Fiesta de la Santísima Virgen María Reina

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Cuando el Papa Pío XII, al concluir el año mariano 1954, instituía la fiesta de la Bienaventurada Virgen María Reina, no pensaba proponer al pueblo cristiano la creencia de una nueva verdad, ni siquiera en justificar por una razón o un título más nuestra piedad para con la Madre de Dios y de los hombres: “Nuestro designio, dice, en su discurso del 1 de noviembre, sirve más para hacer resaltar a los ojos del mundo una verdad, susceptible de procurar remedio a sus males, librarle de sus angustias y encauzarle por el camino de la salvación que busca con ansiedad… Reina, más que ninguna otra, por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones divinos, María no cesa de prodigar todos los tesoros de su amor y de sus tiernas atenciones a la pobre humanidad. Lejos de fundamentarse sobre las exigencias de sus derechos y sobre los caprichos de una altiva dominación, el reinado de María sólo conoce una aspiración: el pleno don de sí misma en la más elevada y total generosidad…”.

Ceñida de diadema de gloria, la Bienaventurada Virgen María reina también en todo el mundo con corazón maternal. Desde tiempo inmemorial el pueblo fiel, proclamó que la Madre “del Rey de reyes y Señor de señores” posee una excelencia especial, habiendo recibido gracias y privilegios únicos. Los antiguos escritores eclesiásticos se complacían en llamarla, como Isabel, “Madre de mi señor” y consecuentemente soberana, dominadora, Reina del género humano.

Basándose en numerosos testimonios que datan de los primeros tiempos del cristianismo, los teólogos de la Iglesia han elaborado la doctrina en virtud de la cual llaman a la Santísima Virgen Reina de todas las criaturas, Reina del mundo y Soberana del universo.

La liturgia, que es como el fiel espejo de la doctrina transmitida por los Doctores y que profesa el pueblo cristiano, ha cantado siempre, tanto en Oriente como en Occidente, las alabanzas de la Reina de los cielos. El mismo arte, basándose en el pensamiento de la Iglesia e inspirándose en él, ha interpretado admirablemente, desde el concilio de Éfeso, 431, la piedad auténtica y espontánea de los cristianos, representando a María con los atributos de Reina o Emperatriz, adornada con insignias reales, ceñida de la diadema que coloca en su frente el divino Redentor, rodeada de una cohorte de ángeles y de santos que proclaman su dignidad y su gloria de soberana.

El Arcángel Gabriel fue el primer heraldo de la dignidad real de María; “Lo que nacerá de ti, le dice, será llamado hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David su padre y reinará eternamente y su reino no tendrá fin”. Lógicamente se sigue que ella misma es reina, puesto que da la vida a un hijo que desde el instante de su concepción era, aun como hombre, Rey y Señor de todas las cosas por razón de la unión hipostática de su naturaleza humana con el Verbo. El argumento principal en el que se funda la dignidad real de María, es sin duda su Maternidad divina. Y San Juan Damasceno escribía: “Es verdaderamente soberana de toda la creación desde el momento en que llega a ser Madre del Creador”.

Fue además María destinada por Dios a desempeñar en la obra de nuestra salvación, un oficio eminente, ya que debía ir asociada a su divino Hijo, principio de nuestra salvación, como Eva estuvo asociada a Adán, principio de nuestra muerte; y así como Cristo, nuevo Adán, es nuestro Rey, no solamente porque es Hijo de Dios, sino también por derecho de conquista pues es nuestro Redentor, del mismo modo se puede afirmar, con cierta analogía, que la Virgen Santísima es Reina, no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán en la obra de nuestra redención.

Sin duda en el reino mesiánico, solo Cristo es rey en el sentido pleno de la palabra, pero, la dignidad de rey no disminuye en nada por tener a su lado una verdadera reina. Esta presencia, por el contrario, realza el esplendor de su soberanía, la hace más amable, la enriquece con una íntima confidente, la hace su representante más calificada para las causas más solemnes. Así María será Reina perfecta junto a Cristo, no para mandar en su lugar ni para darle consejo, sino para ejercer sobre su Corazón, en favor de todos sus súbditos, sobre todo de los más necesitados, la influencia decisiva de una oración eficaz. A esta Reina confiará Cristo la ejecución de sus larguezas; en este reino todo don gracioso es causa mayor, que el Rey hace siempre de la manera más amable y delicada: he aquí la razón por qué no lo realiza sino por María. Tratándose del negocio de nuestra salvación, dice Pío IX, se preocupa con corazón maternal de todo el género humano, habiendo sido proclamada por el Señor reina del cielo y de la tierra… obtiene audiencia por el poder de sus súplicas maternales, consigue todo lo que pide, y jamás recibe una negativa.

El Papa Pío XII daba fin a su Encíclica “Ad coeli Reginam”: “Convencido de las grandes ventajas que se seguirán para la Iglesia, si esta verdad, sólidamente demostrada, brilla con mayor evidencia a los ojos de todos…, por nuestra autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que será celebrada cada año el 31 de mayo. Ordenamos asimismo que este día se renueve la consagración del género humano al Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María. En ella, efectivamente, descansa una viva esperanza de ver levantarse una era de dicha, en la que resplandecerán las paz cristiana y el triunfo de la verdad”.

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico