Circuncisión de Nuestro Señor y Octava de Navidad

Publicado por: Servus Cordis Iesu

En este día en que ponemos el principio de nuestro año civil, vienen a propósito los consejos del gran Apóstol, advirtiendo a los fieles la obligación que tienen de santificar el tiempo que se les concede. Renunciemos, pues, a los deseos mundanos; vivamos con sobriedad, justicia y piedad; nada debe distraernos del ansia de esa bienaventuranza que esperamos. El gran Dios y Salvador Jesucristo, que se nos revela estos días en su misericordia para adoctrinarnos, volverá un día en su gloria para recompensarnos. El correr del tiempo nos advierte que se acerca ese día; purifiquémonos y hagámonos un pueblo agradable a los ojos del Redentor, un pueblo dado a las buenas obras.

Los Misterios de este Día. Ha llegado el octavo día del Nacimiento del Salvador; los Magos se acercan a Belén; cinco días más y la estrella se detendrá sobre el lugar donde descansa el divino Niño. Hoy, el Hijo del hombre debe ser circuncidado, subrayando con este primer sacrificio de su carne inocente, el octavo día de su vida mortal. Hoy, le van a poner un nombre; y este nombre será el de Jesús, que quiere decir Salvador. En este gran día, se aglomeran los misterios; recojámoslos todos, y honrémoslos con toda la devoción y ternura de nuestros corazones

Pero, este día no está únicamente dedicado a celebrar la Circuncisión de Jesús; el misterio de esta Circuncisión forma parte de otro mayor todavía, el de la Encarnación e Infancia del Salvador; misterio que absorbe continuamente a la Iglesia no sólo durante esta Octava, sino en los cuarenta días del Tiempo de Navidad. Por otra parte, es conveniente que honremos con una fiesta especial la imposición del nombre de Jesús, fiesta que pronto celebraremos. Este solemne día conmemora aún otro objeto digno de excitar la piedad de los fieles. Este objeto es María, Madre de Dios. La Iglesia celebra hoy de un modo especial ese augusto privilegio de la Maternidad divina, otorgado a una simple criatura, cooperadora en la gran obra de la salvación de los hombres.

La Maternidad Divina. Volquemos hoy en la Virgen Madre todo el amor de nuestros corazones, y unámonos a la felicidad que ella experimenta por haber dado a luz a su Señor que es también nuestro. Durante el santo Tiempo de Adviento la hemos contemplado encinta del Salvador del mundo; hemos realzado la excelsa dignidad de esta Arca de la nueva Alianza que ofrecía su casto seno, a la Majestad del Rey de los siglos, como si fuera otro cielo. Ahora acaba de dar a luz a este Niño Dios; le adora, pero es también su Madre. Tiene derecho a llamarle Hijo suyo; y Él, aun siendo verdadero Dios, le llamará de verdad Madre. No nos cause, pues, extrañeza, que la Iglesia cante con tanto entusiasmo a María y a sus glorias. Pensemos más bien, que todos los elogios que puede tributarle, todos los homenajes que en su culto puede ofrecerle, quedan siempre muy por debajo de lo que realmente es debido a la Madre del Dios encarnado. Ningún mortal llegará nunca a describir, ni aun a comprender, la gloria que encierra en sí ese sublime privilegio. Efectivamente, dimanando la dignidad de María de su cualidad de Madre de Dios, sería necesario para abarcarla en toda su extensión, que comprendiésemos previamente a la misma Divinidad. Es a Dios a quien María dio la naturaleza humana; es a Dios a quien tuvo por Hijo; es Dios quien tuvo a gala el estarla sujeto, en cuanto hombre; el valor de tan alta dignidad en una simple criatura, no puede, por tanto, ser apreciado sino es relacionándolo con la infinita perfección del soberano Señor que se digna ponerse a sus órdenes. Anonadémonos, pues, en presencia de la Majestad divina, y humillémonos ante la soberana dignidad de la que escogió por Madre.

¡Una Madre de Dios! ese es el misterio cuya realización esperaba el mundo desde hace tantos siglos; la obra, que a los ojos de Dios, sobrepasaba infinitamente en importancia a la creación de millones de mundos. Una creación no es nada para su poder; habla, y todas las cosas son hechas. Mas, para hacer a una criatura Madre de Dios, tuvo no sólo que trastornar todas las leyes de la naturaleza, haciendo fecunda la virginidad, sino sujetarse Él mismo con relaciones filiales a la feliz criatura que se escogió. Le concedió derechos sobre Él y aceptó deberes para con ella; en una palabra, se hizo su Hijo, e hizo de ella su Madre.

En este octavo día del Nacimiento del divino Niño, consideremos el gran misterio de la Circuncisión que se opera en su carne. Hoy, la tierra ve correr las primicias de la sangre que la va a rescatar; hoy, el celestial Cordero que va a expiar nuestros pecados, comienza ya a sufrir por nosotros. 

María, que ha velado por Él con tan tierno cuidado, ha visto venir esta hora de los primeros sufrimientos de su Hijo, con un doloroso desgarro de su corazón maternal. 

¿Con qué pagaremos nosotros ahora al Salvador de nuestras almas, por la Circuncisión que se ha dignado sufrir para demostrarnos el amor que nos tiene? Debemos seguir el consejo del Apóstol (Col, II, 11), y circuncidar nuestro corazón de todos sus malos afectos, extirpar el pecado y sus concupiscencias, vivir finalmente de esa nueva vida, cuyo sencillo y sublime modelo nos viene a traer Jesús desde lo alto. Procuremos consolarle en este su primer dolor, y estemos cada vez más atentos a los ejemplos que nos ofrece.

Fuente: Dom Próspero Guéranger, El Año Litúrgico