Madre Inmaculada

Inmaculada Concepcion 13 26

Considera que por la inmaculada concepción de la Virgen Santísima se entiende aquel insigne y singular privilegio por el cual preservó Dios a esta dichosa criatura del pecado original, que inficionó a toda la posteridad de Adán.

Imagina, si es posible, el precio, la grandeza, la excelencia de este privilegio. Es tal, dicen los Doctores y los Padres, que, si se hubiese dejado a elección de María o el ser Madre de Dios o el ser concebida sin pecado hubiera preferido la inmaculada concepción a todas las otras preeminencias y a la misma maternidad divina: conociendo a Dios la Santísima Virgen, y amándole en aquel alto grado en que le conocía y amaba, ninguna prerrogativa, ninguna gracia, ninguna dignidad le hubiera parecido capaz de indemnizarla de la desgracia de haber estado un solo momento en la enemistad de su Dios. ¡Aprendamos la idea que debemos formarnos del pecado!

¡Cuán justo y debido es celebrar este dichoso momento con todas las demostraciones de gozo y de la solemnidad más perfecta! Un hijo bien nacido mira como la más natural y más justa obligación el tomar toda la parte que puede en las prosperidades y en la gloria de su madre. La naturaleza, la razón, el reconocimiento inspiran a todos los hijos estos sentimientos. Se han visto soberanos que hacen dar a sus madres los honores del triunfo, que ellos mismos han rehusado para sí, deseando que los pueblos hiciesen fiestas sólo para honrar a sus madres. ¡Cuál debe ser, pues, el gozo, la veneración, la alegría de todos los verdaderos fieles en este día! ¿Con qué devoción, con qué gusto, con qué fervor no debemos celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios? Nuestra tibieza y nuestra indiferencia en esta ocasión ¿No serían una prueba de nuestro poco reconocimiento, de nuestra poca confianza y de nuestro poco amor? El no tener sino una mediana devoción a la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios ¿podría ser acaso una prueba sensible de nuestra veneración y de nuestra ternura?

Virgen santa, Virgen Inmaculada, yo creo firmemente que Dios te poseyó desde el principio; creo que no sólo tu concepción, sino también toda tu vida estuvo sin mancha, y que amaste a Dios sin interrupción alguna hasta el último instante de tu vida. Haz, Virgen santa, que por esta confianza que tengo en tu bondad, entre en la amistad de tu Hijo para no perderla jamás; y que, honrando toda mi vida tu Concepción Inmaculada, lo mejor que me sea posible, alcance por tu intercesión la gracia de una santa muerte. Amén.

Fuente J. Croisset, SJ, Año cristiano

Sobre la Fiesta de Cristo Rey

Sagrado Corazon 40 73

Nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles, esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia
En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no puede depender del arbitrio de nadie.

b) Para la sociedad civil
La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles
Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.
Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta Encíclica Quas Primas

Habrá niños santos

Corpus Christi 05 07

A pesar de sus pequeños defectos, en un niño pueden generalmente echarse de ver la simplicidad y la conciencia de su debilidad, sobre todo si está bautizado y ha sido cristianamente educado. La sencillez o ausencia de doblez es en él totalmente espontánea, sin afectación; generalmente dice lo que piensa y manifiesta sin ambages sus deseos, sin miedo del qué dirán. Tiene igualmente conciencia de su debilidad, porque por sí nada puede y en todo depende de sus padres.

Esta conciencia de la propia debilidad hace que sea humilde, y le dispone a practicar las tres virtudes teologales de una manera profunda en su simplicidad. En primer lugar el niño cree todo lo que le dicen sus padres, que muchas veces le enseñan a rezar y le hablan de Dios. El niño naturalmente tiene confianza en sus padres que le enseñan a esperar en Dios aun antes de que sea capaz de formular un acto de esperanza, que más tarde leerá en su catecismo y recitará mañana y tarde.

El niño, en fin, ama cordialmente a sus padres a quienes lo debe todo; y si ese padre y esa madre son verdaderamente cristianos, hacen que el afecto de ese tierno corazón se eleve hacia Dios y hacia su santa Madre. Dentro de tanta sencillez, de esa conciencia de su debilidad, y de esa simple práctica de las tres virtudes teologales, se encuentra el germen de la más alta vida espiritual.
Por esta razón, queriendo Jesús enseñar a sus apóstoles la importancia de la humildad, colocando un niño en medio de ellos, les dijo: “En verdad os digo, si no os volvéis y hacéis semejantes a niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”(Mt 18, 3). En estos últimos tiempos, nos ha sido dado ver realizada la predicción de Pío X: “Habrá niños santos” llamados desde pequeños a la comunión frecuente.

