{"id":219,"date":"2022-02-13T07:30:00","date_gmt":"2022-02-13T10:30:00","guid":{"rendered":"http:\/\/arcadei.org\/blog\/?p=219"},"modified":"2022-02-10T20:12:53","modified_gmt":"2022-02-10T23:12:53","slug":"domingo-de-septuagesima","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/arcadei.org\/blog\/domingo-de-septuagesima\/","title":{"rendered":"Domingo de Septuag\u00e9sima"},"content":{"rendered":"<div style=\"margin-top: 0px; margin-bottom: 0px;\" class=\"sharethis-inline-share-buttons\" ><\/div>\n<h2 class=\"has-text-align-right wp-block-heading\" id=\"publicado-por-servus-cordis-iesu\">Publicado por: Servus Cordis Iesu<\/h2>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-full\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/02\/bl-Misa-Tridentina-63.jpg?ssl=1\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"297\" height=\"500\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/02\/bl-Misa-Tridentina-63.jpg?resize=297%2C500&#038;ssl=1\" alt=\"\" class=\"wp-image-220\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/02\/bl-Misa-Tridentina-63.jpg?w=297&amp;ssl=1 297w, https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/02\/bl-Misa-Tridentina-63.jpg?resize=178%2C300&amp;ssl=1 178w\" sizes=\"auto, (max-width: 297px) 100vw, 297px\" \/><\/a><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p><strong>Oraci\u00f3n<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\">Suplic\u00e1moste, Se\u00f1or, escuches clemente las preces de tu pueblo: para que, los que nos afligimos justamente por nuestros pecados, seamos librados misericordiosamente por la gloria de tu Nombre. Por Jesucristo, nuestro Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ep\u00edstola<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Lecci\u00f3n de la Ep\u00edstola del Ap. San Pablo a los Corintios (IX, 24-27; X, 1-5)<\/p>\n\n\n\n<p><em>Hermanos: \u00bfNo sab\u00e9is que, los que corren en el estadio, corren todos, ciertamente, pero s\u00f3lo uno recibe el premio? Corred de modo que lo gan\u00e9is. Y, todo el que lucha en la palestra, se abstiene de todo: y ellos, para alcanzar ciertamente una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Yo tambi\u00e9n corro, pero no a la ventura; lucho, pero no como si azotara al aire; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, habiendo predicado a los dem\u00e1s, sea yo mismo hallado r\u00e9probo. Porque no quiero, hermanos, que ignor\u00e9is que nuestros padres caminaron todos bajo la nube; y pasaron todos el mar; y fueron bautizados todos por Mois\u00e9s en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo manjar espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual (porque beb\u00edan de la piedra espiritual que los segu\u00eda, y esta piedra era Cristo): pero muchos de ellos no agradaron a Dios.<\/em><\/p>\n\n\n\n<!--more-->\n\n\n\n<p>La en\u00e9rgica palabra del Ap\u00f3stol acrece a\u00fan nuestra emoci\u00f3n al recuerdo de los trascendentales sucesos vislumbrados en este d\u00eda. El mundo es una palestra en la que es menester correr; el galard\u00f3n le alcanzan los \u00e1giles y desembarazados en la carrera. Absteng\u00e1monos de cuanto pueda estorbarla y hacernos perder la corona. No nos forjemos ilusiones; nada podemos prometernos mientras no lleguemos al final de la contienda. Nuestra conversi\u00f3n no ha sido, a buen seguro, m\u00e1s sincera que la de San Pablo y nuestras obras m\u00e1s abnegadas y meritorias que las suyas: y sin embargo, como \u00e9l mismo lo confiesa, el recelo de verse reprobado no ha desaparecido del todo en su coraz\u00f3n. Castiga su cuerpo, y le esclaviza. El hombre, en el estado actual, no posee la recta voluntad de Ad\u00e1n antes de su pecado, de la que, no obstante, hizo tan mal uso. Nos arrastra fatal inclinaci\u00f3n, y no podemos conservar el equilibrio sin sacrificar la carne al yugo del esp\u00edritu. Dura parece esta doctrina a la mayor\u00eda de los hombres, y por lo mismo, muchos no llegar\u00e1n al final de la carrera, ni, consecuentemente, les