
Ir a Misa no es, ante todo, cumplir una costumbre, ni “hacer algo bueno”, ni simplemente rezar en comunidad. Vamos a Misa porque en ella Dios actúa de un modo único, que no se da en ningún otro momento ni lugar.
En la Misa sucede algo real, no solo simbólico
En la Misa se hace presente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz.
No es que Cristo vuelva a morir, sino que el mismo sacrificio del Calvario se hace presente de modo sacramental. Lo que ocurrió una vez en la historia se actualiza para nosotros, aquí y ahora.
Por eso la Iglesia siempre enseñó que la Misa es verdadero sacrificio, ofrecido a Dios Padre por el mismo Cristo, que se sirve del sacerdote como instrumento. Esto fue definido solemnemente por el Concilio de Trento, y pertenece al núcleo de la fe católica.
Vamos a Misa, entonces, porque allí Cristo se ofrece por nosotros y nos permite unirnos a Su entrega.
En la Misa adoramos a Dios como corresponde
Dios es Creador, Señor y Fin último de todo.
La adoración perfecta solo puede venir de Cristo, el Hijo eterno hecho hombre.
En la Misa:
• Cristo adora al Padre,
• da gracias,
• repara por los pecados,
• pide gracias para los hombres.
Y nosotros, al estar presentes, nos unimos a esa adoración perfecta, aunque nuestra oración sea pobre y distraída. Por eso una sola Misa vale infinitamente más que cualquier oración privada: no es solo nuestra oración, es la oración del Hijo de Dios.
En la Misa recibimos una gracia que no se recibe de otro modo
Dios puede darnos gracias en cualquier momento, pero en la Misa Él las da con una abundancia particular, porque es el momento en que se renueva sacramentalmente la Redención.
Especialmente en la Comunión:
• Cristo mismo viene a nosotros,
• fortalece el alma,
• debilita el pecado,
• aumenta la caridad,
• da luz para la vida concreta.
Por eso la Misa no es solo “algo que hacemos para Dios”, sino también algo que Dios hace por nosotros.
En la Misa aprendemos a vivir
La Misa educa el corazón sin que muchas veces nos demos cuenta:
• nos enseña a ofrecer,
• a callar,
• a esperar,
• a unir el dolor propio al de Cristo,
• a vivir la semana con sentido.
La Misa da forma a la vida cristiana. Quien entiende la Misa, empieza a entender la Cruz; y quien entiende la Cruz, empieza a entender la vida.
No vamos porque “sentimos”, sino porque es verdadero
Muchas veces uno no “siente nada” en la Misa. Eso no la hace menos valiosa.
La Misa no depende de lo que yo siento, sino de lo que Dios hace.
Justamente ahí está su grandeza: aunque estemos cansados, distraídos o secos, Cristo sigue ofreciéndose, y nuestra simple presencia —si es sincera— ya es un acto de fe, de amor y de humildad.
En pocas palabras
Vamos a Misa:
• porque allí Cristo se ofrece por nosotros,
• porque es el acto más grande de adoración a Dios,
• porque recibimos gracias que no se reciben de otro modo,
• porque la Misa sostiene, forma y orienta toda la vida cristiana.
Y aunque a veces no sepamos explicarlo bien, el corazón creyente lo intuye, porque el alma reconoce dónde está su fuente.





