Anunciación de la Santísima Virgen María

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Este día es grande en los anales de la humanidad, aún en los ojos de Dios: pues es el aniversario del acontecimiento más solemne que se haya cumplido en el tiempo. El Verbo divino, por el cual el Padre creó al mundo, se hizo carne en el seno de una virgen y habitó entre nosotros. Adoremos la grandeza del Hijo de Dios que se humilló; demos gracias al Padre “que amó al mundo hasta darle su Hijo único y al Espíritu Santo cuya virtud todopoderosa obró tan profundo misterio”. En este tiempo tenemos aquí un preludio de las alegrías de Navidad; dentro de nueve meses el Emmanuel concebido en este día, nacerá en Belén y los conciertos de los ángeles nos convidarán a celebrar este nacimiento.

El Señor irritado dijo a la serpiente infernal que un día su cabeza orgullosa será aplastada por el pie de una mujer. Llegó por fin el momento en que el Señor va a cumplir su antigua promesa. Durante miles de años el mundo estuvo esperando y a pesar de sus crímenes y maldades, esta esperanza no se apagó nunca. En el curso de los siglos la misericordia divina multiplicó los milagros, las profecías y las figuras para recordar el contrato que se dignó hacer con el hombre. La sangre del Mesías pasó de Adán a Noé; de Sem a Abrahán, Isaac y Jacob; de David y Salomón a Joaquín; ahora corre por las venas de María, hija de Joaquín. María es la mujer por la cual debe ser levantada la maldición que pesa sobre nuestra raza. Al crearla el Señor inmaculada, constituyó con esto una enemistad irreconciliable entre ella y la serpiente y, en este día, esta hija de Eva va a reparar la caída de su madre; a levantar a su sexo de la humillación en que se ha visto hundido, y cooperar directa y eficazmente a la victoria que el Hijo de Dios ha obtenido en persona sobre el enemigo de su gloria y de todo el género humano.

La tradición y luego la Iglesia, señaló el 25 de marzo como el día en que se va a cumplir el misterio María, sola, en el recogimiento de la oración, ve aparecer delante de ella al Arcángel bajado del cielo, que viene a recibir su consentimiento, en nombre de la Santísima Trinidad. 

Entonces María se somete con obediencia perfecta y dice al enviado celestial: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. De este modo la obediencia de la segunda Eva repara la desobediencia de la primera, pues tan pronto como la virgen de Nazaret dijo: que se haga en mí, Fiat, el Hijo eterno de Dios, que, según el decreto divino, esperaba esta palabra, se hace presente por obra del Espíritu Santo, en el seno de María y comienza allí una vida humana. Una virgen llega a ser madre y Madre de Dios. El consentimiento de esta virgen a la voluntad soberana la hace fecunda por la virtud del Espíritu Santo. ¡Misterio sublime que establece las relaciones de hijo y de madre entre el Verbo Eterno y una criatura, y proporciona al Todopoderoso un medio digno de asegurarla el triunfo contra el espíritu maligno cuya audacia y perfidia parecían haber prevalecido hasta entonces contra el plan divino! Jamás ha habido derrota tan humillante y completa como la que sufrió Satanás en este día. El pie de la mujer, de quien se creía una victoria tan fácil, pesa ahora con toda su fuerza sobre su cabeza orgullosa ya aplastada.

Por esto nosotros, hijos de la raza humana, arrancados de los dientes de la serpiente por la obediencia de María, saludamos hoy la aurora de nuestra libertad.

No podemos terminar sin recordar y recomendar la piadosa y saludable institución que la cristiandad solemniza cada día en todo el mundo católico, en honor del misterio de la Encarnación y de la divina Maternidad de María. Tres veces al día, por la mañana, por el mediodía y por la tarde, se oye la campana para que los fieles se unan al ángel Gabriel que saluda a María, y celebra el momento en que el propio Hijo de Dios se dignó encarnarse en ella. Desde la Encarnación del Señor, su nombre ha resonado en el mundo entero; es grande desde el Oriente hasta el Occidente; grande es también el de su Madre. De aquí se ha originado la necesidad de formar una oración que sirviera de acción de gracias ordinaria para con el misterio de la Encarnación que ha dado al Hijo de Dios a los hombres.

Te saludamos, oh María, llena de gracia en este día en que gozas del honor que te estaba destinado. Sola tú entre todos los seres puedes decirle como el Padre celestial: “¡Hijo mío!”. Oh mujer incomparable, eres el supremo esfuerzo del poder divino; recibe la humilde sumisión de la raza humana.

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico