísima Virgen, a quien tanto ama, es su Madre.

Fuente: cf. Don Bosco, sueño “La inocencia”, relatado por Don Lemoyne en sus Memorias Biográficas de Don Juan Bosco. Traducción de Basilio Bustillo.

Madre del Amor Hermoso (II)

Sagrado Corazon 39 72

En buena escuela hemos aprendido, celosos apóstoles, ya lo veis, el amor de María; nada menos que en el Corazón de Jesús. Por buen camino ando al pisar, paso a paso, las huellas de mi Señor. Para no errar ni en poco ni en mucho, yo quiero amar lo que Él amó y, en cuanto es posible, como Él lo amó. Estoy seguro que al proceder así, que al amar con inmenso amor filial a María, amo más a Jesús, le procuro un gozo grande y una nueva gloria.

Todas las simpatías de Jesús, todas deben reflejarse en mi pobre corazón, el cual debe reproducir fielmente las palpitaciones de su Maestro. Al darme, pues, a María, no sólo no quito ni una migaja a Jesús, sino que, con este imitarle a Él en el amor de su Madre, entro yo más aún en su Sagrado Corazón. Tanto es esto verdad que al honrar a su Madre, y al darle a Ella yo esta prueba de amor filial, estoy cierto que conquistaría, como nunca, la benevolencia y la misericordia del Corazón de Jesús.

He dicho que Jesús es el Maestro por excelencia del amor de María, ya que nadie la conoció ni la amó como Él. Y ahora añado: y nadie como María es la Doctora y Maestra que nos lleva al conocimiento íntimo de Jesús. Que nos lo revele, ya que nadie conoció a Jesús ni más ni mejor que María. Ella es, pues, la llave de oro de esta Arca; sólo Ella puede romper los siete sellos del Libro santo y misterioso que es el Verbo de Dios. ¿Quién leyó en Él como Ella? Nadie, ni los Profetas, antes de María, ni los Santos que han venido después de Ella.
Cuando el terremoto de Pentecostés sacudió, mucho más que los muros del Cenáculo, los corazones de los once, cuando se llenó la habitación con lenguas de fuego que despedían una luz divina, inusitada, entonces sí, su pensamiento se posó con respeto profundo y sus miradas con veneración y ternura en Aquella que los presidía en silencio, aunque cediendo el honor a Pedro, pero que, desde esa hora, era el Sagrario y el Oráculo vivo de todos los secretos de Dios, ¡María!

Desde ese día, ¡qué de veces, seguramente todos los apóstoles, antes de separarse, se congregaron alrededor de su Reina, y con respetuosa insistencia, acosándola a preguntas, iban aprendiendo secretos que Ella, hasta ese momento, había guardado en el secreto de su Corazón virginal! Pero comprendiendo que gran parte de ese tesoro pertenecía, de derecho, a la Iglesia naciente, a sus archivos divinos, y que Ella era el Arca que debía, a su vez, confiar a otra Arca el depósito de luz y de amor con que la enriqueciera el Señor, abría la boca, y con tanta sabiduría como ternura y modestia, contaba y explicaba a los Apóstoles, atónitos y conmovidos, lo que sólo Ella sabía. Así supieron los Apóstoles y Evangelistas muchos hechos que nadie hubiera podido conocer, ni siquiera adivinar, sin María, como, por ejemplo, todo el misterio de la Anunciación.
Ya podéis fácilmente imaginar, apóstoles queridos, la santa avidez, la legítima curiosidad despertada en todos estos amigos y apóstoles del Rey, cuando, de narración en narración, fue llevándolos esta Señora hasta las profundidades del misterio de la Redención, del cual, muy a ciegas por cierto, habían sido ellos testigo y argumento.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

La hora providencial del Corazón de Jesús

CristoRey 05 11

Una palabra de extrema gravedad y de suma importancia sobre la teología y la devoción del Corazón de Jesús.

