El mismo Sacrificio que el de la Cruz

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Tocamos aquí el punto más misterioso y, a la vez, más consolador del misterio de la Misa: su identidad sustancial con el sacrificio de la Cruz, sin otra diferencia que la del modo de oblación; cruenta en el Calvario, sacramental e incruenta en el altar. Para explicar este problema, que sigue siendo un misterio, se ha recurrido a mil hipótesis diversas. Sin embargo la verdad es una. La Iglesia la busca tradicionalmente en el carácter representativo del sacrificio eucarístico con relación a la cruz. Habría llegado ya el tiempo de acallar todos esos esfuerzos de imaginación, a menudo ridículos, de los teólogos de la contrarreforma para tratar de encontrar en la inmolación eucarística los elementos de una inmolación real. Es precisamente el carácter propio del sacrificio eucarístico ser un sacrificio verdadero sin inmolación real: habiendo bastado y ampliamente, para la redención del mundo, la única oblación cruenta del Calvario. No hay por qué renovar esta muerte, ni buscar la equivalencia de un sacrificio de orden natural y de un nuevo martirio en la carne de Cristo. “El Cristo resucitado ya no muere más”. Su cuerpo en adelante impasible e inmortal, su vida bienaventurada y su estado de gloria opónense a todo lo que signifique disminución de grandeza o de gozo. El Cristo de la eternidad permanece presente ante la majestad del Padre en una felicidad beatifica y una gloria inamisible. Ahora bien, al Cristo del Cielo es a quien poseemos en la Hostia con todas sus propiedades gloriosas, al Cristo de la Hostia y al Cristo de la gloria en el mismo deslumbramiento de una vida sin fin, no es otro, pero de otra manera. No es pues directamente por el lado de la persona de Jesús que debemos buscar la solución del enigma eucarístico. Se ha de desechar en absoluto toda explicación por asimilación a un sacrificio de orden natural. Cristo eucarístico permanece invulnerable, inmortal e impasible. Sólo la luz del Evangelio puede hacernos entrar en este “misterio de fe”. Oblación e inmolación: todo acaece en el plano sacramental.

Después de un minucioso estudio de la historia de las opiniones sin número de la contrarreforma y de las más extravagantes sutilezas dialécticas acerca de la esencia del sacrificio de la misa, el teólogo experimenta un verdadero descanso de espíritu volviendo, en la pureza de la fe, a esta intuición simple y decisiva del pensamiento cristiano sobre este “sacramento de nuestra redención”. Cuánto aprecia él la genial sencillez de un Santo Tomás de Aquino, eco fiel en este punto de la más segura tradición católica, que conduce todas sus explicaciones sobre el sacrificio eucarístico a una vista fundamental, de la que ya no se apartará: “Un sacramento cuyo rito constituye una inmolación”. El santo Doctor, como se sabe, establece su teología de la misa, sin dejar el orden sacramental. Así como la efusión real de la sangre redentora, ofrecida por Cristo, constituye lo esencial del sacrificio de la cruz, así el rito de la doble consagración, que expresa y realiza la separación sacramental del cuerpo y de la sangre de Cristo, constituye toda la esencia del sacrificio eucarístico ofrecido en la Iglesia por ministerio de los sacerdotes en el nombre y por la persona de Cristo: el mismo Sacerdote, la misma víctima, la misma inmolación, efusión de la misma sangre: el altar perpetúa en sustancia el mismo sacrificio redentor.

El carácter nuevo del sacrificio del altar le viene totalmente del orden sacramental. El rito sacrifical de la eucaristía es la representación más expresiva, el sacramento más perfecto de la Pasión de Cristo, que contiene, en virtud de la eficacia de las fórmulas sacramentales, al Crucificado mismo. Este rito simbólico de la doble consagración expresa y realiza sacramentalmente esta efusión de la sangre de Cristo. Ello basta para constituir un nuevo orden de cosas, perpetuando a través de todas las misas el único sacrificio redentor del Calvario. El sacrificio eucarístico tiene su esencia en la oblación y la inmolación ritual del sacramento de nuestra redención.

La consagración, separando sacramentalmente al cuerpo de la sangre, pone a Cristo en forma de víctima, como en la Cruz. Toda la redención está ahí bajo un modo sacramental. Todo el realismo histórico del sacrificio cruento hácese presente bajo un modo nuevo, creado por Dios para comunicar a los hombres, a través de siglos, los beneficios de la redención, para establecer el contacto de cada una de nuestras almas con su Salvador y perpetuar en sustancia el único sacrificio de la cruz, que reconcilió al mundo con Dios. 

Fuente: Marie Michel Philipon, Los Sacramentos en la Vida Cristiana