Eficacia apostólica del sufrimiento

Muerte de San Jose 01 01 San José junto a Jesús y María antes de su muerte

Principio fundamental de la fe cristiana es la fecundidad del sufrimiento y, por tanto, la invitación, hecha a todos los que sufren, a unirse a la ofrenda redentora de Cristo. El sufrimiento se convierte así en ofrenda, en oblación: como aconteció y acontece en tantas almas santas. Especialmente los que se hallan oprimidos por sufrimientos morales, que pudieran parecer absurdos, encuentran en los sufrimientos morales de Jesús el sentido de sus pruebas, y entran con él en Getsemaní. En él encuentran la fuerza para aceptar el dolor con santo abandono y confiada obediencia a la voluntad del Padre. El sufrimiento, destinado a santificar a los que sufren, también está destinado a santificar a los que les proporcionan ayuda y consuelo.

La enfermedad es un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo. Es una gracia enorme recibir esa luz sobre la verdad profunda de la enfermedad. En la perspectiva de la fe, la enfermedad asume una nobleza superior y manifiesta una eficacia particular como ayuda al ministerio apostólico. En este sentido la Iglesia no duda en declarar que tiene necesidad de los enfermos y de su oblación al Señor para obtener gracias más abundantes para la humanidad entera.
Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda de que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación de los demás.
Eso vale en particular para los que se dedican al servicio de los enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. A lo largo de los siglos, ha sido una manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 27 de abril y 15 de junio de 1994 y Mensaje del 30 de septiembre de 1997

Habrá niños santos - Venerable Faustino Pérez

Faustino Perez-Manglano 01

Faustino nació en Valencia el 4 de agosto 1946, siendo el mayor de cuatro hermanos. Recibió de sus padres, Faustino y Encarnación, una cuidada educación cristiana. En 1952 ingresa en el colegio marianista Nuestra Señora del Pilar.

En 1954 recibe la primera comunión y el año siguiente, la confirmación. Su vida se desarrollaba como un chico corriente: le encanta el deporte, el fútbol, natación, montaña.

A los trece años hizo su primer retiro espiritual. Tiene ahí momentos de silencio, de oración, y conferencias. Durante este retiro, Faustino comunica a su capellán, P. José María Salaverri, la promesa que ha hecho: "Le prometí a la Virgen María rezar el Rosario todos los días, sobre todo cuando voy al colegio solo".
Escribió más tarde: "El mayor esfuerzo de mi vida, lo hice en el retiro, cuando traté de cambiar mi vida por completo". A partir de esa fecha, su amistad con el Señor crece día a día. "Me doy cuenta de que debo llegar a ser santo. No se puede ser cristiano mediocre. Que los que me ven, puedan ver a Cristo en mí" (20/1/63).

El 29 de noviembre 1960 cae enfermo. Después de los análisis médicos, finalmente le diagnosticaron la enfermedad de Hodgkin. El 11 de febrero 1963 escribe: "Anteayer sábado, fue un día muy feliz para mí, porque recibí el sacramento de los enfermos... Ayúdame, Madre, a ofrecer estas pequeñas molestias para el bien del mundo".
Faustino muestra un gran dominio de sí. No se le oía ni una palabra de queja. El 3 de marzo 1963 por la tarde, su capellán, el padre José María Salaverri, viene a ver a Faustino que parece sufrir mucho. Esa misma noche, tarde, llama a su madre. Al enderezar el cuerpo dolorido, cae de repente, sin un gesto, en silencio, con suavidad, y ya permanece inconsciente en los brazos de su madre. Así pasó a los brazos de Dios nuestro Padre.
El 14 de enero de 2011 el Papa Benedicto XVI aprobó las virtudes heroicas de Faustino declarándolo Venerable.

Fuente: cf. espiritualidad.marianistas.org

En tiempo de persecución se premia el combate

Martires de Nagasaki 01 01 Mártires de Nagasaki

Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.¿Quién, por tanto, no pondrá por obra todos los remedios a su alcance para llegar a una gloria tan grande, para convertirse en amigo de Dios, para tener parte al momento en el gozo de Cristo, para recibir la recompensa divina después de los tormentos y suplicios terrenos?

Si los soldados de este mundo consideran un honor volver victoriosos a su patria después de haber vencido al enemigo, un honor mucho más grande y valioso es volver triunfante al paraíso después de haber vencido al demonio y llevar consigo los trofeos de victoria a aquel mismo lugar de donde fue expulsado Adán por su pecado -arrastrando en el cortejo triunfal al mismo que antes lo había engañado-, ofrecer al Señor, como un presente de gran valor a sus ojos, la fe inconmovible, la incolumidad de la fuerza del espíritu, la alabanza manifiesta de la propia entrega, acompañarlo cuando comience a venir para tomar venganza de sus enemigos, estar a su lado cuando comience a juzgar, convertirse en heredero junto con Cristo, ser equiparado a los ángeles, alegrarse con los patriarcas, los apóstoles y los profetas por la posesión del reino celestial. ¿Qué persecución podrá vencer estos pensamientos, o qué tormentos superarlos?