cabr\u00e1 parte en la recompensa que les estaba destinada. Como los Israelitas de quienes nos habla hoy el Ap\u00f3stol, merecer\u00e1n ser sepultados en el desierto sin ver la tierra prometida. Con todo, las mismas maravillas de que fueron testigos Josu\u00e9 y Caleb se desarrollaron ante sus ojos; pero nada remedia la dureza de un coraz\u00f3n que se obstina en cifrar sus esperanzas en las cosas de la vida presente, cual si no fuera patente a cada instante la peligrosa inconsistencia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Evangelio<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Continuaci\u00f3n del santo Evangelio seg\u00fan S. Mateo&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><em>En aquel tiempo dijo Jes\u00fas a sus disc\u00edpulos esta par\u00e1bola: El reino de los cielos es semejante a un padre de familias, que sali\u00f3 de madrugada a contratar obreros para su vi\u00f1a. Y, hecho el convenio con los obreros por un denario al d\u00eda, les envi\u00f3 a su vi\u00f1a. Y, saliendo cerca de la hora tercia, vio a otros, que estaban ociosos en la plaza, y les dijo: Id tambi\u00e9n vosotros a mi vi\u00f1a, y os dar\u00e9 lo que fuere justo. Y ellos se fueron. Y sali\u00f3 de nuevo cerca de las horas sexta y nona: e hizo lo mismo. Sali\u00f3 a\u00fan cerca de la hora und\u00e9cima, y encontr\u00f3 a otros parados, y les dijo: \u00bfPor qu\u00e9 est\u00e1is aqu\u00ed todo el d\u00eda, ociosos? Dij\u00e9ronle: Porque nadie nos ha ajustado. D\u00edjoles: Id tambi\u00e9n vosotros a mi vi\u00f1a. Y, cuando lleg\u00f3 la tarde, dijo el due\u00f1o de la vi\u00f1a a su mayordomo: Llama a los obreros y dales la paga, comenzando desde los \u00faltimos hasta los primeros. Cuando se presentaron pues, los llegados a la und\u00e9cima hora, recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, creyeron que recibir\u00edan m\u00e1s; pero tambi\u00e9n ellos recibieron cada cual un denario. Y, al recibirlo, murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos postreros s\u00f3lo han trabajado una hora, y los has igualado a nosotros, que, hemos llevado la carga y el calor del d\u00eda. Mas \u00e9l, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo, no te hago agravio: \u00bfno conveniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar tambi\u00e9n a este \u00faltimo lo mismo que a ti. \u00bfO es que no puedo hacer lo que quiera? \u00bfAcaso es malo tu ojo, porque yo soy bueno? As\u00ed los \u00faltimos ser\u00e1n los primeros, y los primeros los \u00faltimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Se trata aqu\u00ed del llamamiento que Dios dirige a cada hombre, invit\u00e1ndole a merecer el reino eterno por los trabajos de esta vida. La madrugada es nuestra infancia. La hora tercia, es la edad de la juventud. La hora sexta, es la del hombre. La hora und\u00e9cima, la vejez. El padre de familias llama a sus obreros en estas diversas horas; a ellos les toca acudir en cuanto oyen su voz; y no es l\u00edcito a las primeras llamadas retrasar su salida a la vi\u00f1a so pretexto de acudir m\u00e1s tarde cuando vuelva a o\u00edrse la voz del Amo. \u00bfQui\u00e9n les garantiza se prolongar\u00e1 su vida hasta la und\u00e9cima hora? Y cuando llega la tercia, \u00bfpuede uno siquiera contar con la de sexta? No llamar\u00e1 el Se\u00f1or al trabajo de las \u00faltimas horas m\u00e1s que a quienes en este mundo vivan cuando estas horas suenen; y no se ha comprometido a reiterar nueva invitaci\u00f3n a los que desde\u00f1aron la primera.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuente: Dom Prospero Gu\u00e9ranger,&nbsp;<em>El A\u00f1o Lit\u00fargico<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Publicado por: Servus Cordis Iesu Oraci\u00f3n Suplic\u00e1moste, Se\u00f1or, escuches clemente las preces de tu pueblo: para que, los que nos afligimos justamente por nuestros pecados, seamos librados misericordiosamente por la gloria de tu Nombre. Por Jesucristo, nuestro Se\u00f1or. 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