Fuente: cf. Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Video sugerido: Habrá niños santos.

El alma humilde participa de la santidad divina

Anunciacion 10 14

Dios es santo por esencia, la santidad misma, y parece que en este atributo encuentra su mayor gloria y quiere ser glorificado por éste más que por ningún otro. Podemos constatarlo con los mismos espíritus celestes que cantan sin cansancio: Santo, santo, santo, y quedan sumidos en profundo éxtasis divino ante la santidad de Dios, se inflaman continuamente en su amor y, cubriéndose el rostro, confiesan no ser dignos de contemplar tanta santidad, amarla y proclamarla. Sin embargo, nunca cesan de alabarla.

El alma humilde, partícipe de la santidad divina, se asemeja a los ángeles. Fija sus ojos en la sacrosanta humanidad de Cristo Jesús, Dios y hombre, y en ella encuentra la expresión más acabada de la santidad divina, la reconstruye en su mente, decide imitarla desde lo íntimo de su corazón, la convierte por acción en su comportamiento externo, y acaba siendo ella también un fiel trasunto de Jesús.
Ante este ejemplo divino su mirada penetra en profundidad, su corazón arde inflamado, la santidad del alma crece sin sentirlo, la contemplación se simplifica cada vez más hasta conquistar metas insospechadas de sublimación interior y de configuración con Cristo. El olvido de sí misma, el vacío total de su propia imagen y vida, hace que Dios la penetre y absorba en su misma santidad.

El mismo Dios quiere que seamos santos, y claramente lo dice: Sed santos, porque yo soy santo. Y Jesús, vecino ya a su pasión, exclama, elevando los ojos al cielo: Padre santo, santifícalos en la verdad.
Alma, despierta ya, sumérgete en el océano de la santidad; jamás retrocedas, y haz que tu santidad sea la santidad misma de Dios.
No soporto los elogios dados a cualquier criatura por distinguirse en determinada virtud, por ejemplo, en la abstinencia o en la mansedumbre (...). Para mí será más santa el alma que supo vaciarse de sí misma, porque en ese vacío pudo entrar de lleno la santidad de Dios. ¡En verdad, Dios mío, tú solo eres santo! Tú haces los santos, Señor, destruyendo en nosotros cuanto puede ser obstáculo para que se infiltre en el alma tu santidad.

Fuente: Beata María Magdalena Martinengo, Tratado sobre la humildad

Santidad conyugal - Matrimonio Vanier

Georges y Pauline Vanier 01 01 Siervos de Dios Georges y Pauline Vanier

Nacido en Montreal, Canadá, el 23 de abril de 1888, Georges Vanier estudió en el Loyola College of Montreal y se licenció en Derecho en la sección de Laval University de Montreal. Durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de los miembros fundadores del 22° batallón del Cuerpo Expéditionnaire Canadien. Fue condecorado con la Cruz Militar en 1916 y recibió la Orden de Servicio Distinguido. En 1918, durante una ofensiva a Chérisy en Francia, perdió su pierna derecha. Después de una larga convalecencia, regresó a Montreal para practicar su profesión. El 29 de septiembre de 1921, se casó con Pauline Archer, matrimonio que fue bendecido con cinco hijos. La vida de fe de los Vanier se basa en la participación diaria en la Misa y una gran devoción Mariana y Eucarística. Unidos por la espiritualidad de Santa Teresita del Niño Jesús, desean alcanzar el espíritu de la infancia espiritual, aspiran a la perfección, y a través de prolongados momentos de oración buscan unirse a la Voluntad de Dios.

En 1942 Georges fue ascendido a general de división y coloca en su escudo de armas las palabras “Fiat voluntas Dei”: “Hágase la voluntad de Dios”. Tras la liberación de Francia fue nombrado primer embajador de Canadá en Francia, cargo que ocupó hasta 1953.
Georges escribió a su esposa: “Reza para que siempre trabaje para la gloria de Dios en pequeñez y humildad. No es fácil, pero confiamos en el amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús. Contamos con su ayuda para atravesar todas las dificultades”.

Georges Vanier murió santamente el 5 de marzo de 1967. La viuda Pauline falleció de cáncer intestinal el 23 de marzo de 1991, a solo cinco días de cumplir 93 años. Fue enterrada junto al general Vanier en la Ciudadela de Québec.

Fuente: cf. santiebeati.it

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