Este es, en toda verdad, la suprema y única esperanza de redención y de paz en los tiempos apocalípticos que estamos viviendo. No lo digo yo; lo dice el gran Pío XI: «Vivimos -dice- la hora más tempestuosa y negra que haya vivido la Humanidad desde el Diluvio... ¡Ah! ¡Pero la Iglesia tiene una inmensa confianza porque vivimos, en toda su plenitud, la hora providencial del Corazón de Jesús!»
Al decir esto el gran Pontífice tuvo seguramente muy presente la promesa del Salvador hecha a Margarita María: «¡Reinaré por mi Divino Corazón a pesar de Satán y sus secuaces!» Si, pues, los secuaces de Satán están haciendo desbordar el Mar Rojode odio sectario y de persecución, es ésta la hora en que el Rey de Amor, entronizado profundamente en almas, en hogares y en la sociedad, conquiste bajo Su cetro blando las naciones y así las salve. ¡Venga a nos tu Reino de justicia, de paz y de amor!... ¡Sálvanos!

¡Pero no lo olvidemos: la ciudadela santa, construida sobre la roca y que desafiará victoriosa todas las tormentas, es el Hogar cristiano! Con razón las furias del averno se desencadenan contra esta fortaleza, inexpugnable cuando Cristo Rey reina y manda en ella. Por esto los Papas han, no sólo aprobado, sino recomendado y aplaudido, la Cruzada de la Entronización, cuyo fin primordial, único, es salvar y santificar el Hogar con la presencia del Corazón de Jesús, Rey que preside la familia y Amigo íntimo de esta su Betania.
Y si el ataque del infierno contra este santuario es formidable, tenemos una promesa del Salvador que nos da bríos y que sostendrá nuestro coraje... Dijo una vez Jesús a Margarita María: «No temas, te faltará socorro sólo cuando a Mí me falte omnipotencia.» Esto es: ¡jamás!... Si el Rey de Amor está con nosotros, ¿quién podrá algo contra nosotros? Valor, pues, y adelante bajo el Lábaro del Rey que no será jamás vencido... ¡Que reine, sí, que triunfe en el Hogar y, a Su hora, reinará en la sociedad y en las naciones!

Hemos llamado «Cruzada» la obra de la Entronización y merece por cierto ese título sagrado. En efecto, ¿qué empresa sería poderosa y fecunda como acción de redención social que el Hogar, convertido en un Tabernáculo de oración, en un Sagrario eucarístico y en una escuela de penitencia? Pues ese es precisamente el ideal y el espíritu de una Betania auténtica del Corazón de Jesús.
Y precisamente porque cuatro grandes Pontífices consideraron la Entronización como una verdadera Cruzada de restauración social cristiana, por esto, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, se han dignado recomendarla solemnemente y oficialmente. ¡Qué garantía! Si, pues, la Santa Iglesia nos cobija maternalmente bajo su manto y, apretándonos sobre su corazón, quiere darnos alientos y energías, podemos seguramente creer, con tanto derecho como sinceridad, que en esta gran batalla por los derechos de Cristo Rey Dios está seguramente con nosotros.
Si esto es así, ¡confianza! ¡Vamos y luchemos, vamos y muramos por Él que ya no puede morir!... ¡Vamos, adelante; es indispensable que reine Cristo Rey; es urgente que triunfe por su Sagrado Corazón!

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

5 consejos prácticos para padres, de los santos Luis y Celia Martin

San Luis y Celia Martin 02 02b

1. Consagrad cada niño a Dios desde el nacimiento

Celia tenía la costumbre de consagrar a sus hijos a Dios inmediatamente después de dar a luz, usando la siguiente oración: "Señor, concédeme la gracia de que este niño Te sea consagrado y que nada venga a empañar la pureza de su alma". Quería que todos sus hijos fueran santos, y decía que "ahora" es el mejor momento para empezar.

2. Amad a vuestros hijos con inmenso afecto
Luis y Celia amaban a sus hijas con un gran cariño, se aseguraban de que todas supieran el grandísimo amor que sus padres sentían por ellas. Celina Martin escribió sobre su padre: "Aunque duro consigo mismo, siempre era cariñoso con nosotras. Se desvivía por nosotras. Ningún corazón de madre podía sobrepasar el suyo".

3. No os rindáis si vuestro hijo es difícil
Celia tranquilizaba a su hermano en una carta: "No te intranquilice si descubres que tu pequeña Jeanne manifiesta mal genio. Eso no evitará que madure hasta ser una excelente muchacha más adelante, y que incluso sea tu consuelo. Recuerdo que Paulina, hasta los dos años, era igual, y yo estaba angustiadísima con ella... y ahora es la mejor de todas. Pero debo decirte que tampoco la consentí. Por pequeña que fuera, nunca permití que se saliera con la suya".
Paulina no fue la única en la familia Martin que generó estrés parental. Tanto Teresa como su hermana Leonia mortificaron a su madre. Sin embargo, Celia y Luis no se rindieron y continuaron esforzándose aunque su trabajo pareciera infructífero al principio.

4. Sed un ejemplo de caridad para vuestros hijos
Nuestros hijos imitan todos nuestros actos, para bien y para mal. Luis y Celia hicieron lo posible para servir de modelo a sus hijas con el buen trato. Celina escribió: "En una ocasión acompañé a papá a cobrar la renta de la casa de una inquilina; era en la calle principal de Lisieux. La mujer se negó a pagar y corrió tras él profiriendo insultos. Yo estaba horrorizada, pero él permaneció tranquilo y no pronunció réplica alguna, tampoco se quejó de ella después".
¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos sean pacientes y amables con otras personas si primero nosotros mismos no somos ejemplos de ello?

5. Jugad con vuestros hijos
Hoy en día nos tienta la facilidad con la que podemos dejar a los niños delante de una pantalla y a duras penas dedicar tiempo a jugar con ellos. Sin embargo, a veces nuestros hijos necesitan nuestra atención, incluso en el reino de los juegos.
Celina escribió que su madre incluso jugaba con ellas de buena gana, a riesgo de que sus propias labores diarias se alargaran luego hasta medianoche o más. Luis se unía también a los juegos y a menudo elaboraba pequeños juguetes para sus hijas, inventaba juegos y les cantaba canciones.

Fuente: cf. es.aleteia.org

María, Medianera de todas las gracias

Maria Medianera 01 01

Jesús hizo su primer milagro por intercesión de María (Jn 2). ¡Cuánto más no podrá hacer ella ahora desde el cielo! María, inspirada por Dios, dice: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

Amándola a Ella, no le quitamos nuestro amor a Jesús; en ese caso, Dios nos habría prohibido amar también a nuestros seres queridos. Por eso, no tengamos miedo, Ella nos va a llevar a Jesús. Ella nos dice: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Cuanto más amemos a María, más amaremos a Jesús y con Jesús tendremos el poder del Espíritu Santo para alabar y glorificar a Nuestro Padre celestial.
El mismo Lutero llegó a afirmar: “Quiero salir al paso de los que me calumnian, diciendo que yo he predicado que María era una cualquiera o que he manchado y calumniado su limpieza. Puedo jurar que en toda mi vida no se me ha ocurrido tal insensatez sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez. A María nunca se la alabará bastante. Es Madre de Cristo y Madre nuestra”.
¡No seamos nosotros menos celosos del honor de Nuestra Madre que los mismos herejes!

Ella, según enseñan muchos santos, es la Medianera de todas las gracias; pues que todas las gracias las recibimos de Dios por medio de María. Ella es la administradora de los bienes de Dios. Es la omnipotencia suplicante, que todo lo puede con su intercesión. Y “siendo sola lo puede todo” (Sab 7, 27).

¡Qué alegría saber que tenemos en el cielo una Madre tan poderosa, que vela por nosotros! ¡Cuántas veces ha demostrado este amor que nos tiene en tantas apariciones como en Guadalupe, Fátima, Lourdes, etc., donde nos viene a alentar y a llamarnos la atención para enmendar nuestra vida! Dios sigue haciendo milagros, muchos milagros, por su intercesión. Ella es Nuestra Madre, ofrezcámosle todos los días el rezo del Santo Rosario, que, en cierto modo, es una oración bíblica y divina. En el Rosario, rezamos el Padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó y está en el Evangelio. También rezamos el Avemaría, que en su primera parte es inspirada por Dios, (Lc l), y meditamos en la vida de Jesús y de María según los misterios, que están en los Evangelios.

