Segundo Domingo de Cuaresma

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Oh Dios, que nos ves destituidos de toda fuerza: guárdanos interior y exteriormente; para que seamos protegidos contra toda adversidad en el cuerpo, y seamos purificados de los malos pensamientos en la mente.

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Tesalonicenses

Hermanos: Os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que, habiendo aprendido de nosotros la manera cómo debéis caminar y agradar a Dios, caminéis de modo que siempre progreséis más y más. Porque ya sabéis qué mandamientos os dimos de parte del Señor Jesús. Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación: que cada uno de vosotros sepa conservar su vaso con santificación y honor, y no con afecto de concupiscencia, como los gentiles que ignoran a Dios: que ninguno oprima, ni engañe a su hermano porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os lo hemos dicho y atestiguado. Porque no nos ha llamado Dios a la inmundicia, sino a la santificación, en Jesucristo, Nuestro Señor.

Insiste el Apóstol en este paso sobre la santidad de costumbres que debe brillar en el cristiano; y la Iglesia que nos propone estas palabras exhorta a los fieles a aprovechar el tiempo en que estamos para restaurar en ellos la imagen de Dios en la que fueron renovados por la gracia bautismal. El cristiano es un vaso de honor, preparado y embellecido por la mano de Dios; guárdese, pues, de la ignominia que le degradaría y haría digno de ser quebrado y arrojado al muladar con las inmundicias. Gloria es del cristianismo el haber hecho partícipe al cuerpo de la santidad del alma; no obstante nos advierte su doctrina celestial, que esta santidad del alma se empaña y pierde por la sordidez del cuerpo. Restauremos, pues, en nosotros al hombre entero con la ayuda de la práctica de esta santa Cuaresma. Purifiquemos nuestras almas por la confesión de los pecados, por la compunción del corazón, el amor al Señor misericordioso, y rehabilitemos nuestro cuerpo haciéndole llevar el yugo de la expiación a fin de que en adelante sea servidor del alma y su dócil instrumento, hasta que, posesionándose esta de la felicidad sin fin y sin medida, vierta sobre aquel la sobreabundancia de delicias en que se verá felizmente anegada.

Continuación del santo Evangelio según S. Mateo

En aquel tiempo tomó Jesús a Pedro, y a Santiago, y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un elevado monte: y se transfiguró ante ellos. Y resplandeció su cara como el sol: y sus vestidos se tornaron blancos como la nieve. Y he aquí que se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con El. Y, respondiendo Pedro, dijo a Jesús: Señor, es bueno estarnos aquí: si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías. Aun hablaba él, cuando una nube lúcida les envolvió. Y he aquí una voz de la nube, diciendo: Este es mi amado Hijo, en el que me he complacido bien: oídle a Él. Y, al oírlo los discípulos, cayeron sobre sus rostros, y temieron mucho. Y se acercó Jesús, y les tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y, alzando sus ojos, no vieron a nadie, sino sólo a Jesús. Y, al descender ellos del monte, les ordenó Jesús, diciendo: A nadie diréis esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

De este modo acudía Jesús en ayuda de sus Apóstoles en vísperas de la prueba, y quería estampar profundamente su imagen gloriosa en sus almas, previendo el día en que el ojo carnal no vería en él más que flaqueza e ignominia. ¡Oh previsión de la gracia divina, que jamás falta al hombre y que justifica siempre la bondad y justicia de Dios! Hemos pecado como los Apóstoles, y como ellos hemos desaprovechado la ayuda que el cielo nos deparaba, hemos cerrado voluntariamente los ojos a la luz y olvidado el resplandor que nos había antes extasiado, y hemos caído de bruces. No hemos, pues, sido tentados por encima de nuestras fuerzas y nuestros pecados nos son en verdad cosa propia. Los tres apóstoles se vieron expuestos a tentación violenta el día en que su Maestro pareció haber perdido toda su grandeza, les era, no obstante, fácil fortalecerse con un recuerdo glorioso y reciente. Olvidados de esto se entregaron al desaliento, y no pensaron en reanimar su fortaleza con la oración; y los testigos afortunados del Tabor se mostraron cobardes y desleales en el Huerto de los Olivos. No les quedó más remedio que echar mano a la clemencia cuando triunfó de sus despreciables enemigos; y lograron el perdón del corazón generoso de su Maestro.

Nosotros también acudimos a implorar esa misericordia sin tasa. Hemos abusado de la divina gracia; la hicimos estéril por nuestra deslealtad. La fuente de esa gracia, fruto de la sangre y de la muerte del Redentor, no se ha agotado para nosotros, mientras vivimos en este suelo; estemos dispuestos cada día a acudir a su refrigerio. Nos solicita a la enmienda de nuestra vida, y desciende abundosa a nuestras almas en el tiempo en que nos hallamos; mana abundantemente de los santos ejercicios de Cuaresma. Subamos al monte con Jesús; en esas alturas no se oye ya la baraúnda de la tierra. Fijemos allí nuestra tienda durante cuarenta días en compañía de Moisés y Elías, quienes como nosotros y antes que nosotros santificaron ese número con sus ayunos; y cuando el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos, publicaremos los favores con que se dignó agraciarnos en el Tabor. 

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico