El Espíritu Santo y la Santidad

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Continuemos describiendo las operaciones del Espíritu Santo en el alma del hombre. Su fin es formar en nosotros a Jesucristo por medio de la imitación de sus sentimientos y de sus actos. ¿Quién conoce mejor que este divino Espíritu las disposiciones de Jesús, cuya humanidad santísima produjo en las entrañas de María, de Jesús, de quien se posesionó y con quien habitó plenamente, a quien asistió y dirigió en todo por medio de una gracia proporcionada a la dignidad de esta naturaleza humana unida personalmente a la divinidad? Su deseo es reproducir una copia fiel de él, en cuanto que la debilidad y exigüidad de nuestra humilde personalidad, herida por el pecado original, se lo permitiere.

Sin embargo, de eso el Espíritu Santo obtiene en esta obra digna de Dios nobles y felices resultados. Le hemos visto disputando con el pecado y con Satanás la herencia rescatada por el Hijo de Dios; considerémosle trabajando con éxito en la “consumación de los santos”, según expresión del Apóstol. Se posesiona de ellos en un estado de degradación general, les aplica en seguida los medios ordinarios de santificación; pero resuelto a hacerles alcanzar el límite posible a sus fuerzas del bien y de la virtud, desarrolla su obra con ardor divino. La naturaleza está en su presencia: naturaleza caída, infestada con el virus de la muerte; pero naturaleza que conserva todavía cierta semejanza con su Criador, del que conserva señales en su ruina. El Espíritu viene, pues, a destruir la naturaleza impura y enferma y al mismo tiempo a elevar, purificando, a la que el veneno no contaminó mortalmente. Es necesario, en obra tan delicada y trabajosa, emplear hierro y fuego como hábil médico, y ¡cosa admirable!, saca el socorro del enfermo mismo para aplicarle el remedio que sólo puede curarle. Así como no salva al pecador sin él, así no santifica al santo sin ser ayudado con su cooperación. Pero anima y sostiene su valor por medio de mil cuidados de su gracia y la naturaleza corrompida va insensiblemente perdiendo terreno en esta alma, lo que permanecía intacto va transformándose en Cristo y la gracia logra reinar en el hombre entero.

Las virtudes no están ya insertas o débilmente desarrolladas en este cristiano; se las ve adquirir nuevo vigor de día en día. El Espíritu no consiente que una sola, quede rezagada; muestra constantemente a su discípulo a Jesús, tipo ideal, que posee la virtud plena y perfecta. Algunas veces hace sentir al alma su impotencia para que ésta se humille; la deja expuesta a las repugnancias y a la tentación; pero entonces es cuando la asiste con más esmero. Es necesario que luche, como es necesario que sufra; sin embargo de eso, el Espíritu la ama con ternura y tiene consideración con sus fuerzas aun cuando la prueba. ¡Qué cosa tan magnífica ver que un ser limitado y caído reproduzca el sumo de la santidad! Con frecuencia desfallece el ánimo en tal obra y puede darse un traspié; pero el pecado o la imperfección no pueden resistir al amor que el Espíritu divino alimenta con particular cuidado en este corazón, que consumirá pronto estas escorias y cuya llama no apagándose nunca.

La vida humana desaparece; mas Cristo vive en este hombre nuevo como este hombre vive en Cristo. La oración llega a ser su elemento, porque en ella siente el lazo que le estrecha con Jesús y que este lazo se estrecha cada vez más. El Espíritu muestra al alma nuevas sendas para que encuentre a su bien soberano en la oración. Para ello, prepara los grados como en una escala que comienza en la tierra y cuya cima se oculta en lo alto de los cielos. ¿Quién podrá contar los favores divinos hacia aquel que, habiéndose librado de la estima y del amor de sí mismo no aspira a otra cosa, en la unidad y sencillez de su vida, que contemplar y gozar de Dios, que engolfarse en él eternamente? Toda la Santísima Trinidad toma parte en la obra del Espíritu Santo. El Padre deja sentir en esta alma los abrazos de su ternura paternal; el Hijo no puede contener el ímpetu de su amor hacia ella, y el Espíritu Santo la inunda cada vez más de luces y consuelos.

La corte celestial que contempla todo lo que se relaciona con el hombre, que exulta de alegría por un solo pecador que hace penitencia ha visto este hermoso espectáculo, le sigue con indecible amor y alaba al Espíritu que sabe obrar tales prodigios en una naturaleza corruptible. María, en su alegría maternal, hace acto de presencia algunas veces en el nuevo hijo que la ha nacido; los ángeles se muestran a las miradas de este hermano, digno ahora de su sociedad, y los santos que estuvieron sujetos al cuerpo, traban estrecha amistad con aquel a quien esperan que llegará dentro de poco a la mansión de la gloria. 

Pero no perdamos de vista el punto culminante de esta vida maravillosa, más frecuente de lo que piensan los hombres mundanos y disipados. Aquí aparece el valor de los méritos de Jesús y el amor hacia la criatura a la vez que la energía divina del Espíritu Santo. Esta alma está llamada a las nupcias y estas nupcias no se reservarán para la eternidad. En esta vida, bajo el horizonte estrecho del mundo pasajero deben realizarse. Jesús desea unirse a la Esposa que conquistó con su sangre y su Esposa no es solamente su amada Iglesia, sino también esta alma que hace algunos años no existía, esta alma que permanece oculta a los ojos de los hombres, pero cuya “hermosura codició él”. Es autor de esta belleza que, al mismo tiempo, es obra del Espíritu Santo; no reposará hasta que no se haya unido con ella. Entonces se realizará en un alma lo que hemos visto obrar en la misma Iglesia. El la prepara, la asienta en la unidad, la consolida en la verdad, consuma en la santidad; entonces el “Espíritu y la Esposa dicen: Ven”.

Fuente: Dom Prospero Guéranger, El Año Litúrgico