Convertíos a mí de todo corazón

Simple, Free Image and File Hosting at MediaFire

Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

Amemos la Cruz de Jesús que nos santifica


No conviene que el honor que hemos de tributar a la cruz de Nuestro Señor se limite a respetarla y adorarla; es preciso, además, que la amemos con todo el afecto de nuestro corazón y que deseemos morir clavados en ella, como lo deseó Jesucristo, nuestro divino maestro. Pues como dice el autor de la Imitación, quienes se abrazan de buen grado a la cruz de Jesucristo no temerán la terrible sentencia de la condenación; pues habiendo sido, por su medio, arrancados al pecado, no es posible dudar.

Y hemos de tener la confianza de que si la amamos, en unión con Jesucristo, que la amó tiernamente y la llevó con sumo gozo, todas las miserias de esta vida se nos convertirán en dulces y agradables; y seremos realmente felices al haber encontrado nuestro paraíso en este mundo, puesto que estaremos participando del espíritu paciente de Jesucristo que nos reconcilió mediante su muerte sobre esta santa cruz,dice san Pablo, para hacernos santos, puros e irreprensibles ante Dios.

Consideremos, pues, atentamente, cuán deudores somos a este sagrado madero por haber contribuido de tal modo a nuestra santificación. Elevémoslo, con el celo del ferviente amor, hasta Jesucristo, para unirlo a él, que sigue amándolo todavía, porque ama nuestra salvación y se siente satisfecho de haber cargado con él para nuestra santificación. Así, pues, cuando tengáis alguna aflicción, uníos a Jesús doliente; amad su cruz, ya que sois uno de sus miembros.Esa unión y ese amor suavizarán vuestras penas y os las tornarán mucho más tolerables.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

La voluntad de Dios es que seamos santos (IV)

Santo Domingo Savio 03 05 Santo Domingo Savio: su mayor deseo fue llegar a ser santo.

Diréis que un poco de bien y un poco de mal tienen la barca derecha, que no es necesario hacerse santos, que vosotros no queréis estar tan arriba, que es suficiente con no ser malos... Os digo que corréis más riesgos que los mismos malos.

Primeramente porque cansáis al Señor con este sistema de indiferencia y con este aire de seguridad. El Señor se compadece de los malos y trata de convertirlos con su gracia, pero vosotros le sois odiosos y parece como si buscara olvidaros.
En segundo lugar, aun cuando Dios os amara y os prefiriera a los malvados, es más fácil que se conviertan ellos que vosotros, ya que ellos temen por su mala suerte, conocen su miserable estado y, si se convierten, se convierten de verdad. Vosotros por el contrario no pensáis nunca en convertiros, porque no creéis tener verdadera necesidad, y si os vais a confesar creéis haber hecho todo con decir vuestros pecados.

¡Ah queridísimos! ¡Cuántos se engañan con esto! No quisiera aterrorizaros demasiado, pero no puedo dejar de inculcaros que, todos aquellos que no piensan hacerse santos, se engañan, y se engañan con gran peligro para sus almas.
Y quedaréis más convencidos si os ponéis a reflexionar hasta qué grado de santidad debemos aspirar. ¡Oh queridos míos! Temo sorprenderos y también infundiros miedo; pero, no temáis, que yo no os diré nada que no sea verdadero, y después de haberos desengañado, no dejaré de consolaros.

Habiéndoos dicho y demostrado, que todos estamos obligados a hacernos santos, podríais ahora preguntarme cuál santidad, quiero decir, ¿hasta qué punto debemos ser santos? Yo no quiero responderos desde mi autoridad; y para que no creáis que exagero demasiado la cosa, recurro a las Sagradas Escrituras.
Ante todo pregunto a San Pablo y él me responde que debemos tratar de imitarlo a él, como él ha imitado a Jesucristo: Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo; no contento con esto nos advierte que debemos tratar de imitar siempre a los más santos, y ser más santos que ellos, y no contento con esto todavía, en cientos y más lugares de sus epístolas nos hace saber que debemos imitar al mismo Jesucristo. Y esto lo decía, no ya como propia doctrina, sino como enseñanza del divino Maestro. Bien sabía él que Jesucristo se había dado como modelo a todos los hombres, a fin de que todos lo imitaran.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La voluntad de Dios es que seamos santos (III)

Beato Carlos de Austria 07 11 El Beato Carlos de Austria y su esposa Zita

En esta Iglesia entramos por medio del santo Bautismo: y es en este momento cuando nosotros prometemos hacernos santos. En esta Iglesia se participa de los santos Sacramentos, pero éstos no se administran sino a los que son santos o que tomaron la firme resolución de hacerse santos. De esta Iglesia se pasa al paraíso, que es la misma Iglesia triunfante, pero no pasa más que el que es santo; y vosotros bien sabéis que si alguno de estos santos tuviera alguna mancha, la debe reparar primero en el fuego del Purgatorio. ¿Y vosotros, quisierais decirme ahora que no estamos obligados a hacernos santos?

Es ciertísimo que para salvarse, basta morir en gracia de Dios; y que alguno entra en el Paraíso quizás después de una vida tibia, fría y alguna vez también mala; pero esto será un milagro que Dios lo hace de vez en cuando, y pretender que lo haga con nosotros sería lo mismo que obligarlo a que no lo hiciera. Observad un poco cómo os molesta tener un súbdito o un servidor cualquiera que hace todo a la fuerza y más bien muestra empeño en engañaros que en serviros. Vosotros no estáis dispuestos a compadecerlo, y compadecerán más bien a un pobre enfermo, a un impotente que hiciera menos que él pero que muestra deseo de hacer más de lo que puede. Así hace el Señor con nosotros. Él sufre, compadece, ayuda, perdona a quien ve empeñado en hacer todo lo que puede, que desea hacer más de lo que hace y se preocupa por no poder hacer todo lo que él quisiera. Pero se enfada y detesta a quien siempre se muestra con pesar de huir del mal y hacer el bien, se contenta con poco y no piensa en lo mejor, lleva una mala vida, o alterna el mal con el bien, y no se apresura ni piensa en repararla.

El Señor odia y detesta, en pocas palabras, a todos los que quieren salvarse sin ser buenos, a los que quisieran ir al Paraíso sin ser santos: Escribe, -dice un día el Señor a San Juan,- escribe al Obispo de Laodicea, que no me gusta su conducta, y que empezaré a abandonarlo. ¿Por qué, Señor mío, por qué debo darle una noticia de tan mal gusto? Porque es muy tibio, no piensa en el Paraíso, porque se ocupa demasiado de las cosas de este mundo. No digo que sea un malvado, pero es muy dejado y no me gusta; y por eso, si no se arrepiente, si no hace penitencia, y si no es más fervoroso, yo lo alejo de mí.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

La voluntad de Dios es que seamos santos (II)

Beato Carlos de Austria 04 08 Beato Carlos de Austria (archiduque) y su novia Zita

Quiero convenceros con una razón más fácil y al alcance de todos. ¿Cuál es el título que se da y que damos nosotros mismos a la Iglesia de Jesucristo? Seguro que el de santa. Creo en la Santa Iglesia Católica, lo decimos todos los días. Y ¿quién forma esta Iglesia? Los fieles seguidores de Jesucristo. Y estos fieles seguidores de Jesucristo, ¿quiénes son? Somos nosotros, me responderán, y todos aquellos que creen y profesan su Evangelio en esta misma Iglesia.

Entonces, ¿cómo es esto? Nosotros somos los seguidores de Jesucristo que es el santopor excelencia: nosotros que somos sus fieles, nosotros que somos los miembros de su Iglesia que es santa ¿pretenderemos no ser santos? ¿No pretenderemos ni siquiera esforzarnos por serlo? Llamamos santa a la Iglesia de Jesucristo ¿y pretendemos que sea luego un conjunto de inicuos, de pecadores? La cabeza es santa ¿y los miembros serán pecadores?

¡Eh! queridos míos, desengañémonos. Si para estar en la Iglesia verdadera, o mejor, para salvarse bastara creer en el Evangelio, creer en los otros dogmas de la Religión Católica, les aseguro que todo el mundo sería católico. Sin embargo no es así, en cuanto que quiere vivir a su modo, y no quiere vivir como santo. Los infieles aún son infieles, los judíos aún son judíos, los herejes, son herejes, porque no quieren vivir bien, porque no quieren hacerse santos. El verdadero cristiano, el verdadero católico, o debe ser santo o debe empeñarse en serlo.
En la Iglesia primitiva los fieles se llamaban santos; era lo mismo decir cristiano que decir santo; y eran de verdad santos. La virgen Santa Bibiana viéndose instigada al mal, respondió: ¿No sabéis que yo soy cristiana y que nosotros no hacemos nada malo?
¡Oh! ¡Qué hermosa sería la Iglesia de Jesucristo si todos pronunciáramos la máxima de esta santa y las de los primeros cristianos! ¡Qué felicidad más grande sería si cuando alguno se viese incitado al mal, respondiera como esta santa: Yo soy cristiano, soy seguidor de Cristo, y por eso, quiero mejor padecer o morir, soportar cualquier cosa antes que cometer el mínimo pecado!

Pero... ¡qué desgracia el ver con qué facilidad todos tendemos a seguir el mal, a hacerlo y a sugerirlo también a los otros! ¡Ah!, queridos míos, nosotros somos cristianos, cristianos de nombre. Es verdad que también los pecadores están en la verdadera Iglesia; ¿pero sabéis cómo están? Como la cizaña entre la buena simiente, como la paja entre el buen grano; como los peces malos en la red: el Señor mismo nos lo dice. Pero... ¡vendrá pronto el Señor a separar los buenos de los malos, el grano bueno de la paja y tanta cizaña para tirarla al fuego!
No por esto su Iglesia deja de ser santa ni dejamos de tener la obligación de ser santos.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Debemos pedir con frecuencia la «perseverancia final»

Santa Teresa de Jesus 12 36 Muerte de Santa Teresa de Jesús

Si bien es cierto que la perseverancia final en la gracia de Dios [morir en estado de gracia] es un don de Dios enteramente gratuito y que nadie puede merecer, sin embargo, con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios este gran don de la perseverancia final.

La Sagrada Escritura nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto le pidamos en orden a nuestra eterna salvación; y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad en la Sagradas Páginas. He aquí algunos textos del todo explícitos e inequívocos:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis (Mt 21, 22)
Y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13-14).
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros pedid lo que quisiereis y se os dará (Jn 15, 7).
Y la confianza que tenemos en él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho (I Jn 5, 14-15)

He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen. (...) De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía: Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc 18, 13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito.» (S. Tomás, Suma Teológica) [Es decir, no hay ninguna obra que yo pueda realizar al presente y que me haga merecerinfaliblemente el morir en la gracia de Dios. Por eso es que debemos suplicar esta gracia en la oración.]

«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Sal 16, 5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2, 16-17): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena.» (S. Tomás, Suma contra gentiles)

Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien, como la perseverancia final -condición indispensable para salvarse- no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.

Fuente: Cf. Fr. Antonio Royo Marín, op, Teología de la salvación

El tesoro del tiempo

Reloj del Corazon de Jesus 01 01

Los que andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!

Tengo que hablaros del tiempo, de este tiempo que se marcha. No voy a repetir la conocida afirmación de que un año más es un año menos... Tampoco os sugiero que preguntéis por ahí qué piensan del transcurrir de los días, ya que probablemente -si lo hicierais- escucharíais alguna respuesta de este estilo: Juventud, divino tesoro, que te vas para no volver... Aunque no excluyo que oyerais otra consideración con más sentido sobrenatural.
Tampoco quiero detenerme en el punto concreto de la brevedad de la vida, con acentos de nostalgia. A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo, de ninguna manera a temer a Nuestro Señor, y mucho menos a mirar la muerte como un final desastroso. Un año que termina -se ha dicho de mil modos, más o menos poéticos-, con la gracia y la misericordia de Dios, es un paso más que nos acerca al Cielo, nuestra definitiva Patria.

Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión! El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!

Fuente: San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios

La voluntad de Dios es que seamos santos (I)

Beato Carlos 04 07 Beato Carlos de Austria

Diciéndoos que todos tenemos la obligación de hacernos santos, no quiero haceros creer que todos tenemos la obligación de hacer milagros y de obrar maravillas. Aquellos que nosotros llamamos santos por excelencia, suelen ser honrados por Dios con la gracia de los milagros, pero la verdadera santidad no consiste en hacer milagros. Éstos son indicios de santidad, pero no son la santidad. La verdadera santidad consiste en el exacto cumplimiento de la ley de Dios y en un empeño vivo de crecer en la virtud.

Digámoslo más brevemente. La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios. Quien la hace, dice el Señor, entra triunfalmente en el reino de Dios: El que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese entrará en el reino de los cielos.(Mt 7, 21).
¿Queréis persuadiros ahora de que todos estamos obligados a hacernos santos? Primeramente decidme: ¿Estamos obligados a intentar ir al Paraíso? ¿Quién puede dudarlo? Pero si en el Paraíso no entra sino el que trata de hacer la divina voluntad, y hemos dicho ya que es lo mismo que hacerse santos, ¿cómo podemos hacerlo, a menos de intentarlo? ¿Queréis un mandato más expreso y más claro?

Sabed -dice San Pablo- que la voluntad de Dios respecto a vosotros, es ésta, que os hagáis santos: Haec est voluntas Dei, santificatio vestra. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (I Tes 4, 3).
Entonces, ¿por qué razones creéis que el Señor os haya provisto de tantos instrumentos de gracia y de santidad: sacramentos, oraciones, indulgencias, el santo sacrificio de la misa, la palabra divina y la asistencia del Espíritu Santo? Son medios y ayudas para la santidad: no puede habérnoslos dado sino para que nos sirviéramos de ellos y hacernos santos. ¿Por qué razón, creéis que nos haya dado en su Pasión tantos ejemplos de pobreza, de humildad, de dulzura, de mortificación, de retiro, de penitencia, de padecimiento? ¿Por qué razón creéis que él haya llamado a los apóstoles y a los discípulos sus amigos, sus parientes, sus hermanos? Lo dice él mismo ante las turbas: porque hacían la divina voluntad, que es lo mismo que decir, porque eran santos.

Finalmente, ¿por qué razón creéis que el Señor ha tenido y tiene tanto cuidado de nosotros, unas veces afligiéndonos otras consolándonos, a veces con su gracia y otras veces con castigos?: porque nos quiere santos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que quiere que nosotros hagamos, tiende a la santidad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Vivir lo ordinario con alma extraordinaria

Maria de la Concepcion Barrecheguren 01 01 Sierva de Dios María de la Concepción Barrecheguren

María de la Concepción Barrecheguren nace en Granada el 27 de noviembre de 1905. La vida de María de la Concepción fue breve. No llegó a cumplir veintidós años. Pese a ello, supo utilizar su tiempo y vivirlo intensamente.

Al regreso de un viaje a Lisieux (octubre 1926), una leve ronquera es el anuncio de la tuberculosis. El desarrollo de la enfermedad de Concepción, y de los sufrimientos que la acompañan, provocan la admiración de quienes la conocieron. Su fe inquebrantable y su fidelidad, no dejan de sorprender. Lo extraordinario de ella es su vida ordinaria y común; pero, además, su modo de aceptar y afrontar la cruz no pasó desapercibido.

"Hoy cumplo veintiún años -escribe-. Esto quiere decir que la vida corre mucho más aprisa [de lo] que nosotros creemos; quizá haya transcurrido la mitad, la tercera parte de mi vida..., quizá muera dentro de poco..., y aun cuando viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad? Menos que una gota de agua, comparada con el océano. Dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro alguno; así como tampoco deja señal de su paso la nave que atraviesa los mares. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios, para ganar una eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio! ¡Desdichada de mí si la empleo en otra cosa que no sea amar a Dios! ¡Oh, Dios mío! En tu misericordia infinita me concedes estos años de vida; no sé si me quedarán ya pocos...; lo que sí sé es que me los das para que te ame, te sirva y, mediante esto, gane el cielo; haz que no los desaproveche, que no me entretenga con las cosas de la tierra y, mucho menos, ponga en ellas mi corazón, que mis días no sean vacíos, sino llenos de tu amor y de buenas obras. Te agradezco los innumerables beneficios y gracias que me has concedido en el transcurso de estos 21 años, y te ruego me perdones lo mal que he correspondido a ellos. Sí, Dios mío, vergüenza me da, pero es cierto que tú no has cesado de amarme y yo no he cesado de desagradarte. ¿Podías esperar esto de mí? Pero ya, Señor, quiero enmendarme, quiero amarte, quiero conformarme en todo lo que dispongas de mí. Haz que los años que me queden de vida sean sólo para ti".

Murió el 13 de mayo de 1927. Quienes la conocieron, supieron que estaban ante una persona especial, extraordinaria y santa.

Fuente: barrecheguren.com

El nombre de Jesús jamás será destruido

Santisimo Nombre de Jesus 02 03

Este es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia.

Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna.
Si alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere entrar por el tejado dejando de lado la puerta.
Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a todos como la luz de la fe, por la que el Dios conocido puede ser deseado y, suplicado, puede ser creído y, creído, puede ser encontrado. Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús.

¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades.
Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se extasían las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste.
Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.

Fuente: San Bernardino de Siena, Sermón 49

Los poderes del infierno no prevalecerán contra la Iglesia

Tempestad calmada 02 02 La tempestad calmada

La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos (San Agustín, Coment. sobre el Salmo 103).

No es de extrañar que, en medio de un mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la roca apostólica, permanezca estable y, a pesar de los furiosos embates del mar, resista inconmovible en sus cimientos. Las olas baten contra ella. Pero se mantiene firme y aunque con frecuencia los elementos de este mundo choquen con gran fragor, ella ofrece a los agobiados el seguro puerto de salvación (San Ambrosio, Carta 2,1-2).

Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo. Representaba a la Iglesia universal, que en este mundo es azotada por las lluvias, por las riadas y por las tormentas de sus diversas pruebas; pero, a pesar de todo, no cae, porque está fundada sobre piedra, de donde viene el nombre de Pedro (San Agustín, Trat. Evang. S. Juan, 5).

La nave de Jesús no puede hundirse (...). Las olas no quebrantan la roca, sino que se tornan ellas mismas espuma. Nada hay más fuerte que la Iglesia. Deja, pues, de combatirla, para no destrozar tu fuerza en vano. Es inútil pelear contra el cielo. Cuando combates contra un hombre, o vences o eres vencido; pero si peleas contra la Iglesia, el dilema no existe. Dios es siempre más fuerte (San Juan Crisóstomo, Hom. antes del exilio).

El vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus recursos a que nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que intercede por nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos fuera del navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo, en él navegan no sólo los discípulos, sino el mismo Cristo. Por eso no te apartes de la nave y ruega a Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las velas rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza en la ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios. Quien de ordinario impulsa felizmente a puerto a los navegantes, no ha de abandonar la barquilla de su Iglesia (San Agustín, Sermón 63,4).

Aunque la nave padezca turbación, sin embargo, es la nave. Ella sola lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Peligra, ciertamente, en el mar, pero sin ella de inmediato estamos perdidos (San Agustín, Sermón 75,3).

Fuente: Francisco Fernández Carvajal, Antología de textos: Para hacer oración y para la predicación

Meditar en la elección del Cielo

Angel Custodio 03 04 Ángel Custodio

Ponte en la presencia de Dios. Humíllate en su presencia y pídele que te ilumine.

Consideraciones: Imagina que te encuentras en campo raso, solo con tu buen ángel, como el jovencito Tobías cuando iba a Rages, y que te hace ver: arriba el cielo, con todos los goces, y, abajo, el infierno, con todos los tormentos, arrodíllate delante de tu ángel:

1.Considera que es una gran verdad el que tú te encuentras entre el cielo y el infierno, y que uno y otro están abiertos para recibirte, según la elección que hubieres hecho.
2.Considera que la elección del uno o del otro, hecha en este mundo, durará eternamente.
3.Aunque ambos están abiertos para recibirte, según la elección que hicieres, es cierto que Dios, que está presto a darte o el uno por su misericordia o el otro por su justicia, desea, empero, con deseo no igualado, que escojas el paraíso; y tu ángel bueno te impele a ello, con todo su poder, ofreciéndote, de parte de Dios, mil gracias y mil auxilios, para ayudarte a subir.
4.Jesucristo, desde lo alto del cielo, te mira con bondad y te invita amorosamente: «Ven, ¡oh alma querida!, al descanso eterno: entre los brazos de mi bondad, que te ha preparado delicias inmortales, en la abundancia de su amor». Contempla, con los ojos del alma, a la Santísima Virgen, que te llama maternalmente: «Ánimo, hijo mío, no desprecies los deseos de mi Hijo, ni tantos suspiros que yo hago por ti, anhelando con Él, tu salvación eterna».

Elección
1. ¡Oh infierno!, te detesto ahora y eternamente; detesto tus tormentos y tus penas; detesto tu infortunada y desdichada eternidad, y, sobre todo, las eternas blasfemias y maldiciones que vomitas continuamente contra Dios. Y, volviendo mi alma y mi corazón hacia ti, ¡oh hermoso paraíso, oh gloria eterna, felicidad perdurable!, escojo irrevocablemente y para siempre mi morada y mi estancia dentro de tus bellas y sagradas mansiones, y en tus santos y deseables tabernáculos. Bendigo, ¡oh Dios mío!, tu misericordia y acepto el ofrecimiento que de ella te plazca hacerme. ¡Oh Jesús, Salvador mío!, acepto tu amor eterno y la adquisición, que para mí has hecho, de un lugar en esta bienaventurada Jerusalén, más que para otra cosa, para amarte y bendecirte eternamente,

1.Acepta los favores que la Virgen y los santos te hacen; promételes que te encaminarás hacia ellos; da la mano a tu buen ángel, para que te conduzca; alienta a tu alma para esta elección.

Fuente: cf. San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota

Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren

Beato Pier Giorgio Frassati 10 10 Beato Pier Giorgio Frassati

“Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.” Salmo 115, 6.
La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como vive en Cristo, así no puede menos de morir en Cristo.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.
Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa “morir en Cristo”? Significa ante todo leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 38-39).
En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del paso pascual: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando;teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia; está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

Fuente: cf. San Juan Pablo II, Ángelus del 5 de noviembre de 1989

La esperanza de la resurrección

Santa Teresita 21 48 Santa Teresita del Niño Jesús

Cristo, esperanza de todos los creyentes, llama durmientes, no muertos, a los que salen de este mundo, ya que dice: Lázaro, nuestro amigo, está dormido.

Y el apóstol san Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.
Pues Él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán.

Así, pues, debe sostenernos esta esperanza de la resurrección, pues a los que hemos perdido en este mundo, los volveremos a encontrar en el otro; es suficiente que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que es más fácil para Él resucitar a los muertos que para nosotros despertar a los que duermen.
Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, no sé por qué profundo sentimiento, nos refugiamos en las lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo!
¡Oh muerte, que separas a los que estaban unidos y, cruel e insensible, desunes a los que unía la amistad! Tu poder ha sido ya quebrantado. Ya ha sido roto tu cruel yugo por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarte con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Fuente: San Braulio de Zaragoza, Carta 19. Oficio de Difuntos. Liturgia de las Horas.

Plegaria del joven

Carlo Acutis y Montserrat Grasses 01 01 Los jóvenes Carlo Acutis y Montserrat Grases actualmente en proceso de beatificación

Santísima Trinidad, eterna vida y juventud, Tú que eres la fuente de mi ser, haz que la aventura de mi vida, que recién comienza con toda la fuerza de lo nuevo, tenga el único sentido de caminar de retorno a la casa del Padre. Señor Jesús, que un día pensaste y amaste con alma de joven, imprime en mi corazón tus mismos ideales y sentimientos.

Quisiera tener siempre sed de la verdad, buscada en el bellísimo libro de la creación, en los acontecimientos de todos los días y, sobre todo, en ti mismo, el único Maestroque tiene para mí palabras de vida eterna. Concédeme un amor limpio y generoso, capaz de amar a mi prójimo y a mi patria, a los amigos y a los enemigos; que se entusiasme con prontitud y facilidad por todo lo que es noble, justo y grande; que sintonice con los héroes y santos de la historia; que sienta en lo más hondo del alma el llamado a las grandes empresas y tenga instintivo horror de lo mediocre, lo injusto, lo doble, lo hipócrita y lo bajo; que por encima de todo y con un corazón ensanchado y dilatado, logre correr por el camino de tus mandatos amándote con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas. Educa mis pasiones, afectos y sentimientos para que nunca me desordenen ni me manchen, y sean los que me den fuerza y sensibilidad para el dolor, el amor y la belleza.

Yo también quisiera, Señor, que como Tú, toda mi vida estuviese dedicada a las cosas de mi Padre, que ninguna de sus cosas me fuese indiferente, no me venciese el respeto humano y jamás buscase agradar a los hombres sino sólo a mi Dios. Quiero ser, con tu gracia, dedicado en el estudio, alegre en las diversiones, esforzado y limpio en el deporte, noble en la amistad, devoto en la oración y magnánimo en tu servicio.
Sólo porque he vivido poco, aún no tengo que lamentar grandes fracasos ni me pesa la decrepitud de arraigados malos hábitos. Pero Tú sabes, Señor, que tengo necesidad de amar y ser amado, y que a veces siento el vértigo de la libertad, que mis pasiones me sacuden como un mar embravecido, el mundo me seduce con facilidad y mis propósitos son frágiles. Te imploro que madures y temples mi corazón como el del joven Juan, tu discípulo amado, con la castidad y la caridad, pues yo también quiero serte fiel en la amistad hasta la cruz.
Mas si algún día te traicionara por el pecado, como Pedro, no te quedes en silencio soportando mi afrenta, mírame y muéstrame como te plazca, aunque tu mano me parezca dura, que he equivocado el camino, pues estoy dispuesto al arrepentimiento y a comenzar de nuevo.

Tengo, por fin, Señor, un futuro que me atrae y mil proyectos que me fascinan. No sé qué querrás hacer de mi vida ni qué planes e ilusiones tienes sobre mí, pero quisiera decirte que estoy dispuesto a todo, sólo que me ayudes en lo que mandes. Más allá de ello, manda lo que quieras. Quisiera que tu Madre, Señor, me tratase como a ti: formándome un corazón como el tuyo, buscándome con angustia cuando me pierda, estando siempre al pie de mi cruz y esperándome gloriosa en la gran alegría de la eternidad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Valor de la Gracia

Jesus y la Samaritana 05 10 Jesús y la Samaritana

¡Si conocieses el don de Dios!

El Espíritu Santo, feliz en el mutuo amor del Padre y del Hijo, no tenía ciertamente necesidad de nuestro amor. Y, con todo, para santificarnos desciende a nuestro pobre corazón y hace de él su templo, a fin de que, viviendo nosotros en santidad y en justicia, alcancemos el Cielo. He aquí nuestra herencia, he aquí nuestra recompensa sobremanera grande. Y únicamente podemos obtenerla por medio de la gracia.
¡Oh alma mía!, vales la Sangre de Dios. ¡Ah, si conocieses el don de Dios! La gracia es con toda verdad la perla preciosa, el tesoro escondido que es preciso comprar y guardar a toda costa.

He de tener, pues, en sumo aprecio la vida de la gracia; es una vida nueva, una vida que une y me hace semejante a Dios; una vida mucho más perfecta y noble que la vida natural. Como la vida intelectual es muy superior a la vida vegetativa y a la sensitiva, así la vida cristiana es infinitamente superior a la vida puramente natural. En efecto, ella supera todas las actividades y todos los méritos de las criaturas, aun de las más perfectas.
¿Quién pudo jamás soñar con el derecho de llegar a ser hijo adoptivo de Dios y con el privilegio de ver a Dios cara a cara por toda la eternidad? Debo, pues, apreciar esa vida más que todos los bienes creados, y considerarla como el tesoro escondido por cuya adquisición y posesión no debo titubear en vender todo cuanto poseo.
¿He tenido siempre este aprecio de la gracia?

Fuente: Pbro. José Zaffonato, Meditaciones para jóvenes

La Madre Dolorosa es consuelo de los afligidos

Virgen de los Dolores 13 34

Considera que la contemplación de los dolores de María es un antídoto sumamente provechoso contra las aflicciones que se padecen en esta vida y, al mismo tiempo, un motivo para esperar con mayor confianza en la divina misericordia.

Los dolores de María Santísima, bien considerados, deben fortalecer el alma del cristiano y llenarle de soberanos consuelos, por más que las aguas amargas de la tribulación le hayan sumergido hasta lo más hondo.
Porque, ¿qué penas pueden ser las tuyas, oh cristiano, que merezcan compararse con las de aquella Señora? ¿Te han usurpado tus posesiones? A María Santísima le quitaron su Hijo, en donde estaban encerrados todos los inmensos tesoros de las riquezas divinas.
¿Han vulnerado tu honor, afeándole con imposturas y ennegreciéndole con calumnias afrentosas? María Santísima tiene a su Hijo, que es la misma inocencia, crucificado por revoltoso, por embaucador, por un hombre tan malo que quería levantarse por rey; y llegó a tanto el vilipendio que llegaron a posponerle al facineroso Barrabás.
¿Te han privado de tu pariente, de tu esposo, o de tu hijo? María Santísima se ve viuda, porque Jesucristo es el esposo de las vírgenes; le han quitado un hijo Dios de quien era verdadera madre, y con él le han quitado todos los bienes imaginables, pues todos se contienen en la naturaleza divina.
¿Padeces enfermedades, tienes tu cuerpo cubierto de llagas, te afligen el hambre, la sed, la pobreza y todos los dolores? María Santísima se ve despreciada de todos, sin tener modo de aliviar la sed de su Hijo, ni darle sepultura, y su bendita alma está hecha el teatro más lastimoso de cuantos inventó la crueldad, y del más triste desamparo.

Sin embargo de eso, María es inocentísima y se conforma perfectamente con la voluntad de su Dios. ¿Quién eres tú, pues, que pretendes eximirte de los trabajos de este mundo con una conducta llena de delitos? ¿No será más razonable pensamiento el llenar tu corazón de una santa tranquilidad y consuelo, considerando en las dificultades con que Dios te trata cómo trató a su misma Madre? A más de que, en esto mismo, puedes asegurar una dulce esperanza de las eternas recompensas. El mismo Dios tiene dicho que no será coronado sino el que hubiese peleado con fortaleza. El sufrimiento de las penalidades de esta vida es la lucha a la cual está prometida la palma y la victoria.
Por otra parte, el haber padecido tanto la Madre de Dios te asegura que en sus dolores tienes un caudal con que pagar tus deudas, y un repuesto de merecimientos en que afianzar tus esperanzas. María, inocentísima y sin la más leve mancha de pecado, a imitación de su Hijo, no padeció para sí sino para beneficio del linaje humano. Ensancha, pues, ese corazón, y conoce que en los dolores de María tienes todo tu consuelo y en donde colocar la esperanza de conseguir la vida eterna.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Bienes de la enfermedad (II)

San Juan Bautista de La Salle 01 01 San Juan Bautista de La Salle

Debe aconsejarse a los enfermos que consideren cuán grande don es la molestia del cuerpo, con la que pueden lavar los pecados cometidos y reprimir los que podrían cometerse. Mediante las llagas exteriores, en efecto, el dolor causa en el alma las llagas de la penitencia, conforme a lo que está escrito: los males se purgan por las llagas y con incisiones que penetran hasta las entrañas (Pr 20, 30).

Se purgan los males por las llagas, esto es, el dolor de los castigos purifica las maldades, tanto las de pensamiento como las de obra, ya que con el nombre de entrañas suele entenderse generalmente el alma, y así como el vientre consume las viandas, así el alma, considerando las molestias, las purifica.

Para que los enfermos conserven la virtud de la paciencia, se les debe exhortar a que continuamente consideren cuántos males soportó Nuestro Redentor por sus criaturas; cómo aguantó las injurias que le inferían sus acusadores; cómo Él, que continuamente arrebata de las manos del antiguo enemigo a las almas cautivas, recibió las bofetadas de los que le insultaban; cómo Él, que nos lava con el agua de la salvación, no hurtó su rostro a las salivas de los pérfidos; cómo Él, que con su palabra nos libra de los suplicios eternos, toleró en silencio los azotes; cómo Él, que nos concede honores permanentes entre los coros de los ángeles, aguantó los bofetones; cómo Él, que nos libra de las punzadas de los pecados, no sustrajo su cabeza a la corona de espinas; cómo Él, que nos embriaga de eterna dulcedumbre, aceptó en su sed la amargura de la hiel; cómo Él, que adoró por nosotros al Padre, aun siendo igual al Padre en la eternidad, calló cuando fue burlonamente adorado; cómo Él, que dispensa la vida a los muertos, llegó a morir siendo Él mismo la Vida.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

Bienes de la enfermedad (I)

Beata Ana Catalina Emmerick 01 01 Beata Ana Catalina Emmerick

En este día de San Gregorio Magno, Papa, ofrecemos algunos párrafos escritos por el santo en los que trata de los beneficios que nos concede Dios por medio de la enfermedad.

A los enfermos se les debe exhortar a que se tengan por hijos de Dios, precisamente porque los flagela con el azote de la corrección. Si no determinara dar la herencia a los corregidos, no cuidaría de enseñarlos con las molestias; por eso el Señor dice a San Juan por el ángel (Ap 3, 19): Yo, a los que amo, los reprendo y castigo; y por eso está también escrito: no rehúses, hijo mío, la corrección del Señor ni desmayes cuando Él te castigue, porque el Señor castiga a los que ama, y azota a todo el que recibe por hijo (Pr 3, 11). Y el Salmista dice: muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor (Sal 33, 20).

Hay, pues, que enseñar a los enfermos que, si verdaderamente creen que su patria es el Cielo, es necesario que en la patria de aquí abajo, como en lugar extraño, padezcan algunos trabajos. Se nos enseña que en la construcción del templo del Señor [el templo de Jerusalén], las piedras que se labraban se colocaban fuera, para que no se oyera ruido de martillazos. Así ahora nosotros sufrimos con los azotes, para ser luego colocados en el templo del Señor sin golpes de corrección. Quienes eviten los golpes ahora, tendrán luego que quitar todo lo que haya de superfluo, para poder ser acoplados en el edificio de la concordia y la caridad (...)

Se debe aconsejar a los enfermos que consideren cuán saludable para el alma es la molestia del cuerpo, ya que los sufrimientos son como una llamada insistente al alma para que se conozca a sí misma. El aviso de la enfermedad, en efecto, reforma al alma, que por lo común vive con descuido en el tiempo de salud. De este modo el espíritu, que por el olvido de sí era llevado al engreimiento, por el tormento que sufre en la carne, se acuerda de la condición a que está sujeto.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

Yo soy el Pan de Vida (III)

Ultima Cena 08 11 - “Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan, vivirá eternamente”.

San Agustín: Y bajó del cielo para que vivamos comiendo aquel pan los que no podemos obtener la vida eterna por nosotros mismos. Por esto sigue: “Este es el pan que descendió del cielo”.

Teofilacto: No comemos a Dios en su pura esencia, porque es impalpable e incorpóreo, como tampoco comemos la carne de un puro hombre, que de nada nos podría aprovechar. Mas como Dios unió a sí la carne humana, su carne tiene propiedades que dan vida, no porque se haya convertido en naturaleza divina, sino como sucede al hierro candente, que permanece hierro y tiene las propiedades del fuego. Pues así la carne del Señor es dadora de vida como carne del Verbo.

San Beda: Y para manifestar la diferencia de la sombra y de la luz, de la figura y la realidad, añadió: “No como el maná que comieron vuestros padres, y murieron”.

San Agustín: Aquello de que murieron quiere que se entienda en el sentido de que no viven eternamente, porque ciertamente en lo temporal también morirán los que comen a Jesucristo, pero vivirán eternamente, porque Jesucristo es la vida eterna.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (II)

Eucaristia - Comunion 02 13

- “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el último día”.

San Beda: Y para que no entendiesen que se refería a esta vida y cuestionasen acerca de ello, añadió: “Tiene vida eterna”. Mas no la tiene el que no come esta carne ni bebe esta sangre, puesto que podemos tener la vida temporal prescindiendo de Él, pero de ninguna manera la vida eterna.
No sucede así respecto de la comida que tomamos para alimentar esta vida temporal, porque los que no la reciben, no viven, ni tampoco vivirá el que la tome, puesto que sucede que mueren todos los que la toman, o por enfermedad, o por ancianidad, o por cualquier otra causa. Mas respecto de esta comida y esta bebida, esto es, del cuerpo y la sangre del Señor, no sucede así. Porque el que no la toma no tiene vida eterna y el que la toma tiene vida y ésta es eterna.

Teofilacto: Porque no es carne de un mero hombre, sino de Dios, quien deseando hacer al hombre divino, como que lo embriaga en su divinidad.

San Agustín: Y para que no creyesen que por medio de esta comida y esta bebida se ofrecía la vida eterna de tal modo que aquéllos que la recibiesen ya no morirían ni aun en cuanto al cuerpo, saliendo al encuentro de esta idea, continuó diciendo: “Y yo le resucitaré en el último día”, con el fin de que tenga entre tanto la vida eterna, según el espíritu, en el descanso donde se encuentran las almas de los justos. Mas en cuanto al cuerpo, ni aun éste carecerá de vida eterna, porque en la resurrección de los muertos, cuando llegue el último día, la tendrá.

- “Porque mi carne verdaderamente es comida: y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él mismo vivirá en mí.”

San Agustín: Los hombres desean conseguir mediante la comida y bebida saciar para siempre su hambre y su sed; esto en realidad no lo satisface nada sino esta comida y esta bebida, que hace inmortales e incorruptibles a aquéllos que la reciben.
Después manifiesta en qué consiste comer su cuerpo y beber su sangre, diciendo: “El que come mi carne... permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí.
Y por esto el que no permanece en Cristo y aquél en quien Cristo no permanece, sin duda alguna ni come su carne ni bebe su sangre, sino que, por el contrario, come y bebe sacramento de tan gran valía para su condenación. Pero hay cierta manera de comer aquella carne y de beber aquella sangre, para que el que la coma y la beba permanezca en Cristo y Cristo en él.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Yo soy el Pan de Vida (I)

Eucaristia - Comunion 01 12

- “Yo soy el pan vivo, que descendí del cielo. Si alguno comiere de este pan, vivirá eternamente. Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 51)

San Agustín: Por tanto, comed el pan del cielo en espíritu y llevad vuestra inocencia ante el altar. Los pecados, ya que son diarios, que no sean mortales. Antes que os aproximéis al altar, ved lo que hacéis, ved lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si perdonas, te serán perdonadas. Aproxímate tranquilo, es Pan, no veneno. Y si alguno comiese de este pan, no morirá, esto es, el que lo come interiormente y no exteriormente.

Alcuino: Mi vida es la que vivifica. Por esto sigue: “Si alguno comiere de este pan, vivirá”,no sólo en la vida presente por medio de la fe y de la santidad, sino “vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Teofilacto: Entregó su carne por la vida del mundo, porque muriendo destruyó la muerte. Yo también entiendo la resurrección en aquellas palabras “por la vida del mundo”. Porque la muerte del Señor concedió la resurrección general a todo el género humano.

San Agustín: Háganse cuerpo de Jesucristo, si quieren vivir del espíritu de Jesucristo, porque no vive del espíritu de Jesucristo sino el cuerpo de Jesucristo. ¿Acaso mi cuerpo vive de tu espíritu? El Apóstol da a conocer este pan diciendo (ICo 10,17): “Muchos somos un solo cuerpo, todos los que participamos de este solo pan”. ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! El que quiere vivir, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado.

- Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, y decían: “¿Cómo nos puede dar éste su carne a comer?” Y Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: Que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn 6, 52-53)

San Beda: Creían pues los judíos que el Señor dividiría en trozos su propia carne y se la daría a comer; por esto disputaban porque no entendían.

San Crisóstomo: Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne”, etc. Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros.

San Agustín: Como si dijese: vosotros ignoráis de qué manera alguien puede ser comido y cuál sea el modo de comer aquel pan, pero aun así “si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.

Fuente: cf. Santo Tomás de Aquino, Catena aurea

Fiesta del glorioso mártir San Lorenzo

San Lorenzo 01 01

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

La Eucaristía, medio para caminar seguros en esta selva

San Cayetano 01 02b Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades. Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.

Él se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda.
Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Éste es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.

Fuente: De las cartas de san Cayetano, presbítero, Oficio de Lectura del 7 de Agosto, Liturgia de las Horas.

Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos

Santa Misa 05 06

Promesa magnífica, que llena todas las aspiraciones de un apóstol, que alcanza hasta los últimos y más irreductibles baluartes de los dominios del pecado. Tocar, convertir los corazones endurecidos es la victoria más espléndida que se puede soñar. Ni el oro, ni la espada, ni la palabra del hombre. Y lo consigue en un instante la gracia de Dios, por medio de las almas poseídas de una tierna devoción al Corazón de Jesús. Ahora dejemos hablar a un pecador convertido:

“La víspera de mi primera comunión prometí solemnemente a Jesús amarle siempre... Más ¡ay! Fui víctima de esas plagas terribles, que a tantos hacen perder en nuestros días la virtud y el honor: las malas compañías y las lecturas peligrosas. A los veinte años era el primer libertino de mi ciudad. Treinta años seguidos añadí heridas sobre heridas. Por acaso acerté a pasar por Paray-Le-Monial. La ciudad estaba de fiesta. Sorprendido, me acerqué a una mujercita y le pregunté: -¿Qué es lo que pasa?
-¿Cómo? ¿No lo sabe Ud.? Pues es la gran peregrinación.
-¿Para qué?
-Para honrar al Corazón de Jesús.
-¿El Corazón de Jesús? ¿Dónde está? ¿Se puede ver?
-No se le puede ver; pero este Sagrado Corazón se manifestó a una religiosa de la Visitación, a Santa Margarita María, y le recomendó que trabajase, para que fuese honrado por todos los hombres.

Y, siguiendo las indicaciones de aquella buena mujer, me dirigí hacia aquel célebre santuario. Llegué a la Visitación, quise entrar en la capilla, pero estaba repleta de gente. Esperando a que la muchedumbre se dispersase, miraba en torno mío. ¿En qué pensaba? Yo mismo no lo sé. Mis miradas se fijaron con curiosidad en unas franjas de tela blanca, sobre las cuales resplandecían en rojo unas inscripciones. Leí: “Promesas de Ntro. Señor a Santa Margarita María”. Fui recorriendo, una por una, todas las inscripciones; muchas frases me parecían faltas de sentido; eran para mí un enigma aquellas palabras: “Gracia..., favor..., misericordia..., tibieza..., perfección...; Mas una línea hirió de pronto mi corazón: “Daré a los sacerdotes el poder de mover los corazones más empedernidos”. Revolvióse en el acto toda impiedad, que bullía en mi alma. Mover los corazones endurecidos... ¡Así está escrito... Pues bien: veremos si es verdad. ¿Por qué no hacer la prueba? Llamaré a un sacerdote. ¿Qué palabras dirá tan inspiradas, que puedan conmover a un corazón como el mío? Y me mofaba tocándome el pecho.

En aquel momento pasó junto a mí una religiosa, y volviéndome a ella bruscamente, le dije: “Querría hablar con un sacerdote de Paray-LeMonial”. Ella me introdujo en una pequeña habitación. De pronto entró un sacerdote. Nos encontramos frente a frente. Pasaron algunos segundos... El me miraba, esperando que le hablase. Yo no tenía en mi alma más que impiedad y sarcasmo, y, con todo, experimentaba un estremecimiento pasajero. El sacerdote salió a mi encuentro: “Y bien, ¿qué es lo que desea, amigo mío?” ¡Amigo suyo! ¡Ah!, usted no me conoce. Yo no tengo fe. Yo no creo una palabra de todo cuanto ustedes dicen y escriben. Llámeme usted excomulgado, impío, infiel, lo que quiera; pero amigo... eso a otro. Así continué hablando un rato. La frase, que leí sobre la blanca tela, estaba clavada en mi mente con esta irónica pregunta: “¿Qué me dirá?”. El sacerdote estaba pálido. Con todo, ningún gesto de indignación se le escapó. Yo me reía... Él lo veía bien, pero no entendía las señales de cabeza, que acogían todas sus preguntas y que querían decir: “Y a mí, ¿qué?”. Era vencedor... Triunfaba... Estaba a punto de estallar en una carcajada y confesarle llanamente toda la verdad, cuando de pronto ¡ah!, tiemblo al recordarlo.
Amigo mío -me dice- ¿vive la madre de Ud.?

¡Qué emoción tan intensa la que sufrí en aquel momento! Aquí me esperaba el Sagrado Corazón. Algunas lágrimas brotaron de mis ojos; estaba temblando. ¡Mi madre! ¡Las palabras de mi madre! ¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡El Sagrado Corazón de Jesús! Quisiera tener delante aquella imagen ante la cual me arrodillaba con mi madre, de niño. Volver a leer aquellas líneas, que me escribió con mano temblorosa, y a las cuales ¡desgraciado de mí!, jamás había prestado atención: “Hijo mío, te escribo desde mi lecho de agonía. Muero de los disgustos que me has causado; pero no te maldigo, porque he esperado siempre que el Corazón de Jesús te convierta”. Entré en el Santuario del Sagrado Corazón para arrodillarme ante un confesionario... Pocos días después me acerqué a la Sagrada Mesa”.
Sacerdotes, amad al Sagrado Corazón y convertiréis muchas almas.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Promesas de la Santísima Virgen a los que rezan el Rosario

Santo Rosario 01 02

Cuenta la tradición que, en la segunda mitad del siglo XV la Virgen María se apareció al Beato dominico Alano de la Rupe, quien escribió el famoso libro De Dignitate Psalterii (De la dignidad del Salterio de María), en el cual relata cómo la Virgen pide a Santo Domingo de Guzmán que propague el rezo del Santo Rosario.

Según el Beato Alano, estas son las promesas de Nuestra Señora para quienes rezan frecuentemente y con devoción la oración mariana:
1. Aquellos que recen con enorme fe el Rosario recibirán gracias especiales.
2. Prometo mi protección y las gracias más grandes a aquellos que recen el Rosario.
3. El Rosario será la defensa más poderosa contra las fuerzas del infierno. Se destruirá el vicio, se disminuirá el pecado y se vencerá a todas las herejías.
4. Por el rezo del Santo Rosario florecerán las virtudes y también las buenas obras. Las almas obtendrán la misericordia de Dios en abundancia. Se apartarán los corazones del amor al mundo y sus vanidades y serán elevados a desear los bienes eternos. Las mismas almas se santificarán por este medio.
5. Quien confíe en mí, rezando el Rosario, no será vencido en las adversidades.
6. Quien rece devotamente el Rosario, meditando los misterios, no conocerá la desdicha. En Su justo juicio, Dios no lo castigará. No sufrirá la muerte improvisa. Si es pecador, se convertirá y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios y se hará digno del Cielo.
7. El que conserva una verdadera devoción al Rosario no morirá sin los sacramentos de la Iglesia.
8. Aquellos que recen con mucha fe el Santo Rosario encontrarán la luz de Dios y la plenitud de su gracia, y en la hora de su muerte participarán de los méritos de los Santos del Paraíso.
9. Cada día libraré del Purgatorio a las almas devotas de mi Rosario.
10. Los niños devotos al Rosario merecerán un alto grado de Gloria en el cielo.
11. Obtendrán todo lo que me pidan con fe mediante el rezo del Rosario.
12. Aquellos que difundan mi Rosario serán socorridos por mí, en todas sus necesidades.
13. Para los devotos del Santo Rosario, he obtenido de mi Divino Hijo, la intercesión de toda la Corte Celestial durante la vida y en la hora de la muerte.
14. Aquellos que rezan fielmente mi Rosario son mis hijos amados y hermanos de mi único hijo, Jesucristo.
15. La devoción a mi Rosario es una gran signo de salvación.

Fuente: cf. santisimavirgen.com.ar

Mostrar más publicaciones ...

Suscríbase al Blog de ARCADEI

Stacks Image 25