Tercer Domingo de Pascua

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Oh Dios, que muestras, a los que yerran, la luz de tu verdad, para que puedan tornar al camino de la justicia: da, a todos los que hacen profesión de cristianos, la gracia de rechazar lo que se opone a ese nombre, y de seguir lo que concuerda con él. 

Lección de la Epístola del Apóstol San Pedro

Carísimos: Os ruego que, como extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales, que militan contra el alma, viviendo honradamente entre las gentes: para que, ya que os consideran como malhechores, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios el día de la visitación. Estad, pues, sumisos a toda criatura humana por Dios: ya al rey, como jefe: ya a los caudillos, como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los buenos: porque es voluntad de Dios que, obrando el bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres imprudentes: obrad como libres, y no como teniendo la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios. Honrad a todos: amad a vuestros hermanos: temed a Dios: respetad al rey. Siervos, someteos con todo temor a los amos, no sólo a los buenos y modestos, sino también a los díscolos. Porque esto es lo grato a Dios, en nuestro Señor Jesucristo.

El deber de santificarse se resuelve en las obligaciones concretas y adaptadas a la situación social actual de cada uno. La razón de insistir es la formulada por San Pedro: el cristiano es como extraño y peregrino en el mundo no conquistado para el Evangelio. Es preciso luchar contra las fuerzas del pecado que se insinúan hasta en nosotros mismos, y guardar, en medio de los gentiles que se abandonan, a él, una conducta ejemplar digna de respeto y estima. Este apostolado del buen ejemplo dicta, desde luego, a los cristianos su actitud “frente” a las instituciones humanas su deber social, se resume en cuatro frases cortas que son otras tantas normas directrices de la vida: tratar a todos los hombres con el respeto debido a su dignidad de hombresamar a los que son nuestros hermanos en la fetemer a Dios con ese temor que es el principio de la verdadera sabiduría y el contrapeso de la orgullosa confianza en síreverenciar la autoridad real dando al César lo que es del César. En fin, el pensamiento de la fe hará que los sirvientes respeten y obedezcan a sus señores, y esta obediencia cristiana les hará merecedores del favor divino. 

Realizaremos este ideal del cristiano gracias a la Redención siempre presente en el altar. Cada día nos recordará ella que el cristiano, siendo otro Cristo, debe sufrir como Él para entrar en la gloria, y ella nos dará fuerzas para semejarnos a Él. 

Continuación del santo Evangelio según San Juan

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Un poco, y ya no me veréis: y otro poco, y me veréis: porque voy al Padre. Dijéronse entonces los discípulos entre sí: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco, y no me veréis: y otro poco, y me veréis, y: Porque voy al Padre? Dijeron, pues: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco? No sabemos lo que habla. Y conoció Jesús que querían preguntarle, y díjoles: ¿Preguntáis entre vosotros qué es lo que dije: Un poco, y no me veréis y otro poco, y me veréis? En verdad, en verdad os digo: Que lloraréis y gemiréis vosotros, pero el mundo se gozará; y vosotros os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando pare, tiene tristeza, porque llega su hora; pero, cuando ha parido al niño, ya no se acuerda del apuro, por el gozo de haber nacido un hombre en el mundo. También vosotros tenéis ciertamente tristeza ahora, pero os veré otra vez, y se gozará vuestro corazón: y nadie os quitará vuestro gozo.

El Señor debía alejarse; pero sus palabras parecían contradictorias a los Apóstoles. ¿Cómo iba a estar al mismo tiempo con su Padre y con ellos? Jesús, que leía los pensamientos en las almas, comprendió la ansiedad de los suyos. Sin duda, al hablar así, pensaba en el alejamiento momentáneo de la pasión y en la alegría de la Resurrección. Pero esta desaparición y esta vuelta eran, a sus ojos, el símbolo de otra vuelta; la partida hacia su Padre, en la Ascensión, y la reunión con sus discípulos, en la eternidad. Mientras tanto, los discípulos tendrán que trabajar y sembrar en las lágrimas, en ausencia de su Maestro. ¿Qué importa la tribulación de los tiempos? No pensaremos en ella cuando el hombre nuevo se haya entregado a Dios, cuando la Iglesia alabe a Dios, cuando el nuevo Adán aparezca delante del Padre con la posteridad que habrá germinado de su sangre. No hay cosa mejor para darse de lleno, que seguir las perspectivas que nos abre el Salvador. Ahora momentos de angustia, después la alegría sin fin, cuya plenitud colmará nuestros deseos y nuestra inteligencia. Ningún poder creado es capaz de arrebatárnosla.

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico