Publicado por: Servus Cordis Iesu
La Compasión de Nuestra Señora. La piedad ha consagrado de una manera especial este día a la memoria de los dolores que María sufrió al pie de la cruz de su divino Hijo. La siguiente semana está consagrada toda entera a la celebración de los misterios de la Pasión del Salvador; y aunque el recuerdo de María compaciente también se halle presente en el corazón del fiel, que sigue piadosamente todos los actos de este drama, los dolores del Redentor, el espectáculo que forman la misericordia y la justicia divinas uniéndose para obrar nuestra redención, preocupan con demasiada viveza el pensamiento, para que sea posible honrar, como se merece, el misterio de la participación de María en los padecimientos de Jesús.
Para comprender mejor el objeto y para dedicar en este día a la Madre de Dios y de los hombres, las alabanzas que la son debidas, debemos acordarnos que Dios ha querido, en los designios de su infinita sabiduría, asociar a María, de todos los modos, a la regeneración del género humano. Este misterio presenta una aplicación de la ley que nos revela toda la grandeza del plan divino; nos muestra una vez más al Salvador hiriendo el orgullo de Satanás por el débil brazo de una mujer. En la obra de nuestra salvación hallamos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que Ella es llamada a unir su acción a la del mismo Dios.
La primera en la Encamación del Verbo que no se encarnó en ella, sino después de su consentimiento, por un solemne Fiat que salvó al mundo. La segunda en el Sacrificio de Jesucristo en el Calvario al que ella asiste para participar en la ofrenda expiatoria; la tercera el día de Pentecostés, en que recibe al Espíritu Santo, como le recibieron los demás Apóstoles, para contribuir así eficazmente al establecimiento de la Iglesia. En la fiesta de la Anunciación, vimos la parte que tomó la Virgen de Nazaret en el acto más grande que Dios ha querido realizar para su gloria y para el rescate y santificación del género humano. Hoy nos toca examinar la parte que corresponde a María en el misterio de la Pasión de Jesús; exponer los dolores que ha sufrido junto a la cruz; los nuevos títulos que ha conquistado para nuestro filial reconocimiento.
Con esta confianza, oh Madre afligida, venimos hoy a rendirte con la Santa Iglesia nuestro filial homenaje. Jesús, el fruto de tu vientre, fue concebido por Ti sin dolor; nosotros, hijos tuyos por adopción, hemos penetrado en tu corazón por la espada. ¡Amadnos, pues, oh María, corredentora de los hombres! ¿Y cómo no hemos de reputar nosotros, como seguro, el amor tan generoso de tu corazón, cuando sabemos que para nuestra salvación, te has unido al sacrificio de tu Jesús? ¿Qué pruebas no nos has dado constantemente de tu ternura maternal, tú que eres reina de misericordia, refugio de pecadores, abogada infatigable de todas nuestras miserias? Dígnate, oh madre, vigilar sobre nosotros. Concédenos el poder sentir y gustar la dolorosa pasión de tu Hijo. Se ha realizado en tu presencia; has tenido parte en ella. Haznos penetrar todos los misterios para que nuestras almas rescatadas con la sangre de Jesús y rociados con tus lágrimas, se conviertan al Señor y se mantengan firmes en su servicio.
¡Oh Madre afligida! No quiero dejaros llorar sola; quiero unir mis lágrimas a las vuestras. Por lo mismo os suplico que me concedáis la gracia de acordarme continuamente de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y de la vuestra, para que con estos recuerdos, emplee todos los días de mi vida en llorar sobre vuestros dolores y mis pecados. ¡Oh Madre del Redentor! Haced que estos Dolores me inspiren una entera confianza en la hora de mi muerte para no desesperarme a la vista de mis pecados, que me obtengan del don de la perseverancia final y el Paraíso, en donde en vuestra compañía cantaré las infinitas misericordias de Dios. Amén.
Fuente: Cf. Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico
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