{"id":477,"date":"2022-05-06T07:30:00","date_gmt":"2022-05-06T10:30:00","guid":{"rendered":"http:\/\/arcadei.org\/blog\/?p=477"},"modified":"2022-05-02T19:56:26","modified_gmt":"2022-05-02T22:56:26","slug":"de-la-enciclica-que-condena-el-error-del-liberalismo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/arcadei.org\/blog\/de-la-enciclica-que-condena-el-error-del-liberalismo\/","title":{"rendered":"De la Enc\u00edclica que condena el error del liberalismo"},"content":{"rendered":"<div style=\"margin-top: 0px; margin-bottom: 0px;\" class=\"sharethis-inline-share-buttons\" ><\/div>\n<h2 class=\"has-text-align-right wp-block-heading\">Publicado por: Servus Cordis Iesu<\/h2>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-full\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/05\/bl-Caratula-04.jpg?ssl=1\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"404\" height=\"500\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/05\/bl-Caratula-04.jpg?resize=404%2C500&#038;ssl=1\" alt=\"\" class=\"wp-image-478\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/05\/bl-Caratula-04.jpg?w=404&amp;ssl=1 404w, https:\/\/i0.wp.com\/arcadei.org\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/05\/bl-Caratula-04.jpg?resize=242%2C300&amp;ssl=1 242w\" sizes=\"auto, (max-width: 404px) 100vw, 404px\" \/><\/a><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\">Es absolutamente necesario que el hombre quede todo entero bajo la dependencia efectiva y constante de Dios. Por consiguiente, es totalmente inconcebible una libertad humana que no est\u00e9 sumisa a Dios y sujeta a su voluntad. Negar a Dios este dominio supremo o negarse a aceptarlo no es libertad, sino abuso de la libertad y rebeli\u00f3n contra Dios. Es \u00e9sta precisamente la disposici\u00f3n de esp\u00edritu que origina y constituye el mal fundamental del liberalismo. Sin embargo, son varias las formas que \u00e9ste presenta, porque la voluntad puede separarse de la obediencia debida a Dios o de la obediencia debida a los que participan de la autoridad divina, de muchas formas y en grados muy diversos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La perversi\u00f3n mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida p\u00fablica como en la vida privada y dom\u00e9stica.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<!--more-->\n\n\n\n<p>La segunda clase es el sistema de aquellos liberales que, por una parte, reconocen la necesidad de someterse a Dios, creador, Se\u00f1or del mundo y gobernador providente de la naturaleza; pero, por otra parte, rechazan audazmente las normas de dogma y de moral que, superando la naturaleza, son comunicadas por el mismo Dios, o pretenden por lo menos que no hay raz\u00f3n alguna para tenerlas en cuenta sobre todo en la vida pol\u00edtica del Estado. Esta doctrina es la fuente principal de la perniciosa teor\u00eda de la separaci\u00f3n entre la Iglesia y el Estado; cuando, por el contrario, es evidente que ambas potestades, aunque diferentes en misi\u00f3n y desiguales por su dignidad, deben colaborar una con otra y completarse mutuamente.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Dos opiniones espec\u00edficamente distintas caben dentro de este error gen\u00e9rico. Muchos pretenden la separaci\u00f3n total y absoluta entre la Iglesia y el Estado, de tal forma que todo el ordenamiento jur\u00eddico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educaci\u00f3n de la juventud, queden al margen de la Iglesia, como si \u00e9sta no existiera. Conceden a los ciudadanos, todo lo m\u00e1s, la facultad, si quieren, de ejercitar la religi\u00f3n en privado. Contra estos liberales mantienen todo su vigor los argumentos con que hemos rechazado la teor\u00eda de la separaci\u00f3n entre la Iglesia y el Estado, con el agravante de que es un completo absurdo que la Iglesia sea respetada por el ciudadano y al mismo tiempo despreciada por el Estado.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Otros admiten la existencia de la Iglesia -negarla ser\u00eda imposible-, pero le niegan la naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta y afirman que la Iglesia carece del poder legislativo, judicial y coactivo, y que s\u00f3lo le corresponde la funci\u00f3n exhortativa, persuasiva y rectora respecto de los que espont\u00e1nea y voluntariamente se le sujetan. Esta teor\u00eda falsea la naturaleza de esta sociedad divina, debilita y restringe su autoridad, su magisterio; en una palabra: toda su eficacia, exagerando al mismo tiempo de tal manera la influencia y el poder del Estado, que la Iglesia de Dios queda sometida a la jurisdicci\u00f3n y al poder del Estado como si fuera una mera asociaci\u00f3n civil. Los argumentos usados por los apologistas, que Nos hemos recordado singularmente en la enc\u00edclica&nbsp;<em>Immortale Dei<\/em>, son m\u00e1s que suficientes para demostrar el error de esta teor\u00eda. La apolog\u00e9tica demuestra que por voluntad de Dios la Iglesia posee todos los caracteres y todos los derechos propios de una sociedad leg\u00edtima, suprema y totalmente perfecta.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Por \u00faltimo, son muchos los que no aprueban la separaci\u00f3n entre la Iglesia y el Estado, pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomod\u00e1ndose a las exigencias de la moderna prudencia en la administraci\u00f3n p\u00fablica del Estado. Esta opini\u00f3n es recta si se refiere a una condescendencia razonable que pueda conciliarse con la verdad y con la justicia; es decir, que la Iglesia, con la esperanza comprobada de un bien muy notable, se muestre indulgente y conceda a las circunstancias lo que puede concederles sin violar la santidad de su misi\u00f3n. Pero la cosa cambia por completo cuando se trata de pr\u00e1cticas y doctrinas introducidas contra todo derecho por la decadencia de la moral y por la aberraci\u00f3n intelectual de los esp\u00edritus. Ning\u00fan per\u00edodo hist\u00f3rico puede vivir sin religi\u00f3n, sin verdad, sin justicia. Y como estas supremas realidades sagradas han sido encomendadas por el mismo Dios a la tutela de la Iglesia, nada hay tan contrario a la Iglesia como pretender de ella que tolere con disimulo el error y la injusticia o favorezca con su connivencia lo que perjudica a la religi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>De las consideraciones expuestas se sigue que es totalmente il\u00edcito pedir, defender, conceder la libertad de pensamiento, de imprenta, de ense\u00f1anza, de cultos, como otros tantos derechos dados por la naturaleza al hombre. Porque si el hombre hubiera recibido realmente estos derechos de la naturaleza, tendr\u00eda derecho a rechazar la autoridad de Dios y la libertad humana no podr\u00eda ser limitada por ley alguna. S\u00edguese, adem\u00e1s, que estas libertades, si existen causas justas, pueden ser toleradas, pero dentro de ciertos l\u00edmites para que no degeneren en un insolente desorden. Una libertad no debe ser considerada leg\u00edtima m\u00e1s que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir seg\u00fan la virtud. Fuera de este caso, nunca.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Fuente: S.S. Le\u00f3n XIII,&nbsp;<em>Enc\u00edclica Libertas Praestantissimum&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Publicado por: Servus Cordis Iesu Es absolutamente necesario que el hombre quede todo entero bajo la dependencia efectiva y constante de Dios. 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