El temor de Dios

Fragmento:

“El temor del Señor es el principio de la sabiduría.”

— Cfr. Eclesiástico 1, 16.

Reflexión:

El temor de Dios no es miedo servil, sino respeto amoroso. Reconocer la grandeza de Dios preserva al alma del pecado y la guía por caminos de sabiduría.

La verdadera sabiduría

Fragmento:

«El temor del Señor es el principio de la sabiduría.»

— Cfr. Salmo 110, 10 (Vulgata).

Reflexión:

Saber mucho no basta si no se teme a Dios. La verdadera sabiduría consiste en conocer, amar y servir a Dios sobre todas las cosas. Hoy, renovemos nuestro deseo de vivir con esta mirada sobrenatural, buscando agradarle en todo.

El alma que teme a Dios no teme al mundo

Fragmento:

“El temor del Señor es el principio de la sabiduría.”

— Cfr. Salmo 110, 10 (Vulgata).

Reflexión:

Quien tiene temor filial de ofender a Dios, pierde el miedo a los juicios del mundo. Hoy, pidamos esta santa reverencia, que nos libra del pecado y nos lleva a vivir en presencia del Señor.

Fijemos siempre la mirada en Dios

Publicado por: Servus Cordis iesu

Si los defectos que vemos en los demás no se encuentran en nosotros, es siempre gracias a la misericordia de Dios: es un signo evidente de que nos protege y extiende su mano poderosa sobre nosotros, y todo esto sin mérito alguno por parte nuestra, ya que, si Él nos retirase su protección, podríamos llegar a ser peores que los demás, al ser también nosotros unos pobres mortales. Por eso, hemos de mantenernos siempre en el temor de Dios y rogar al Señor por quienes caminan fuera del recto sendero, para que los ilumine y se conviertan.

El camino seguro para todos nosotros consiste en cumplir siempre la voluntad de Dios, confiando en su ayuda para no caer, y mantenernos así en su gracia.

Nos quejamos a menudo, y es porque no queremos realizar fervientemente nuestra parte, mientras que Dios nuestro Señor, del cual hemos recibido todo nuestro ser, continúa haciendo su parte en nuestro favor, sin mérito nuestro alguno. ¿Qué más podría hacer Jesús por nosotros? Nos ha dado la Palabra de vida. Nos ha manifestado sus justos juicios. Nos ha mostrado sus santísimos caminos. Nos ha introducido en el misterio de su muy dolorosa pasión. Nos ha enseñado a despreciar las cosas caducas de la tierra. Nos ha revelado las maravillas de sus obras. ¿Y por qué permanecemos insensibles ante tantas muestras de amor? ¿Por qué no dedicamos todas nuestras fuerzas a servir, amar y glorificar en nosotros mismos y en los demás al Señor de infinita bondad? ¿De qué nos quejamos, entonces?

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