La mente que se apoya en santas meditaciones persevera firme y segura y se mantiene inconmovible frente a todos los terrores diabólicos y amenazas del mundo, ya que se halla fortalecida por una fe cierta y sólida en el premio futuro. En la persecución se cierra el mundo, pero se abre el cielo; amenaza el anticristo, pero protege Cristo; se inflige la muerte, pero sigue la inmortalidad. ¡Qué gran dignidad y seguridad, salir contento de este mundo, salir glorioso en medio de la aflicción y la angustia, cerrar en un momento estos ojos con los que vemos a los hombres y el mundo para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios y a Cristo! ¡Cuán rápidamente se recorre este feliz camino! Se te arranca repentinamente de la tierra, para colocarte en el reino celestial.
Estas consideraciones son las que deben impregnar nuestra mente, esto es lo que hay que meditar día y noche. Si la persecución encuentra así preparado al soldado de Dios, su fuerza, dispuesta a la lucha, no podrá ser vencida. Y aun en el caso de que llegue antes la llamada de Dios, no quedará sin premio una fe que estaba dispuesta al martirio; sin pérdida de tiempo, Dios, que es el juez, dará la recompensa; porque en tiempo de persecución se premia el combate, en tiempo de paz la buena conciencia.

Fuente: San Cipriano, Tratado a Fortunato. Liturgia de las Horas.

Habrá niños santos - Sierva de Dios Amanda Ruiz Suárez

Amanda Gilseth Ruiz Suarez 01 01

Amanda Gilseth Ruiz Suárez, nace en Táchira, Venezuela, el 11 de mayo de 1999. Hija de Mauricio Ruiz y Leonor Suárez, quienes luego de su muerte, reciben el regalo de dos hijos más, Andrés y Lucía.

A la edad de tres años le diagnostican leucemia y comienza a recibir tratamiento contra el cáncer.
En julio de 2005 se inscribe en el Colegio Parroquial Nuestra Señora del Carmen de La Concordia para cursar primer grado. A principios de septiembre de 2005, su estado de salud recae fuertemente; es internada en el Hospital del Seguro Social de San Cristóbal y sometida a un intenso tratamiento de quimioterapias. El 21 de septiembre de 2005, a la edad de seis años y cuatro meses, falleció dando ejemplo de total confianza en Dios.

El testimonio de fe y de heroísmo de Amanda ha permanecido vivo entre quienes la conocieron y su fama de santidad se ha extendido. Durante sus seis años de vida y en el modo con que asumió su enfermedad, Amanda mostró una sensibilidad por lo religioso y lo espiritual que sorprendía a sus familiares y a cuantos la conocieron. Se reconocía y se definía a sí misma como querida de Dios, y a Dios como al Padre a quien debemos amar. Deseaba siempre y en primer lugar las cosas de Dios, por las cuales sentía especial gusto y predilección.
Amanda era una niña que en medio de su enfermedad sabía integrar de modo impresionante alegría y sufrimiento; la enfermedad no le borró de su rostro la sonrisa ni de su alma la alegría.

Tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá

Job 04 05 Job y sus amigos

Me has pedido, dilectísimo hermano, que te transmita por carta unas palabras de consuelo capaces de endulzar tu corazón, amargado por tantos sufrimientos como te afligen.

Pero si tu inteligencia está despierta, a mano tienes el consuelo que necesitas, pues la misma palabra divina te instruye como a hijo, destinado a obtener la herencia. Medita en aquellas palabras: Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.
Donde está el temor está la justicia. La prueba que para nosotros supone cualquier adversidad no es un castigo de esclavos, sino una corrección paterna.
Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: Que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida, añade a continuación: Sería un consuelo para mí; aun torturado sin piedad, saltaría de gozo.
Para los elegidos de Dios, sus mismas pruebas son un consuelo, pues en virtud de estos sufrimientos momentáneos dan grandes pasos por el camino de la esperanza hasta alcanzar la felicidad del cielo.

Lo mismo hacen el martillo y la lima con el oro, quitándole la escoria para que brille más. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación.Por esto dice también Santiago: Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas.
Con razón deben alegrarse quienes sufren por sus malas obras una pena temporal, y, en cambio, obtienen por sus obras buenas los premios sempiternos del cielo.

Todo ello significa que no deben deprimir tu espíritu los sufrimientos que padeces y las correcciones con que te aflige la disciplina celestial; no murmures ni te lamentes, no te consumas en la tristeza o la pusilanimidad. Que resplandezca en tu rostro la serenidad, en tu mente la alegría, en tu boca la acción de gracias.
Alabanza merece la dispensación divina, que aflige temporalmente a los suyos para librarlos del castigo eterno, que derriba para exaltar, corta para curar y deprime para elevar.
Robustece tu espíritu con éstos y otros testimonios de la Escritura y, tras la tristeza, espera con alegría el gozo que vendrá.
Que la esperanza te levante ese gozo, que la caridad encienda tu fervor. Así tu mente, bien saciada, será capaz de olvidar los sufrimientos exteriores y progresará en la posesión de los bienes que contempla en su interior.

Fuente: De las cartas de san Pedro Damián, Liturgia de las Horas.

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