Fuente: cf. P. Ángel Peña O.A.R., Católico, conoce tu fe

Madre del Amor Hermoso (I)

Virgen con el Nino 04 10

Desde toda eternidad estuvo ya la Reina, íntima e inseparablemente unida al Verbo, en el plan providencial que éste debía realizar como Salvador de los caídos. ¡Con el Redentor, la Corredentora Inmaculada! Respetemos, pues, y adoremos los designios del Altísimo y conservemos perfectamente unidos los Corazones que Él ha unido, el de Jesús y el de María: ¡a ellos sean dados honor y gloria!

Mi camino para llegar hasta el Santo de los santos, hasta el Corazón mismo de Jesús, hasta lo más íntimo de ese santuario de justicia y de amor, lo tengo perfectamente trazado: ¡ese camino obligado y directo es María! Como nadie va al Padre sino por el Hijo, como nadie conoce al Padre sino aquel a quien el hijo se lo revelare, así, en otro orden y relativamente, podríamos decir que nadie va donde el Rey, sino aquel a quien le revelare su hermosura la Reina.
Por ella nos llega, desde el seno del Padre, el Verbo. Esto es, cabalmente, lo que manifiesta la voluntad explícita de Dios: que María entre de lleno en el plan divino, que así como Dios viene a los hombres por María, así los hombres rescatados vayan también a Dios por Ella. Porque lo quiso positivamente, Jesús hizo de su Madre el puente indispensable.

En efecto, ningún cristiano digno de ese nombre pretenderá tomar un camino que no sea María, el trazado por aquel que se llamó a Si mismo «el Camino». Sería pretender corregir los planes de Dios y rectificar una afirmación suya, hecha por el prodigio estupendo de la Encarnación, el no querer pasar por los brazos de la Reina Inmaculada, al ir en busca de Dios y al encuentro de su Hijo.
Es, más que interesante, conmovedor, el pensar que en Belén los pastorcitos, los reyes, el mismo José, deben recibir el Niño adorable de manos de María...
«¡Tú eres, Reina Inmaculada, el Puente tendido por Dios mismo entre el Paraíso que perdimos y el Paraíso que esperamos...» «¡Venga a nosotros Jesús por tus manos! ¡Llévanos por ellas, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable!»

El primer Maestro en el amor de María es Jesús. La primera razón por la cual debo amarla, sin medir el caudal de mis ternuras con Ella, es que el primero de los amores del Corazón de Jesús, después de su Padre celestial, fue María. La amó como sólo Dios podía amar a la criatura más perfecta que salió de sus manos, la única santa. La amó como sólo Dios podía amar a Aquella en quien iba a tomar carne y sangre humanas para ser, por Pasión y Muerte, desde entonces, el Salvador del mundo. Consagraba por lo mismo a María desde esa hora en colaboradora directa, en Corredentora.
La amó Jesús con gratitud de Hijo suyo: vivió de la sangre purísima de María, durmió tranquilo en su regazo materno. Su Corazón gozó de ternura y desvelos, de caricias y de lágrimas amorosas que María, y sólo María era capaz de prodigar al Hijo del Dios vivo, ¡su Hijo!
La amó Jesús durante treinta años de intimidad; y en convivencia la más estrecha, se fueron fundiendo, si esto fuera posible, más y más los Corazones del Hijo y de la Madre en aquel diálogo perpetuo de sus dos almas, en aquella pasión y agonía secretas que les crucificaba a ambos, ya desde entonces, en la misma cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Sostenida por la Eucaristía

Teresa Neumann 01 01 Teresa Neumann

La vida de Teresa Neumann cambió radicalmente luego de la curación milagrosa de una parálisis y una ceguera contraída a los 20 años. Algunos años después recibió los estigmas e inició un ayuno que se extendería por 36 años, hasta su muerte. Su único alimento fue la Eucaristía. Por eso mismo, las autoridades nazis, durante la guerra, le retiraron el carnet de alimentación pero le concedieron doble ración de jabón para lavar las telas que cada viernes se empapaban de sangre porque revivía en éxtasis la Pasión de Cristo. Hitler guardaba sentimientos de temor hacia Teresa y ordenó que “¡no sea tocada!”.

