Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Publicado por: Servus Cordis Iesu

El Arcángel dice a María: “Le pondrás por nombre Jesús”; ahora bien, Jesús quiere decir Salvador. ¡Qué dulce será este nombre para el mortal perdido! y, ¡cómo acerca ese solo Nombre al cielo con la tierra! ¿Hay alguno más amable y más poderoso? Si, al sonido de ese divino Nombre, debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿habrá algún corazón que no se conmueva de amor al oírlo? Mas, dejemos que nos describa San Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre. He aquí cómo se expresa a este propósito en su Sermón decimoquinto sobre el Cantar de los Cantares.

“El Nombre del Esposo es luz, alimento, medicina. Ilumina, cuando se le publica; alimenta, cuando en él se piensa, y cuando en la tribulación se le invoca, proporciona lenitivo y unción. Detengámonos, si os place, en cada una de estas cualidades. ¿Cómo pensáis que pudo derramarse por todo el mundo esa tan grande y súbita luz de la fe, sino es por la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su admirable luz, por medio de la antorcha de su bendito Nombre? Al ser iluminados por ella, y viendo en esta luz otra luz, oímos a San Pablo que acertadamente nos dice: Erais antes tinieblas, mas ahora luz en el Señor.

Pero, el Nombre del Jesús no es sólo luz; es también alimento. ¿No os sentís reconfortados al recordar ese dulce Nombre? ¿Hay algo en el mundo que tanto nutra el espíritu de quien en Él medita? ¿Qué hay asimismo como él que restaure la flojedad de los sentidos, que dé fortaleza a las virtudes, haga florecer las buenas costumbres y mantenga los puros y castos afectos? Todo alimento del alma es árido si no está empapado en este aceite, insípido si no está sazonado con esta sal.

Cuando me escribís, vuestro relato no tiene para mí ningún sabor si no leo allí el nombre de Jesús. Cuando conmigo habláis o disputáis, la conversación no tiene para mí interés alguno si en ella no oigo resonar el nombre de Jesús. Jesús es miel para mi boca, melodía para mi oído, júbilo para mi corazón; y además de todo esto, una benéfica medicina. ¿Está triste alguno? Venga Jesús a su corazón, salga de allí a su boca, y en seguida se disipará cualquier nublado, y volverá la serenidad, en presencia de ese divino Nombre que es una verdadera luz. ¿Cae alguien en el crimen, o corre desesperado al abismo de la muerte? Que invoque el Nombre de Jesús y comenzará de nuevo a respirar y a vivir. ¿Quién, en presencia de ese nombre, permaneció nunca con el corazón endurecido, con la incuria de la pereza, el rencor o la languidez del fastidio? ¿Quién, por ventura, teniendo seca la fuente de las lágrimas, no la sintió correr repentinamente más abundante y suave, en cuanto invocó el nombre de Jesús? ¿Qué hombre hay, que temeroso y temblando en lo más recio del peligro, haya invocado ese Nombre, y no haya sentido inmediatamente que nacía en él la confianza, y huía el miedo? ¿Quién es, os lo pregunto, el que sacudido y agitado por las dudas, no vio brillar la certidumbre, tan pronto como invocó ese luminoso Nombre? ¿Quién es el que, habiendo dado oídos a la desconfianza en tiempo de la adversidad, no recobró el valor cuando llamó en su ayuda a ese Nombre poderoso? Efectivamente, todas esas son enfermedades del alma, y él es su medicina.

Así es, y puedo probarlo con estas palabras: Invócame, dice el Señor, en el día de la tribulación, y te libraré de ella, y tú me honrarás. Nada sujeta tanto el ímpetu de la ira, ni calma tanto la hinchazón del orgullo. Nada cura tan radicalmente las heridas de la tristeza, reprime los excesos, extingue las llamas de las pasiones, apaga la sed de la avaricia, y ahuyenta el prurito de los apetitos deshonestos. En efecto, cuando pronuncio el nombre de Jesús, me represento un hombre manso y humilde de corazón, benigno, sobrio, casto, misericordioso, en una palabra, un hombre radiante de pureza y santidad, el cual es al mismo tiempo Dios omnipotente que me cura con sus ejemplos, y me fortalece con su ayuda. Todo esto suena en mi corazón cuando oigo el Nombre de Jesús. De esta manera, si le considero como hombre, saco de él ejemplos para imitarlos; si le considero como Dios Todopoderoso, una ayuda segura.

¡Oh, alma mía, tienes un maravilloso antídoto encerrado, en este Nombre de Jesús como en un vaso! Jesús, es ciertamente un Nombre saludable y un medicamento que nunca resultará ineficaz para ninguna dolencia. Tenedlo siempre en vuestro seno, siempre a la mano, de tal modo que todos vuestros actos vayan siempre dirigidos hacia Jesús”.

Fuente: Dom Próspero Guéranger, El Año Litúrgico