La Visitación de Nuestra Señora

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Celebremos este día con cantos de alegría; porque en este misterio están, como en germen, todas las victorias que alcanzarán la Iglesia y sus hijos; desde hoy el Arca santa preside los combates del nuevo Israel. Basta ya de división entre el hombre y Dios, el cristiano y sus hermanos; si la antigua arca no logró impedir la escisión de las tribus, el cisma y la herejía conseguirán hacer frente a María unos cuantos años o algunos siglos, pero al fin resplandecerá más su gloria. De ella, como en este día glorioso y a la vista del enemigo humillado, brotarán siempre la alegría de los pequeños, la perfección de los pontífices, y la bendición de todos. Unamos el tributo de nuestras voces a los saltos gozosos de Juan, a la repentina exclamación de Isabel, al cántico de Zacarías; todo el mundo lo repita. Así se saludaba antiguamente la llegada del arca al campamento de los Hebreos; los Filisteos, al oírlo, por ahí comprendían que había bajado el auxilio del Señor; y sobrecogidos de espanto, gemían, diciendo: “¡Desgraciados de nosotros! no reinaba aquí ayer una alegría tan grande”. Por cierto que hoy el género humano salta de gozo y canta con Juan; y hoy también, y con razón, se lamenta el enemigo; hoy la mujer descarga el primer golpe del calcañal en su cabeza altanera, y Juan, ya librado, es en esto precursor de todos nosotros. El nuevo Israel, más afortunado que el viejo, tiene seguridad de que no le arrebatarán ya su gloria nunca jamás; nunca le quitarán el Arca santa que le permite pasar las aguas, y derrumba ante él las fortalezas.

¿No es, pues, muy justo que este día, en que termina la serie de las derrotas que comenzaron en el Paraíso, sea también el día de los cánticos nuevos del nuevo pueblo? Pero ¿a quién toca entonar el himno del triunfo, sino al que gana la victoria? Por eso canta María en este día de triunfo, recordando todos los cantos de victoria que, a lo largo de los siglos de espera, fueron como preludios, a su divino Cántico. Pero las victorias pasadas del pueblo elegido no eran más que la figura de la que consigue ella, en esta fiesta de su manifestación, como soberana gloriosa, que, mejor que Débora, Judit o Ester, ha comenzado a libertar a su pueblo; en su boca los acentos de sus ilustres predecesoras han evolucionado de la aspiración inflamada de los tiempos de la profecía, al éxtasis sereno, que denota la posesión del Dios que por tanto tiempo esperado. Una era nueva comienza parar los cantos sagrados: la alabanza divina toma de María el carácter que no perderá en este mundo y que subsistirá aún en la eternidad. Y en este día también, inaugurando su ministerio de Corredentora y de Mediadora, recibió María por vez primera en la tierra, de boca de Santa Isabel, la alabanza que sin fin merece la Madre de Dios y de los hombres.

¿Quién es ésta que avanza hermosa como la aurora cuando sale, terrible como un ejército puesto en orden de batalla? Hoy es, oh María, la primera vez que alegra a la tierra tu dulce claridad. Llevas contigo al Sol de justicia; y su luz naciente, al tocar en la cumbre de los montes -el llano sigue aún en la oscuridad-, al primero que alcanza, es al Precursor, de quien se ha dicho que no hay otro mayor entre los nacidos de mujer. El astro divino, subiendo, siempre subiendo, inundará pronto con sus luces los valles más hondos. Pero ¡cuánta gracia en estos primeros rayos que se desprenden de la nube en que todavía se oculta! Porque tú eres, María, la nube tenue, esperanza del mundo, terror del infierno.

Date prisa, por tanto, ¡oh María! Llégate hasta todos nosotros; baja hasta las regiones sin gloria, donde la mayor parte del género humano vegeta, incapaz de subir a las alturas; tu visita consigo introduce la luz de la salvación aun en los abismos de perversidad que más se aproximan a la sima infernal. ¡Oh, quiera Dios que desde las prisiones del pecado, desde el llano en que el vulgo se agita, seamos arrastrados a seguir tus pasos! ¡Son tan hermosas tus huellas en nuestros pobres caminos, y tan suaves los perfumes con que hoy embriagas la tierra!

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico