La Misa atropellada (I)

Publicado por: Servus Cordis Iesu

La Misa es la obra más santa y divina que se puede ejecutar. Por eso, como señala el Concilio de Trento hay que poner todo cuidado y solicitud para celebrarla con la mayor pureza interior y con las mayores muestras exteriores de piedad y devoción.

Dice también el Concilio que la maldición fulminada por Jeremías contra “quien hace la obra de Yahvé con negligencia” se aplica precisamente a los sacerdotes que celebran con irreverencia la Misa. Es entre todas, la más grande y elevada de cuantas acciones pueda ejecutar el hombre para honrar a su Creador. Y añade que difícilmente puede cometerse semejante irreverencia sin incurrir en manifiesta impiedad.

Dice San Juan Crisóstomo, “todos los sacerdotes tendrían que separarse del altar transformados por los ardores del amor divino, y a modo de leones que causaran espanto al propio infierno”. Sin embargo no es esto lo que suele acontecer, sino que la mayor parte de los sacerdotes se retiran del altar siempre más tibios, más impacientes, soberbios, ávidos y pegados al interés, a la estima propia y a los placeres terrenos.

Por esto se ven celebrar tantas veces la Misa de modo tan irreverente y con maneras tan deplorables.

El sacerdote ha de conducirse en la celebración de la Misa con la reverencia debida a tan grande sacrificio, prestar atención a las palabras de la Misa y luego, observar exactamente las ceremonias prescriptas por las rúbricas.

Por lo que hace al cumplimiento de las ceremonias prescriptas por las rúbricas en la celebración de la Misa, San Pío V, en la Bula colocada al principio del misal, ordena “formalmente y en virtud de santa obediencia que se celebre la Misa según el rito del Misal, observando las ceremonias, el rito y cada una de las reglas allí formalmente trazadas”.

Razón tiene, por tanto, el P. Suárez en decir que no se puede excusar de pecado venial la omisión de cualquier ceremonia prescrita por las rúbricas, como una bendición, una genuflexión, una inclinación y otras ceremonias semejantes.

Desempeñar mal las ceremonias prescriptas equivale a omitirlas. Dicen comúnmente los doctores, que quien omite las ceremonias de la Misa en cantidad notable, aun cuando fuesen de las menos importantes, no se excusarían de falta grave, porque tales omisiones repetidas en el mismo sacrificio se unen y constituyen materia grave, ya que tal acumulamiento forma grave irreverencia contra el Santo Sacrificio.

Al ver cómo celebran tantos sacerdotes, con tal atropello de las ceremonias, sería preciso llorar, y llorar lágrimas de sangre. Se les podría aplicar muy bien lo que Clemente Alejandrino decía de los sacerdotes paganos que convertían el cielo en una comedia y a Dios en un objeto de comedia: “¡Oh impiedad, hicisteis del cielo una escena de teatro, y Dios no es para vosotros sino un histrión más!”. Pero ¿qué digo comedia? Si estos desgraciados tuvieran que representar el papel de cómicos, ¡que atentos estarían a ello!

Y ¿cuál es la atención que ponen en la celebración de la Misa? Palabras mutiladas, genuflexiones a medio hacer, que más bien parecen actos de desprecio que de reverencia, bendiciones cuyas cruces no se sabe qué quieren significar, modos de gesticular en el altar que excitan la hilaridad. Después de la consagración tocan la sagrada hostia y el cáliz consagrado como si fuera un trozo de pan y un vaso de vino, mezclan desordenadamente las palabras con las ceremonias, anteponiendo unas a otras antes del tiempo destinado para cada una. En resumen: que toda su celebración no es, desde el principio hasta el fin, más que un cúmulo confuso de desórdenes e irreverencias. Grave insulto al Santísimo Sacramento. ¿De dónde se desprende todo esto? De la ignorancia de las rúbricas, que se ignoran y no se intentan aprender. Sería bueno que hubiera siempre alguien que les murmurase al oído lo que el Maestro Juan de Ávila dijo subiendo al altar en que celebraba cierto sacerdote por este estilo: “Trátelo bien, que es Hijo de buen Padre”.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, La misa atropellada