El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz

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La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.

La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: "Vi (...) un cordero de pie como degollado".
El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.
Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Iglesia: "Se realiza la obra de nuestra redención". Sí, se realiza; se ofrece hoy sobre los altares el mismo sacrificio que se consumó sobre la cruz.

¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor: si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? Si la Magdalena al dirigir sus pasos al Calvario se hubiese prosternado al pie de la cruz estando engalanada y llena de perfumes, como cuando deseaba brillar a los ojos de sus amantes, ¿qué se hubiera pensado de ella?

Fuente: San Leonardo de Porto-Maurizio, El tesoro escondido de la Santa Misa

Bautiza el siervo al Señor, el criado al Creador

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Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras.

Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible para los ángeles e inaccesible a toda mirada humana, llega al bautismo por voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»
El amado engendra amor, y la luz inmaterial una luz inaccesible. Éste es el que es tenido por hijo de José, y es mi Unigénito según la esencia divina.
Éste es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y hace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán.

Mas prestadme mucha atención, porque quiero recurrir a la fuente de la vida y contemplar la fuente de la que brota el remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Verbo e Hijo inmortal, el cual vino a los hombres para purificarlos por el agua y el Espíritu; y, queriendo hacerlos renacer a la incorrupción del alma y del cuerpo, inspiró en nosotros un hálito de vida y nos revistió de una armadura incorruptible.
Por tanto, si el hombre ha sido hecho inmortal será también divinizado, y, si es divinizado por el baño de regeneración del agua y del Espíritu Santo, tenemos por seguro que, después de la resurrección de entre los muertos, será coheredero de Cristo.

Por esto proclamo a la manera de un heraldo: Acudid, pueblos todos, al bautismo que nos da la inmortalidad. En él se halla el agua unida al Espíritu, el agua que riega el paraíso, que da fertilidad a la tierra, crecimiento a las plantas, fecundidad a los seres vivientes; en resumen, el agua por la cual el hombre es regenerado y alcanza nueva vida, el agua con la cual Cristo fue bautizado, sobre la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él sea la gloria y el poder, junto con su Espíritu santísimo, bueno y dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: San Hipólito, Sermón en la santa Teofanía. Liturgia de las Horas.

Lo que Dios ha unido en la tierra... y en el Cielo

Santos Matrimonios 01 01 Matrimonios en proceso de beatificación y canonización

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza.

El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios. De su alianza nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad. La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino.
El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna.

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Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica: 1617, 1639 y 1661

El Corazón Amante del Hijo de María

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“La Eucaristía sabe a vida eterna y sabe a María, porque la carne que se nos da en la Eucaristía es carne tomada de María” (Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega).

La devoción a la Eucaristía y la devoción al Corazón de Jesús no son solamente devociones gemelas, en realidad son una sola y misma devoción. Se completan y desarrollan una a otra; tan perfectamente se confunden juntas que una no podría ir sin la otra, y que su unión es absoluta. No sólo no puede una de estas devociones perjudicar a la otra, sino -porque se complementan y perfeccionan- se aumentan recíprocamente.
Si tenemos devoción al Sagrado Corazón, querremos hallarlo para adorarlo, amarlo, ofrecerle nuestras reparaciones y nuestras alabanzas, ¿y dónde habríamos de buscarlo si no es en la Eucaristía donde se halla eternamente vivo?

Si amamos a este Corazón adorable, querremos unirnos a Él, pues el amor busca la unión; querremos inflamar nuestro corazón con los ardores de este divino foco, pero para alcanzar este Corazón Sagrado, para asirle, para ponerle en contacto con el nuestro, ¿qué habremos de hacer? ¿Escalaremos el cielo para arrebatar el Corazón de Jesús triunfante en la gloria? Sin duda que no. Iremos a la Eucaristía, iremos al sagrario, recibiremos en la Misa la blanca Hostia, y, cuando la hayamos encerrado en nuestro pecho, percibiremos al Corazón Eucarístico latir verdaderamente dentro de nuestro corazón.
La devoción al Sagrado Corazón infaliblemente conduce a las almas a la Eucaristía, y la fe, la devoción a la Eucaristía necesariamente descubre a las almas los misterios del Amor Infinito, cuyo órgano y símbolo es el Corazón de Jesús.

Si creemos en la Eucaristía, creemos en el Amor. Pero el Amor en Sí mismo es inmaterial; para fijar nuestros espíritus buscamos el Corazón de Dios. El Sagrado Corazón, la Eucaristía, el Amor: ¡son una misma cosa! En el tabernáculo, hallamos la Hostia; en la Hostia, a Jesús; en Jesús, su Corazón; en su Corazón, el Amor, la Caridad divina, Dios, principio de vida, vivo y vivificante. ¿Y de qué especial ternura no habrá hecho objeto Dios Hijo, de antemano, a la que El mismo debía crear para nacer de Ella un día?
Y más aún. El milagro inefable de la Eucaristía no puede explicarse sino por el Amor de Jesús, Dios y Hombre. Mas, el Amor de Jesús es su Corazón, en resumen; la Eucaristía no se explica sino por el Sagrado Corazón. (Nota: es de destacar que en muchos milagros eucarísticos, al ser analizados, se comprobó que se trataba de tejido cardíaco de una persona viva)
La Eucaristía aumenta nuestro amor por el Corazón de Jesús. Y, porque sabemos que hallaremos a este Corazón Sagrado sólo en la Eucaristía, vamos a ella, nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento -ante el Corazón Sacramentado-, adoramos la Hostia radiante en la custodia.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

La Iglesia a través de los sagrados ritos nos prepara para la Navidad

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El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su Reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos. La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera Él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

Fuente: San Carlos Borromeo, Cartas pastorales

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