Los mismos efectos que los del Sacrificio de la Cruz

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Con ocasión del sacrificio eucarístico, la Iglesia misma cuidadosamente nos hace esta advertencia solemne; estamos en presencia de un “misterio de fe”: “mysterium fidei”

La inmolación de Cristo en el Calvario fue la expiación reparadora de todos los pecados del mundo, la fuente meritoria de todas las gracias de salvación y de nuestra felicidad eterna, el sacrificio de adoración, de acción de gracias y de ruego que procura a Dios una gloria infinita, y el supremo acto de nuestra redención.

Con su muerte en la cruz pasó ya para Cristo la hora del mérito y de la expiación; mas continúa en el sacrificio eucarístico para aplicarnos los méritos y las satisfacciones de su sacrificio redentor. Prosigue en él, también, de una manera siempre actual, la obra de glorificación de su Padre por una vida de adoración, de alabanza y de ruego, que constituye la esencia misma de la religión cristiana. Lo que corresponde a la Iglesia es unirse a la alabanza perpetua que, desde el alma de Cristo, sube sin cesar hacia Dios Trinidad. En el momento del santo sacrificio de la Misa, la Iglesia -identificada con el alma del Cristo del Gólgota- contempla lo que veía Jesús mismo desde lo alto de su cruz. Ella expía, adora, agradece y ruega a Dios, fija su mirada, como la de su Maestro, en los horizontes universales del mundo de la redención en perspectivas sin fin.

Los textos litúrgicos muéstranse, sobre este punto, extraordinariamente vigorosos: el cristiano, que asiste a Misa, se sabe en vinculación viva con la Iglesia entera del cielo y de la tierra, en comunión íntima con todo el cuerpo místico de Cristo. Suplica a Dios “por todos los fieles de la cristiandad”. “Suscipe Sancte Pater…” “Recibid, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, esta Hostia inmaculada, que yo, indigno siervo vuestro, Os ofrezco a Vos Dios mío, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, por todos los circunstantes, por todos los cristianos vivos y difuntos; para que a mí y a ellos sea provechosa para la salvación en la vida eterna” (Desafortunadamente, esta oración tan profunda y rica en contenido teológico fue totalmente suprimida en la nueva misa de Pablo VI). Y en esta visión gigantesca, que comprende todos los lugares y todos los tiempos, intercede “por su propia salvación y la del mundo entero”. 

Después de la consagración, cuando Cristo está ya sobre el altar, el fiel vuelve otra vez a rogar por la paz y unidad de la Iglesia. Ruega ser librado de “todos los males pasados, presentes y futuros”. No olvida otra fracción importante de la Iglesia: la de los fieles que sufren en el purgatorio. En fin, su mirada se eleva hacia la iglesia triunfante, ya en los esplendores de la gloria y alabando sin velos la grandeza infinita de su Dios. La mirada del cristiano que asiste a Misa no encuentra, por fin, su reposo sino en esa sublime doxología que da término al Canon y que, con la Iglesia, murmura en voz baja, en presencia de Cristo inmolado en el altar. “Por Él, con Él y en Él, sea dada toda gloria a Dios Trinidad”.

Quédase maravillado ante el cuadro grandioso en el cual se desenvuelve el misterio de la Misa: el mundo entero hállase mezclado en este misterio que perpetúa entre nosotros verdaderamente “toda la obra de la redención” y toda la historia de nuestra salvación. En el momento de la Misa, todo debe verse grande y quien se acerque al altar debe hacerlo con un alma verdaderamente católica tan vasta como el mundo.

Antes de celebrar este misterio, que lo va a identificar con todos los sentimientos del alma de Cristo, la Iglesia invita al sacerdote a que se recoja para pedir a Dios lo haga digno de ofrecer con sus frágiles manos este sacrificio “para alabanza y gloria de toda la Trinidad” y de la Iglesia entera y para su bien personal, mas también “en honor de toda la Iglesia triunfante, para utilidad de la Iglesia militante y descanso eterno de la Iglesia purgante”.

La Misa, es realmente la Cruz, con su valor infinito de glorificación para Dios y de redención para el mundo.

Fuente: Marie Michel Philipon, Los Sacramentos en la Vida Cristiana