De la preparación del que ora

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Adviértase que nos debemos preparar para la oración. Esta preparación es doble: remota y próxima.

La remota se divide a su vez en interior y exterior. Y la interior es de tres maneras. La primera es la purificación de la conciencia: Si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de Él. La segunda es la humillación de la mente, porque el Señor se vuelve a las súplicas de los indefensos, y no desprecia sus peticiones. La tercera es el perdón de las injurias. Cuando queráis poneros en oración, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.

La preparación exterior es también de tres maneras, la primera de las cuales es el cumplimiento de los mandamientos de Dios, porque como dice Isidoro, si hacemos lo que Dios tiene mandado alcanzaremos sin duda lo que pedimos. La segunda es la reconciliación con el hermano ofendido: Si, cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. La tercera es que vaya acompañada del ayuno y la limosna pues en ellas se apoya la oración; pues dice Isaías: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo. Entonces clamarás al Señor y te responderá. 

La preparación próxima es también de dos maneras: interior y exterior. La interior es de tres modos. El primero, el recogimiento del corazón: Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido. Entrar en el cuarto es reconcentrase en sí mismo y el cerrar la puerta es retener dentro el corazón. Llamar a sí el corazón es recoger en su interior los pensamientos y afectos que andan desparramados por fuera.

La segunda es la aplicación de la intención al Señor. Oramos, pues, verdaderamente cuando no pensamos en otra cosa. Así que primero hay que purificar el alma y apartarla de los pensamientos de las cosas temporales para que la limpia mirada del corazón se dirija al Señor con toda verdad y sencillez. Ha de alejarse todo pensamiento carnal y mundano y que el alma sólo piense en lo que constituye su oración. Por eso el sacerdote prepara los corazones de los hermanos en la invocación con que comienza el prefacio, diciendo: “Levantemos el corazón”, y ellos responden: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, para cerrar el pecho al adversario y abrirlo sólo a Dios, de suerte que no haya una cosa en el corazón y otra en la voz.

¿Cómo pretendes ser escuchado por Dios si no te oyes a ti? ¡Quieres que Dios se acuerde de ti cuando tú mismo no lo haces! Esto es ofender a la majestad de Dios con la negligencia en la oración; esto es tener los ojos despiertos y el corazón dormido, siendo así que el cristiano, aún mientras duerme, debe tener despierto el corazón. El tercer modo es excitar devotos afectos para con Dios, lo cual se consigue sobre todo meditando acerca de nuestra miseria y sobre la bondad o misericordia de Dios. Aprendamos en la consideración de nuestra miseria qué necesitamos pedir y en la consideración de la misericordia de Dios cómo debe ser nuestro deseo al pedir.

La preparación exterior consiste en tres cosas: en la postura, en el vestido y en los gestos. En cuanto a la manera de estar puede ser de pie, sentado o acostado. Si se trata de la oración pública había de guardarse la norma establecida por la Iglesia o por nuestros mayores. Acerca del vestido téngase en cuenta que el apropiado para el que ora es un vestido humilde y pobre. A los gestos pertenece arrodillarse, extender las manos, darse golpes de pecho, levantar o bajar los ojos y el rostro, cerrar los labios o proferir palabras, derramar lágrimas, exhalar gemidos o suspiros y cosas semejantes.

Fuente: San Alberto Magno, Tratado sobre la forma de orar