Don de Sabiduría

Publicado por: Servus Cordis Iesu

El don de sabiduría es la mirada suprema de Dios comunicada por gracia a una simple creatura. Su papel contemplativo y apostólico se extiende a toda la actividad del cristiano. A los ojos del alma, esclarecida por el don de sabiduría, todo se hace luminoso. Dios se manifiesta a ella en el brillo infinito de su Divinidad, de perfecciones innúmeras e ilimitadas. El espíritu de sabiduría le descubre en la cima de todos los seres -e infinitamente por encima de ellos- “Aquel que Es”, el Único necesario, el Eterno viviente; y, surgiendo de esta esencia divina como de un centro de infinita irradiación, la multitud inconmensurable de los atributos divinos en el orden del ser, del obrar y de la perfección moral: bondad soberana, inmutable eternidad, omnipresencia, ciencia y comprensión de todo, entendimiento, fuente de toda verdad: Ser que se basta y cuya voluntad reposa en Él mismo como en un bien infinito; amor, justicia y misericordia; omnipotencia creadora que hizo surgir de la nada un universo que gobierna con sus manos; providencia infalible que vela sobre el menor átomo como sobre la inmensidad de los mundos; unidad floreciendo en Trinidad y, en esta sociedad de tres Personas iguales y consustanciales en la identidad de una misma naturaleza divina, todo en común: luz, amor y gozo, en una vida sin fin a la que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo llama por gracia a todos los espíritus bienaventurados y a todas las almas de buena voluntad. El don de sabiduría contempla esas profundidades de la Trinidad y de la acción de Dios en el mundo. De todo juzga a la luz de la Esencia divina y de los atributos divinos. De una mirada simple y comprensiva, abraza todo el encadenamiento de las causas relacionándolas con su principio supremo. Es contemplación de Dios y visión del universo a la luz misma del Verbo, Sabiduría de la Trinidad.

El alma, transformada en Dios por la gracia de Cristo, entra como en su casa en todos los secretos de la Trinidad para vivir en ella en sociedad con el Padre, el Verbo y el Amor, en la unidad de una misma vida: “Aquel que se adhiere a Dios por unión de amor no hace sino un solo espíritu con Él” (I Co 6, 17). Parece que, introducida en la intimidad de la familia divina, el alma ya no ve las cosas en ellas mismas, sino que las saborea con el corazón de Dios. En esta experiencia mística, toca ella los abismos de la Trinidad. Ya nada puede retener el impulso de una creatura tal, identificada con Cristo: vive de amor en el seno mismo de Dios. En el cielo de su alma goza de la Trinidad. En esta cumbre de la vida espiritual sobre la tierra, el alma cristiana, en todos sus movimientos, permanece bajo la impulsión del Espíritu de amor: es la unión transformante. Sus actos, aun de apariencia más insignificante, se convierten en actos de puro amor. Se podría decir de estas creaturas conducidas por la Sabiduría del Espíritu de Dios, lo que San Juan de la Cruz escribía del alma que había llegado a la cima del Monte Carmelo: “Sólo mora en este monte la gloria y honra de Dios”. Como en el alma de Cristo, ya no queda en ellas sino un solo movimiento que imprime su propio ritmo a todo el resto: la gloria del Padre, la sola gloria de Dios. “Padre, no te he dado sino gloria” (Jn 17,4).

Esta alta sabiduría contemplativa trócase espontáneamente en amor, y el don de sabiduría vuélvese, por añadidura, suprema regla de acción. El alma, que ha experimentado el “Todo” de Dios y la “nada” de lo que no sea Él, quiere que esta gran luz ilumine la ejecución de todos sus actos, quiere realizar en su conducta, así como trabajar con todas sus fuerzas para que se establezca a su alrededor, el reino soberano de Dios, cuyo modelo perfecto encuentra en la vida de los bienaventurados, en quienes “Dios es todo en todos” (I Co 15, 28). Ella transforma, aun cada una de sus menores acciones, en testimonio de fidelidad y de puro amor por la gloria de la Trinidad. Y esto, en la sencillez de una existencia aparentemente trivial. Este fue el secreto del alma del Verbo encarnado, aun en medio de las más ínfimas circunstancias de una vida totalmente oculta, para dar a su Padre una gloria infinita. El don de sabiduría une los extremos. Como la inteligencia divina, relaciona todos los acontecimientos de una vida, todos los seres del universo, y, a través de todo, sabe descubrir la huella de Dios. “¡Oh, profundidad de los abismos de la Sabiduría y de la Ciencia de Dios!” Para escrutar “vuestros incomprensibles juicios” y entrar en el misterio de “vuestras impenetrables vías” (Ro 11, 33), que “Vos ocultáis a los sabios y a los grandes de este mundo para no revelarlo sino a los humildes y a los pequeños” (Mt 11, 25), tiene necesidad el hombre de la luz del Espíritu de Dios.

Fuente: Marie Michel Philipon, Los Sacramentos en la vida cristiana