En la Santa Misa nos unimos a la divina Víctima

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Tenéis ciertamente que animaros, queridos esposos, pensando que el divino Autor del sacramento del matrimonio, Jesucristo Nuestro Señor, lo ha querido enriquecer con la abundancia de sus celestiales favores. El sacramento del matrimonio significa, como vosotros sabéis, la unión mística de Jesucristo con su esposa la Iglesia (en la cual y de la cual deben nacer los hijos adoptivos de Dios, herederos legítimos de las promesas divinas). Y de modo que Jesucristo enriqueció sus bodas místicas con la Iglesia, con las perlas preciosísimas de la gracia divina, se complace en enriquecer el sacramento del matrimonio de dones inefables.

Éstos son especialmente todas aquellas gracias necesarias y útiles a los esposos para conservar, acrecentar y perfeccionar cada vez más su santo amor recíproco, para observar la debida fidelidad conyugal, para educar sabiamente, con el ejemplo y con la vigilancia, a sus hijos y para llevar cristianamente las cargas que impone el nuevo estado de vida.

Trae a nuestra memoria aquel episodio tan delicado y al mismo tiempo tan portentoso que leemos en el Santo Evangelio, de las bodas de Caná de Galilea. Él, el buen Maestro, quiso justamente traer con su presencia una particular bendición a aquellos afortunadísimos esposos, y como santificar y consagrar aquella unión nupcial, de igual modo que al tiempo de la creación había bendecido el Señor a los progenitores del género humano. En aquel día de las bodas de Caná, Cristo, abarcaba con su mirada divina a los hombres de todos los tiempos por venir y de modo particular a los hijos de su futura Iglesia, y bendecía sus bodas, y acumulaba aquellos tesoros de gracias que con el sacramento del matrimonio, instituido por Él, derramaría con divina largueza sobre los esposos cristianos.

Queridos esposos, después que en la bendición nupcial habéis santificado y consagrado vuestro afecto, y habéis depositado a los pies del altar la promesa de una vida cada vez más intensamente cristiana, de ahora en adelante debéis sentiros doblemente obligados a vivir como verdaderos cristianos: Dios quiere que los esposos sean cónyuges cristianos y padres cristianos. 

Hasta ayer habéis sido hijos de familia sujetos a los deberes propios de los hijos: pero desde el instante de vuestro matrimonio habéis venido a ser fundadores de nuevas familias.

Nuevas familias destinadas a alimentar la sociedad civil con buenos ciudadanos, que procuren solícitamente a la sociedad misma aquella salvación y aquella seguridad de las que quizás nunca se ha sentido tan necesitada como ahora: destinadas igualmente a alimentar la Iglesia de Jesucristo, porque es de las nuevas familias de donde la Iglesia espera nuevos hijos de Dios, obedientes a sus santísimas leyes: destinadas, en fin, a preparar nuevos ciudadanos para la patria celeste, cuando termine esta vida temporal.

Pero todos estos grandes bienes, que en el nuevo estado de vida estáis llamados a producir, solamente podréis prometéroslos sí vivís como esposos y padres cristianos, si hacéis que entre vuestros muros domésticos reine Jesucristo, su doctrina, sus ejemplos, sus preceptos, su espíritu: si María Santísima, a la que invocáis, veneráis y amáis, es la Reina, la Abogada, la Madre de la nueva familia que estáis llamados a fundar, y si bajo la benigna mirada de Jesús y de María vivís como esposos cristianos, dignos de tan gran nombre y de tan alta profesión.

Vivir cristianamente en el matrimonio significa cumplir con fidelidad, además de todos los deberes comunes a todo cristiano y a todo hijo de la Iglesia Católica, las obligaciones propias del estado conyugal. El Apóstol San Pablo, escribiendo a los primeros esposos cristianos de Éfeso, ponía de relieve sus mutuos deberes, y les exhortaba enérgicamente de este modo: “Esposas, estad sujetas a vuestros maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia”. “Esposos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y dio su vida por ella”. “Y vosotros, oh padres”, continuaba el Apóstol, “no provoquéis a ira a vuestros hijos: antes educadlos en la disciplina y en las enseñanzas del Señor”.

Fuente: Cf. S.S. Pío XII, Discursos del 26 de abril, 3 y 24 de mayo de 1939