Teresa Neumann nació en Konnersreuth, Alemania, el 18 de abril de 1898. Su familia era muy pobre y profundamente católica.
Como escribió en sus diarios, su deseo más grande había sido el de ser misionera religiosa en África.
Pero, lamentablemente, a los veinte años sufrió un accidente que se lo impidió. En 1918 se incendió una granja vecina. Teresa corrió inmediatamente para auxiliar, pero en el intento de pasar los baldes de agua para apagar las llamas, tuvo una lesión grave en la médula espinal que le causó la parálisis en las piernas y la ceguera completa.
Teresa pasaba toda la jornada sumida en oración, pero un buen día sucedió un milagro ante la presencia del padre Naber, quien narra el hecho: «Teresa describió la visión de una gran luz mientras una voz extraordinariamente dulce le preguntaba si quería curarse. La sorprendente respuesta de Teresa fue que para ella todo sería bueno: curarse o quedarse enferma o inclusive, morir con tal que se hiciera la voluntad de Dios. La voz misteriosa le dijo que hoy habría tenido un pequeño gozo: la curación de su enfermedad; pero que en adelante, habría sufrido mucho.»
Durante algún tiempo, Teresa vivió en buenas condiciones de salud, pero en 1926 iniciaron las importantes experiencias místicas que duraron hasta su muerte: los estigmas, el ayuno completo con la Eucaristía como su único alimento. El Padre Naber, quien le dio la Comunión todos los días hasta el día en que Teresa murió, escribió: «En ella se cumple a la letra la palabra de Dios: “mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”».

Teresa ofrecía a Dios sus sufrimientos físicos: desde el jueves, día en que Jesús inició su Pasión, perdía sangre de los estigmas hasta el domingo, día de la Resurrección. Y todo era para interceder en favor de los pecadores que pedían ayuda. Cada vez que era llamada al lecho de un moribundo, ella era testigo del juicio que esa alma vivía luego de la muerte.
Las autoridades eclesiásticas realizaron numerosos controles para verificar el ayuno de Teresa. Así, el jesuita Carl Sträter, quien fue el encargado por el Obispo de Ratisbona para estudiar la vida de la estigmatizada, confirmaba: “el significado del ayuno de Teresa Neumann ha sido el de demostrar a los hombres de todo el mundo el valor de la Eucaristía, hacerles entender que Cristo está verdaderamente presente bajo las especies del pan y que a través de la Eucaristía se puede también conservar la vida física”.
Teresa fue declarada Sierva de Dios en 2004.

Fuente: cf. Venerable Carlo Acutis, Exposición «Milagros eucarísticos»

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

Sagrado Corazon 36 69

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (II)

Beato Pier Giorgio Frassati 08 08

Un sacerdote recuerda: "Jamás se podría olvidar el haber visto rezar a aquel joven. Se fijaba en la Virgen y parecía devorarla con los ojos".

En sus excursiones a la montaña de esta zona, no dejaba de refugiarse junto a la Virgen. Un compañero de una de estas salidas, que no era católico militante, evoca este recuerdo:
“Regresando con algunos compañeros de una excursión por «sus montañas» pasamos por el santuario de Oropa. Ni bien llegamos nos sentamos en un café. Nos contamos, todos estaban presentes, salvo Pier Giorgio. Había desaparecido sin decir palabra. Al instante cada cual fue en busca de él y le hallamos al fin en el antiguo santuario orando... A nadie le avisó, obró como siempre, sin ostentación, pero también sin respeto humano, del modo más sencillo. Por supuesto que se cuidó bien de hacernos notar nuestra indiferencia, pero ¡cuánto más elocuentes que una reprimenda o una exhortación fueron su silencio y su ejemplo!”

Era un admirador del Dante, lo leía con asiduidad y gusto. Se había copiado el canto que el poeta le dedica en el Paraíso a la Virgen María, lo había aprendido de memoria, y lo recitaba muchas veces, en cualquier lugar... en su casa, en el campo, en la montaña, y hasta en el tren, en las excursiones con sus compañeros:
"¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu Hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto!"
Dante, La divina comedia, El Paraíso, canto XXXIII

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

Stacks Image 25